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1. Llega abril. Y con él las conmemoraciones diversas de nuestro pasado que a los que nos interesamos por la historia y tratamos de dedicarnos a ella nos atraen tanto. Ayer se recordaba el 75º aniversario del fin de la Guerra Civil y, dentro de unos días, volveremos a evocar aquella proclamación de la República en España. Días atrás trataba de hacer una charla con alumnos de 2º de Bachillerato sobre estos dos momentos y les hacía la siguiente pregunta: ¿Qué tuvo que ocurrir en España para que se pasara del clima festivo del 14 de abril de 1931 a la guerra civil y la matanza desatada en julio de 1936? Desde luego, muchas cosas ocurrieron en esos años de régimen republicano, y muchas habían ocurrido tiempo atrás en la historia de España. Y de eso se trata la historia: de calibrar y valorar los factores –cercanos y lejanos– que pueden explicar sucesos tan terribles como el conflicto bélico que vivió España. Y sí, es muy complicado porque requiere desarrollar un pensamiento abstracto y muy complejo, poner en práctica la empatía histórica y, especialmente, librarse de prejuicios y arengas sentimentalistas, propias de los medios de comunicación. Este es uno de los problemas principales que afecta de lleno al estudio de la historia: el exceso de sentimentalismo y de emociones a flor de piel que todavía hoy impiden el estudio sosegado, con calma y con apertura, de aspectos como la Guerra Civil. Como afirmó Julián Casanova en una charla reciente, hay una buena parte de la población de este país que todavía hoy no ha estudiado este tema con detenimiento y con seriedad; ello se debe a la especificidad de las leyes educativas, problema que hoy sigue en pie. Si realizáramos un cálculo de porcentajes de aquellos que han llegado a estudiar este episodio de nuestra historia reciente obtendríamos resultados bastante sorprendentes. ¿Qué pensaríamos de un alemán que desconoce la existencia del Holocausto o que lo niega? Pues bien, la Guerra Civil se estudia en 4º de la ESO –en medio de un temario de Historia del mundo contemporáneo inmenso e inacabable, por lo que muchos profesores deciden no enseñar lo relativo a España–, y en 2º de Bachillerato, curso al que llega un número reducido de estudiantes que ven pasar la Guerra Civil en su vida académica de una forma veloz y superficial (en la mayoría de los casos) por la presión de la Selectividad. Es algo a meditar si queremos realmente que el estudio de los documentos y del trabajo del historiador tenga alguna aplicabilidad en la vida real y supere las proclamas periodísticas o de otras personalidades en nuestra sociedad. Por ejemplo, una muestra de la total actualidad de este hecho frente a quienes están cansados de “remover” el pasado y claman a favor del olvido, es el de Rouco Varela, quien recientemente afirmaba que los hechos y actitudes que causaron la guerra podrían volverla a causar. Habría que ver, según él, cuáles son esos hechos y actitudes.
1396380702_183531_1396380997_noticia_normal2. Un ejemplo que nos ilustra sobre la complejidad del conocimiento histórico referido a la Guerra Civil es el anticlericalismo y el problema de la religión en España, ya presente durante todo el siglo XIX. Es muy conocida la carta pastoral de Enrique Pla y Deniel, fechada el 30 de septiembre de 1936 donde este obispo de la diócesis de Salamanca se convierte en defensor de una guerra concebida como necesaria, llegando a calificarse de cruzada. En dicha carta se afirma lo siguiente: “El comunismo y el anarquismo son la idolatría propia hasta llegar al desprecio, al odio a Dios Nuestro Señor; y enfrente de ellos han florecido de manera insospechada el heroísmo y el martirio, que en amor exaltado a España y a Dios ofrecen en sacrificio y holocausto la propia vida”. La unión de la espada y la cruz estuvo presente en muchos documentos eclesiásticos y ello otorgó importantes beneficios al bando nacional y a la propia Iglesia Católica, durante la guerra y durante el régimen franquista. Como también es habitual cuando se trata este tema, surgen las voces animadas que ponen el acento en la violencia anticlerical de la guerra, innegable y brutal; una violencia que ya estuvo presente en los hechos revolucionarios de octubre de 1934 en Asturias en que fueron asesinados 34 seminaristas y sacerdotes y pasadas por el fuego más de medio centenar de iglesias. Más allá de estos hechos conocidos y de los datos estudiados con las cifras escalofriantes del asesinato 4.184 sacerdotes diocesanos, 2.365 religiosos y 283 monjas durante la Guerra Civil, quería mostrar el caso de un padre capuchino que contrasta con la alta jerarquía eclesiástica y su alineación ideológica. Me refiero al caso de Gumersindo de Estella que ha aparecido recientemente en la prensa, encargado de la asistencia espiritual de los presos de la cárcel de Torrero de Zaragoza. Este padre capuchino fue destinado, fruto de los desencuentros ideológicos con sus superiores, a la función de acompañar a los presos en su camino hacia el paredón en el cementerio de Torrero (Zaragoza), donde asistió a 1.700 fusilamientos entre 1936 y 1942. En sus memorias relata el ritual que llevaba a cabo de preparación espiritual para la muerte, la confesión que daba a quienes eran capaces de recibirla, la charla con ellos y la recepción de encargos y enseres que luego llevaba a sus familiares tras comunicarles la noticia de la ejecución. Su atisbo de humanidad y su perplejidad ante unas decisiones que no podía compartir se pueden ver en estos fragmentos:
“Como sacerdote y cristiano sentía repugnancia ante tan numerosos asesinatos y no podía aprobarlos”. (…) “Yo estaba a punto de estallar con un grito de ruego, de protesta, de compasión, como lo daría una madre. Pero la presencia de tantas personas de carácter oficial me contenía. ¿Contra quién iba a protestar…? Cualquier frase o sílaba era peligrosa”. Siempre se preguntaba: “¿Se salvó esta alma?” (…) “Una dignidad humana que se funda en la común filiación divina. Todos somos hijos de Dios”.
La existencia de historias y memorias como esta añaden mayor complejidad al estudio de un episodio trágico que hoy sigue siendo tabú para muchas personas y objeto de sectarismos para otras. Analizar críticamente, sin tratar de justificar, sino valorando la complejidad de los hechos y restaurando la memoria histórica debería ser, entre otros muchos, uno de los objetivos de la educación, y no tanto cómo encender un aspirador o comprar un billete de Metro, como se encargan de recordarnos desde el Informe PISA…

descargaLa estancia de George Orwell en España entre el 26 de diciembre de 1936 y el 23 de junio de 1937 dio lugar a una de las obras literarias más vívidas y valiosas que tenemos sobre la Guerra Civil Española: Homenaje a Cataluña, publicada por primera vez en 1938 después de las dificultades que tuvo que hacer frente; sometida a la purga de la censura durante muchos años, especialmente en España, donde tuvo que esperar hasta 1970 a ser publicada, contando aún con grandes tergiversaciones por parte del gobierno franquista. En esta obra podemos observar los efectos del proceso revolucionario abierto a raíz del golpe de julio de 1936, especialmente en Barcelona, situación que narra Orwell impresionándose por el hecho de que la clase obrera ocupara el poder. Lo describía así en unas páginas para la posteridad:

“Aquí y allá había cuadrillas de obreros demoliendo sistemáticamente los templos. En todas las tiendas y cafés había una inscripción que advertía de que los habían colectivizado; incluso habían colectivizado a los limpiabotas, que habían pintado sus cajones de rojo y negro. Los camareros y los dependientes de los comercios te miraban a los ojos y te trataban de igual a igual. Las formas de tratamiento serviles o ceremoniosas habían desaparecido temporalmente. Nadie decía “señor”, ni “don”, ni siquiera “usted”, sino que todos se llamaban “camarada”, se tuteaban y decían “¡salud!” en lugar de “buenos días”. Una de mis primeras experiencias fue la reprimenda que me echó el director de un hotel cuando quise darle una propina al ascensorista”.

Orwell acudió a España para poder combatir contra el fascismo en una contienda que pronto tomó tintes internacionales y fue decisiva para los acontecimientos que se produjeron unos años más tarde. La Guerra Civil Española significó ese combate entre diversas tendencias que en Europa estaban gestándose y que en España tomaron las armas en una lucha fratricida. Orwell, como figura de intelectual comprometido, pese a no militar en ningún partido político, consiguió credenciales del Partido Laborista Independiente, que tenía conexiones con el POUM, alistándose así en sus milicias y luchando en el frente de Aragón. El POUM era un partido marxista de corriente crítica con los métodos de Stalin y las purgas en la URSS, lo cual sería trascendente unos meses más tarde en los sucesos de mayo de 1937 y la consiguiente ilegalización de este partido.

orwell-2La experiencia bélica que narra Orwell es bastante sorprendente, en cierto modo, pero concuerda con algunas opiniones historiográficas sobre el valor militar de esta guerra, como la de Gabriel Cardona que afirmó que la guerra fue “una inmensa chapuza por ambos bandos”. Orwell desarrolla esta visión en su descripción de la guerra de trincheras, de la imposibilidad de enfrentamientos reales, de la lentitud y el sopor con que se realizaba el avance hacia el enemigo, y de la calidad ínfima de las armas recibidas. En este sentido, señalaba: “Ahora que había visto el frente sentí un profundo asco. ¡Y a esto lo llamaban guerra! ¡Si apenas veía el enemigo! No hice el menor esfuerzo por ocultar la cabeza tras la trinchera. No obstante, poco después una bala pasó silbando junto a mi oído con un zumbido y se estrelló contra la protección que había a nuestra espalda” […] En la guerra de trincheras hay cinco cosas importantes: la leña, la comida, el tabaco, las velas y el enemigo”. Y es que Orwell vivió esa guerra de trincheras –que ya otros autores como Remarque en Sin novedad en el frente habían retratado, y que la Primera Guerra Mundial evidenció de forma cruel– en un frente sorprendiéndose de la “escuálida miseria de los pueblos aragoneses”; asistió a la inactividad y a la desidia de una guerra que minaba sus fuertes convicciones políticas y que le exasperaba profundamente: “Aun así seguía sin pasar nada, y no daba la impresión de que las cosas fueran a cambiar. ¿Cuándo vamos a atacar? ¿Por qué no atacamos? Eran preguntas que se repetían constantemente tanto los ingleses como los españoles”.

Más allá de su descripción de la lenta guerra de trincheras, su vivencia con el barro, los piojos o la ausencia de tabaco, tras ser alcanzado por una bala en mayo de 1937 describió el proceso que todo herido debía sufrir en una aventura constante por los hospitales, el robo al que se sometía a los soldados, la precariedad de los tratamientos médicos y el transporte hasta la retaguardia. Orwell nos brinda un magnífico retrato de la dualidad entre el ejército popular, objetivo primordial de Largo Caballero, y las milicias, a las que se trataba de militarizar e incorporar. También nos deja para la posteridad el cambio experimentado en Barcelona tras el fulgor revolucionario de los primeros meses, así como los enfrentamientos en los sucesos de mayo de 1937, que narra en diferentes capítulos advirtiéndonos de la parcialidad de su visión por no contar con los datos suficientes. A pesar de ello, es un retrato magnífico para vivir en primera persona los enfrentamientos entre las fuerzas del gobierno republicano y los comunistas, por una parte, y el poder anarquista y del POUM, por otra; así como de las manipulaciones diversas para poder acusar al POUM de fascista y acabar con su líder Andreu Nin. Todo ello se inserta en la dinámica internacional del bando republicano, con el apoyo brindado por la URSS y el descontento con la política antiestalinista crítica del POUM.

El temor de Orwell en sus últimas semanas en Barcelona y en España da cuenta de uno de los episodios más traumáticos y perjudiciales para la República, algo que serviría al autor para escribir tiempo después su alegato contra el totalitarismo, a modo general, en 1984. El miedo a ser asesinado en cualquier momento, o incluso a ser hecho prisionero sin cargos claros y a desaparecer; o la continua huida de Orwell y su mujer por las calles de Barcelona por ser parte de la milicia del POUM muestran las contradicciones de una política de un gobierno republicano que veía el avance franquista de forma imparable, sin resolver las disputas entre la multitud de siglas políticas que afloraron, como afirma el autor. Todo ello influiría negativamente en los avatares que la obra tuvo que sufrir para ser publicada, por su crítica al estalinismo.

Ya fuera de España, Orwell hizo balance de su estancia y de su paso por la guerra:

“He narrado algunos sucesos pero no puedo explicar la huella que dejaron en mí. Está mezclado de imágenes, olores y sonidos que no pueden reproducirse por escrito: el olor de las trincheras; los amaneceres en las montañas que se divisaban a gran distancia; el gélido chasquido de las balas; el rugido y el resplandor de las bombas; la luz clara y fría de las mañanas barcelonesas, y el ruido de las botas en el patio del cuartel allá por diciembre, cuando la gente aún creía en la revolución…”.

En su Inglaterra original, el autor fue testigo del cambio de panorama y de la distinta perspectiva que se tenía desde la óptica de un país que había decidido mantenerse al margen de las disputas, supuestamente nacionales, que se daban lugar en España. “No pasa nada: la leche seguirá estando en la puerta mañana y el New Statesman se publicará el viernes (…) Aquella seguía siendo la Inglaterra que había conocido en mi infancia (…) Todos sumidos en el profundo sueño de Inglaterra, del que temo que no despertaremos hasta que nos obligue a hacerlo el estruendo de las bombas”. Este gran contraste que se daba entre ambas situaciones se rompería claramente en 1939 con el inicio de la mayor contienda del siglo XX y la total internacionalización de un conflicto que había empezado a dirimirse en España, con la pasividad de las democracias occidentales.

Reportaje del movimiento revolucionario en Barcelona. Mateo Santos. 1936.

Inmerso en la lectura de España partida en dos. Breve historia de la Guerra civil española, de Julián Casanova (2013) cuelgo aquí un documental rodado en Barcelona entre el 19 y el 23 de julio de 1936 por parte de la CNT. Como dice el mismo Julián Casanova, es bastante probable que sin el golpe de Estado de julio de 1936 la revolución, bajo las formas que adquirió, no se hubiese producido. El presente documental, político y de propaganda, muestra esa salida a la calle de nuevos actores revolucionarios, especialmente anarquistas en la “ciudad libertaria por excelencia”. El lenguaje político que utiliza no tiene desperdicio como fresco de una época y de un sentir, útil para comprender la reacción al avance del fascismo, y para advertir la gran polaridad que se gestaba entre formas diferentes de hacer política. El lenguaje de salvamento, la reconversión de edificios oficiales y religiosos en civiles, el bullicio popular en la marcha hacia Aragón por parte de las milicias, los primeros momentos en que las mujeres tomaron el rol de milicianas para, a partir de septiembre, volver a la retaguardia, la vestimenta y la propaganda enarbolada… Son muchos aspectos los de este breve documental que nos permiten ver la actuación de estos “hombres de acción” como Durruti y la inversión del orden social que se propugnó desde este lugar en este episodio de nuestra historia contemporánea. Continuaremos leyendo esta genial obra de síntesis.

Tony Soprano

Tony Soprano no pierde presencia: enfundado en un traje caro o con su tradicional bata blanca de estar por casa aparece majestuoso en la escena; su figura todo lo inunda, cuando está alegre y cuando está encolerizado, cuando abraza y saluda y también cuando sacude. Ha venido para quedarse: su magnífica interpretación durante seis temporadas en Los Soprano —que he logrado finalizar con gran placer— quedará siempre en nuestra memoria como una de las mejores caracterizaciones de un personaje con resquicios mentales y recovecos insospechados. Mírenlo: ahí en su piscina en el primer capítulo, con sus patos migrantes, con una sonrisa infantil que ejemplifica lo más parecido a la felicidad, llamando a su querida y cálida familia… Carmela no lo entiende, no sabe qué significan esos patos para él; Anthony Jr. está cansado de su figura amenazante, Meadow de su represión. Es la doctora Melfi, tras su ataque de pánico por la triste huida animal, quien actúa como pozo sin fondo de sus contradicciones, de sus anhelos, frustraciones y temores; es ella quien, temporada tras temporada, teje de forma paralela el personaje de Tony, el gran T. La ausencia que me ha causado el final de esta serie es muy grande y no logro olvidar el “Don’t stop believing” de The Journey. La vida continúa, con o sin patos, con un final u otro. Volveremos a esta obra de referencia.

Relato

El nerviosismo alimentaba el ambiente en aquella extraña noche estival, los cuerpos se deslizaban por los resquicios del espacio ante la inseguridad y la falta de dirección; yo trataba de introducirme por uno de esos huecos, el más temido, el más deseado: el que me pertenecía. ¡Qué pesadumbre saber que yo pertenecía a ese lugar, que estaba puesto ahí de antemano! Aquel lugar ignoto, inhabitado y bañado por un ejército de estrellas dispuestas a dar luz incluso a las más temibles oscuridades que se cernían…

Los pasos polvorientos del camino habían ido tejiendo esa malla de incertidumbre y seducción. Lo sabía. Sí, ese momento se había construido con la dulzura y la evasión semanas atrás; por desgracia, había llegado. El nerviosismo y la instalación definitiva dieron paso a la triste y trivial costumbre que no hacía sino atrasar el final, prolongar mi cruz. Era una historia repetida: la mente en blanco, cuerpos alineados, nada que perder ni nada que ganar; todo un mundo por descubrir y por destrozar, escapadas furtivas no realizadas, la inocencia sentida y perdida, derramada. La dichosa estación tenía que sufrir de nuevo ese tormento en mis carnes; mi capacidad de voluntad se había evaporado, mis extremidades entumecidas y mi habla sesgada.

Llegó. Era como entrar en una estancia preparada, era el castillo que K. tanto tiempo había aspirado a contemplar: sus laberintos eran borrosos, sus paredes tenían inscripciones ilegibles, los ecos que se escuchaban no conseguían formar palabras humanas, su naturaleza era extranjera; el castillo únicamente atraía al visitante para dar un paseo del que nunca se saldría, un camino sin retorno, sin instrucciones. Llegó. Era el lugar más esperado, la calma se había impuesto y las sombras habían cesado su murmullo. Llegué. Y todo terminó.

comulgantesLos comulgantes, Luz de invierno —como también fue traducida—, o “El silencio de Dios” —como bien podría llamarse esta obra del cineasta sueco Ingmar Bergman de 1963—. Es una película que rescatamos de la larga lista de este autor para sorprendernos por su gran simplicidad y expresionismo al mismo tiempo: la sencillez de la historia narrada —de forma absolutamente temporal y teatral, pausada y real— es el perfecto instrumento para desgarrar el alma del espectador que comulga con el sufrimiento de los protagonistas. Sí, comulga, dotando de un doble sentido a la traducción del título: por un lado, refiriéndose a quienes se aglomeran irónicamente en una iglesia medio vacía para celebrar el sacramento de la eucaristía; y por otro lado, mostrando la comunión —o des-comunión— existente entre quienes comparten el vacío y la desorientación vital. La sobriedad de Bergman en esta obra cumple su función de dar sentido al culto protestante al que asistimos y de atormentar al espectador que siente únicamente unos cánticos, unos sonidos de campanas, el tic tac del reloj amenazante y la visualización de unas imágenes religiosas tormentosas.

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Más allá de los aspectos estilísticos y de los magníficos planos con que nos deleita Bergman, la historia retrata la vida del pastor protestante Tomas Ericsson durante unas horas tejiendo una perfecta trayectoria circular: desde la iglesia hasta la iglesia pasando por lo temporal, el sufrimiento humano y la desesperación. Este círculo narrativo es perfecto y está muy logrado: el sacramento eucarístico supone la comunión del fiel cristiano con Jesucristo —quien ha muerto por él— y otorga la fuerza y la fe necesarias para emprender el camino de la vida, ese camino de lágrimas. El camino cristiano es un camino eucarístico: va desde la eucaristía hacia el mundo para iluminarlo; vuelve a la eucaristía más tarde para tomar fuerzas y reiniciar los pasos. Ese círculo se desvirtúa en Los comulgantes pues el pastor protestante celebra un rito vacío, sin sentido, donde todos “actúan” más que “viven”, donde son marionetas preocupadas por las formas y no por la relación con lo trascendente. Esa misma desesperación o “silencio de Dios” es el que siente el pastor que se deja llevar por la costumbre, recordando muy bien en estos momentos a aquel sacerdote de Unamuno que perdió la fe en San Manuel Bueno, mártir (1931). La tarea pastoral y de cuidar almas de Tomas hace aguas. Es incapaz de dar una respuesta a la pregunta de “¿Por qué hay que vivir?” del matrimonio en crisis creando un silencio fantasmagórico y muy plástico. El resultado de su incapacidad es el suicidio del marido y la frialdad e indiferencia del pastor al ver el cuerpo. Su incapacidad sigue más allá: al dar la noticia a la viuda de la muerte del marido este no puede dar ese calor cristiano a la familia que ha sufrido la pérdida; se queda contemplando la escena del comedor desde fuera en una escena que ejemplifica el alejamiento de los sentimientos que se escapan sin poderse asir.

Es un pastor que ha fracasado en su acompañamiento a los feligreses, pero que también ha fracasado personalmente: tanto en su fe como en su relación sentimental. La muerte de la esposa resuena como esas campanas incesantes que no callan, le impide seguir viviendo y cumpliendo con su misión. La maestra enamorada de él recibe las palabras más duras y sinceras nunca oídas, palabras que duelen por el rechazo amoroso y que son la respuesta a una carta que ella le escribe. La escena en que la maestra narra cara a la cámara su sentir es muy clara cuando afirma lo siguiente: “Queridísimo Tomas, quizás haya sido una carta muy larga pero he escrito lo que no me atrevo a decir, ni cuando te abrazaba. Le pedí una explicación y me la dio: supe que te amo”. La carta desenvuelta por Tomas es blanca en medio de un universo negro y sin color; no obstante, el pastor cae en el abatimiento definitivo y rompe en odio hacia ella. “Cuando ella murió, morí yo también” dice Tomas refiriéndose a su difunta esposa; la maestra jamás iba a poder ocupar el lugar vacío dejado por ella.

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El sufrimiento de los personajes de la película está muy relacionado con el dolor de Jesús antes y durante su muerte: el suicida muere solo y abandonado, sin palabras de consuelo, gimiendo algo parecido al “Dios, ¿por qué me has abandonado?; Tomas desfallece en su vida al ver que nadie llena su vacío, que Dios calla, que la oración es fría, recordando los momentos de sufrimiento de Jesús en Getsemaní. El círculo de que hablábamos se completa con el fin de la película: el pastor vuelve a celebrar la eucaristía en una iglesia más vacía que la primera y con mayor pesadumbre en su alma. Todo se ha completado pero nada ha llegado a su puerto: la película es un intenso salmo 129 gimiendo “Desde lo hondo a ti grito, Señor”; es una gran reflexión sobre el amor, el desamor y la incapacidad para sentir algo y para expresarlo; es una meditación religiosa y sobre el sentido de la vida, y es un muestra de la dureza y el sufrimiento constante del ser humano.

dexterDexter ha terminado. Sí. Después de ocho temporadas ha acabado una de las series con mayor continuidad de los últimos años. Su final se lleva un poco de nosotros mismos como ocurre siempre que una obra de este calibre, acabada y compleja, termina su andadura. Han sido muchas temporadas que he condensado en el último año y no puedo sino rendir un pequeño homenaje a este asesino que tantas complicidades ha suscitado.

Dexter es el ejemplo del personaje que expresa lo prohibido, lo que no se puede decir, que desata las pasiones que jamás se pueden desatar; es un prototipo muy bien encuadrado que parte de un código moral de conducta muy rigorista, parido por su propio padre y una psiquiatra que solo aparece en la última temporada. Es un individuo seguro, meticuloso, cuidadoso con cada detalle, sabedor de que siempre va a vencer y va a imponer su propia justicia eliminando a los monstruos de Miami. Se puede decir que es alguien amoral en un principio: no siente gran amor por sus compañeros y únicamente su hermana y su difunto padre pueden hacer aparecer en él algún atisbo de sentimiento afectivo. No obstante, como buena y larga serie que es, tiene grandes evoluciones en su personaje: Dexter, inmaculado por su riguroso código, va desprendiéndose paulatinamente de éste e imbuyéndose de los aires mundanos: se hace más descuidado, se enamora en diversas ocasiones, corre peligros que antes no cabría imaginar, sufre y se desespera. Es un sufridor: ve morir a su padre, a su esposa, a diferentes compañeros y no tiene un final demasiado agradable en la última temporada; todo ello le acerca al mundo del que creía estar aislado. Pero lo que más le acerca al mundo es el amor que va descubriendo a medida que avanza la serie. Una serie que carece de sentimientos palpables –con la excepción de su hermana Debra– termina teniendo por motor principal el afecto. Dexter es una persona atormentada que acaba haciendo todo lo posible y lo imposible por su hijo Harrison, por Hannah y por Debra. Ellos tres forman ese triángulo afectivo que mueve a Dexter, un Dexter que ha abandonado ya el código de su padre y su voz consejera, así como a la doctora Vogel –tristemente fallecida– para, así, mirar hacia adelante tomando decisiones propias y desde su raciocinio y su acompañamiento por otra asesina en serie.

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Ha sido una producción que mantendrá en nuestra mente personajes míticos como el hermano de Dexter, Trinity, Lumen, el sargento Doakes o Vince Masuka. Por supuesto, Debra es el segundo personaje en importancia y en solidez: su magnífica caracterización llega a superar en bastantes momentos a la del propio Dexter. Debra es la inocencia, el sufrimiento, el amor desinteresado por su hermano; es la víctima total y final de la serie. Es inolvidable. El final puede ser criticado y, de hecho, lo está siendo porque muchos fans habían esperado acabar de otra forma con el analista de sangre; a pesar de ello, es un final ciertamente cerrado donde Dexter se sacrifica y comprende que puede llegar a ser peligroso para sus allegados, entiende que ha hecho suficiente daño al mundo para seguir ahí. La simpatía que este asesino en serie ha desatado entre los fans ha sido, a mi juicio, mucho mayor que la de Tony Soprano o la de Walter White, otros villanos de la televisión. La próxima semana descubriremos otro final de otra serie muy celebrada: Breaking Bad.

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