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El uso de la historia suele encarnar, a menudo, muchos peligros que pasan desapercibidos cuando se recurre a inflamar los corazones y a enaltecer el ánimo. En el día a día actual observamos el nefasto empleo que se hace de la historia por parte de opciones políticas nacionalistas que, con todo su derecho, apelan a un pasado —sometido a una mitificación considerable— para propugnar un cambio presente, para modificar el estado social. Es un pasado que, pese a la complejidad que entraña —como tratamos de desembrollar los historiadores (o aspirantes a ello) —, es usado de forma monolítica y dicotómica: no es un pasado con medias tintas, es un pasado digno, nítido, ideal; en fin, digno de imitar y de traer a colación en la actualidad. Es, al mismo tiempo, un pasado en el que caben todos los elementos positivos y paradigmáticos en forma de bloque: un bloque sólido, homogéneo, discernible, donde no hay arrugas ni imperfecciones, sino lecciones inapelables, enseñanzas casi “técnicas” e irrefutables.

Por desgracia, no sólo son las diversas opciones nacionalistas las que acostumbran a echar mano de este tipo de discursos que, por otra parte, son bastante rentables electoralmente —algo que, en realidad, es bastante atávico: sólo es necesario recordar los alegatos painitas o los cartistas. Cada año, cuando se acerca el mes de abril y nos aproximamos a los días 12 y 14, volvemos a revivir este uso bajo la forma republicana. Son muchas las plataformas y asociaciones de convicciones republicanas que llevan a cabo una enorme labor —una tarea encomiable y necesaria— en los pueblos y ciudades; no obstante, a menudo caen en las construcciones monolíticas y reduccionistas de enaltecer un pasado visto como perfecto e ideal. No es mi intención criticar estas asociaciones, con las que incluso colaboro, ni mucho menos criticar una época histórica pasada (¡no podría caer en tal error!), pero sí llamar al rigor histórico y a la sensatez. ¡No caigamos en el uso que hace la derecha de la historia falseando el relato para obtener beneficios que, en el caso de este país, tanto rédito político han traído en las últimas décadas! No podemos caer en esa simplificación absurda ni usar la historia como arma política. La reivindicación por una forma de Estado republicana debe ir más allá de los ingenuos argumentos a los que estamos acostumbrados; debe incidir, no sólo en la forma política republicana, sino en una conciencia social y cívica republicana. “Res publica”: el origen latino de la palabra es muy claro; es el amor por lo público, por la cosa pública y por las instituciones comunes lo que debe mover esta conciencia. Días atrás, el reconocido historiador Julián Casanova publicaba un artículo en El País donde, mucho mejor de lo que yo lo pueda hacer, trataba de ilustrar en qué consiste una forma de actuación republicana. Aprendamos de estas sabias palabras en un contexto en que las tradicionales conmemoraciones engarzan con la débil legitimación que sufre la monarquía:

 “El cambio en España tiene que ir acompañado de una renovación cultural y educativa, de nuevas ideas sobre el mundo del trabajo y de una lucha por la democratización de las instituciones. Un movimiento político que reaccione frente a los excesos del poder, que persiga el establecimiento de un Estado laico, que recupere el compromiso de mantener los servicios sociales y la distribución de forma más equitativa de la riqueza. Esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república”.

Observo con espanto las noticias acerca de la reducción del diez por ciento del número de denuncias por violencia de género en los últimos cinco años debido a la crisis. Una reducción así debería ser motivo de alegría, pero no lo es: es una alarma. Es la misma alarma que, en una sociedad no aturdida, debería causar el descenso de afiliados al paro, coyuntura directamente producida por la desidia y el rechazo de un sistema del que ya se espera poco. Pero no sigamos por ahí: no haríamos sino reincidir en diatribas —siempre constructivas (o esa es mi intención) —, repitiendo lo ya dicho e incidiendo en la misma llaga de la desconfianza. Lo que me ha hecho recordar esta noticia es la triste vigencia histórica de la lacra social de la violencia de género y la maestría de la Condesa de Pardo Bazán en ilustrarla.

Doña Emilia Pardo Bazán fue una mujer de su tiempo —como se acostumbra a decir— pero incidió en algunas de las llagas sociales que hubo de sufrir, siendo la violencia contra las mujeres una de ellas. Como hemos comentado en otras ocasiones, los cuentos o los relatos breves tienen la virtud de condensar en ellos una totalidad de referentes, contenidos y experiencias; son pequeñas historias concisas que atacan el problema, no se andan por las ramas; los autores dan lo mejor de sí mismos para derramarse en ellos. Doña Emilia no es una excepción a esta regla bastante general: sus cuentos nos transportan a la segunda mitad del siglo XIX y los albores del siglo XX e ilustran una España del liberalismo político y de las contradicciones sociales. Son muchos los ejemplos de relatos atribuidos a esta autora que dibujan y plasman la situación de las mujeres; pero, sin duda, son los referentes a la violencia de género los que tienen mayor fuerza y tienen una triste actualidad. Por ejemplo, “La puñalada” ejemplifica la vida de una pareja “normal”, Claudia y Onofre, siendo él un muchacho rudo pero detallista, y ella “una mujer hasta la punta del pelo, coqueta, vanidosa: se moría por regalos”. Entre ellos el matrimonio no es posible porque Claudia debe cuidar de su madre enferma; su fin no puede ser otro que la muerte por la cólera que surge en él ante una infidelidad inexistente. Lo terrible no es únicamente el acto del asesinato, sino la actitud que muestra el criminal: “Onofre, cruzado de brazos, aguardaba a que le prendiesen”. Otro de los ejemplos de violencia explícita narrados por esta autora es el de “Las medias rojas”, cuento que narra la paliza a que es sometida Ildara por su tío por el único motivo de comprarse unas medias rojas con su dinero ahorrado, símbolo de su imposible liberación. El cuento muestra la anulación total de la mujer porque Ildara queda tuerta y ello le impide viajar a América para lograr un futuro mejor. Es símbolo de la mujer rural gallega, condenada al silencio y víctima de las circunstancias que la oprimen. La subyugación a la que es sometida Ildara se ve, no sólo en el maltrato físico, sino en la adversidad frente a la naturaleza que le impide peinarse como las señoritas, y también en la explotación a la que el propietario somete a Clodio, el maltratador. El resultado de esta línea opresiva continua da lugar a una muchacha mutilada, tuerta y sin voz.

No obstante, los ejemplos de violencia de género no radican sólo en los casos “espectaculares” o explícitos; hay también una crueldad silenciosa, una reclusión que no es aparente. Ello se puede observar en “El fantasma” con el caso de una mujer enloquecida por huir del encierro conyugal pero que “nunca saldrá de la región de los fantasmas”; en “La emparedada”, relato donde la zarina encarcelada —en claro contraste con el zar, que disfruta de actividades de caza— se dedica a la pintura, el canto  y las tareas del hogar, y cuyo lugar es la resignada habitación con vistas a un cementerio: su destino; o en “El indulto”, un ejemplo terrible de muda violencia florecida con la muerte “por miedo” de una mujer que se ve obligada a convivir con el asesino de su madre. La autora critica la justicia del momento que permite que criminales salgan de la cárcel, y muestra su inquietud feminista al destacar la solidaridad existente entre las diferentes mujeres que ayudan a la protagonista. Emilia Pardo Bazán criticó con vehemencia la impunidad que recibían los asesinatos de mujeres por la excusa de la pasión. Deconstruyó el concepto romántico de los celos y la pasión como manifestación exagerada del amor, invalidando el concepto de “crimen pasional”.

Shelly drake (1969)Los ejemplos de esta autora, asociada normalmente al naturalismo, acerca del particular son muy numerosos: no sólo en la gran cantidad de cuentos que publicó, sino en novelas como Insolación o Memorias de un solterón. A pesar de ello, y evitando el anacronismo que podría derivarse de una lectura superficial, Pardo Bazán no lleva a cabo una denuncia feminista al estilo de las que se harían posteriormente, como la de Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949) o la de Betty Friedan en los años sesenta con su Mística de la feminidad (1963) a la que debemos la frase de la entrada para el contexto de posguerra estadounidense; sino que cree con firmeza que la más noble misión de las mujeres es la del matrimonio y la maternidad, así como que la familia es la célula intelectual básica.

Las grandes cuestiones de la humanidad son planteadas una y otra vez: son esos interrogantes sobre la vida, sus límites, su final, su aprovechamiento, su valor. Todo ello aparece de forma magistral en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick publicada en 1968 o, en su versión cinematográfica libre, Blade Runner de Ridley Scott, estrenada en 1982. Nos encontramos ante uno de esos artefactos culturales evocadores, que brillan por su actualidad, su energía y su capacidad de permanencia. El potencial filosófico que guardan y desarrollan es enorme, generando interrogantes, respuestas y dudas, ofreciendo situaciones que quedan abiertas, agitando nuestras conciencias, esbozando una posible modernidad.

SueñanEs la vida el tema principal de esta distopía situada en 1992 para el caso de la novela, y en 2019 para la película; pero, en ambos casos, el desarrollo se ubica en un futuro posible —temible—, desconocido, un futuro en que la tecnología resulta omnímoda ocupando todas las parcelas de la vida. Es un futuro que ha conseguido colonizar otras partes del universo creando colonias de poblamiento ante la degradación de la vida terrícola; y es, al mismo tiempo, un drama de nuestra modernidad, una alegoría de la soledad del ser humano, un reflejo de la anomia social de Émile Durkheim o del desencanto del mundo de Max Weber. Desde el primer momento de la película la lúgubre ciudad donde siempre llueve y la presencia intranquilizadora de los altos edificios abandonados nos turba y nos inquieta; la noche perpetua de un espacio urbano desencantado donde los rincones dan cuenta de la soledad, el misterio, y lo desconocido, nos agita. La marginación de ese mismo espacio, la constante presencia de las marcas que perviven, —como Coca-Cola, que anuncia incesantemente que se ha hecho un hueco para perdurar—; la ausencia manifiesta de poder político soberano, la parcelación del proceso productivo con la consiguiente alienación y desconocimiento de las características del producto final, personificado en el fabricante de ojos para androides; y la desigualdad entre quienes se desplazan a pie entre las sombrías muchedumbres de la ciudad y quienes logran viajar en unos coches volantes: son todos ellos elementos que esconden una dura crítica al capitalismo feroz.

Es un mundo donde las certezas se han ido desintegrando y ello se ve en la novela, que describe la religión oficial, el mercerismo, que ocupa un lugar esencial en la rutina diaria. Wilbur Mercer aparece como un antiguo poblador de la Tierra pero, al modo de la religión cristiana, ha permanecido en ella de un modo original, propiamente moderno: las llamadas cajas de empatía. Estos mecanismos permiten a los seres de la Tierra entrar en un mundo paralelo con Mercer al que contemplan ascendiendo duramente una montaña —con un claro paralelismo con Sísifo— mientras sus contrincantes le lanzan rocas. Al mismo tiempo, con esas cajas pueden vivir los sentimientos de quienes están conectados en ese mismo momento, generando una empatía que une a los hombres. No obstante, la degradación del mercerismo va en aumento durante la novela y se descubre al final su farsa, remitiendo al conocido “Dios ha muerto” nietzscheano. El resultado es un mundo que carece de sentido, inundado por la lluvia ácida de la increencia y la falta de asideros morales.

La vida en ese futuro temible ha perdido muchas de las características vitales que tenía: los animales han ido extinguiéndose en masa y sólo quedan réplicas electrónicas, aspecto ampliamente desarrollado por la novela y sólo esbozado por la película a través de un búho. Rick Deckard y su esposa desean fervientemente un animal de verdad, más allá de la oveja eléctrica de que disponen, que causa envidias respecto a su vecino. Las recompensas de Rick al dar caza a los androides se orientan a conseguir un animal: ese elemento existencial, que hace la vida realmente humana y la aleja de la artificialidad en que se ha convertido. La existencia de los seres humanos se ha visto privada incluso de los sentimientos, siendo necesario el uso de los climatizadores que sintonizan cualquier estado de ánimo, recordando a ese aparato orgásmico de aquella distopía cinematográfica de Woody Allen de 1973, El dormilón.

1984La identidad de los personajes se difumina en la obra siendo este otro de los aspectos de la alienación humana a la que es sometido Rick. Éste se ve obligado a volver a su antiguo trabajo como Blade Runner: será policía o no será, como indica su jefe. No tiene otra opción, lo sabe. Y en ese proceso le surgirá el conflicto moral de eliminar a los androides y evitará dar de baja a Rachael, de la cual se enamora y huye al final de la película. Es un elemento transgresor de vida que se incluye en un mundo de desencanto; su adulterio (en la novela) rompe con la lógica establecida y remite a aquel Winston Smith de 1984 que huye para consumar su amor, un outsider cuyo fin es terrible. Tanto como Winston como Rick huyen de un universo que les oprime, rompen con un futuro distópico alienante e inhumano, tratan buscar vida humana. El resultado que ofrece George Orwell —con su crítica a un sistema político totalitario, ampliamente comentado— es diferente al de Ridley Scott: este director, desarrollando una condena de la modernidad tecnológica y del progreso que se rebela, deja la puerta abierta con una huida mítica hacia lo desconocido.

royA pesar de todo esto, la oscuridad de este mundo es iluminada a través de lo foráneo, lo externo: el androide o replicante. Los androides, rememorando el mito de Frankestein, son creaciones humanas rebeladas que no se satisfacen con los cuatro años de vida programados: quieren más vida. Han logrado desarrollar sentimientos humanos y quieren vivir. Roy visita a su padre creador para lograr alargar más tiempo su exsitencia pero, ante su negativa, comete el parricidio: la muerte del Dios-Padre creador. La creación quiere huir de su propio hacedor: no quiere ser avistado, constreñido ni perseguido por él, y sus ojos de superioridad y autosuficiencia son arrancados para morir. Los replicantes han decidido permanecer en la existencia, rebelarse contra la insoportable levedad del ser; aman la vida —lo bueno, pero también lo malo, retomando a Nietzsche—, son una especie de superhombres que actúan como contrapunto a ese mundo gris donde siempre llueve. El replicante es fiel a la vida, autosuficiente, ha pasado por la fase del león derribando a su amo, se ha convertido en dueño de sí mismo y, renaciendo como un niño, trata de crear nuevos valores: los de la vida. Roy es el gran antagonista de Rick, que ha perdido su identidad, que carece de sentido, y es la oposición de aquel John Isidore de la novela, retrasado e incapacitado para instalarse en las colonias, o aquel J. F. Sebastian de la película. Tanto Rick como el incapacitado sirven para condenar la moral de esclavos de quienes pertenecen a un mundo de valores que no permanecen en la vida. Las fotografías —placebo contra la anomia— y el unicornio persistente en Rick son recursos para evocar ese vivir desvanecido, el ideal buscado por Roy.

El diálogo final de Roy es uno de los más conocidos en el cine contemporáneo, siendo un compendio de la visión nietzscheana de la existencia, el anhelo por permanecer y la creación de unos valores propios construidos sobre la base del amor por el mundo terrenal. Roy no destruye a Rick —que ha acabado con su amor y sus compañeros— sino que, sabiendo que su final es cercano y construyendo una alegoría de Jesucristo con el clavo traspasando la palma de la mano, deja vivir a Rick: le permite saborear los últimos instantes de su existencia junto a Rachael, del mismo modo que el conductor de la nave, que termina con su enigmática advertencia: “Lástima que ella no pueda vivir, pero ¿quién vive?” El final abierto con el interrogante de si finalmente Rick es un androide muestra de nuevo la rebelión de este sujeto contra un mundo terrible y sin sentido.

 

ARTÍCULOS DISPONIBLES:

Javier Rivero Grandoso, “Ciudades en la obra de Philip K. Dick y su adaptación al cine (I)”

Rodrigo Castro Orellana, “Ciudades ideales, Ciudades sin Futuro, El Porvenir de la Utopía.”.

Fernando Vizcarra, “Modernidades múltiples y perfiles identitarios en Blade Runner. Un ejercicio de análisis textual cinematográfico”.

Magdalena Cueto, “Nuevas formas de lo trágico. Blade Runner y la melancolía”.

Claudio Alfaraz, “Discursos de lo artificial. Blade Runner como representación social de la técnica”.

David P. Montesinos, “Treinta años con Blade Runner“.

Es inevitable volver una y otra vez a él, de lo contrario únicamente nos estaríamos ahorrando una dicha necesaria, una sacudida en la conciencia que siempre viene bien. Su capacidad de transmisión y su forma de escupirnos su mensaje, que nos da de lleno, es encomiable. La repetición de sus temas no actúa en detrimento de su excelencia, sino más bien lo contrario: dibuja, desde múltiples prismas, las preocupaciones y las angustias del ser humano. Nos referimos, por supuesto, a Franz Kafka: ese pesado compañero al que hay que volver de vez en cuando, para caer quizás en la angustia pero, también, para reconocer los motivos de su aparición. Recientemente comentábamos las impresiones de Sin novedad en el frente, como fresco de esa gran tragedia de la primera guerra definida como “total”; hoy retornamos a este austríaco que, publicando su obra entre las dos primeras décadas del siglo XX y de forma póstuma, nos legó unas historias referentes de todo un siglo. No en vano se ha calificado a Kafka como la “voz del siglo XX”. Es de agradecer a su amigo Max Brod que no hiciera caso a Kafka en su deseo de destruir toda su obra: ¡Nuestra civilización habría lamentado tal pérdida!

Son bien conocidos sus obras clásicas y algunos de sus cuentos, siendo estos últimos verdaderos mensajes hechos de pura dinamita para atentar contra nuestras conciencias. En algunos de sus cuentos hay símbolos reiterados como el caso del camino, siendo este una forma de unir dos lugares; no obstante, los personajes de Kafka no suelen encontrar el destino y sus pasos se encuentran con obstáculos insalvables: las puertas no se abren, el camino es pedregoso, la compañía no ayuda. La lucha de Kafka es pasiva: el personaje no se rebela, no suele mostrar felicidad y, a veces, ni siquiera angustia ante una situación incomprensible. Kafka no es Sísifo que, como sugirió Camus, podía llegar a tener un momento feliz en el último momento del ascenso de la colina; Kafka ve un destino terrible e inexorable. A pesar de ello hay algún personaje que quiere huir de esa realidad insoportable, como es el caso de La partida donde, pese a la incomprensión de su criado, un chico decide huir del poblado a caballo para alcanzar su meta. Es posible que en la mente de Kafka se vislumbrase su destino fatal, como puede verse en Una pequeña fábula, del que podemos ver una animación. El ratón se siente preso en un mundo que ha sido grande pero se ha tornado pequeño, insuficiente para él. El pequeño animal es vulnerable, como los cuerpos de los personajes de Kafka; no tiene rumbo, sólo puede volver hacia atrás como le señala una voz. Deshacer su camino sólo lleva a la muerte: la caza por el gato. Es una sociedad insegura cuyo fin es la muerte animalizada, como la de Josef K. en El proceso, que murió “como un perro”.

Estas dos últimas historias corresponden a extremos antagónicos: una cierta esperanza en lograr encontrar un camino por el que alejarse rápidamente, y el terrible final de la muerte. En Un golpe en la puerta del cortijo nos deja con la duda: ¿qué le ocurrirá al personaje? Éste ha sido culpado por el único delito cometido por su hermana de tocar una puerta en el camino —aunque existe la duda de si llegó la puerta del destino fatal— y, ante tal transgresión, el destino está claro: la cárcel, la celda. El personaje sigue creyendo en su inocencia, en que se resolverá todo; pero bien sabe el lector que no ocurrirá así, que su final será como Josef K., que nunca sabrá por qué ha sido encarcelado.

Los personajes de Kafka son protagonistas de las ruinas de una civilización y son extraños entre sí: se sienten ajenos y alienados porque no comprenden los mecanismos de una modernidad que no les es propia. Son abúlicos ante la propia muerte, son precursores del existencialismo de aquel personaje de Albert Camus que no siente ni un ápice de tristeza al conocer la muerte de su madre. Sus personajes son infelices, como ocurre en Ser infeliz, historia que encarna en su totalidad el adjetivo atribuido a su autor. La historia desarrollada carece de sentido discernible para nosotros pero sí cumple su función: da cuenta del miedo del personaje, del sinsentido del espacio cerrado violado por un extraño, de la inseguridad de aquel que tropieza con su propia vida, del terror de sentirse escuchado. La puerta vuelve a tener su función diferenciando espacios, construyendo mundos aislados y desconectados, cubículos de existencias independientes. Esa puerta se puede abrir para traer el miedo, pero también se puede cerrar e imposibilitar cualquier esperanza, como ocurre en Ante la ley.

ANTE LA LEY

Los personajes de Kafka resuenan en nosotros y nos turban, nos sacuden, nos ilustran un siglo desastroso; por eso, este autor fue concebido como “avisador del fuego” por Walter Benjamin: anunciaba una catástrofe venidera personificada en la depresión económica, el ascenso del fascismo y del nazismo, la desorientación social. Pero no sólo es profeta de tiempos venideros, sino testigo de unos felices años 20 llenos de contradicciones. No sería el único en dar este tipo de respuestas y en agitar nuestras conciencias: también Max Weber llamó la atención sobre el desencanto de un mundo racionalizado, mecanizado y burocratizado donde el individuo no se realiza, sino que cae en una “jaula de hierro” que rompe la libertad; o Sigmund Freud, en 1930 con El malestar en la cultura, donde daría cuenta del malestar inherente al sujeto, la agresividad insatisfecha por los impulsos, la falta de soluciones definitivas y el equilibrio roto entre el principio de vida y el principio de muerte. Todas estas propuestas y productos culturales, desde diferentes puntos de vista, arrojan luz a problemas e interrogantes que habitaron en las conciencias de estos autores y que hoy deberían habitar en las nuestras.

jaula de hierro

I. Cuando te sientes transportado a momentos pretéritos; cuando sientes en primera persona el sufrimiento ajeno; cuando confraternizas con ese lejano narrador, no mucho más joven que tú; cuando alcanzas a comprender el verdadero sentido trágico de una guerra: ese es el momento en que una obra literaria consigue cumplir su función, el momento en que la labor de su escritor adquiere toda la plenitud. Leo con fruición Sin novedad en el frente, la gran obra de Erich Maria Remarque publicada en 1929, sintiendo en mis carnes el relato desgarrador de un posible soldado alemán en la Primera Guerra Mundial. En los primeros momentos de este disfrute —o padecimiento— advierto que es una obra evocadora, sentimental: un libro necesario y útil para un estudiante de Historia.

sin novedad libro

La prosa ágil y el relato continuo forjado a partir de múltiples pensamientos y acciones sirven para transmitir, más que narrar, para alzar la voz y para denunciar. Son muchos los momentos memorables de esta obra, llevada fielmente al cine por Lewis Milestone en 1930, y más tarde en 1979 por Delbert Mann; sin embargo, son las íntimas confesiones de tú a tú que hace Paul las que son capaces de generar un sentimiento en el lector, de sacudir nuestras conciencias. Los primeros momentos de la guerra, caracterizados por la felicidad del servicio a la patria y la confianza en que sería una contienda rápida, contrastan terriblemente con las imágenes de “guerra total” con que esta obra nos ilustra. El continuo goteo de muertes, la masa entregada al ideal patriótico, el combate directo y su ferocidad, la hambruna de los civiles y del frente: la violencia sin precedentes en todas y cada una de las facetas del ser humano. Un mundo ha terminado, se ha agotado: el mundo infantil de las clases y los libros, los sueños y los anhelos. La guerra ha llegado y, con ella, la barbarie del nacimiento del horror. La trinchera es la metáfora de ese mundo oscuro, sumido en el fango, en la podredumbre humana; la humanidad se ha desvanecido y los resquicios de ésta agotan su capacidad evocadora. Es el mismo sinsentido de la entrega gratuita a la muerte que veíamos en la memorable Paths of Glory de Stanley Kubrick (1957). Relatos antibelicistas imprescindibles; artefactos de un horror pasado.

“Pero aquí, en las trincheras, lo hemos perdido todo. Ya no se eleva en nosotros ningún recuerdo; estamos muertos, y el recuerdo planea a lo lejos, en el horizonte. Es una especie de aparición, un enigmático reflejo que despierta, al que tememos y al que amamos sin esperanza. Es intenso, y nuestro deseo es intenso; pero es inaccesible, y lo sabemos. Es tan vano como la esperanza de llegar a general. […] Hoy pasaríamos por el paisaje de nuestra juventud como viajeros. Los hechos nos han consumido. (pp. 110-111).

La convivencia de ambos mundos de vida es incompatible: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios se llama Abraxas”. Así lo recordaba Hermann Hesse en Demian (1919), otra obra atravesada por la tragedia bélica. El mundo de los ideales y de las aspiraciones de toda una generación ha sido atravesado por la bayoneta de la guerra. No es posible vivir el mundo de la guerra sin destruir el mundo de los sueños. La vuelta a casa en tiempo de permiso se hace insoportable; el contacto con la realidad que quedó atrás duele:

“Todo eso me atrae de un modo irresistible y quisiera hacer como ellos y olvidar la guerra. Pero al mismo tiempo siento un rechazo, todo es tan limitado. ¿Cómo puede eso llenar una vida? Habría que aplastarlo todo. ¿Cómo puede existir eso mientras en el frente la metralla zumba por encima de los cráteres, las bengalas se alzan en el cielo, se llevan a los heridos en las lonas de las tiendas y los camaradas se agachan en las trincheras? (pág. 151).

Paul sobrevive durante los largos años de la guerra, construye un mundo soportable pero ve a todos y cada uno de sus amigos morir. El final llega tarde —o pronto—, su vida se marchita en momento de inactividad en el frente. Su recuerdo evoca a generaciones.

II. Sin novedad en los frentes: esta es nuestra dura realidad, como la de Paul cuando hubo de morir. Desgobierno y mediocridad, incertidumbre y vacío, incomprensión y pérdida: los frentes perpetuos. Este crudo panorama está conformando un mundo del desánimo, un mundo que no acaba de invitar a la movilización real y efectiva —si es que todavía es pensable una movilización efectiva—, un horizonte de desolación y desubicación. Las críticas emergen en estos días: tratan de ser como esas bengalas de la guerra que iluminan el campo enemigo para ser reconocido y atacado. No obstante, no hay tal ataque certero; quizás no hay ni reconocimiento previo. El déficit democrático de las instituciones comunitarias es alarmante y la guasa con que se nos trata y se nos pretende aleccionar es irritante. Los continuos vaivenes de unos mecanismos institucionales que nadie consigue llegar a entender llevan al desánimo generalizado. La persistencia en unas políticas alejadas del ciudadano es la misma determinación de aquel general de Kubrick que trata de mandar sus tropas a un suicido seguro. El juicio y la responsabilidad de los culpables se evaporan en una maraña inextricable de actores e instituciones que ya no responden a su papel.

sin novedadDesgraciadamente, el mundo que dejamos atrás que, sin ser el mejor de los posibles, era un dulce manjar de seguridad y certeza, se resiste a volver. No vemos la dirección ni la luz: no hay bengala que nos ilumine; los soldados de la imagen tampoco encuentran ya el camino de vuelta. “Ya no podemos encontrar el camino que nos conduzca a nosotros mismos”: ¡cuánto comprendemos a Paul! Esperemos que no llegue ningún toque de gracia como sufrió este joven, viendo cómo su futuro y su certidumbre se desvanecían sin posibilidad de retorno; y si debe llegar que encuentre en nosotros una buena coraza con que combatir.

Tiempos revueltos nos ha tocado vivir. El ministro Luis de Guindos calma las arenas movedizas de la sociedad española afirmando que nuestros depósitos bancarios “son sagrados”, es decir, son una certeza “inmodificable” según la Real Academia Española. No obstante, bien sabemos nosotros que pocos espacios y pocas seguridades quedan ya como sagradas entre nosotros: el sociólogo Zygmunt Bauman tenía razón al afirmar que la solidez se ha desvanecido de nuestras sociedades. Y si no, que le pregunten a los chipriotas que están viviendo unos duros momentos de incertidumbre en que la solidez de su sistema bancario y la seguridad de sus ahorros se va paulatinamente poniendo en duda. Eso sí, las responsabilidades de quienes toman estas medidas —igual que tantas otras que estamos acostumbrados a ver— viran de ministro a ministro, de organismo a organismo. El mismo rumbo perdido lleva la Unión Europa, institución que personificó los ideales de tantas generaciones y que hoy parece un débil enfermo destinado a entorpecer más que a ayudar. El problema de todo ello es que una salida de este organismo o su desaparición es algo inviable: no parece haber grandes alternativas.
No, no hay grandes alternativas a lo que vivimos. O, al menos, nadie parece ofrecernos tales caminos que transitar. Las medidas son unas y trinas, inmaculadas, sagradas —como los depósitos de los españoles—, unívocas e inmodificables: la verdad es indiscutible y no admite valoraciones. Este panorama empieza a cansar, del mismo modo que cansan las vanas promesas de las sendas positivas que se vislumbran no se sabe dónde.
76029Precisamente, en estos días de relativo descanso he decidido ahondar más en mi pesimismo y comenzar a leer, a sabiendas de que me condenaría a la negrura más insalvable, La doctrina del shock, que publicó Naomi Klein en 2007. Era una obra —con su documental homónimo— que estaba ahí, en mi estantería, aguardando el momento de ser leída, pero en un año no había encontrado esa decisión en mí. Ha llegado el momento, quizás por desgracia, en que he empezado a adentrarme en lo que nos relata esta periodista. Es muy recomendable: su tamaño no debe disuadir de su lectura; está escrita con un lenguaje sencillo, con rigor y agilidad. Y, lo más temible de todo: es tremendamente actual y clarifica muchas de las oscuridades a que nos condenan.

handsoff¿Qué nos queda a los ciudadanos? ¿Tener las manos quietas, como denuncian estos chipriotas, y esperar que nos asalten? Es necesaria una gran conversación, una nueva narración moral, como dijo Tony Judt; seguir transitando por este camino no parece llevarnos a buen puerto, más bien al contrario. Tuvimos valores, los tenemos; creímos en una sociedad mejor, y debemos creer en ella. Cómo actuar desde nuestra humilde posición sigue siendo mi gran duda, los fuertes discursos no se materializan en nada que visiblemente tenga algún efecto. Se admiten propuestas. Mientras, tratemos de que nuestros depósitos sean realmente sagrados y De Guindos tenga razón; y, sobre todo, de que no se haga realidad la amenaza que nos legó George Orwell en 1984:

“Os exprimiremos hasta la saciedad, y luego os llenaremos con nuestra propia esencia”.

“La nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla”. ¿En qué medida vive la gente en un estado de melancolía? ¿Hay una resignación general hacia ese sentimiento concreto? ¿Se atempera de esta forma? No sabría decir si es melancolía lo que se siente de forma generalizada; pero sí decepción, vacío, desorientación e indefinición, como las nubes que van y vienen, que se unen y se separan, que se esfuman. Las sólidas certezas de nuestro marco vital se hacen añicos. El clima informativo actual es depresivo e infame: corrupción, guerra, irresponsabilidad, engaño. La realidad —mostrada y confeccionada— es una imagen vacía y hueca de nuestra civilización, un panorama desolador que pone a prueba las voluntades individuales y colectivas.

joyceEl pensamiento inicial de la entrada está puesto en boca de Little Chandler, personaje de “A Little Cloud” (“Una nubecilla”), perteneciente a Dublineses, obra de James Joyce publicada en 1914. Chandler es un mosaico de sentimientos desesperanzados que se van desgranando en el escaso tiempo en el que transcurre este relato en la ciudad de Dublín. Joyce dibuja magistralmente la inferioridad que siente Chandler respecto a su amigo Gallaher, que emigró a Londres y se labró un futuro como redactor. Little Chandler, alicaído desde el primer momento en que se anuncia su nombre, protagoniza un viaje que despierta en él ese sentimiento de inferioridad: se reúne con su viejo amigo, que ha regresado al “terruño”. El antagonismo entre los dos amigos no puede ser mayor: Gallaher es un triunfador vividor con aires de importancia; Chandler se ha visto condenado a casarse, tener una vida mediocre y ver el sueño de su vida —ser escritor—frustrado. Son ejemplo y muestra de una serie de binomios antagónicos: Dublín/Londres, pasión/sencillez, triunfo/mediocridad, exceso/abstinencia… Chandler está retratado por medio de símbolos que delimitan su carácter desilusionado: sus dientes de leche, su intolerancia hacia el alcohol, el pago de los muebles a plazos, etc.

La dura e iniciática visita de su viejo amigo se torna insoportable al volver a casa. El círculo se cierra y el personaje vuelve al lugar al que pertenece: la “alegría sencilla” que no es tal. ¿Qué le espera? Un niño que llora y por el que no siente afecto, y una mujer en cuyos ojos “no hay pasión”. Su fracaso literario se plasma en el intento de leer a Byron, interrumpido por el lloro de su hijo; y en su incapacidad expresiva. El personaje se construye, de forma condensada e intensa, a través de sus sentimientos en esa jornada: “Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo…” (pág. 75).

Little Chandler es una “little cloud”, una pequeña nube que se esfuma. Sus aspiraciones de juventud se han evaporado y quedan en el fondo de su alma, tratando vanamente de realizarse. Aun así, él sabe que es más capaz que su amigo, y ello incrementa su drama. La maestría de Joyce evoca nuestro presente: la triste realidad que sufrimos en nuestras carnes. Muchos de nuestros sueños, que un día parecieron estar esperándonos, parecen esparcirse como las nubes. Y, además, las nubes son incontrolables y forman parte de la naturaleza. Pretender controlar la naturaleza parece una osadía. Las nubes de nuestras vidas no pueden ser inasibles; son nuestros anhelos. Es triste ver cómo, de forma generalizada, parece hacerse realidad lo que legó Joyce en este cuento: “No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse” (pág. 65). ¿Es demasiado tarde para escapar?

Agosto 2010

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