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“La fluidez es la cualidad de los líquidos y los gases”. Así empezaba Zygmunt Bauman su conocido ensayo Modernidad líquida en el año 2000. Bauman acuñó este interesante término sociológico acerca de la modernidad, calificándola de “líquida”. Los líquidos son fluidos, movedizos, inestables y se adaptan a los recipientes que los contienen. Por el contrario, los sólidos son estables, más o menos duros, y para modificar su estado natural necesitan de fuerzas externas. Con esta contraposición enfrenta su “modernidad líquida” a la “modernidad sólida” que hemos abandonado. Parece que gran parte de lo que conformaba nuestras vidas hace unas décadas se ha venido abajo y se ha licuado. Los sólidos conceptos con que se construía nuestra existencia se han derramado y desintegrado, afirma el autor. No obstante habría que analizar en profundidad lo que este concepto da de sí para construir un panorama explicativo coherente.

Bauman hace un recorrido sociológico por diversas instancias de nuestra vida para mostrarnos ese proceso de “licuefacción” que, según él, han sufrido. Lejos quedan los duros compromisos que sólo podía romper la muerte; ahora se pueden romper de forma muy veloz. Conceptos como amor, matrimonio, trabajo, que, se nos presentaban hace escasamente dos décadas como referentes ineludibles para nuestro vivir, hacen aguas ya. La ampliación del concepto de matrimonio y el crecimiento del número de separaciones y divorcios dinamitan la solidez que el amor podía tener para una pareja que compartía toda una vida. No se trata de valoraciones positivas o negativas, sino de contemplar el proceso de cambio. El trabajo, que aún en nuestras jóvenes generaciones era un ideal a conseguir y en el que permanecer hasta la esperada jubilación, se ha evaporado. No sólo es que Europa, y más aún España, tenga dificultades en crear empleo, sino que el existente es “líquido”, precario, flexible… Nuestra vida ya no se asienta en patrones duraderos y permanentes, ahora toca adaptarse, transformarse, cambiar… como los líquidos.

Las cualidades de los líquidos también se ven en la transmisión de la información. Queda ya muy distante la enciclopedia universal que, instalada en un hogar, reunía a la familia para buscar tal planeta o tal país desconocido. Resulta inimaginable ya acudir a un todopoderoso libro de historia que solucione nuestras dudas. La información camina a la par junto a la velocidad de nuestra sociedad y los cambios producidos; las noticias completas e “inequívocas” se han acabado ya. Ahora asistimos a una televisión con decenas de canales diferentes y a una prensa variada con multitud de noticias y artículos. Una persona no puede abarcar toda la información que se vierte sobre un hecho y a ello ha contribuido enormemente Internet. La velocidad y la dispersión creciente de la información de nuestro mundo crean una imagen borrosa y extremadamente compleja en nuestra percepción. Es cierto que el grado informativo que ahora disfrutamos es el mayor tenido nunca, pero la duda estriba en si ello favorece o no al conocimiento que podamos tener de la realidad. Será que el conocimiento a retener, si su liquidez nos lo permite con su cualidad de multiforme, es el único posible.

¿Qué nos queda de este universo líquido que propone Bauman? Desde luego, quedan cosas sólidas y más aún habrá que construir y crear próximamente. De ello seguramente dependerá la vida de las generaciones futuras, de las convicciones e ideales sobre las que se sostengan. Y habrá que resistirse, como parece hacer Bauman en esta fotografía, y evitar que todo nuestro yo se fusione y se confunda.

La economía está de moda: no hay duda. Vivimos un ambiente donde la información nos llega constantemente y gran parte de la misma es económica. El motivo no es otro que la situación que vivimos y las medidas tomadas. La economía se ha convertido en un tema habitual en las conversaciones más mundanas pese a que la incomprensión y el desconocimiento son, por desgracia, muy habituales. Habría que avanzar mucho en la democratización de la información económica, no en cantidad, sino en calidad y en explicación. El hecho de que escriba esta pequeña nota es porque el diario El País en su sección Negocios comienza hoy  una serie de artículos dedicados a las crisis económicas a lo largo de la historia, comenzando desde la crisis bajo medieval hasta la actual.

Estos enlaces denotan la creciente presencia de la economía en el quehacer diario, y otorgan una perspectiva histórica a la realidad del presente.

“Lecciones de la recesión”, El País, Negocios, 8-1-12.

“La primera gran depresión europea”, El País, Negocios, 8-1-12. Por Antoni Furió, catedrático de historia medieval de la Universitat de València.

Hace unos años entré en la Universidad y viendo en perspectiva puedo reflexionar sobre algunos de los asuntos que atañen a ésta. Dejemos de lado la falsa imagen ideal con que, durante años y años, la sociedad iba dibujando este destino como el mejor de los posibles para el empleo. Sí es cierto que la vida universitaria, con todo lo que conlleva, es positiva, pero hay importantes problemas y uno de ellos es el que lleva atormentándome durante todos estos años. Es algo recurrente y que, a primera vista, no parece tener ninguna solución.

Me refiero a la figura del profesorado universitario. A los profesores y profesoras que imparten sus clases, unas repletas de alumnos, otras escasamente pobladas. El motivo de esto no es que los alumnos sean unos vividores hedonistas que no aprecien la gran inversión que se hace para cursar unos estudios. El verdadero motivo es que la mayoría de los docentes que imparten clases no son docentes, o lo soy en muy bajo grado. Y también forma parte de este hecho la escasa seriedad de algunos de estos docentes y el poco control que existe en la Universidad respecto a su tarea.

¿Qué es ser docente?

Los profesores universitarios, por regla general, son investigadores en su disciplina y su trabajo conlleva, además de la docencia, la investigación. El problema ocurre cuando la parte docente del profesorado queda desdeñada y olvidada. Este es el hecho al que estamos acostumbrados los alumnos, a un ambiente universitario de impersonalidad y de irrealidad. La tónica general son los profesores que, a veces ni siquiera se presentan, y llevan a cabo sus pertinaces clases magistrales como si la sala estuviera vacía. Y esto no es todo. Aún es peor el hecho, que ocurre muy a menudo, de que los profesores ignoren deliberadamente las guías docentes y los temarios oficiales. Esta situación provoca gran indignación entre el alumnado que toma de forma seria su formación y asiste a auténticas aberraciones. Cuando los alumnos pagamos una asignatura por la cantidad de créditos que tiene estamos pagando, al fin y al cabo, un producto que consumimos. El problema es que este producto puede resultar deforme, incompleto, o simplemente, diferente del que parecías haber comprado. En la gran mayoría de los casos los temarios no se acaban, y en mis estudios de Historia, es lo habitual. ¿Qué pasaría si un médico no diera una asignatura de anatomía porque el profesor no tiene ni idea de la misma o prefiere contar a sus alumnos otros asuntos, tan elevados para él? Seguramente se armaría un revuelo, pero en Historia esto no ocurre. Lo que ocurre es que esta situación se puede dar perfectamente pero nadie mueve un alfiler para cambiarla. Como nosotros no podemos matar a nadie si no se nos da todo el temario me recuerda siempre una compañera…

Ser docente no es nada de esto. Y tampoco es ejemplo de gran docencia la poca coordinación que tiene el título universitario en cuestión. La Universidad parece algo tan escasamente humano en algunos aspectos que el diálogo y la coordinación entre los profesores de un mismo título, o al menos, de un mismo departamento, es inexistente o infructuoso. Se puede obtener este título de Licenciatura sin saber absolutamente nada de Lutero o de la romanización de la Península Ibérica, pero no pasará nada. Si de verdad la Universidad se tomara un poco en serio la docencia hacia sus alumnos estas cosas no ocurrirían. Si esto ocurriera no habría profesores funcionarios que aplican su libertad de cátedra de una forma dictatorial, habría un equilibrio en los temarios entre los temas que gustan al profesor y los que no, habría verdaderos debates en clase, sería todo algo más humano.

Son muchos los aspectos a mejorar, y es necesario que esto se haga. El conocimiento parece que va a ser en las próximas décadas determinante para configurar nuestro maltrecho país y es urgente situarlo como una prioridad. Ha de acabar el absoluto descontrol del funcionariado docente, tienen que acabarse las reformas universitarias sin debate y cada tantos años, tiene que mejorarse en la investigación, pero también en la docencia, y hay que profundizar en la innovación, diezmada y burlada.

A veces es necesario descargar un poco de ira contenida, o mejor dicho, de decepción, aunque mi humilde contribución no sirva para nada. Quizás algún día retome los avatares de esta histórica institución; mientras seguiremos estudiando.

¿Dónde está?

Siempre me ha inquietado mucho la conocida exhortación de san Pablo a la alegría: “Hermanos: Estad siempre alegres” (1Tesalonicenses 5, 16-17). Es una llamada clara y sencilla, sin remilgos y totalmente directa. Ante esta advertencia surge la duda y la desconfianza: ¿quién se cree este hombre para decirnos que estemos siempre alegres? ¿Qué motivos tendrá? Además, insiste con otra de las comunidades: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres” (Filipenses 4, 4-5). Que estemos siempre alegres y encima, en el Señor. Realmente son unas palabras que, ante su aparente sencillez, guardan una profunda verdad que puede darnos que pensar. Pensaba últimamente en si este mensaje tiene vigencia todavía y si se corresponde con la realidad que observo. La respuesta inmediata ha sido la negativa. Es muy frustrante atreverse a encender un televisor u hojear un diario; las noticias que se nos muestran son decepcionantes. Crisis y más crisis, corrupción, asesinatos, violencia de género, dramas humanos… La lista es interminable y día a día nos vamos empapando de ese espíritu negativo que se nos ofrece desde los productos de los medios de comunicación. Los discursos ofrecidos por las televisiones y periódicos no pueden ser más desalentadores y llaman inevitablemente a la reflexión de quienes los sufrimos. Qué estará pasando para que estas noticias sean nuestro pan diario y qué ocurrirá para que las aceptemos resignadamente. Desde luego que es necesario informar y condenar este tipo de actividades pero el discurso periodístico debería ser capaz de acoger en él mayor variedad de sucesos. Seamos francos: hay gente que nunca será noticia. Hay acciones individuales y de colectivos que nunca aparecerán, que nunca darán luz y que no interesarán. Quizás habría que pensar de otra manera y creer en un efecto retro alimentador de estas opciones. En fin, dejo de divagar inútilmente pero seguiré empeñado en que esta provocación de san Pablo es necesariamente actual, para cristianos y para los que no lo son.

Doblan por ti.

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

John Donne

Sí, doblan por todos; las campanas doblan por todos. Cuando alguien es asesinado vilmente las campanas de su funeral repiquetean por ti; cuando una hambruna desuela una región, los gritos de sufrimiento resuenan en ti; cuando una persona pierde su trabajo, su voz pidiendo caridad llega a ti.

 Y sí, a dos semanas de las elecciones generales, todo el ruido hecho por nuestra clase política se dirige a nosotros. El motivo de John Donne con el que Ernest Hemingway abre Por quién doblan las campanas describe ejemplarmente nuestra situación actual. Estas campanas políticas nos anuncian que tenemos una cita, o una celebración como se suele decir. Sí, lo es. Tenemos una celebración de la democracia, una fiesta de nuestra representación, que pocos tintes de fiesta parece que va a tener. La calamitosa situación que estamos viviendo nos aboca a una sensación general preocupante. Meses atrás hablaba sobre la incertidumbre que estaba reinando sobre la conciencia social. Hoy no es menos, tenemos la certidumbre de los tantos millones de parados, y la incertidumbre de no saber cómo salir de este atolladero. Debemos luchar y debemos sentirnos llamados a participar con conciencia y sentido.

Veo con temor la desidia de nuestros ciudadanos y este hecho es un cáncer para el cuerpo de nuestra democracia que amenaza con seguir extendiéndose. Los adeptos a una u otra opción seguirán votando igual, en esta y en otras elecciones, pero aquellos defraudados o que no profesan un dogma político tan ciego y obstinado, cambiarán de opinión. La clave está en dar forma esa opinión y que no acabe siendo un mero discurso incendiario contra el sistema. Debemos quejarnos, gritar, criticar, pero también proponer y argumentar. Tony Judt lo expresaba muy bien en Algo va mal (2010): “Es necesario volver a iniciar un tipo diferente de conversación. Hemos de recuperar la confianza en nuestro instinto: si una política o un acto parecen erróneos, debemos hallar las palabras para decirlo”. Creo que la manera de la que salgamos de este momento marcará en buena medida el porvenir de las siguientes décadas. Cómo se construirá la ciudadanía, qué estado de opinión tomará forma, qué cauces de participación se abrirán… Son muchas las dudas y los peligros, pero las campanas tocan para todos aunque algunos hagan como que no las oyen.

Otra mujer, 1988. Woody Allen

Los sentimientos humanos son tan complejos que, en muchas ocasiones, resulta tremendamente analizarlos desde una perspectiva objetiva. De ello trata Otra mujer, la última película de Woody Allen que he tenido ocasión de disfrutar. Los ingredientes de esta obra no varían mucho de los usados por este director: personas de las clases altas de la sociedad, matrimonios desgajados, adulterios, la psiquiatría, etc. Son elementos que Woody Allen sabe combinar magistralmente y sacar el máximo provecho una y otra vez.

En esta ocasión, el director construyó una historia fría e hiriente, al contrario de lo que estaba acostumbrado a hacer. Sin embargo, supo tejer un relato que llega al espectador y le hace partícipe de él. Otra mujer es una reflexión sobre la vida y sobre la edad adulta. Es la imagen del transcurso de los años, de los anhelos incumplidos y de las ambiciones. Recordando a Ingmar Bergman en Fresas salvajes, Woody Allen reconstruye la historia de una prestigiosa profesora de filosofía que, al llegar a la cincuentena, experimenta un alto en su vida. La historia con que se nos deleita es un fragmento de su existencia, el fragmento más angustioso de la vida de esa profesora. La película es un proceso a través del cual la profesora llega a conocerse a sí misma de verdad y a través del cual rompe con las barreras que se había autoimpuesto debido a una rígida educación. Varios amores del pasado, una amiga perdida y una paciente del psiquiatra vecino le brindan la oportunidad de experimentar ese cambio. El personaje se ve necesitado de estos elementos para llegar a comprender lo vacío de su existencia, de su matrimonio y de su ambiciosa carrera académica. La imagen de la escucha a través de la pared de su piso nos muestra cómo necesita oír y ver más allá de los muros de su vida para lograr reconstruirla y emprender un camino nuevo. El paralelismo entre la profesora, aparentemente tan satisfecha de su vida personal, y la paciente interpretada por Mia Farrow es brutal. La paciente, dentro de su depresión, es capaz de analizar lúcidamente los tristes pasos de alguien ajeno.

La reflexión final se nos ofrece con el cambio de rumbo del personaje y con un momento, concreto y único, en el que se vislumbra la calma y la paz interior. La obra nos deja un momento aturdidos divagando acerca del recuerdo y de su naturaleza, de los momentos felices del pasado y de si éstos forman parte sólida de la vida o son un vago recuerdo inútil.

Sabía que ella era capaz de una pasión intensa… si algún día quería permitirse sentir. Y me pregunté si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido. Por primera vez en mucho tiempo me sentí en paz.

El camino.

Tras un tiempo de silencio, de pausa y de dedicarme a otros asuntos he vuelto a introducirme en el mundo de Miguel Delibes y de sus personajes. Esta vez ha sido El camino, publicada en 1950, y la sensación final ha sido grata, esa sensación caracterizada por la delicadeza del tacto de un objeto preciado que has encontrado. Es una novela que nos ofrece un plano a gran tamaño de lo que es el mundo rural a mitad del siglo XX en España. Es una fotografía a gran definición de las relaciones sociales que existen en ese mundo rural que tan bien conocía Delibes y de las que formaba parte. A través de grandes temas y grandes personajes va ofreciéndonos pequeños cachos de ese mundo. Los personajes, construidos con más soltura y mayor adecuación a lo que pretende narrar que en La sombra del ciprés es alargada, van añadiendo pedazos que el lector reconstruye junto a Daniel, el Mochuelo.

Son diversos los temas que trata Delibes: la muerte, la naturaleza, la religión, el tradicionalismo, etc. Respecto a la muerte, Delibes otorga gran vitalidad a sus novelas incluyéndola en ellas, adquiriendo su narrativa una fuerza muy sólida a pesar de lo trágico que pueda resultar. La religión es tratada como tal, en el contexto rural en que se enmarca, pero es la naturaleza una de las principales protagonistas de El camino. El pueblo que evoca la novela está ubicado en medio unos montes que construyen la vida de los habitantes. Los campos, bosques, picos y lugares de montaña articulan la novela y los personajes se construyen a través de ellos. La riqueza lingüística de la obra en cuanto a las especies de pájaros y de plantas es enorme, y se desprende un gran amor a la naturaleza del que no es ajeno Daniel, el Mochuelo. Él mismo deja ver lo siguiente:

“Él no tenía la culpa de ser un sentimental. Ni de que el valle estuviera ligado a él de aquella manera absorbente y dolorosa. No le importaba un ardite. Y en, cambio le importaban los trenes diminutos en la distancia y los caseríos blancos y los proados y los maizales; y la Poza del Inglés, y la gruesa y enloquecida corriente del Chorro; y el corro de bolos; y los tañidos de las campanas parroquiales […] Sin embargo, todo había que dejarlo por el progreso” (pp. 190-191).

 

Boda aldeana, Pieter Brueghel, 1568

Además de la naturaleza, es la imagen que da Delibes de lo rural una gran protagonista. Podría discutirse acerca de la veracidad y de la exactitud de esta visión del ambiente rural que aparece retratado en la novela como cúmulo de valores positivos y negativos. Es un ambiente bucólico, familiar, natural, pero también lo es conservador y colmado de valores negativos a través de personajes como la Guindilla. Al pensar en esta dualidad de lo rural ha venido a mi mente aquel cuadro de Pieter Brueghel el Viejo (Boda aldeana, 1568) donde los campesinos aparecen retratados igual que en la obra de Delibes: como personificación de lo bueno y de lo malo del hombre. La costumbre y la paz campesina se contrastan con la incivilización, la vulgaridad y la simplicidad. Lo mismo que pintaba Brueghel parece haberlo trasladado Delibes a sus páginas.

A pesar de todo lo dicho, lo rural, la naturaleza y lo religioso son los complementos que utiliza Miguel Delibes para ofrecer una reflexión acerca de la vida y del rumbo de ésta. La novela es una recreación del pasado de Daniel, el Mochuelo, que evoca su vida en el pueblo la noche anterior a marcharse a estudiar a la ciudad. La nostalgia se hace realmente presente en las últimas páginas de la obra donde se ve el dolor de la separación y el choque que experimenta el Mochuelo con la realidad. El fin de El camino es el final de la infancia de Daniel y es el inicio de algo indeterminado, de un gran cambio en su vida. Delibes nos da que pensar y evocar los cambios y vaivenes que trae consigo la vida. La novela, construida con una visión cristiana de la realidad, pretende mostrarnos la naturaleza del camino del ser humano y la consonancia o no con los planes de Dios. Sabiamente, uno de los personajes de El camino afirma que la felicidad reside en adecuar tu voluntad y tus planes de vida con los designios de Dios. Es así para los que somos creyentes y Daniel, el Mochuelo se da cuenta de ello. El final es muy ilustrador:

“Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca-uca le viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin.”

La marcha a la ciudad es inevitable para Daniel pues todavía no tiene el mando de su vida y en la noche anterior a partir descubre el amor y llora. Y ahí es donde se rompe la dureza de un alma noble que había pretendido estar al margen de los sentimientos humanos. Y llora, pues las lágrimas son reparadoras, al igual que lo hizo Pedro tras traicionar a su maestro (“Y lloró amargamente” Lucas 22, 62).

Desde hace unas semanas mi preocupación por la situación política y social en nuestro país se ha visto en aumento. Después de un letargo de bastante tiempo desoyendo las alarmantes muestras de desajustes vuelvo a ponerme cara a cara con esta triste realidad. Vivimos en estos días momentos muy intensos de vida pública y política. Hemos asistido a unas elecciones importantísimas por el viraje que suponen, a las horas bajas de un partido histórico, a las luchas intestinas dentro del mismo y a la toma de una decisión que parece ser la salida de este atolladero. Sin embargo, veremos cómo avanza la situación y si dicho partido es capaz de hacer frente al gran desafío que se le presenta en los próximos años, el de recuperar ese lugar del que tan apaciblemente se creían poseedores. Estas elecciones, bastante descafeinadas y sin sustancia en cuanto a propuestas y proyectos políticos en torno a lo que más nos preocupa, se han visto envueltas de un fenómeno mucho más interesante desde mi punto de vista: el movimiento de los “indignados”, o del “15-M”. Mi mente ha estado en cierto modo aturdida y ajena a estos problemas mundanos pero la agitación que estamos viviendo me ha hecho abrir un poco los ojos y contemplar la situación con preocupación. También es cierto que no he podido estar tan pendiente de nuestra actualidad como me habría gustado debido a otros compromisos académicos, tan amenazadores por otra parte.

Angelus Novus, Paul Klee, 1920. Rechazo a esa tempestad que llamamos progreso

Pues bien, volviendo a los “indignados”, he de decir que contemplé desde el primer momento con cierta cautela y precaución lo que empezaba a gestarse. En cuanto vi las primeras noticias en los medios de comunicación asistí atónito a unos sucesos que muy difícilmente creía que fuesen a ocurrir en nuestra sociedad. Pensaba que la sociedad española, y más concretamente la juventud, estaba viviendo un periodo de obnubilación mental, pensaba que la capacidad de respuesta era nula, y pensaba que el conformismo había hecho gran mella en España. Pero no. No ha sido una huelga general dirigida por unos dudosos sindicatos, no han sido mítines políticos de partidos, ha sido la sociedad que ha respondido ante las agresiones que está sufriendo.  Por eso, aplaudo la respuesta y la realidad tan masiva que ha tenido.

Después de estos días de tanta agitación me decidí por fin ayer a pasear por la plaza del Ayuntamiento de Valencia, recientemente rebautizada. El ambiente contemplado fue el siguiente: el centro de la plaza invadido por los indignados y toda su logística; y los alrededores de la misma plagados de la misma gente que un viernes por la tarde pasea tranquilamente por la ciudad con sus preocupaciones cotidianas, ajenos totalmente a la realidad que tenían a escasos metros. Me resultó interesante la imagen de la plaza, al igual que me resultó interesante el que un chico (presuntamente indignado) dirigiéndose a mí como “compañero”, me repartiese una hoja con el proyecto del movimiento. Fue curiosa la situación y de inmediato me dirigí a la librería más próxima para adquirir el manifiesto, tan comentado, de Stéphane Hessel (¡Indignaos!). Son unas páginas breves, sencillas y sin demasiado contenido, escritas por un antiguo miembro de la Resistencia francesa, pero en ellas se nos advierte contra indiferencia política, contra el conformismo y a favor de una resistencia pacífica tal y como está ocurriendo por toda España.

Los sucesos de ayer en Barcelona contra los manifestados han puesto a más de uno la piel de gallina y hemos tenido que contemplar esta situación tan vergonzosa, tan impropia de una democracia. No sé cómo se desarrollarán los acontecimientos, ni si los partidos políticos tomarán en serio las justas reivindicaciones de los “indignados”, pero esto ha marcado un hito en nuestra democracia. A partir de ahora no podrá seguir todo igual y los programas políticos de las próximas elecciones generales deberán incluir estas reivindicaciones que laten en una sociedad que por fin se ha puesto en su lugar. Era cuestión de tiempo y valentía, pero ante una situación como la que estamos viviendo era extraño que la ciudadanía siguiese en las nubes. Eso sí, una parte de la ciudadanía únicamente porque los resultados de las últimas elecciones han dejado claro cuál es la voluntad a corto plazo de gran parte de los españoles. Yo, mientras, sigo en mi estado de incertidumbre como hace unos meses…

A propósito de una lectura reciente han venido a mi mente esos individuos providenciales que actúan en las vidas ajenas removiendo los cimientos e insuflando un poco de vida. Alguna tarde de lectura y las idas y venidas de la rutina me han ocupado en digerir la solidez de La sombra del ciprés es alargada, primera novela de Miguel Delibes, publicada en 1948.

Como ocurre en algunas ocasiones, esta obra ocasiona un desasosiego interior que puede ser debido al clima que la envuelve de tristeza, de infortunio y de la cara más trágica de la vida. Es el desasimiento, la tragedia y la separación; la rotura de sólidos vínculos. El personaje principal, Pedro, articula y configura totalmente la novela y el resto de individuos que van surgiendo en sus páginas no son sino una necesidad del novelista para explicar el devenir de Pedro. Los personajes se suceden uno detrás de otro sin prácticamente coexistir e influyen a Pedro modelando su ser. La estructura de la novela es completamente circular y comienza y acaba en Ávila. El hecho vertebrador de la trama es la muerte y la tragedia que va apuntalando una historia cruenta.

El relato de la historia comienza con Pedro, que resulta huérfano y acaba habitando en un hogar donde, mediante la acción de dos los personajes iniciales (Mateo y Gregoria), se configurará una vida y un modelo mental, personificado en la Ávila de las murallas y las fortificaciones, que marcará toda su vida. Se puede entender la novela como la consecuencia de estas pautas aprehendidas en los primeros años de vida, como la lucha por guardar esa rigidez junto a las amenazas externas por cuestionarla.

Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer.

Así comienza la obra, con Ávila; y acaba del mismo modo (Me sonreía el contorno de Ávila allá, a lo lejos…). La aventura y el camino, donde los principios vitales de Pedro se pondrán en entredicho, tendrá un final tajante del mismo modo que el de Martina, regresando a los orígenes tras una experiencia nueva. A través del personaje de Alfredo y su muerte (que marcará de forma indeleble el alma de Pedro), mediante Luis y su familia y, sobre todo con Jane, Delibes sacude el estado anímico de Pedro y la inmovilidad emocional.

La tristeza y la depresión, junto al hecho repetido de la muerte y la desgracia (recordemos la entrañable escena de la perrita Fany con su pata inválida) vertebran la novela. La aparición de Jane atropellará todo esto pese a las sólidas barreras que impone Pedro, y éste se verá preso de un enamoramiento sencillo y hasta gracioso. Jane supone el elemento extraño y foráneo de la vida de Pedro, más que el resto de personajes. Ella es la mujer providencial de Pedro, la encargada de virar la existencia de este angustioso individuo y de dotarla de un nuevo sentido y una nueva dirección. La relajación de las barreras de Pedro ocasiona una etapa distinta, la única donde se puede ver emanar la ilusión en la novela, pero el infortunio se hará presente de nuevo. La terrible muerte de Jane abocará a Pedro a la depresión, al sinsentido y a la vuelta a Ávila y al cementerio donde su amigo de la infancia descansaba. Jane había depositado en su alma una simiente distinta pero las circunstancias le hicieron volver a la añeja y nostálgica sustancia de Ávila.

Y por encima de todo aún me quedaba a Dios.

Así concluye Pedro sus pensamientos; sintiendo, creo yo, no un triste sentimiento, sino más bien la abulia y la dejadez de alguien a quien la vida ha resultado una amarga existencia; una persona que, dejándose imbuir por la providencia de alguien, ha vuelto a caer en la misma realidad en la que estaba. Es la realidad del ciprés y de su sombra, alargada y no cobijadora ni acogedora, llena de pequeñas calaveras que aterrorizan.

¿Europa?

Estamos asistiendo últimamente a importantes agitaciones en el norte de África y desde nuestra perspectiva europea no acabamos de digerir las causas de estos conflictos. Siempre nos ha costado mucho comprender sucesos que traspasan nuestras fronteras mentales y quizás deberíamos hacer un esfuerzo y evitar el reduccionismo que, sobre todo a nivel de calle, se aplica con estos países. El norte de África merece especial atención y análisis concretos pero lo que estamos viviendo son las protestas de jóvenes, en una sociedad que no ha culminado la transición demográfica, que demandan mejoras laborales y sociales frente a una clase política y unos gobernantes que dejan ver problemas de corrupción, de falta de democracia, de largos periodos de gobierno y de poca trasparencia. Son los problemas recientes de Túnez, Egipto, Argelia, el Sáhara casi olvidado una vez pasa la efervescencia de la noticia, y hasta aquellos sucesos de otras regiones alejadas como la “maldición de los recursos” en el Congo (el asunto del coltán) y el futuro nuevo estado de Sudán del Sur. Lo estamos viendo en Túnez: corrupción desmedida, protestas acompañadas de dura represión, ansias de libertad, gobernantes con legitimidad dudosa, etc.

Todo esto requeriría análisis específicos pero la cuestión que me invade es la siguiente: ¿Cuál es papel que tiene Europa y la comunidad internacional en todo esto? Frente a estos conflictos, Europa parece tener la mirada puesta en otro lugar y el doble rasero sigue imperando en estas relaciones. Mientras vivimos en nuestra laguna de derechos humanos y nos vanagloriamos de ello, nuestras relaciones con otros países no los respetan. Los gobiernos europeos prefieren no realizar críticas a Marruecos por intereses de control de fronteras y por contener el islamismo, tan temido. Frente a los excesos en las extracciones de coltán, nosotros preferimos no saber de dónde viene el material de nuestros aparatos electrónicos. Amin Maalouf en su obra El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan (2010) ya lo advertía. Europa tiene que estar orgullosa de sus logros históricos, del Estado del Bienestar y de los derechos humanos que bien podrían considerarse universales; pero el problema reside cuando no se respetan estos derechos y estas reglas al relacionarse con otros países. Europa debe tener más protagonismo y continuar con el proceso de construcción política porque su papel en algunos conflictos que la tocan muy de cerca ha sido residual y miserable. Como señala un reciente artículo de El País, ante la corrupción y los problemas de Túnez frente a Europa sólo queda el otro lado de la moneda: el ser un país abierto a Occidente por medio del turismo y garantizar la seguridad de las fronteras. Habrá que decir sí a Europa, pero con letras mayúsculas y acabar con las políticas descafeinadas que vemos a veces.

Pero toda la responsabilidad no reside en la intangibilidad del concepto de “Europa” o cualquier otro organismo internacional. Las personas de la calle, en sus opiniones, actitudes y hechos, deben también mostrar una mayor sensibilización hacia aquello desconocido que nos atemoriza y nos provoca una inseguridad. El miedo a lo desconocido y lo diferente cala en las mentes humanas y hay que superarlo para poder ver más allá de nuestro reducto mental, tan “cómodo y acogedor”. Deberíamos poner mayor atención a más de cuatro cosas que ocurren a nuestro alrededor, pero claro está, todo ello requiere de un esfuerzo mental importante.

Enlazo algunos artículos que analizan los rasgos de estos conflictos, un artículo de un blog de compatriotas historiadores y un enlace de un documental reciente que emitió Cuatro acerca de la extracción del coltán en El Congo: Congo, tierra violada. Da bastante que pensar. Que tengan un buen día.

http://www.elpais.com/articulo/internacional/claves/crisis/Tunez/elpepuint/20110114elpepuint_7/Tes

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Contrastes/mediterraneos/elpepiint/20110114elpepiint_2/Tes

http://www.elpais.com/articulo/internacional/quieren/teocracia/quieren/libertad/trabajo/dignidad/elpepuint/20110112elpepuint_9/Tes

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Dias/ira/norte/Africa/elpepiopi/20110113elpepiopi_5/Tes

http://historiadoreshistericos.wordpress.com/2011/01/13/sudan-del-sur-puerta-al-congo/

http://play.cuatro.com/directo/reporteros-cuatro-rec/ver/congo-tierra-violada#directo/reporteros-cuatro-rec/ver/congo-tierra-violada

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