Fresas salvajes (Smultronstället), de Ingmar Bergman, es una dulce reflexión sobre la vida, sobre el amor y sobre la muerte, pero su dulzura va acompañada de las terribles sensaciones que te hace experimentar por medio de su protagonista, Isak Borg (Victor Sjöström). Llegué a esta obra cinematográfica al enterarme de que había servido directamente a Woody Allen para Deconstructing Harry (1997), una de mis películas favoritas. Isak es un anciano doctor que debe ir a un reconocimiento académico a la facultad. Este viaje físico para recibir el homenaje se irá alternando con el viaje al pasado, el viaje onírico que realiza simultáneamente. La mayor genialidad de esta obra es el tratamiento del protagonista, la capacidad de análisis individualizado a través del aislamiento del mismo. La cámara en primer plano en el rostro del anciano, las secuencias que reviven el pasado y la narración de los acontecimientos por él focalizan la atención del espectador en su persona.
Antes de partir hacia la facultad, el profesor tiene un sueño en una secuencia cinematográfica memorable. En él, se encuentra por unas calles desconocidas y advierte un reloj sin manillas, tan aparentemente frágil como terrible en su poderío para lanzar una advertencia a Isak. Además, vislumbra la muerte en un ataúd, y ésta trata de atraerse a Isak. El sueño delata los principales temores de Isak, hombre que ha centrado toda su vida en su carrera académica, un hombre egoísta y egocéntrico que ha perdido la capacidad de amar y ser amado. Durante el viaje físico se detendrá en varios lugares y se alternarán distintos recuerdos de su juventud. En la película se evoca con gran ternura el lugar donde solía pasar la infancia el protagonista, un lugar paradisíaco donde crecían las fresas silvestres y donde Isak encontró su primer amor. Sara (su primer amor) acabaría casándose con su hermano y representa lo inalcanzado, lo inocente y lo más puro. La otra Sara que aparece en la película es una acompañante en el coche de Isak que recuerda los anhelos juveniles del doctor, la vitalidad y la alegría más sencilla. Durante el viaje, Sara se debate entre dos hombres: uno de ellos es aspirante a pastor, preocupado por Dios y el sentido de la vida, y el otro, es un ateo convencido y extremadamente racionalista. Estos dos polos también aparecen en la personalidad de Isak. Durante todo el viaje en coche Isak va a acompañado de su nuera, mujer libre de su marido y sincera con Isak. Ella será quien confiese sin escrúpulos a Isak lo que es: un hombre egoísta que no piensa en los demás.
Ambos viajes, el físico y el mental, son viajes de conversión, de reconocimiento y de autoconocimiento. Isak verá a varias parejas en la vida real: la pareja de la gasolinera, simplemente felices, la pareja que recogen en la carretera, caídos en el error de la ofensa mutua, la pareja de Sara y la dualidad del creyente y el ateo, símbolo de las opciones de Isak, y finalmente, su nuera y su hijo que, reconciliados, sirven de ejemplo para el doctor. Su hijo es un pequeño Isak que cambia en la treintena y se deja embelesar por su mujer que le lleva hacia otro camino. Isak, sin embargo, cambia y transforma su mente en la senectud. Resulta memorable el episodio onírico en que Isak es examinado y no puede acertar ninguna pregunta. Es condenado como “culpable de culpabilidad”, una escena kafkiana donde Isak paga por sus errores y contempla la infidelidad de su mujer en el pasado.
¿Y a qué pena se me condena?
La de siempre, la soledad.
¿Y no habrá gracia para mí?
No me pregunte, yo de eso no sé nada.
Isak termina por darse cuenta de todo y experimenta una transformación. Se lamenta: Ya estoy muerto aunque todavía esté vivo. Es una película triste que nos machaca sin piedad mostrándonos cuál es el mayor castigo para el ser humano. Sin embargo, hay una vía de escape para ello y hay tiempo para rectificar. Isak terminará por valorar el amor hacia los demás tras el ejemplo de su hijo, y a la pregunta de cómo van sus problemas de corazón responderá que ya está curado. La obra acaba con Isak en un primer plano en su cama después de haber evocado otro sueño de su infancia. Al final, esboza una leve sonrisa que puede apreciar difícilmente el espectador, pero que es un aire de esperanza.
Cuando llego a la noche, después de un día intranquilo o tristón, trato de evocar para serenarme los recuerdos de mi niñez. Esta noche lo hice una vez más.

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Lamentablemente no he visto esta pelicula. Leyendo tu comentario me dio ganas de verla y es lo que hare. Despues te cuento
Me alegro de que te hayan entrado ganas de verla, es muy interesante y da mucho que pensar.