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“El día de hoy es un día de consagración nacional. Estoy seguro de que mis conciudadanos esperan que, al llegar a la Presidencia, me dirija a ellos con la sinceridad y la decisión que de nosotros exige el momento actual de nuestro país. Este es, principalmente, el momento de hablar con la verdad, cabal, franca y valientemente. No podemos ignorar las condiciones a las que honradamente, nuestro país debe hacer frente. Esta gran nación ha de perdurar como ha perdurado, revivirá y prosperará. Así pues, ante todo, permítanme expresar mi firme certidumbre de que lo único a que debemos temer es al temor mismo: al terror desconocido, irracional, injustificado, que paraliza los esfuerzos necesarios para hacer de la retirada un avance. En todas las horas oscuras de nuestra vida nacional, un liderazgo sincero y vigoroso se ha unido a la comprensión y al apoyo del pueblo mismo, condición esencial para alcanzar la victoria. Estoy seguro de que una vez más ustedes darán ese apoyo a fin de precisar el rumbo en estos días críticos”.

Parecen palabras del pasado 24 de mayo proclamadas por algún líder valenciano, madrileño o catalán, pero no lo son. Es Franklin Delano Roosevelt el 4 de marzo de 1933 el que se dirige a la nación azotada por la Gran Depresión con estas palabras. En este conocido discurso vemos la determinación a actuar: la promesa de una acción que no puede demorarse, que es ya urgente ante una nación que sufre el paro de una cuarta parte de sus asalariados, que carece de subsidios y que está inserta en una gran crisis financiera con la caída abismal de los precios y beneficios como nota característica. Es un discurso que, cuando menos, produce expectación, cierta ilusión: se dirige a sus ciudadanos, los anima a no temer, a ser francos y valientes. Estas palabras de toma de posesión del presidente Roosevelt causaron un gran revuelo: cartas de reconocimiento enviadas por los ciudadanos a la Casa Blanca; temores y críticas de reticentes a creer en un cambio de rumbo; y una gran repercusión internacional en Europa, Australia y Alemania. Incluso la prensa de la Italia fascista vio equivocadamente en este discurso la bondad del fascismo por la determinación de la acción. Las medidas que se tomaron a partir de este momento se conocen como las reformas de los Cien Días, esos primeros meses de cualquier gobierno en que lo fundamental se pone encima de la mesa, en que lo urgente se pone en marcha; en este caso, la reforma bancaria, la agrícola y la del trabajo.

Todavía en resaca electoral asistimos a un aluvión de noticias en Valencia sobre las incertidumbres del futuro nuevo gobierno. ¡Qué políticos y qué imaginativos nos hemos vuelto todos ahora! Tras años de letargo, la ranciedad más vetusta comienza a resurgir: de repente los muros de las redes sociales se llenan de consignas anticatalanistas, en contra de esa misma lengua que hablamos por estas tierras, en contra de banderas y banderines, de himnos y de juglares. Muros poblados por eslóganes acompasados por el periódico ABC que hace del peligro catalanista su mejor baza demagógica y electoralista.

Comienzan tiempos interesantes, como diría Hobsbawm, tiempos en que los ciudadanos que confiamos en un cambio tenemos el derecho a exigir una determinación real en la política, una tanda de medidas de urgencia en materia educativa, sanitaria, social y lingüística; a demandar que la vanidad individual –comprensible y lógica para personas que se han dejado la piel en la persecución y denuncia de la corrupción– de los líderes políticos no acabe en estériles reyertas que podrían debilitar lo que puede ser una gran oportunidad. Que el miedo no acampe por aquí, y que los agoreros apoltronados en los pasillos del sistema den paso a la ilusión. Llega “el momento de hablar con la verdad, cabal, franca y valientemente”.

descargaHace unos meses leía La peste, de Albert Camus, publicada en 1947. En esos momentos se había “recomenzado”, como tantas veces aparece en la novela: Europa había tomado caminos diferentes dejando atrás medio siglo de guerras, crisis, matanzas y de hundimiento del ser humano. La peste que arrasa la ciudad de Orán, en Argelia, es el símbolo –tantas veces interpretado– de esa enfermedad que constituyó el nazismo –o, si se quiere, el totalitarismo en general– en los años 30 y 40 del siglo XX. Esa enfermedad se ignora en un principio, los habitantes de dicha ciudad miran hacia otro lado y se escabullen, cayendo en el individualismo. Pero, llegado un momento, la omnipresencia de la muerte que va corrompiendo y degradando la sociedad argelina se hace tan evidente que hay que hacer frente a ella: es necesario luchar con lo que se tiene, con valentía; es urgente “recomenzar” y crear de nuevo. En esos momentos, la percepción del tiempo se diluye: ya no hay pasado, que queda borrado en la mente de los ciudadanos; tampoco hay futuro, pues la muerte arrasa con todo; se impone, por tanto, el presente, la lucha diaria por sobrevivir al día de mañana, un día en que esas personas serán otras, en que la individualidad se habrá vuelto a definir en cada acto, como apuntaba Nietzsche décadas antes.
Ante este mal que circunda la ciudad entran en juego las acciones individuales. La masa, entendida como ente homogéneo, sin voluntad y sometida a ese fantasma medieval, queda anulada: todo ha perdido su sentido, el absurdo se cierne y el castillo kafkiano vuelve a vislumbrarse con todo su poderío. La huida, la resignación, el derrumbamiento: estas serán las acciones habituales ante tal desastre; pero también la valentía individual del doctor Rieux. El final es fácilmente imaginable: “Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado”. Tocaba recomenzar y construir de nuevo. Pero, ¿cómo hacer eso? Y mejor aún: ¿cómo hacerlo hoy en una tierra devastada, saqueada, ninguneada? ¿Qué habremos hecho mal? ¿Habrá valientes doctores como Rieux en las próximas semanas que ataquen esas pestes? ¿Habrá alumnos de las escuelas que se sientan sacudidos por esa peste y que se muevan a alzar la voz? ¿Habrá más alumnos que pidan consejos para leer libros porque un día leíste en clase un fragmento de Algo va mal, de Tony Judt? ¿Calará ese mensaje? Y lo más terrible: ¿cómo lo hará en mí?

4785420 “Compro un ejemplar y lo leo mientras oscurece en la calle y se encienden los faroles entre el viento y las azoteas, bajo trozos de cielo pálido y nubes enrojecidas que se agrupan y se apagan en una masa oscura al fin”. Así se refería en un artículo en el diario ABC Carmen Laforet en abril de 1972 después de haber adquirido El fugitivo de Ramón J. Sender. Su adquisición adquiere tintes poéticos que pretenden imbuirnos de la idoneidad del momento en que esta autora comenzó a leer el libro que su amigo le había dedicado. Los trozos de cielo pálido y las nubes enrojecidas no se agrupaban todavía cuando yo adquirí un viejo ejemplar de Destino Libre rebuscando en una vieja librería; tan solo me topé con él y la solapa me evocó una lectura reciente de Rafael Sánchez Ferlosio que recuperé de una casa familiar. Ante esta evocación, ante ese lomo grisáceo castigado por los años –pero virgen e inmaculado todavía–, no pude dejar de resistirme a ver quién era el autor. Para mi sorpresa fue Sender, del que ya había leído Réquiem por un campesino español –también adquirida de una forma poco ortodoxa: en la manta de un mercadillo delante de mi facultad por uno o dos euros–; y el hecho de desconocer esta obra que ahora tenía entre mis manos me llevó a comprarla cerciorándome de que la temática podía interesarme. Era un acto de redención: estaba rescatando una obra de una vieja editorial ya descatalogada e iba a unirse a mi propia biblioteca; no tenía otra opción; no podía permitir que permaneciese eternamente escondida, sepultada entre baratijas literarias.

Al leer en los días siguientes esta desconocida obra, pude darme cuenta de lo poco relevante que había sido en la red; únicamente encontré una referencia de la reseña que había dedicado Carmen Laforet en ABC. La autora de Nada apostillaba con tino: “hay mucha vida condensada en estos trazos argumentales tan amenos y hábiles, en este juego casi guiñolesco de la acción, entre este ágil, inteligentísimo humor y no siempre negro, pero, a veces, de sátira esperpéntica”. Y continuaba después: “El drama del hombre que encuentra la sabiduría de su propia felicidad de vivir al borde de la muerte”. Es una obra que habla de vida, de felicidad y, sobre todo, de libertad: de esa libertad experimentada ante cualquier situación vital y acompañada siempre de dicha. La acción es atemporal y bien podría situarse en una gran cantidad de tiempos y lugares aunque, inevitablemente –y sobre todo para quienes hemos leído Réquiem–, nos transporta hacia la España de aquel dictador cuya muerte se conmemorará este año, en su cuarenta aniversario.

Ya no es Paco, el ejecutado, sino Joaquín que, habiendo cometido un delito nunca conocido en la novela, habrá de huir y esconderse para evitar su ejecución. Al finalizar la novela queda claro que su único delito es ser libre y remar a contracorriente en  una sociedad intolerante y represiva. Asistimos a una clara evolución del personaje: de un ser abúlico pero feliz, que raya lo bartlebliano, hasta un redescubridor de la vida. La insatisfacción amorosa que encuentra en sus tres antiguas novias simbolizadas magistralmente en las tres muñecas del campanario se redime con el encuentro con su mendiga. Es ese encuentro el que hace transformar su noción de libertad: de creer “conveniente declarar que soy feliz con la sentencia” (de muerte), a suplicar “al juez con lágrimas en los ojos que pidiera para mí el indulto”.

El personaje no deja de recordarme al desventurado Sísifo que había de sufrir el peso de la desvergonzada piedra obligándole a retroceder. Aunque lo cierto es que no al mítico Sísifo, sino al Sísifo rejuvenecido y actualizado por Camus, aquel que, contemplando el fatal destino al que había sido condenado, podía encontrar un atisbo de felicidad, podía “imaginarse a Sísifo feliz”. A tal punto llega Joaquín que afirma lo siguiente, siendo ya presa del sistema totalitario y represivo: “Me considero dueño de mis actos y de mis pensamientos, y más sereno y razonable que nunca en mi vida. (…) El resultado de este proceso es el que yo esperaba y deseaba desde lo más íntimo de mi alma. (…) demostrarles mi gratitud. Con ese fin propongo distribuir mis bienes personales al hacer el testamento, si su señoría me lo permite, entre los tres funcionarios de la justicia aquí presentes. Gracias, señores, he dicho”. Su respuesta es un grito de rebeldía, es una huida lejos del convencionalismo que sacude a los funcionarios de la justicia; y tal gesto de desobediencia supone que su condena sea postergada una y otra vez porque la ejecución carece de sentido en una persona que no valora la vida o la muerte. Pero se equivocan: sí la valora aunque de otro modo: “Continuaba al margen del juego de las normas elementales secretas de la vida. Y a mi alrededor todos seguían, también, confusos”.

Bartleby-the-ScrivenerHa sido una grata sorpresa que me encontré en aquella librería a la que iba por primera vez, y una lectura que ha dado frescura a la noción de libertad y de felicidad. Es también una síntesis del siglo XX: de lo orwelliano y de lo kafiano, de Camus; y, por supuesto, de nuestro escribiente Bartleby que prefirió no hacerlo…

“Vino él solo y me hizo varias preguntas encaminadas todas a saber si yo amaba la vida y tenía miedo a morir, sobre todo a morir ejecutado. Mi amada esperaba en su cuarto”. Y a mi mente vienen los suspiros: ¡Oh, Bartleby!, ¡Oh, humanidad!

Hace meses, aprovechando la estimulante tarea que tenía por delante –dar unas cuantas clases de prácticas en 4º ESO sobre el nazismo y el fascismo italiano– comencé a leer El oscuro carisma de Hitler, de Laurence Rees, obra sobre la que ya dije varias cosas. Su introducción consiguió atraparme: la motivación del autor por emprender decenas y decenas de entrevistas a criminales de guerra para lograr comprender el fenómeno del totalitarismo en la Alemania de estos años me llevó a sumergirme en esta y otras obras suyas. Afirmaba en la introducción que no podía comprender cómo la personalidad de Hitler había llevado a cometer tales atrocidades; pero pronto lo aclaraba: “Yo no estaba hambriento; humillado tras perder una guerra; desempleado; asustado por la violencia que imperaba en las calles; no me sentía traicionado por las promesas incumplidas del sistema democrático en el que vivía; aterrorizado por que mis ahorros se desvanecieran en un desplome de la banca; y quería que me dijeran que todo ese caos era culpa de otro”. Culpa de otro, por supuesto: de los judíos, de los comunistas, y un largo etcétera de “no personas”, de infrahumanos. Traté de motivar a mis alumnos con esa introducción como motor de un historiador para comenzar una investigación, y haré lo mismo próximamente con mis alumnos ya oficiales cuando llegue tal tema.

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Todo ese caos era culpa de otro. Algo que, por otra parte, es bastante frecuente en nuestra sociedad actual sin necesidad de irnos a los años 30 del pasado siglo. Pero esa frase me llevó meses después a leer Auschwitz, obra comentada hoy en diversos medios por el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración y exterminio. Sin pretender hacer sombra al profesor Serna y su magnífica reseña, me permitiré el lujo de recomendar esta obra de nuevo citando algunos fragmentos. Los historiadores pecamos muchas veces de ser malos –o nulos– en comunicación para el gran público, así que insistiré en ello uniéndome a los múltiples artículos periodísticos que pueblan la prensa de esta semana.
“Sé que el presente libro tiene mucho de perturbador”. Así comienza Auschwitz. Los nazis y la “solución final”. Es perturbador, inquietante pero muy sugestivo; tiene una capacidad de narración increíble rescatando la información y las citas de sus múltiples entrevistas, tanto a víctimas como verdugos, y todo ello lo hila de una forma magnífica mientras involucra al lector a sumergirse en la barbarie, a sentir cómo vivieron y pensaron unos y otros, a comprender sin enjuiciar, y a valorar el contexto histórico. Comprender cómo la ética situacional puede resultar criminalmente peligrosa es, quizás, el motor de esta obra.
Una y otra vez el autor insiste en la idea de que las personas que se encargaron de estas ejecuciones eran ciudadanos normales, de esos que te puedes encontrar en el autobús y que pueden parecer unos buenos padres y unos vecinos ejemplares. Gran sorpresa fue para él este descubrimiento cuando esperaba encontrarse a criminales malévolos y endemoniados; y, sin ser así, la mayoría tuvieron muy claro que no se arrepentían de sus hechos, que habían actuado bajo el ideal del momento y al servicio de un Estado y de unas convicciones profundas.
El sistema de Kapos que se implementó en Auschwitz provino de Dachau, creando un sistema de cargos entre los reclusos con la finalidad de lograr un control más potente. “Las autoridades del recinto nombraban a un prisionero de cada barracón (…) que tendría un poder casi omnímodo sobre el resto de reclusos (…) Ellos harían, en mayor grado aún que los guardias de la SS, insoportable la vida dentro del campo de concentración, al adoptar un comportamiento arbitrario en su relación diaria con los demás internos”. Himmler expresó sobre ellos: “En el momento en que dejemos de estar satisfechos de él, dejará de ser Kapo y volverá a unirse al resto de prisioneros. Sabe perfectamente que éstos lo matarán a golpes la primera noche tras su regreso”. El miedo, la amenaza y la necesidad de preservar la propia vida se antepusieron a cualquier resquicio de humanidad sobre quienes eran reclusos como ellos.
Además de la brutalidad que estos cargos infligían y de los trabajos forzosos para las empresas archiconocidas que aprovechaban la mano de obra del campo, el Bloque 11 resonaba como otra de las estructuras más temibles. Tenía el mismo aspecto que los demás barracones de ladrillo rojo, pero tenía una función diferente como relata el testimonio de Jerzy Bielecki, que sobrevivió a este lugar de tortura y asesinato. Fue condenado en este bloque por estar enfermo e incapacitado para trabajar y su castigo consistió en ser colgado de una viga con las manos atadas por detrás de la espalda. Resulta curioso de este testimonio, más que el método de tortura, la variedad de soldados de la SS que podía haber en el campo: el mismo Bielecki habla del sádico que apartó la silla sobre la que estaba levantado, y del compasivo que lo ayudó a bajar. Comprender cómo era cada uno de ellos podía ser clave para lograr la supervivencia.
El autor también hace referencia a otros campos de exterminio anejos a Auschwitz para completar el relato de terror. En julio de 1941 Himmler ordenó la aniquilación total de los judíos de Polonia y, viendo la falta de infraestructura de Auschwitz, confió en la capacidad de otros tres campos polacos para tal efecto: Belzec, Sobibor, Treblinka. Sus nombres han pasado a la cultura común como sinónimos de terror por ser el lugar de ejecución de 1.7 millones de personas.
Sin embargo, fue Auschwitz, el campo hoy conmemorado, el que superó toda estadística llegando al millón cien mil personas que dejaron su vida allí. Fue en 1944 cuando se dieron la mayoría de muertes en este campo, momento en que las infraestructuras de exterminio industrial –y de alejamiento moral de la muerte– alcanzaron sus cotas máximas de efectividad. En su mayoría fueron judíos los allí exterminados, y concretamente judíos húngaros. La obra sirve también para fijarse en ciertos colectivos, más allá de este, que habitaron el campo: gitanos, con sus privilegios iniciales para poder vivir en familia, y Testigos de Jehová, cuyos testimonios son sorprendentes por la entereza de su fe, la colaboración con las familias nazis debido a su confianza absoluta en la divinidad y su providencia, y el cierto aprecio que llegaron a tener por parte de generales de la SS por sus buenos cuidados a sus hijos.
El resto es bastante conocido y la prensa se hace eco de ello. Las marchas de la muerte, una vez el Ejército Rojo se aproximaba en enero de 1945, incrementaron el nivel de mortalidad del campo en los traslados forzosos hacia Austria o Alemania. Muchos de ellos fueron a Bergen-Belsen, en la Baja Sajonia, conocido por las escenas filmadas tras su liberación, y la nula organización del campo, abandonado, con ausencia de toda dignidad humana.
Más allá de todo esto, insisto en mi recomendación de esta obra por alumbrar otros aspectos que quizás sigan siendo oscuros para la mayoría de las personas: los asesinatos de antiguos nazis por la Brigada Judía británica, sin ninguna garantía jurídica; la segunda condena a la que se vieron sometidos los judíos liberados por encontrar sus casas ocupadas; las deportaciones que Stalin ejerció tras la guerra a calmucos, tártaros y chechenos, acusados de colaboración por su negativa a aceptar la noción de “preso político”; y la impunidad con la que quedaron muchos de los miembros de bajo rango de la SS. Indica Rees que de 6500 personas colaborando con este exterminio entre 1940-1945, solo fueron 750 castigados. Sin embargo, hoy los protagonistas son los pocos supervivientes que quedan de los 7000 que lograron salir de aquel infierno con vida.

1. En un par de días se celebrará el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau de Polonia. Fue la noche del 27 de enero de 1945 cuando las tropas del Ejército soviético entraron en el campo. Los nazis habían dinamitado previamente los crematorios del campo para borrar pruebas del millón cien mil personas que dejaron su vida allí. Eva y Miriam, dos hermanas despertadas por los estruendos de las explosiones, asistieron a la desaparición de todo orden en el campo y salvaron de milagro su vida: aun siendo destinadas a una muerte segura por la imposibilidad de seguir el ritmo de las marchas de la muerte, pudieron zafarse debido a la proximidad del Ejército Rojo. Curiosamente fueron soldados del frente ucraniano los que llegaron en primer lugar al campo, y los gritos de ¡Somos libres!, ¡Somos libres! comenzaron a escucharse. El abrazo de esos primeros soldados a Eva fueron el primer elemento de calma después de mucho tiempo.

Los ecos de la historia resuenan una y otra vez en nuestro presente, y la negativa de Putin a asistir a este último aniversario conmemorativo con víctimas presentes ha sido noticia. “El señor Putin tiene a finales de enero una agenda muy intensa ligada a cuestiones de la política nacional. Representará a Rusia el jefe de la Administración Presidencial, Serguéi Ivanov”, reza la noticia. Y continúa recordando su conflicto en Ucrania que le mantiene en una difícil relación con Europa. Desde luego, esta “liberación” que narra Laurence Rees no puede idealizarse ni ensalzarse sin más: muchos de los presos que pudieron salir con vida de este y otros campos, se encontraron con un futuro roto por haber sido ocupadas sus casas en sus países de origen. El antisemitismo en la Polonia de posguerra continuó acampando y amenazando.

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2. Los ecos vuelven a aparecer en una jornada que me recuerda a la cita europea de hace unos meses donde todo parecía estar en juego y, realmente, nada lo estuvo en gran medida. De nuevo, hoy la cita griega se presenta como la jugada maestra contra las medidas de austeridad que llevamos soportando durante años; y vuelven a salir a la palestra ecos una y otra vez: los que vinculan a Tsipras con los comunistas de la guerra civil griega de mitad del siglo pasado; los que, sesudamente, citan a Keynes, y advierten contra la excesiva presión económica en Grecia; o los que tratan de ser apadrinados por Syriza en España. Lo siento pero no, no me gustan los baños de multitudes, los baños de masas de los partidos políticos. Veo unos minutos el mitin de Podemos en Valencia por la red y me desagrada profundamente. Íñigo Errejón bajado del cielo, con un semblante bien pulido y con aspecto juvenil, enciende a las masas, les dice lo que quieren oír y prorrumpen en aplausos con gritos de “Sí se puede”. Pues claro que debe poderse, pero ¿así? Parece que en un siglo no ha cambiado la forma de hacer política; no me gusta, no, me recuerda demasiado a El triunfo de la voluntad y rápidamente trato de apartar ese pensamiento y de cerrar la ventana.

3. Esto de los líderes carismáticos no deja de inquietarme, y ya son varios años. Sin haberme repuesto aún de las terribles imágenes del ataque yihadista en Francia, me da por leer El holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la segunda guerra mundial, también del profesor Rees. Espeluznante de nuevo. Desconocía profundamente la acción de Japón en la guerra y el papel de Hirohito, así como la voluntad de los soldados japoneses por inmolarse, por servir a un ideal trascendente y entregar su vida por ello. De nuevo me deja anonadado y me viene una y otra vez a la mente el fundamentalismo islámico, el Ejército Rojo, los mítines políticos y la raza aria. ¡Salvadme!

Abro los ojos y me despierto; al instante me lamento: he vuelto a dormir más de la cuenta, más de lo esperado. En pocos instantes tomo mi consabido desayuno y me pongo al lío. Hoy el enunciado es más largo de lo normal: “El conocimiento histórico, tiempo histórico y categorías temporales, el historiador…”. No acabo de leerlo, me abruma el título, me abruma la introducción; caigo en la cuenta del día que es y procuro avanzar con celeridad ante las frases teóricas que se agolpan en el texto. Todo, por supuesto, para no sentir culpabilidad. Pero ahí no acaba todo: me flanquean las distracciones. El estudio de Laurence Rees sobre Auschwitz por un lado; Niebla de Unamuno por otro; mis pasatiempos mentales siempre presentes. Pero no sucumbo: resisto estoicamente las tentaciones aun sabiendo que más valdría entregarme al goce que me flanquea, que perecer ante palabras tan vacías. Termino con valentía la lectura rápida de mis páginas y acudo corriendo a desembotar mi mente con un vistazo rápido del periódico. Lo mismo de siempre. Tan solo me llama la atención una noticia acerca de la violencia creciente en Venezuela, que se sitúa en segundo lugar después de Colombia, y me pregunto: ¿por qué siempre ha de atraernos la violencia, lo más bajo del ser humano, lo más innoble? Pero decido no pensar sobre ello porque me llevaría a dejar de leer mis páginas. Pero sí, como veis, caigo en la tentación de escribir algo, de renovar un poco mi blog semiabandonado por tantas ocupaciones y practicar mi prosa, olvidada por tanta lectura memorística. Y aquí residen estas líneas que no importarán a nadie –tal vez ni siquiera a mí mismo–, pero las escribo para desempolvar mi teclado y mis puntos y coma. Acabo y me dispongo a subir mis líneas al blog y veo mi anterior entrada, “Quimeras” – ¡cuánta desdicha!–; y, al instante, pienso: este año acaba bien, este año que empieza lo hace con ganas e ilusión, y recuerdo todo lo bueno y todo lo malo, doy gracias por ello, y me propongo típicos objetivos en mente. El único y más importante: luchar por lo que quieres y por lo que se quiere conseguir.

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Quimeras.

Tristes premoniciones ante lo que ha de acontecer, Los Desastres de la Guerra. Goya.La agonía palpable y las quimeras que sobrevuelan: nos rodean y nos revolotean macabramente anunciando lo que va a suceder. Son las tristes premoniciones goyescas del artista comprometido que siente el peligro venir por las fronteras, ese mismo peligro que lo llevará al exilio y que inaugurará una larga travesía en la historia de su patria: la de los toros, la de la aristocracia refinada con sus quitasoles y sus praderas, la patria que le había acogido como retratista real; en fin, la misma que soportaría premoniciones, fusilamientos y miseria. Este precioso grabado no deja de recordarme a su Cristo en el huerto de los olivos dando vida a una escena que presagia la tortura y la muerte. Son dos actitudes de entrega desesperada, de búsqueda de un salvador que no llega, en forma de dios o de quién sabe qué; es la soledad hecha arte: la de aquellos que huyen despavoridos ante el invasor francés, o la de ese Cristo que contempla en la agonía de Getsemaní cómo sus discípulos lo abandonan y caen ante el sueño en la soledad de la oración. Cuando todos se van, cuando el nerviosismo tristísimo se apodera de la escena, y cuando caer de rodillas e implorar es la única solución, la vida parece hacerse arte y música hace sonar ciertas melodías: “no tengo de qué inquietarme…”. Y luego, suspiras.

Cristo en el Huerto de los Olivos, Goya.

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