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Enlazo aquí el artículo que he escrito en Xarxa Tic sobre los libros de texto y su uso en las aulas.

Un bon article que cal tindre en compte de cara al centenari de la Revolució Russa.

HISTORIATA

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Comencem el 2017 i enguany se celebra el primer centenari de la Revolució Russa. No serà una efemèride massa popular, ja que malgrat totes les barbaritats posteriors en aquell moment va ser un intent molt seriós de millorar el món, de crear una societat més igualitària i solidària, i sí, aquell intent va fracassar.

No obstant això, val la pena recordar-ho, i per això vull compartir un text molt recomanable. Es tracta de la conferència que l’historiador Josep Fontana va realitzar a la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) el passat 24 d’octubre de 2016 al marc de les jornades sobre la Revolució Russa organitzades per la Comissió del Centenari de la Revolució Russa.

Del professor Fontana ja hem compartit altres textos a Historiata, com per exemple la ressenya de La formació d’una identitat. Una història de Catalunya, o els articles Després de la crisi i…

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Enlazo aquí el artículo que he publicado en Xarxa Tic acerca de la formación permanente para docentes.

Hacer una revisión lectora del año que ha terminado es una forma de autocomplacencia intelectual aunque también sirve para reflexionar sobre los géneros más frecuentados, aquellos olvidados, o las obras que nunca leería si pudiera volver atrás. 2016 empezó tarde, muy tarde: alrededor de junio. Entre enero y junio leí innumerables temas de oposición, resolución de prácticos, exámenes, apuntes sobre programación, páginas web sobre arte; releí manuales de historia, de geografía y de historia del arte, así como libros de texto usados en los institutos. Al terminar victorioso esta etapa comencé a recuperar el tiempo perdido. Y no, no creáis que leí a Proust; tal empresa sigue estando en mi lista de pendientes. 2016 comenzó con poesía: Completamente viernes, de Luis García Montero, al que le siguieron tras el viaje sevillano El amor, las mujeres y la vida, de Mario Benedetti, Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma, Llibre de meravelles, de Vicent Andrés Estellés, La primavera avanza, de Ángel González, y Poemas (1962-1969) de Pere Gimferrer. Fue un año en que recuperé clásicos que tenía pendientes, como Marianela, de Galdós, La plaça del diamant, de Mercé Rodoreda, y La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Debo decir que algunos me abrumaron en cierto momento. Descubrí a Quim Monzó, del cual tan solo había leído algún artículo aislado en mi etapa estudiantil, y me hice con El perquè de tot plegat, rescatado de una librería de segunda mano, y con La magnitud de la tragèdia. En algunos momentos hice honor a mi profesión y opté por estudios de historiadores como Els valencians, des de quan són valencians?, de Vicent Baydal (estudio que trata de escribir sobre los orígenes del tan manido concepto de nación en un momento de florecimiento del sentimiento colectivo valenciano), La restauración social católica en el primer franquismo, de Feliciano Montero (un conjunto de artículos que estudian el primer franquismo desde la óptica de la educación y las depuraciones), El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, de Paul Preston (un magnífico regalo de antiguos alumnos que disfruté y devoré, sintiendo la tragedia de nuestra historia en primera persona), La España del maquis, de Vidal Castaño (un estudio decepcionante sobre el maquis en diferentes zonas de la Península Ibérica, nada conseguido en su redacción, inconexo y excesivamente anecdótico), y La voluntad del Gudari, de Gaizka Fernández (estudio sobre los orígenes ideológicos e históricos de ETA). Leí también alguna obra que tenía pendiente desde mis años de carrera, como Marx (sin ismos) del difunto Francisco Fernández Buey, o El malestar en la cultura, de Sigmund Freud. Inauguré un conjunto de lecturas sobre la crisis del capitalismo actual, como Extremistán, de Jorge Reichmann, o En defensa del decrecimiento y Colapso, de Carlos Taibo, obras necesarias y curiosamente publicadas en editoriales desconocidas. Leí pequeñas obras variopintas como Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, el tantas veces citado Esperando a Godot, de Samuel Becket, La mordaza y Escuadra hacia la muerte de Sastre, o la Apología de Sócrates, del mismísimo Platón. No puedo dejar de mencionar la lectura de Harry Potter y el legado maldito, que me trasladó a mi infancia, si bien su formato teatral me decepcionó. Volví a frecuentar autores bastante leídos, que casi nunca defraudan, como Miguel Delibes con Señora de rojo sobre fondo gris, o Paul Auster, con El palacio de la Luna; y descubrí otros como Fernando Aramburu del que devoré con placer y mal cuerpo Patria y pronto me hice con el conjunto de relatos de Los peces de la amargura. El año acabó con Rafael Chirbes: En la orilla, seguida de Ítalo Calvino, y su obra El baró rampant, que debí leer de adolescente cuando cierto profesor de filosofía me la recomendó.

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¿Metas para este 2017? Desde luego, leer más, ahora que la tarea alienante de releer temas ha cesado; leer más en catalán; atreverme con algunos clásicos; confiar en la narrativa actual; y recuperar los libros que presté para que vuelvan con gozo a la casa del padre.

 

 

 

 

“Sense memòria ni esperança, vivien instal·lats en el present. Si hem de ser francs, tot esdevenia present. La pesta havia llevat a tots la possibilitat d’amor i, fins i tot, d’amistat. Perquè el amor exigeix un poc d’avenir i per a nosaltres no hi havia més que instants”. Sembla que aquestes línies de La pesta, d’Albert Camus, hagen estat traslladades directament a la configuració de Bucky Cantor, personatge de Nèmesi, de Philip Roth, tot i que en aquest darrer cas el tràgic avenir individual resta importància al triomf nacional a la contesa mundial. Cantor aplica una màxima: convertir la tragèdia en culpa, i en fa l’única estratègia per enfrontar-se a la pòlio. És una novel·la que es fa ressò de la Segona Guerra Mundial, de l’antisemitisme i de la lluita individual contra l’atzar. Encara en queden alguns exemplars a París València del carrer de Navellos per menys del que val una cervesa. Recomanable.

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Es habitual escuchar a los historiadores afirmar que hacer historia del presente es realmente difícil, dado que no se tiene la perspectiva suficiente como para aplicar el método de investigación propio de la disciplina, alejarse del objeto de estudio y analizar con rigor el pasado, sin pasiones y vehemencias que podrían desvirtuar la pretendida imparcialidad. Gaizka Fernández Soldevilla, en su obra La voluntad del Gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, de 2016, traza con agudeza la cronología de los hechos que han configurado el terrorismo de ETA. La obra parte del hecho del “cese definitivo” de la actividad armada por parte de la banda terrorista el 20 de octubre de 2011 y esboza, en un marco cronológico que comienza en la configuración del nacionalismo aranista, la génesis y la transformación del nacionalismo vasco radical que optó por la violencia.

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La obra de Aramburu, Patria, supone el acercamiento sociológico al ambiente actual y reciente de la presencia que tiene la izquierda abertzale en Euskadi. La obra de Gaizka Fernández nos sirve para bucear en un conjunto de formaciones políticas que llegan hasta la actualidad, y que tienen su explicación a largo plazo en la inicial construcción del nacionalismo de Sabino Arana en el Partido Nacionalista Vasco. Sirva esta breve reseña para apuntar algunas de las conclusiones a las que se puede llegar tras la lectura de esta obra:

1. El nacionalismo, en general, y la opción terrorista y radical que personificó ETA, en particular, parten de una interpretación triádica del tiempo histórico, como ha analizado Antohny Smith. Los nacionalismos observan con anhelo un pasado glorioso, una Edad de Oro de un pueblo (sea el vasco, el catalán o el español) que ha sido sumergido en un proceso de decadencia por una serie de motivos, habitualmente externos, por lo que es necesario optar por una vía que permita recuperar el futuro utópico, que no existe. Esta receta fue aplicada por Arana: los Estados vascos fueron independientes antes de 1839 con Vergara, a finales del siglo XIX eran provincias de España, lo cual llevó a la decadencia, por lo que habría que buscar un futuro independiente y católico, así como puro en términos étnicos. Esta construcción nacionalista, basada en un conjunto de falsedades históricas, sirvió como receta para explicar una narrativa concreta por parte de ETA, edulcorada con otros elementos ideológicos que desarrolla ampliamente el autor. La estructura triádica de interpretación podría aplicarse a otros nacionalismos, como el catalán: pasado previo antes de la abolición de los fueros por Felipe V, presente decadente por formar parte del Estado español (retroceso de la lengua catalana, dependencia económica), futuro utópico que construir. O por el español en época franquista: pasado glorioso con Carlos V (visión imperial de España), presente (1939) decadente por un siglo de liberalismo y la degeneración de la República (la “anti-España”) y un futuro glorioso de la mano de la Iglesia Católica y el nacionalismo.

2.Los “gudaris”, combatientes durante la guerra civil español adscritos al PNV, ANV, Acción Nacionalista Vasca, entre otras fuerzas, fueron un magnífico recurso para el nacionalismo posterior para identificar a unos héroes y mártires que sirvieran para justificar las acciones de sus formaciones. ETA se sirvió de estos héroes para trazar un vínculo histórico con el nacionalismo anterior y para apropiarse la nomenclatura para sus componentes. La guerra civil fue reinterpretada por este nacionalismo como una lucha de los vascos contra España, renunciando a un mínimo rigor histórico y escondiendo lo que no interesaba para la narrativa mítica, por lo que, de este modo, ETA alimentó la idea del secular conflicto entre vascos y españoles como motor de la historia. Esta supuesta opresión secular era el dogma que pronto debían digerir los integrantes de la banda para estar dispuestos a cometer todo tipo de acciones en su nombre.

3.La manipulación histórica del relato es una herramienta básica del nacionalismo radical. En el caso del discurso ideológico del nacionalismo vasco radical se magnificó la represión franquista para dotar de veracidad al conflicto eterno entre vascos y españoles y presentar, así, al pueblo vasco como colonizado y reprimido. En realidad, como bien se ha estudiado por muchos autores, la represión franquista tuvo sus cotas más altas en Andalucía y Extremadura, no en el País Vasco. En el plano de la represión cultural, si bien el euskera fue desterrado de la vida pública y de la educación y experimentó un retroceso progresivo, nunca fue prohibido oficialmente. A todos estos elementos de un supuesto odio secular de los españoles hacia los vascos, obviando las fuerzas vascas que lucharon junto a Franco, se une la inmigración hacia el País Vasco desde otros lugares del Estado en los años sesenta: los conocidos históricamente como maketos o simplemente cacereños, coreanos o españoles que suponían, según la visión de este nacionalismo, una pérdida de la genuinidad cultural vasca. Eran concebidos como una “Quinta Columna” dentro de la patria colonizada.

4.El proyecto ideológico de ETA, como el de toda banda terrorista, supone una mezcolanza de diferentes elementos y de tradiciones completamente distintas. El racismo apellidista y el catolicismo de Sabino Arana fueron sustituidos por la lengua vasca y por el marxismo-leninismo, al que se añadió la versión maoísta y castro-guevarista con teóricos como Federico Krutzwig y José Antonio Exebarrieta. Estos elementos diferenciaban y enemistaban al PNV y a ETA. La influencia de los movimientos anticolonialistas, como el Frente de Liberación Nacional de Argelia, la teoría de la guerra de guerrillas, o el ejemplo cubano fueron elementos que dieron sentido al discurso de guerra antiimperialista que se pretendía llevar a cabo por parte de ETA. La ecuación era clara: al igual que una colonia que buscaba la independencia respecto a la metrópolis europea, el País Vasco debía separarse de España. Euskadi era la Cuba de Europa, la Argelia de África. Para lograr el apoyo popular que hiciera viable la estrategia violenta contra el Franquismo, se puso en marcha la táctica de la acción-reacción: los atentados de ETA conseguirían una feroz represión por parte del Franquismo hacia los vascos, por lo que estos podrían ver con buenos ojos las acciones terroristas. El clima de aceptación popular que tuvo la banda durante la Transición, integrada dentro de la oposición desde una lectura generalista, se consiguió entre otros motivos por esta estrategia.

5.La tesis principal del autor es la de la voluntad: los terroristas no comenzaron a matar porque heredaran una serie de ideas históricas acerca de la subyugación española hacia los vascos. Los terroristas empezaron a matar porque así lo quisieron, porque optaron por esta vía para hacer realidad su proyecto político. Ni todos los nacionalismos optaron por la violencia, ni toda la oposición al Franquismo siguió esta dirección. El 2 de junio de 1968 en Ondárroa (Vizcaya) se tomó la decisión de preparar el asesinato de José María Junquera y de Melitón Manzanas, agentes policiales. Fue Txabi Etxebarrieta el joven líder de ETA el designado como encargado de ejecutar esta acción. No obstante, el primer asesinato no fue este: el 7 de junio de 1968 en un control policial a Etxebarrieta y su compañero Iñadi Sarasketa, que viajaban en un vehículo robado, un guardia civil, José Antonio Pardines, fue ejecutado mientras inspeccionaba el automóvil sospechoso. Etxebarrieta murió en la fuga, abatido por la policía, hecho que sirvió a la banda para conseguir un mártir del siglo XX y manipular el relato histórico en su beneficio. El 2 de agosto de 1968 fue asesinado Melitón Manzanas por su fama de torturador, hecho bien recibido por la oposición antifranquista y punto inicial a una historia que todos conocemos.

Los 52 años de historia de ETA y las 845 víctimas mortales son la conclusión de este ilustrador estudio. Son muchos más los temas que se abordan, fruto de la investigación del autor, como el papel del PNV como versión diferente del nacionalismo, la existencia otras organizaciones como EGI, la infiltración de agentes en ETA, la relación del terrorismo etarra con otros nacionalismos radicales de tipo violento como el de UPG o Terra Lliure, el papel de Herri Batasuna y las formaciones políticas controladas por ETA, o la izquierda heterodoxa como Acción Nacionalista Vasca, alejada en sus inicios de la deriva violenta.

In media res.

Escribo in media res, en medio de la acción, sin acabar aún El palacio de la luna, novela de Paul Auster publicada en 1989. Este escritor estadounidense me sirve ocasionalmente para darme un baño de fantasía y saborear otras vidas posibles. Sus historias, excelentemente narradas, vienen a ser píldoras de sosiego; entremezclando aventuras, búsquedas y periplos de diferentes personajes te introducen en una espiral de referencias placenteras. En este caso es Marco Fogg, un buscador en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX, que enlaza mágicamente con otras novelas como El libro de las ilusiones. Conocí a Auster en mayo de 2009, cuando leí La trilogía de Nueva York, una triple novela poco común sobre un escritor de literatura policiaca. El volumen en cuestión se encuentra ya fatigado: siete años de estantería y algún préstamo han deslucido su portada, han doblado sus puntas y han manoseado sus páginas. Ha posado valientemente junto a Bukowski y Nabokov sin ceder a sus presiones. Se merece un lugar de honor en la estantería.

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Marco Fogg no es, en realidad, más que una excusa para contar historias, como la de Effing, un anciano maniático postrado en una silla de ruedas que emprende los últimos días de su vida organizando un extraño programa de lecturas y rutinas para el joven que le cuida. La pintura de Blakelock, Luz de luna, obra del lejano oeste, sirve como fondo para dar nombre a la novela y ubicar en esos lugares las aventuras del entonces perdido y valiente Effing. “Mira el cuadro. Mírelo por lo menos durante una hora, haciendo caso omiso de todo lo demás que haya en la sala. Concéntrese. Mírelo desde diferentes distancias, desde tres metros, desde medio metro, desde tres centímetros. (…) Cierre los ojos y prueba a recordarlos. Vuelve a abrirlos. Vea si puede empezar a entrar en el paisaje que tiene ante sí”. La noción de vida que transmite Effing es todo un aprendizaje de juventud para Fogg: le obliga a contemplar este cuadro después de un largo viaje con los ojos cerrados, a memorizar sus detalles y a introducirse en la escena; a pasear relatando al viejo ciego todos los detalles de las nubes y del devenir y el cambio de los objetos mundanos; a repartir dinero a todos los personajes anónimos que pueblan Nueva York, sabiéndose al final de su vida; o a leer las necrológicas de los periódicos durante semanas para preparar una propia. Una lección de vida. Una enseñanza para saborear los últimos estertores de su existencia que, sin duda, servirán para el resto de la historia que pronto acabaré.

De repente, justo en el momento de la muerte del viejo llaman al timbre, aparato desgastado que no permite comunicarse con el interlocutor. Unos segundos después sé de qué se trata: el último pedido literario que hice, esta vez más académico y menos dedicado a la fruición de la novela. La elección de las obras que leo es toda una aventura, a veces creo que disfruto más eligiendo que leyendo. Doy tumbos de página en página, leo referencias, reseñas, comentarios, relleno listas interminables de pendientes que nunca puedo seguir –y, desde luego, tampoco obedezco– para escoger lo primero que me aparece como deseable en ese momento. Hace años que abandoné la pretensión de la lectura sistemática: confieso que lo intenté, animado por aquellas palabras del genial Ignatius Reilly en La conjura de los necios: “Entonces, debes iniciar inmediatamente un programa de lectura, para que puedas llegar a comprender la crisis de nuestra época. Empezaremos con los últimos romanos, incluido Boecio, claro. Luego, profundizaremos extensamente en la Alta Edad Media. Podrás dejar a un lado el Renacimiento y la Ilustración. Todo es más que nada propaganda peligrosa. Ahora que lo pienso, será mejor que te saltes también a los románticos y a los victorianos. En cuanto al período contemporáneo, deberías estudiar algunos cómics seleccionados. Te recomiendo especialmente Batman, porque tiende a trascender la sociedad abismal en que se encuentra. Su moral es bastante rigurosa, además. Le respeto muchísimo.” Pronto desistí y me entregué a la anárquica sensación de escoger libremente. Así pues, llegan mis dos nuevas adquisiciones: un estudio sobre Marx, hecho por un comunista recientemente fallecido, y uno sobre ETA, de un joven historiador actual. Los intereses del oficio. Lentamente, me permito acabar antes con la muerte de Effing y procedo al ritual que me deleita: acaricio el lomo, observo la portada –esta vez no fatigada–, lo comparo con el viejo ejemplar de la biblioteca que manejé hace años, leo la contraportada y la solapa, me identifico como poseedor de tales objetos –con un lápiz, a falta de un buen sello a modo de exlibris–, anoto la fecha y el lugar de adquisición y les busco un lugar provisional en la estantería, esta vez lejos de Auster. Pienso por cuál empezaré primero y vuelvo a la acción abandonada in media res.

 

 

 

 

 

 

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