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Archive for 30 junio 2010

Nadie debería morir en vano. Tampoco un escritor. La muerte de José Saramago ha llevado quizás a muchas personas a recuperar su obra, a leerla, a conocerla. Este es mi caso, he tenido la oportunidad de leer por primera vez Ensayo sobre la ceguera, publicada en 1995. Después de todo lo dicho por multitud de personas durante estas últimas semanas tras el fallecimiento del escritor, y la genialidad de esta obra, queda claro que Saramago fue un escritor comprometido, que se mojó. Dice la tradición que Tales de Mileto andaba observando las estrellas cuando cayó en un pozo. Una muchacha tracia se burló de él porque, mirando las estrellas, no podía mirar el suelo, la realidad física que tenía ante él. Hay intelectuales comprometidos, y también hay otros que no lo están y prefieren vivir en las alturas de su arte, limitado a un selecto público.

Ensayo sobre la ceguera es un escrito de la contemporaneidad, es la implicación total en lo que ocurre actualmente y es un toque de atención a la humanidad. El estilo de Saramago es curioso y quizás choca al principio. Los largos párrafos con escasos puntos y aparte, los diálogos incluidos en las oraciones con mayúsculas, la dificultad de discernir a las personas que hablan. En su obra no aparece ni un solo nombre de ningún personaje, ni del país ni la ciudad donde se desarrolla la trama, ni referentes culturales nombrados como obras literarias y artísticas aunque sí se aluda a ellas, ni ubicación temporal. Toda esta ausencia de nombres es una ausencia de humanidad, es la rotura con lo que puede quedar de humano ante la epidemia de ceguera. No obstante, la novela es fácilmente ubicable en un contexto reciente y en un país que bien podría ser el nuestro o cualquier otro occidental. La historia no ocurre en un extraño mundo alejado, ocurre en el nuestro porque está dirigida a nuestra realidad

Podría ser relacionada con la serie de novelas distópicas del siglo XX, y una de ellas guarda algunas similitudes con la obra de Saramago. Se trata de El señor de las moscas (William Golding, 1954). Mientras que en la obra de Saramago es la ceguera la causante del alejamiento respecto a lo que se considera como humano y racional, en la obra de Golding ocupa la misma función el aislamiento y la soledad de una isla poblada por unos chavales sin adultos, llegados tras un accidente de avión. El hecho de que la novela de Golding esté caracterizada por niños y la de Saramago lo esté por personas de cualquier rango de edad no disminuye las consecuencias que se derivan del escollo que sufren. Las tensiones y la verdadera naturaleza del ser humano florece cuando la situación es adversa. El peligro de morir y la competencia por los recursos ponen a prueba a un mundo que ha quedado ciego. El resultado será el mayor desastre posible: el afán por el control, las medidas totalitarias de un gobierno que va quedando ciego también, la muerte, el saqueo, el desastre. El ciego necesita un guía que le haga volver los pies a tierra, no puede permanecer impasible ante lo que exige la naturaleza.

La novela de Saramago relata la dura realidad de un mundo de ficción, muestra los horrores que conlleva esa ceguera y contiene episodios estremecedores, pero no por ello menos reales. Es un hombre comprometido y nos advierte de lo podría llegar a pasar, de cómo somos cuando las circunstancias nos son adversas. Sin embargo, en medio de ese gran escollo, Saramago no niega una esperanza. El final de su novela nos recuerda que, a pesar de todo lo visto, no todo está perdido. Todavía hay remedio y quedan muchas cosas por hacer. El fin de la novela de Golding también resulta ser la vuelta a la realidad, después de las grandes travesuras hechas por unos niños en la isla desierta. Pero estas travesuras de niños no son tan infantiles ni tan inocentes, son realmente humanas. Esta humanidad nos causa pavor y nos alerta. ¿Es esta la humanidad que queremos?

Las imágenes ven con los ojos que las ven, sólo ahora la ceguera es para todos. Tú sigues viendo, Iré viendo menos cada vez, y aunque no pierda la vista me volveré más ciega cada día porque no tendré quien me vea.

Muchas interpretaciones podrían darse y se habrán dado acerca de Ensayo sobre la ceguera, pero no creo que en el afán de interpretar de forma minuciosa una novela se haga ésta más comprensible. Tomen esta novela por lo que es, léanla con tranquilidad, entrando en una historia que os exigirá haceros partícipes de ella. Luego saquen las conclusiones que quieran, pero actúen. Todavía no estamos ciegos del todo, podemos discernir entre muchas cosas y en nuestra mano está todo ello. Hoy curiosamente tengo revisión de la vista, habiendo acabado la novela, espero que todo vaya bien en mis ojos y pueda seguir viendo bien.

Así pues, quien tenga ojos que vea y de paso, que repare.

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Rabindranath Tagore, nacido en Bengala y Premio Nobel de Literatura en 1913, destacó por sus historias cortas como la presente: El administrador de correos (1891). Es una historia breve donde Tagore condensa bastantes temas. Dada Badu es un funcionario de correos que es trasladado a una aldea para realizar su trabajo. El trabajo realizado es tedioso y aburrido; no le aporta ninguna satisfacción. El protagonista dispone de una sirvienta para librarse de las tareas domésticas. Es Ratan.

En medio de la monotonía de su trabajo, que no es descrito fielmente, Dada Badu usará a Ratan como medio de escape ante el aburrimiento diario. Contarle historias acerca su familia lejana o enseñarle a escribir son algunas de las ocupaciones que llevará a cabo el protagonista con el único fin de distraerse.

Llegará el momento en que Dada Badu, indiferente ante su ocupación, decida marcharse tras haber sufrido una enfermedad. Anhela a su familia y desea estar con ella. Dado que no le es concedido un traslado para el mismo trabajo, decide abandonar y volver a su hogar. Este es el momento de esta breve narración en que ambos protagonistas chocan con la cruda realidad. Lo que había parecido una simple relación de amo-sirviente para la distracción de ambas personas, hastiadas de su vida en la aldea, se convierte en una dependencia mutua. Este proceso ha sido paulatino y ninguno de los dos ha podido advertirlo. Ratan, mucho más joven que su amo, implora a Dada Badu que la lleve con ella; Dada Badu, con impecable sangre fría partirá navegando. La duda y el recuerdo permanecerán. Reflexiona Dada Badu:

La vida está llena de partidas, llena de muertes; entonces, ¿qué sentido tiene volver sobre nuestros pasos? ¿Cuál de nosotros podría saber quién le pertenece a quién en este mundo?

Había sido una mutua necesidad, un escapar de la vida a través de la vida del otro, una unión interesada que dará finalmente fruto. La repentina separación hará mella en ambos.

Más temas son los que trata Tagore en este cuento: la servidumbre femenina, la educación de las mujeres, la insensibilidad de los hombres, la injerencia europea mediante el sistema de fábricas, etc.

¡Ay del ingenuo corazón humano! No puede evitar perderse en tales enredos. La lógica lo penetra poco a poco. Desconfía de las pruebas, sin importar cuán absolutas sean, y se aferra a falsos consuelos hasta que éstos lastiman todas sus arterias y se apoderan de la última gota de su vital sangre. Sólo entonces, al fin, la mente reconoce sus errores; pero el corazón continúa, infatigable, cayendo en las redes del engaño.

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Volvemos de nuevo a Conrad, en este caso con otro de sus relatos: Mañana. Es un relato curioso que vuelve a evocar el mundo de los marineros, como hacía con Amy Foster. En este caso, el protagonista es el capitán Hagberd que fue marinero en otros tiempos y que vive solo esperando la llegada de su hijo que partió veinte años atrás. La vida de este señor se circunscribe a sus conversaciones con la vecina Bessie Cavil y a su dedicación por amueblar la casa mientras espera a su hijo. Es una vida de espera, de standby. Mientras, el viejo marinero organiza cómo será la vuelta de su hijo e intenta concertarle esposa: la pobre Bessie que está condenada a cuidar a su padre ciego. Hagberd es tomado como un loco por todos en el pueblo; para él, su hijo vendrá mañana, siempre al día siguiente. La espera torna sentido así, prolongando la esperanza día a día, sin pesar, esperando su llegada. Las tentativas de hacerle entrar en razón fracasarán y seguirá empecinado en esperar a su querido hijo, publicando numerosos y costosos anuncios en periódicos para su búsqueda.

La acción transcurrirá de tal forma que cierto día llegará su hijo. Pero el padre lo rechazará aduciendo que es un farsante que pretende burlarse de él por los anuncios y, de paso, sacarle algún dinero. El padre prefiere continuar en su ensueño, en su mundo interior de la espera, antes que reconocer a su hijo crecido. Realmente, el hijo no tenía ningún interés en volver y únicamente quería cinco chelines para poder continuar con su vida de goce y disfrute. Bessie, al preguntarle dónde quería morir Harry Hagberd, contesta:

Entre malezas, en una parte u otra; en el mar; en algún diablo de montaña, allá en la cumbre, si me dejan escoger a mí. ¿En casa? ¡Sí! Mi casa es el mundo; pero donde yo espero, realmente, morirme es en el hospital, un día u otro. ¿Y qué? Cualquier sitio es bueno para eso, mientras haya yo vivido: y crea usted que yo he sido todo lo que pueda imaginarse, excepto sastre o soldado.

Este relato toma como motivo la conocida parábola del hijo pródigo (Lc, 15, 11-32) para darle la vuelta. Al igual que en este relato bíblico, el hijo es un vividor que gasta lo que tiene para disfrutar el recurso hacedero.

El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, habiendo juntado todo, el hijo menor se fue a una región lejana, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.

Pero, mientras que en la parábola el padre acepta al hijo cuando vuelve ya que es más importante para él el amor de un hijo que no las riquezas malgastadas, en el relato de Conrad el padre prefiere seguir en su ilusión de la espera y rechazar al que considera “el hombre de los informes”.

Pero su padre dijo a sus siervos: “Sacad de inmediato el mejor vestido y vestidle, y poned un anillo en su mano y calzado en sus pies.

Traed el ternero engordado y matadlo. Comamos y regocijémonos,

Porque este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron a regocijarse.

Regreso del hijo pródigo, Rembrandt. 1666-69.

Tras el rechazo del padre, en la conversación de Bessie con Harry, éste verá cómo la vecina de su padre era la elegida para contraer matrimonio con el hijo perdido. Tras esto, el frenesí amoroso de Harry se apoderará de él, no sin antes advertir a Bessie: Ni puede usted comprarme a mí para quedárseme, ni salirse, con su dinero, del negocio. Ambos se unirán en una espiral de pasión efímera en una escena situada en la verja del jardín donde el mundo terrible de Bessie representado por su padre ciego se desvanecerá por momentos.

Perdieron sus pies el contacto con el suelo; cayó hacia atrás, como colgando, su cabeza, y un diluvio de besos cayó sobre su rostro con silencioso y subyugador ardimiento, como si tuvieran prisa para llegar hasta su alma misma. Le besó las pálidas mejillas, la dura frente, los pesados párpados, los marchitos labios; y el rítmico alentar y batir de la marejada, allá lejos, acompañaba el arrollador poderío de sus brazos, la abrumadora fuerza de sus caricias. Parecía que el mar, rompiendo el dique protector de todas las casas de la ciudad, hubiera lanzado allí, sobre las cabezas de ambos, una de sus olas. Pasó; se echó ella hacia atrás, bamboleándose, hasta apoyar los hombros contra la pared, rendida, sin aliento, como si hubiera sido arrojada allí por el mar, tras una tempestad y un naufragio.

Pero el relato tenía que acabar de alguna forma y el final es la tumba para Bessie, no la tumba de la muerte física, sino la tumba de toda su breve ilusión y pasión con Harry. Harry, vividor nato que huye de cualquier compromiso que le retenga en un lugar que odia, huirá rápidamente tras el fugaz y apasionado beso. Bessie correrá tras él pero pronto desaparecerá sin dejar rastro, ni tan siquiera del eco leve de sus pasos. Bessie ha sido la víctima; el capitán había creado para ella un mundo donde su hijo sería su esposo y así poder vivir feliz, pero tras la llegada del hijo rechazado, éste escapará de ese mundo creado para Bessie. La pobre Bessie verá cómo el mundo de ilusiones que le habían creado los Hagberd se derrumbará precipitadamente. Bessie volverá al bucle de su vida ruin basada en asistir a un padre cascarrabias.

Le oyó ella, al fin, y como vencida y subyugada por el destino, comenzó a andar, vacilante, como tambaleándose, regresando a aquel mefítico infierno en miniatura que era su casa. No tenía elevado portal, ni terrorífica inscripción relativa a perdidas esperanzas… No comprendía ella en qué había pecado.

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No sé si para bien o para mal he tenido mi primer contacto con Joseph Conrad con Amy Foster, mediano relato acerca de la irrupción de un náufrago en un poblado inglés. Dicho así suena una historia vulgar y sencilla, una más de las que pueblan las estanterías. Pero esta pequeña historia resuena en nosotros al haberla leído y no nos deja indiferentes; nos aturde. Es una historia triste y la podemos ver como un simple drama amoroso. Sin embargo, hay algo más. El náufrago, a la búsqueda de un futuro mejor en América, llega hasta las costas inglesas tras haberse desecho el barco donde viajaba hacinado. Nos imaginamos un hombre harapiento, sucio, desnutrido, confundido… que llega a un pueblo civilizado. Nada más llegar, sufrirá mil desavenencias por parte de unas gentes que lo toman como un extraño repulsivo. Es terrible ver cómo los crueles niños son quienes más le maltratan lanzándole piedras. Se produce un choque entre el pueblo perteneciente al mundo civilizado y organizado, y un salvaje, un paria sin nombre. La casualidad hará que este hombre tope con la “chica del corazón de oro”. Amy Foster, inocente hija de familia trabajadora, sentirá compasión por él y le dará un trozo de pan para alimentarlo.

No es extraño que Amy Foster apareciera a sus ojos como coronada por la aureola de un ángel de luz.

Es el primer contacto de nuestro salvaje con aquello que es la antítesis a su condición. Poco a poco, conseguirá ir penetrando en ese mundo oficial e intentará ser aceptado. Sus intentos serán muy problemáticos. En medio de las peripecias que pasa Yanko Gooral, como sabemos que se hará llamar más tarde, la figura del médico es la que nos narra todo el devenir de los acontecimientos. Es una figura neutra que valora a Yanko por lo que es y que consigue escapar de los prejuicios de los pobladores.

Con el tiempo irá estableciendo nuevos nexos con el mundo del pueblo: el nombre que le identifica, la articulación de algunas palabras en ese idioma que no entendía, el trabajo cuidando bueyes y trabajando la tierra, y sobre todo, el casamiento con Amy. Con esta ceremonia, Yanko entrará por la puerta grande. Pero la integración no será completa. Si bien la exclusión inicial de los habitantes del pueblo se verá amainada, la inclusión total no llegará en ningún momento, ni tan siquiera con el hijo que tenga con Amy.

Esta pequeña historia es el drama del otro, del rechazo, del incomprendido. Es terrible ver cómo Yanko pasa a pertenecer a un mundo que no entiende, hablando una lengua desconocida que nadie puede comprender, con unas costumbres distintas y con unas personas que no le aceptan. Amy Foster representa el único espíritu puro que encuentra nuestro salvaje en el poblado, es la “chica del corazón de oro”; pero todo ello se truncará. La actitud de Amy cambiará totalmente. Sumido en una grave enfermedad con fiebres altísimas, Amy se retractará de su trato inicial y se negará a darle un simple vaso de agua. Amy Foster sucumbirá ante el fantasma de la exclusión y acabará por denostar la cultura y la tradición del salvaje; verá con desconfianza la lengua extraña, así como los bailes y el Padre Nuestro extranjero que pretende enseñar a su hijo. Amy huirá de casa con su hijo.

Los vínculos que Yanko había tratado de establecer no cuajarán y, finalmente, el único espíritu puro será Kennedy, el médico que nos narra desde su punto de vista esta memorable historia. Podemos ver en este relato la vieja contraposición entre el “otro” y lo civilizado y racional, visión muy presente en gran cantidad de discursos, que criticó agudamente Edward W. Said en Orientalismo, 1978. El espíritu de Yanko no se borrará para siempre y marcará a Amy, que quedará estigmatizada a pesar del superficial olvido de su fugaz amante. El hijo de ambos será esa inexorable reminiscencia de un hombre al que dejó evaporarse de su vida.

Y mientras yo le miraba, me parecía estar viendo de nuevo al otro…, al padre, arrojado misteriosamente aquí por el mar, para perecer en medio del supremo desastre de la soledad y de la desesperación.

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Bartleby, el escribiente (Herman Melville, 1853) es un relato que tiene su hueco entre las obras más celebradas de todos los tiempos. Nos recuerda a obras como El extranjero (Camus), al propio Kafka al que se dice que anticipó, e incluso a Dostoievski (El doble, Memorias del subsuelo). Es un relato que tiene un hueco en nosotros, en nuestra mente y en nuestra memoria. A veces ocurre con algunos libros y éste es uno de ellos. ¿Cómo olvidar a Bartleby? ¿Cómo deshacerse de la imagen de ese ser solitario y extraño? Bartleby no deja de sorprendernos; podemos quererlo o podemos odiarlo. Al comienzo de su irrupción en el relato podemos albergar sentimientos de rechazo y repulsión hacia un ser que no entendemos, pero conforme avanza la lectura sentimos algo hacia este personaje que nos impide olvidarlo sin más. Bartleby es un personaje entrañable y curioso pero que no nos deja indiferentes. La actitud del abogado de los momentos finales la podríamos compartir en un primer momento, una actitud de aversión hacia algo que nos es extraño y que nos desconcierta. Por el contrario, el jefe de la empresa, desconcertado ante tal actitud, irá desarrollando unos sentimientos de lástima, empatía y consideración.

¿Qué hacer?, dije para mi, abotonando mi abrigo hasta el último botón. ¿Qué hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué dice mi conciencia que debería hacer con este hombre, o más bien, con este fantasma? Tengo que librarme de él; se irá, pero ¿cómo? ¿Echarás a ese pobre, pálido, pasivo mortal, arrojarás esa criatura indefensa? ¿Te deshonrarás con semejante crueldad? No, no quiero, no puedo hacerlo. Más bien lo dejaría vivir y morir aquí y luego emparedaría sus restos en el muro. ¿Qué harás entonces? Con todos tus ruegos, no se mueve. Deja los sobornos bajo tu propio pisapapeles, es bien claro que prefiere quedarse contigo.

¿Qué hacer? El narrador experimenta unos cambios de parecer fruto de la humanidad de Bartleby. De una compasión palpable durante todo el relato, llegará a tomar la determinación de abandonar la oficina. Desesperado, huirá. ¿De qué huirá? No tomará medidas directas contra él a pesar de todos los intentos de despido. Huirá. Quizás lo hiciera por incomprensión, o por impotencia. Bartleby es un ser abúlico carente de todo valor o motivación en la vida. Realmente, esto nos desconcierta. No es lo que estamos acostumbrados a ver y nuestro narrador tampoco. Nos es totalmente ajeno. Es una actitud que no comprendemos dentro de una sociedad donde el individuo debe tener un objetivo en la vida, debe subordinarse a sus superiores y debe acatar órdenes. Bartleby se rebela contra esto de una forma pacífica. ¿El absurdo? Más bien, la humanidad. Bartleby había sido expulsado de su anterior trabajo donde trataba con cartas perdidas, muertas. ¿El sinsentido de la vida? La vida misma esbozada a través de un personaje memorable que nos muestra la resignación total ante simples quehaceres mundanos que no le suponen ninguna dicha. El final de todo es el que ya conocemos, no podía ser de otra forma.

¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!

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Cuando creé este blog no pensé exactamente en qué contenidos albergaría. ¿Un blog con tintes intelectuales? ¿Un blog excesivamente académico? ¿Mundano? No lo pensé y por ello lo subtitulé “Un poco de todo” excusándome de antemano por lo variedad que podría tener en un futuro. Por eso mismo hoy dejo constancia para la posteridad de un grupo de música que descubrí hace escasos días. La música se merece un lugar aquí, no hay que menospreciarla. Es un arte más, nos nutre en cada momento de vitalidad o incluso de tristeza; para muchos representa su modo de vida y sin ella, nada sería igual. Una buena canción combina de una manera espectacular la letra y el contenido con la forma en que es transmitida ésta. Una canción puede llegar a transmitir mucho más que un poema aunque esto no significa que haya que denostar el noble arte de la poesía para ensalzar sin escrúpulos todo tipo de música. Yo soy una persona que valora enormemente esa capacidad que tiene la canción para transmitir un estado de ánimo. Que una simple creación artística, hecha por humanos, pueda evocar recuerdos, transmitir sentimientos, cambiar el estado de ánimo… es impresionante. Muchas veces no es necesario recurrir a los artificios musicales más complejos para conseguir esto. Son muchas las canciones que lo consiguen con una simple serie de acordes básicos y no por eso son peores.

Así pues, como decía, he descubierto un grupo recientemente, La habitación roja. Es un grupo que inició sus andaduras allá por 1995 y todavía sigue en pie. Su último disco es Universal (2010) y es el único que he escuchado por el momento. Musicalmente no son artificiosos en mi opinión, tienen un estilo bastante sobrio; pero es esa sobriedad, acompañada de una voz neutra y seria, la que consigue que los mensajes transmitidos con las letras lleguen a lo más hondo de nosotros. Reflexiones sobre la vida, el amor, la sociedad, nuestra existencia… son algunos de los temas de sus canciones en el último disco. Lo recomiendo, escuchadlo, pero permitíos unos momentos únicamente para ello: vaciad vuestra mente, dejaos envolver por los acordes atmosféricos, por la textura de sus melodías y por esa voz tan ilustre, tan evocadora y tan humana al fin y al cabo.

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Me preguntas, hermano, si he amado; sí. Es una historia singular y terrible, y, a pesar de mis sesenta y seis años, apenas me atrevo a remover las cenizas de este recuerdo. No quiero negarte nada, pero no referiría una historia semejante a otra persona menos experimentada que tú. Se trata de acontecimientos tan extraordinarios que apenas puedo creer que hayan sucedido. Fui, durante más de tres años, el juguete de una ilusión singular y diabólica.

Así empieza La muerta enamorada, relato de Théophile Gautier de 1836. Es un relato fantástico y absorbente que te trasporta por cada línea a través del universo creado por el narrador, que es el protagonista. Romuald, un aspirante a sacerdote, vivirá una experiencia que marcará su vida en el trascurso de la ceremonia del orden sacerdotal . En el momento de máxima importancia ritual durante su ordenamiento chocará con la mirada de una mujer seductora que le atravesará profundamente sus entrañas. Este será el inicio de algo que no tendrá fin y que le acompañará durante toda su vida. Romuald sentirá el amor y la pasión en una mirada radiante y se debatirá entre aceptar el sacerdocio o correr a los brazos de aquella mujer desconocida. Recibirá el sacerdocio.

-¡Desgraciado! ¿Qué has hecho? –murmuró, desapareciendo acto seguido entre el gentío.

Éstas son las palabras que dirá la mujer al contemplar el rechazo de un hombre que ha preferido el amor de Dios al suyo. Pronto conocerá el nombre de esta mujer: Clarimonde.

A partir de aquí Romuald se debatirá entre una doble vida que violentará su ocupación como sacerdote en una pequeña aldea. El abad Sérapion le conducirá a través de la ascesis religiosa y el rechazo a las tentaciones; mientras que los sucesos le acercarán progresivamente a Clarimonde y ello le hará vivir en un estado de ensueño.

La causalidad, o más bien el trágico destino, hará que Clarimonde muera y el sacerdote haya de velar su muerte. En un episodio onírico e irracional, Clarimonde será resucitada mediante el beso de su enamorado, tal y como hizo Eros para despertar a Psique y fundirse en el último beso. 

Esto será la perdición del pobre Romuald que se verá envuelto en una vida bipartita: entre lo sensual del amor de Clarimonde y sus experiencias ensoñadoras, y la vida rutinaria y poco atractiva de un sacerdote de pueblo que lucha por rechazar las tentaciones carnales. El relato adquirirá rasgos vampíricos para dar un toque terrorífico y seductor.

Las dos dimensiones que adquirirá su vida donde la realidad y la ficción se entremezclan no podrán convivir más tiempo ya que llevarán a la destrucción del individuo. Finalmente, Romuald optará por la vida tranquila del sacerdote sin grandes epopeyas carnales. Romuald no quedará satisfecho nunca y el recuerdo de Clarimonde volverá una y otra vez a su memoria, a pesar de estar muerta. Su alma quedará presa por siempre de un amor intenso e irreal.

¡Ay de mí! Tenía razón; la he recordado más de una vez y aún la recuerdo. La paz de mi alma fue pagada a buen precio; el amor de Dios no era suficiente para reemplazar al suyo. Y, he aquí, hermano, la historia de mi juventud. No mires jamás a una mujer, y camina siempre con los ojos fijos en tierra, pues, aunque seas casto y sosegado, un solo minuto basta para hacerte perder la eternidad.

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