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Archive for 27 septiembre 2010

Incertidumbre. Creo que esta palabra refleja perfectamente la situación que vivimos actualmente. Estos días estamos asistiendo al bicentenario de la reunión de Cortes en San Fernando (Cádiz) y estamos viendo por televisión homenajes, charlas, conmemoraciones donde se habla sin parar acerca de la soberanía nacional promulgada aquel 24 de septiembre, de la división de poderes, del primer paso del edificio democrático español y de muchas más cosas. Viendo desde atrás la historia de España nos damos cuenta perfectamente de que no ha sido un camino de rosas y de que Cádiz fue un paso en un largo recorrido donde hubo avances y retrocesos, constituciones de unos y de otros, golpes de Estado y guerras… Cualquier persona podrá concluir que la democracia que tenemos en la actualidad es la forma más acabada en estos doscientos años y que gozamos del mayor grado de libertad en todo este tiempo. Frente a la ilusión y alegría que deberíamos sentir por nuestro sistema político actual, lo que vemos en nuestro presente, en el día a día más actual, es la incertidumbre, la inseguridad.

En la red social Tuenti veo una fotografía donde se incita a no asistir a la huelga del próximo 29 de septiembre. El lema es el siguiente: “No nos la podemos permitir”. Quizá no le falte razón a este cartel, pero contemplo los comentarios que siguen a la foto:

“U.G.T. y CC.OO son exactamente lo mismo que el P.S.O.E., son el mismo perro con distinto collar”.

“Esta huelga debería haberse hecho hace tres años. Además, en sus putos vídeos de youtube en vez de echar la culpa a ZP se la echan al PP. Siempre apoyando a los inútiles del P.S.O.E. CC.OO y U.G.T. iros a tomar por culo”

“Pero es que el PP es lo mismo que el PSOE. Total, siempre son los mismos los que gobiernan y sólo piensan en su beneficio, no en el pueblo. Debería resurgir algún partido o crearse alguno que levantara España. Los dos que hay ahora sólo nos llevan a la mierda y a ser el culo de Europa”.

Acto seguido leo El País. Estos últimos días están haciendo unos reportajes con un interesante título: (Pre)Parados. “Si España no quiere saber nada de mí, yo tampoco quiero saber nada de España”. “Mi generación es la que ya no sueña”. “Bye bye Spain”. Todo es desencanto, inseguridad, frustración. Jóvenes con brillantes currículos no tienen trabajo y aceptan cualquier oferta en el extranjero con tal de no depender de sus padres. El clima de desafección se ha apoderado de España y, si bien es cierto que muchos alardean con sus brillantes ideas políticas, tan sólidas y fundamentadas, a la gran mayoría de españoles les son totalmente ajenos el gobierno, el partido de la oposición y los sindicatos. Es todo muy triste, no sabemos hacia dónde vamos y las noticias que van apareciendo en los medios de comunicación son cada vez más desoladoras. Ante este clima, ¿qué hacer? ¿Esperar?, ¿actuar?, ¿cómo? No quisiera ser demasiado fatalista, pero el futuro más próximo se presenta lleno de incertidumbres y va a dar mucho que pensar.

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Hannah y sus hermanas (1986) es una de las películas más celebradas de Woody Allen, entre otros motivos, porque cosechó tres Óscar. El director neoyorkino vuelve a tirar mano de lo que mejor se le da: las relaciones humanas. Sus guiones no son un secreto y no se basan en complejas ideas de ciencia ficción, sino en la vida más real. Recurre a las vidas humanas y todo lo que las envuelve para construir una historia donde, poco a poco, va ofreciéndonos mucho más que simples amoríos. Esto no quita que desde nuestra visión puede parecer algo artificial ya que el conjunto social que retrata este director suele estar formado por personas pertenecientes a un círculo intelectual superior al que no todos tienen acceso. No faltan otros personajes que se alejan de este círculo y, por su alejamiento, aparecen perfectamente diferenciados y definidos. Esta forma de alcanzar la inspiración en el arte a través del material propiamente humano es bastante recurrente en la filmografía de Allen, tan llena de personajes artistas, escritores, directores de cine, etc. Sólo basta recordar Desmontando a Harry (1997) cuyo personaje principal, interpretado por el propio director, era acusado de utilizar las vidas de las personas para convertirlas en oro literario. También nos viene a la mente Apuntes al natural (Martín Scorsese, 1989), incluida en Historias de Nueva York, tan entrañable con aquel tema de Procol Harum, A Whiter Shade of Pale.

La historia que se nos cuenta en Hannah y sus hermanas se encuadra a través de un mismo momento en años distintos: la cena de acción de gracias donde se reúne la familia y se conversa con cariño con los ancianos anfitriones. Esta escena tan familiar nos recuerda a la estampa que dibujó James Joyce en “Los muertos” (Dublineses, 1914). Joyce retrató una cena de Navidad donde la artificialidad de una familia de clase media-alta se ve amenazada por la fragilidad y volatilidad de los sentimientos humanos de Gabriel y su mujer. Recuerdo con cariño esta novela corta y también su adaptación al cine por John Huston. Así pues, en la obra de Woody Allen ocurre algo parecido. Allen nos vuelve a mostrar el torrente de sentimientos y de situaciones comprometidas que puede haber entre cinco personas. Lo cierto es que después de todo, la cena final muestra la estabilidad de un momento y la alegría que siente una pareja al conocer que van a ser padres. Pero lo importante no es tanto el final, sino todo el desarrollo, los diálogos plagados de todos esos temas que disfruta Woody Allen llevando a la gran pantalla, las reflexiones acerca del sentido de la vida y la conclusión de la falta de éste, la incursión del cine, la literatura y la música expresando los gustos personales del director, etc. Todos estos elementos son los que le dan un toque distinto a la obra cinematográfica y los que la convierten en una obra acerca de un segmento social muy determinado. No nos engañemos, no todo el mundo va a la ópera, escucha a Bach y conversa acerca del sinsentido de la sociedad contemporánea.

Si atendemos estrictamente a la historia que se desarrolla no dejamos de maravillarnos y entretenernos con unos personajes perfectamente definidos. Una pareja de ancianos con un pasado esplendoroso pero lleno de infidelidades, una hija talentosa que se complace con ayudar a los demás pero incapaz de que la ayuden debido a su ego, la hermana descarriada y ex cocainómana que no acierta a encauzar su vida, y la hermana apasionada que abandona una relación intelectual con un pintor mayor que ella para flirtear con el marido de su hermana, antes de acabar casada con un profesor de literatura. Todo ello junto al personaje que no sabe o no cree saber amar, y el personaje neurótico y obsesionado con el sentido de la vida que termina encontrando en el amor la única vía de escape. Juntando todos estos prototipos humanos bien definidos por unos actores magníficos, el resultado es una historia muy digna de contemplar, otra película para el recuerdo de este genial director.

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Después de algo más de tres años vuelvo a ver Kill Bill vol. 1 y vol. 2 (2003 y 2004) de Quentin Tarantino. Las películas no han cambiado nada pero mi visión sobre ellas sí que lo ha hecho. Ambas partes son un magnífico despliegue de calidad visual recurriendo a la partición por capítulos. Habiéndolas visto de forma seguida se tiene la sensación de ser una obra extremadamente cuidada y conseguida. No sobra nada (quizás sangre). Los capítulos van sucediéndose paulatinamente y dando mayor sabor a una historia contada con el usual recurso del racconto. Por ello, es una película donde las escenas y capítulos quedan perfectamente diferenciados. Para muchos, Tarantino se columpió haciendo Kill Bill ya que no puede llegar al nivel de Reservoir Dogs o Pulp Fiction, según algunas críticas. Sin embargo, creo que es una obra perfectamente lograda. Mientras que el volumen 1 se dedica a exhibir el arte de la catana, sorprender (e incluso angustiar) con tanta violencia y tanta sangre, el volumen 2 recupera algunas notas clásicas de Tarantino. En la segunda parte, esencial para entender totalmente la historia, los diálogos adquieren mayor importancia. Digamos que los personajes dejan de jugar un rato a samuráis y se paran a pensar por qué juegan a ello, sin dejar de hacerlo. La protagonista (Uma Thurman), la Mamba Negra, también evoluciona. De ser una letal máquina de matar sin escrúpulos llega a ser la misma máquina de matar pero con algún sentimiento que otro. El contacto con su hija hace que cambie totalmente, y es con ese viraje con el que acaba la película. Realmente se disfruta con una parte y con otra, pero la segunda es más pausada y tiene episodios realmente exquisitos como el entierro vivo y la rememoración del entrenamiento con Pai Mei. Al ver este pasaje nos viene directamente a la mente un cuento de Edgar Allan Poe, El entierro prematuro (1844), donde se describe la obsesión de un personaje que sufre catalepsia y teme ser enterrado vivo a pesar de no estar muerto. Para él, ésta es la “mayor de las desgracias posibles”. Poe describe perfectamente la fobia y la desesperación de esta situación que la Mamba Negra consigue sortear echando mano de sus habilidades y recuerdos.

Algo que posiblemente se le haya criticado en más de una ocasión a Tarantino por Kill Bill es la violencia y la sangre. Sobre todo es en la primera parte donde las secuencias violentas se suceden una detrás de otra (la protagonista dispone de una lista de la muerte). Cabezas, brazos y piernas cortadas, catanas atravesadas, ojos extraídos de sus cuencas, corte de talones y de cráneos: todo es violencia que va alimentando la película. Dado que se trata de un tema recurrente (la venganza) y un director que frecuenta este tipo de escenas se puede comprender, pero no deja de ser chocante. No hay ningún tipo de tapujo ni escrúpulo para dejar de mostrar una cabeza cortada. No es nada nuevo en Tarantino, su última película, Malditos bastardos, vuelve a utilizar estos mismos recursos (recuerden las cabelleras cortadas). Espeluznante.

Como digo, es chocante y curioso, pero no pasa de ahí, no nos alarma. La violencia y las escenas de este tipo se han democratizado, están totalmente al orden del día. Basta con encender un informativo cualquiera a mediodía y contemplar cómo gente muere: asesinatos, cogidas de toros, aviones estrellados, etc. Todo esto forma parte de nuestra vida y no resulta extraño verlo. Lo vemos, nos lamentamos y seguimos comiendo. La diferencia entre Tarantino y un informativo está clara. Mientras Tarantino usa la violencia para contar una historia y con un fin artístico (a pesar de lo que se pueda objetar a ello), los telediarios muestran la cruda y verdadera realidad. Y alguien cuando va a ver una película puede decidir entre ver una película como Saw o Hostel o no hacerlo y declinarse por algo más “correcto”. Sin embargo, al encender el televisor uno no sabe qué puede llegar a encontrarse.

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