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Archive for 2 febrero 2011

A propósito de una lectura reciente han venido a mi mente esos individuos providenciales que actúan en las vidas ajenas removiendo los cimientos e insuflando un poco de vida. Alguna tarde de lectura y las idas y venidas de la rutina me han ocupado en digerir la solidez de La sombra del ciprés es alargada, primera novela de Miguel Delibes, publicada en 1948.

Como ocurre en algunas ocasiones, esta obra ocasiona un desasosiego interior que puede ser debido al clima que la envuelve de tristeza, de infortunio y de la cara más trágica de la vida. Es el desasimiento, la tragedia y la separación; la rotura de sólidos vínculos. El personaje principal, Pedro, articula y configura totalmente la novela, y el resto de individuos que van surgiendo en sus páginas no son sino una necesidad del novelista para explicar el devenir de Pedro. Los personajes se suceden uno detrás de otro sin prácticamente coexistir e influyen a Pedro modelando su ser. La estructura de la novela es completamente circular y comienza y acaba en Ávila. El hecho vertebrador de la trama es la muerte y la tragedia que va apuntalando una historia cruenta.

El relato de la historia comienza con Pedro, que resulta huérfano y acaba habitando en un hogar donde, mediante la acción de dos los personajes iniciales (Mateo y Gregoria), se configurará una vida y un modelo mental, personificado en la Ávila de las murallas y las fortificaciones, que marcará toda su vida. Se puede entender la novela como la consecuencia de estas pautas aprehendidas en los primeros años de vida, como la lucha por guardar esa rigidez junto a las amenazas externas por cuestionarla.

Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer.

Así comienza la obra, con Ávila; y acaba del mismo modo (Me sonreía el contorno de Ávila allá, a lo lejos…). La aventura y el camino, donde los principios vitales de Pedro se pondrán en entredicho, tendrá un final tajante del mismo modo que el de Martina, regresando a los orígenes tras una experiencia nueva. A través del personaje de Alfredo y su muerte (que marcará de forma indeleble el alma de Pedro), mediante Luis y su familia y, sobre todo con Jane, Delibes sacude el estado anímico de Pedro y la inmovilidad emocional.

La tristeza y la depresión, junto al hecho repetido de la muerte y la desgracia (recordemos la entrañable escena de la perrita Fany con su pata inválida) vertebran la novela. La aparición de Jane atropellará todo esto pese a las sólidas barreras que impone Pedro, y éste se verá preso de un enamoramiento sencillo y hasta gracioso. Jane supone el elemento extraño y foráneo de la vida de Pedro, más que el resto de personajes. Ella es la mujer providencial de Pedro, la encargada de virar la existencia de este angustioso individuo y de dotarla de un nuevo sentido y una nueva dirección. La relajación de las barreras de Pedro ocasiona una etapa distinta, la única donde se puede ver emanar la ilusión en la novela, pero el infortunio se hará presente de nuevo. La terrible muerte de Jane abocará a Pedro a la depresión, al sinsentido y a la vuelta a Ávila y al cementerio donde su amigo de la infancia descansaba. Jane había depositado en su alma una simiente distinta pero las circunstancias le hicieron volver a la añeja y nostálgica sustancia de Ávila.

Y por encima de todo aún me quedaba a Dios.

Así concluye Pedro sus pensamientos; sintiendo, creo yo, no un triste sentimiento, sino más bien la abulia y la dejadez de alguien a quien la vida ha resultado una amarga existencia; una persona que, dejándose imbuir por la providencia de alguien, ha vuelto a caer en la misma realidad en la que estaba. Es la realidad del ciprés y de su sombra, alargada y no cobijadora ni acogedora, llena de pequeñas calaveras que aterrorizan.

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