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Archive for 30 agosto 2011

Otra mujer, 1988. Woody Allen

Los sentimientos humanos son tan complejos que, en muchas ocasiones, resulta tremendamente analizarlos desde una perspectiva objetiva. De ello trata Otra mujer, la última película de Woody Allen que he tenido ocasión de disfrutar. Los ingredientes de esta obra no varían mucho de los usados por este director: personas de las clases altas de la sociedad, matrimonios desgajados, adulterios, la psiquiatría, etc. Son elementos que Woody Allen sabe combinar magistralmente y sacar el máximo provecho una y otra vez.

En esta ocasión, el director construyó una historia fría e hiriente, al contrario de lo que estaba acostumbrado a hacer. Sin embargo, supo tejer un relato que llega al espectador y le hace partícipe de él. Otra mujer es una reflexión sobre la vida y sobre la edad adulta. Es la imagen del transcurso de los años, de los anhelos incumplidos y de las ambiciones. Recordando a Ingmar Bergman en Fresas salvajes, Woody Allen reconstruye la historia de una prestigiosa profesora de filosofía que, al llegar a la cincuentena, experimenta un alto en su vida. La historia con que se nos deleita es un fragmento de su existencia, el fragmento más angustioso de la vida de esa profesora. La película es un proceso a través del cual la profesora llega a conocerse a sí misma de verdad y a través del cual rompe con las barreras que se había autoimpuesto debido a una rígida educación. Varios amores del pasado, una amiga perdida y una paciente del psiquiatra vecino le brindan la oportunidad de experimentar ese cambio. El personaje se ve necesitado de estos elementos para llegar a comprender lo vacío de su existencia, de su matrimonio y de su ambiciosa carrera académica. La imagen de la escucha a través de la pared de su piso nos muestra cómo necesita oír y ver más allá de los muros de su vida para lograr reconstruirla y emprender un camino nuevo. El paralelismo entre la profesora, aparentemente tan satisfecha de su vida personal, y la paciente interpretada por Mia Farrow es brutal. La paciente, dentro de su depresión, es capaz de analizar lúcidamente los tristes pasos de alguien ajeno.

La reflexión final se nos ofrece con el cambio de rumbo del personaje y con un momento, concreto y único, en el que se vislumbra la calma y la paz interior. La obra nos deja un momento aturdidos divagando acerca del recuerdo y de su naturaleza, de los momentos felices del pasado y de si éstos forman parte sólida de la vida o son un vago recuerdo inútil.

Sabía que ella era capaz de una pasión intensa… si algún día quería permitirse sentir. Y me pregunté si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido. Por primera vez en mucho tiempo me sentí en paz.

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Tras un tiempo de silencio, de pausa y de dedicarme a otros asuntos he vuelto a introducirme en el mundo de Miguel Delibes y de sus personajes. Esta vez ha sido El camino, publicada en 1950, y la sensación final ha sido grata, esa sensación caracterizada por la delicadeza del tacto de un objeto preciado que has encontrado. Es una novela que nos ofrece un plano a gran tamaño de lo que es el mundo rural a mitad del siglo XX en España. Es una fotografía a gran definición de las relaciones sociales que existen en ese mundo rural que tan bien conocía Delibes y de las que formaba parte. A través de grandes temas y grandes personajes va ofreciéndonos pequeños cachos de ese mundo. Los personajes, construidos con más soltura y mayor adecuación a lo que pretende narrar que en La sombra del ciprés es alargada, van añadiendo pedazos que el lector reconstruye junto a Daniel, el Mochuelo.

Son diversos los temas que trata Delibes: la muerte, la naturaleza, la religión, el tradicionalismo, etc. Respecto a la muerte, Delibes otorga gran vitalidad a sus novelas incluyéndola en ellas, adquiriendo su narrativa una fuerza muy sólida a pesar de lo trágico que pueda resultar. La religión es tratada como tal, en el contexto rural en que se enmarca, pero es la naturaleza una de las principales protagonistas de El camino. El pueblo que evoca la novela está ubicado en medio unos montes que construyen la vida de los habitantes. Los campos, bosques, picos y lugares de montaña articulan la novela y los personajes se construyen a través de ellos. La riqueza lingüística de la obra en cuanto a las especies de pájaros y de plantas es enorme, y se desprende un gran amor a la naturaleza del que no es ajeno Daniel, el Mochuelo. Él mismo deja ver lo siguiente:

“Él no tenía la culpa de ser un sentimental. Ni de que el valle estuviera ligado a él de aquella manera absorbente y dolorosa. No le importaba un ardite. Y en, cambio le importaban los trenes diminutos en la distancia y los caseríos blancos y los proados y los maizales; y la Poza del Inglés, y la gruesa y enloquecida corriente del Chorro; y el corro de bolos; y los tañidos de las campanas parroquiales […] Sin embargo, todo había que dejarlo por el progreso” (pp. 190-191).

 

Boda aldeana, Pieter Brueghel, 1568

Además de la naturaleza, es la imagen que da Delibes de lo rural una gran protagonista. Podría discutirse acerca de la veracidad y de la exactitud de esta visión del ambiente rural que aparece retratado en la novela como cúmulo de valores positivos y negativos. Es un ambiente bucólico, familiar, natural, pero también lo es conservador y colmado de valores negativos a través de personajes como la Guindilla. Al pensar en esta dualidad de lo rural ha venido a mi mente aquel cuadro de Pieter Brueghel el Viejo (Boda aldeana, 1568) donde los campesinos aparecen retratados igual que en la obra de Delibes: como personificación de lo bueno y de lo malo del hombre. La costumbre y la paz campesina se contrastan con la incivilización, la vulgaridad y la simplicidad. Lo mismo que pintaba Brueghel parece haberlo trasladado Delibes a sus páginas.

A pesar de todo lo dicho, lo rural, la naturaleza y lo religioso son los complementos que utiliza Miguel Delibes para ofrecer una reflexión acerca de la vida y del rumbo de ésta. La novela es una recreación del pasado de Daniel, el Mochuelo, que evoca su vida en el pueblo la noche anterior a marcharse a estudiar a la ciudad. La nostalgia se hace realmente presente en las últimas páginas de la obra donde se ve el dolor de la separación y el choque que experimenta el Mochuelo con la realidad. El fin de El camino es el final de la infancia de Daniel y es el inicio de algo indeterminado, de un gran cambio en su vida. Delibes nos da que pensar y evocar los cambios y vaivenes que trae consigo la vida. La novela, construida con una visión cristiana de la realidad, pretende mostrarnos la naturaleza del camino del ser humano y la consonancia o no con los planes de Dios. Sabiamente, uno de los personajes de El camino afirma que la felicidad reside en adecuar tu voluntad y tus planes de vida con los designios de Dios. Es así para los que somos creyentes y Daniel, el Mochuelo se da cuenta de ello. El final es muy ilustrador:

“Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca-uca le viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin.”

La marcha a la ciudad es inevitable para Daniel pues todavía no tiene el mando de su vida y en la noche anterior a partir descubre el amor y llora. Y ahí es donde se rompe la dureza de un alma noble que había pretendido estar al margen de los sentimientos humanos. Y llora, pues las lágrimas son reparadoras, al igual que lo hizo Pedro tras traicionar a su maestro (“Y lloró amargamente” Lucas 22, 62).

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