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Archive for 10 agosto 2012

¡Dios mío! ¿Un instante de felicidad no es suficiente para toda una vida? “

Noches Blancas, Dostoievski.

La muerte, el amor y la vida. Son tres palabras que esconden la esencia de la existencia humana. El amor y la muerte que forman parte de la vida y, al mismo tiempo la consumen. La muerte cristiana engendra y simboliza el amor, y éste, otorga sentido a la vida. Son diversas las obras que vienen a mí para arrojarme luz u oscuridad sobre estos temas. El mismo san Juan narró las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Juan 11, 25-26). Jesús anula la muerte, la doblega y resurge victorioso frente a ella. Son palabras de esperanza, palabras susurradas. Sin embargo, en el mundo vemos gritos y gemidos. Este el caso de la película Gritos y susurros de Ingmar Bergman de 1972. Es una película con una magnífica estética que va transformándose al compás de la trama, una trama lineal que habla de la vida para llegar hasta la muerte. La protagonista principal, Agnes (“cordero”, equivalencia simbólica del mismo Jesucristo) vive sus últimos días presa de un cáncer de útero, envuelta en un ambiente de gritos, de sufrimiento y de dolor, personal y ajeno. Sus dos hermanas, Karin y María, la acompañan en su tránsito. El director va tejiendo las historias de las tres hermanas en la casa familiar y va dibujando la tragedia personal y el sinsentido de Karin y María, destinadas a no converger y cuyo único punto en común es Agnes. Pronto se descubre la infelicidad y la sentida tristeza de las dos hermanas, sufrida por la propia Agnes. Anna, la criada, es otra víctima de la historia personal de la familia pero que muestra un atisbo de sentimiento hacia el cordero que se consume y forma una verdadera Piedad con ella. El grito y el sufrimiento de Jesucristo tuvo un sentido redentor hacia la humanidad mientras que el de Agnes resulta vano. Su muerte no genera vida ni reconciliación, sino separación de caminos de una familia que tenía su enfermedad como punto de unión.

Esta película resulta una profunda reflexión sobre la vida y la muerte, agria y realista. En los últimos días he leído otras obras que proyectan en mí estos mismos temas: “Retrato de un hombre invisible” perteneciente a La invención de la soledad (Paul Auster, 1982), y Retrato de un hombre inmaduro (Luis Landero, 2009). Los enfoques son muy distintos pero la realidad es la misma. En el relato autobiográfico de Auster, escrito tras la muerte de su padre, éste repasa la vida del mismo y lo describe como un hombre indiferente, ausente, ajeno del mundo. La novela de Luis Landero es la narración de la última noche en vida de un hombre que, en primera persona, teje desordenadamente la historia de su existencia, de una forma muy diferente a la de Auster. El personaje de Landero sí participa de la vida, a diferencia del padre de Auster, sí se imbuye de toda su esencia, de sus miserias y, de paso, aprovecha para sacar alguna tímida sonrisa fruto de sus aventuras urbanas.

Si bien la muerte es el centro de todos estos relatos, es la vida la que reina y la que vence. Agnes, en su diario evocado por Anna, lo expresa muy bien evocando un momento de gran felicidad:

Ya no tengo ningún dolor. La gente que más quiero estuvo a mi lado. Las oí platicando. Sentí la presencia de sus cuerpos, sus manos. quería que el momento durara y pensé: esto es la felicidad.

Nota:

Recomiendo la lectura de la siguiente reseña y comentario acerca de la obra de Luis Landero, por Justo Serna.

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Siguiendo con mis lecturas veraniegas he tropezado con El disputado voto del señor Cayo, de Miguel Delibes (1978), que adquirí en una edición reducida de Austral. Delibes tiene algo que decir en cada una de sus novelas y en esta dibujó una graciosa pero a la vez triste sátira de los momentos previos a las elecciones generales de 1977 en plena transición española. De la mano de varios militantes de un partido de izquierdas, presuntamente el P.C.E., se nos muestra el corazón de la propaganda electoral y de la persuasión política. La trama se centra en la visita de tres de estos militantes a una zona rural, en concreto a un pueblo con tres habitantes donde el señor Cayo les conduce en un pequeño viaje hacia lo desconocido e infravalorado por ellos. Es una graciosa obra porque muestra cuáles son las situaciones que se viven en el campo y, quien haya frecuentado lugares como los reflejados en la obra de Delibes, puede formarse una idea. Al mismo tiempo es una sátira trágica de denuncia de la desaparición de un modo de vida, una cultura rica, alejada del mundo urbano. También rompe muchos mitos con los que se ha configurado la izquierda, de mano de comentarios machistas, violentos y poco atentos con la realidad del señor Cayo. No obstante, en el personaje de Víctor el autor nos ofrece una ruptura, un signo de esperanza:

“Yo veo una cosa aleteando en el cielo y sé que es un pájaro. Veo una cosa agarrada a la tierra y sé que es un árbol. Pero no me preguntéis sus nombres. Yo no sé una puñetera palabra de nada”. Pág. 157.

“Él es como Dios, sabe hacerlo todo, así de fácil. ¿Y qué le hemos ido a ofrecer nosotros? Palabras, palabras y palabras… Es… es lo único que sabemos producir”. Pág. 173.

 Estas citan reflejan el antagonismo entre dos mundos, un antagonismo que tenía bastante sentido en el momento en que fue publicada la obra pero del que hoy queda poco. Es, en resumen, una ágil lectura y una estampa de la Transición española y del choque entre el mundo rural y el mundo urbano; otra genialidad del desaparecido Miguel Delibes.

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– “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos ‘C’ brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser. Todos estos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia… Es hora de morir..” Roy

Blade Runner. Ridley Scott – 1982

Mucho llevo reflexionando sobre las experiencias vividas y qué papel tienen éstas en las vidas y comportamientos de las personas. Estos fragmentos de dos grandes películas (El indomable Will Hunting, 1997, y Blade Runner, 1982) arrojan luz a ello. Dos diálogos emblemáticos de la historia del cine sintetizan la esencia de la vida, las experiencias vividas y lo sentido en ellas. A menudo me siento como Roy en Blade Runner y como el propio Robin Williams. La vida no son ideas, ni libros, ni sermones, la vida son experiencias protagonizadas por uno mismo y por los próximos a él. Siento haber visto cosas que mucha gente no creería, momentos únicos y, por suerte, repetibles. Y todo esto lo he sentido y lo sigo sintiendo en Juniors. ¡Qué acertado estaría un educador diciendo las mismas palabras que Roy! Son muchos años, muchas vivencias y recuerdos y, especialmente, muchos campamentos en los que realmente se ven naves más allá de Orión, rayos C y puertas desconocidas hasta entonces. Esos días de convivencia, de vivencia con compañeros, son días de cómoda tranquilidad en el Monte Tabor, de disfrute, de evasión y de oración. En estos días la vida se saborea de verdad, en primera persona, en acción con Dios. Yo he visto cosas que no creeríais, sonrisas gratuitas, corazones sanados y llenos de felicidad, lágrimas sinceras, fe vivida y palpada, amor al prójimo, compañerismo, nuevos caminos, amistades duraderas, trabajo desinteresado y en equipo, la naturaleza en ti. Cada uno de esos momentos me ha hecho ser como soy, han configurado mi vida cristiana y la de muchos, han contribuido mucho en construir cada pedazo de mi pensamiento, cada sentimiento y cada acción. Esas vivencias han sido más allá de Orión, en esa montaña escarpada, pero han resonado y han aflorado una y otra vez en el descenso, en el suelo llano. Son días que sirven de alimento para continuar, para sacar fuerzas, para reubicarse de nuevo y seguir con esta misión. El recuerdo los revive una y otra vez. Y no, Roy no tenía razón porque esos momentos, esas lágrimas, no se perderán en medio de la lluvia. Esos momentos se palpan y se palparán y darán fruto y, entonces, no será hora de morir, sino de vivir, vivir en plenitud. Cada uno elige sus experiencias o, la vida se las brinda, pero éstas forman las personas.

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