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Archive for 18 enero 2013

“La nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla”. ¿En qué medida vive la gente en un estado de melancolía? ¿Hay una resignación general hacia ese sentimiento concreto? ¿Se atempera de esta forma? No sabría decir si es melancolía lo que se siente de forma generalizada; pero sí decepción, vacío, desorientación e indefinición, como las nubes que van y vienen, que se unen y se separan, que se esfuman. Las sólidas certezas de nuestro marco vital se hacen añicos. El clima informativo actual es depresivo e infame: corrupción, guerra, irresponsabilidad, engaño. La realidad —mostrada y confeccionada— es una imagen vacía y hueca de nuestra civilización, un panorama desolador que pone a prueba las voluntades individuales y colectivas.

joyceEl pensamiento inicial de la entrada está puesto en boca de Little Chandler, personaje de “A Little Cloud” (“Una nubecilla”), perteneciente a Dublineses, obra de James Joyce publicada en 1914. Chandler es un mosaico de sentimientos desesperanzados que se van desgranando en el escaso tiempo en el que transcurre este relato en la ciudad de Dublín. Joyce dibuja magistralmente la inferioridad que siente Chandler respecto a su amigo Gallaher, que emigró a Londres y se labró un futuro como redactor. Little Chandler, alicaído desde el primer momento en que se anuncia su nombre, protagoniza un viaje que despierta en él ese sentimiento de inferioridad: se reúne con su viejo amigo, que ha regresado al “terruño”. El antagonismo entre los dos amigos no puede ser mayor: Gallaher es un triunfador vividor con aires de importancia; Chandler se ha visto condenado a casarse, tener una vida mediocre y ver el sueño de su vida —ser escritor—frustrado. Son ejemplo y muestra de una serie de binomios antagónicos: Dublín/Londres, pasión/sencillez, triunfo/mediocridad, exceso/abstinencia… Chandler está retratado por medio de símbolos que delimitan su carácter desilusionado: sus dientes de leche, su intolerancia hacia el alcohol, el pago de los muebles a plazos, etc.

La dura e iniciática visita de su viejo amigo se torna insoportable al volver a casa. El círculo se cierra y el personaje vuelve al lugar al que pertenece: la “alegría sencilla” que no es tal. ¿Qué le espera? Un niño que llora y por el que no siente afecto, y una mujer en cuyos ojos “no hay pasión”. Su fracaso literario se plasma en el intento de leer a Byron, interrumpido por el lloro de su hijo; y en su incapacidad expresiva. El personaje se construye, de forma condensada e intensa, a través de sus sentimientos en esa jornada: “Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo…” (pág. 75).

Little Chandler es una “little cloud”, una pequeña nube que se esfuma. Sus aspiraciones de juventud se han evaporado y quedan en el fondo de su alma, tratando vanamente de realizarse. Aun así, él sabe que es más capaz que su amigo, y ello incrementa su drama. La maestría de Joyce evoca nuestro presente: la triste realidad que sufrimos en nuestras carnes. Muchos de nuestros sueños, que un día parecieron estar esperándonos, parecen esparcirse como las nubes. Y, además, las nubes son incontrolables y forman parte de la naturaleza. Pretender controlar la naturaleza parece una osadía. Las nubes de nuestras vidas no pueden ser inasibles; son nuestros anhelos. Es triste ver cómo, de forma generalizada, parece hacerse realidad lo que legó Joyce en este cuento: “No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse” (pág. 65). ¿Es demasiado tarde para escapar?

Agosto 2010

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Reflexionando sobre los clásicos y las preguntas esenciales de la vida he vuelto sobre mis pasos para reparar en “La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka”, pequeño estudio a modo de apéndice en El mito de Sísifo, publicado en 1942 por Albert Camus. Este apéndice sirve a Camus como colofón de su obra, como culminación a su ensayo acerca de la filosofía del absurdo, del suicidio y del personaje mítico de Sísifo. En él aborda tres obras que siempre han lucido en mi estantería de forma correlativa y amenazante. Son tres obras complementarias que albergan preguntas y respuestas, situaciones semejantes y personajes memorables. Son, por supuesto, La metamorfosis (1915), El proceso (1925) y El castillo (1922). Siempre he tenido una relación complicada con ellas; me han amenazado y seducido, aterrado y excitado. Camus da un respiro al lector de Kafka ofreciendo un sentido con el que abordar su obra, una especie de itinerario interpretativo.

kafka

En este apéndice Camus señala la necesidad de la relectura de la obra de Kafka por su complejidad y su falta de desenlaces (El Castillo es inconclusa). Nos recuerda lo absurdo de estas obras con personajes tan míticos como Gregor Samsa, el agrimensor K., o Josef K. Sus historias son bien conocidas: la conversión de Gregor en un insecto, la impenetrabilidad de un castillo y la absurdidad de un proceso judicial inexplicable. Camus nos hace observar cómo estas obras tienen un discurso complementario. El proceso supone un final abrupto y cerrado: la ejecución de su protagonista tras un largo periplo irresuelto sobre un supuesto delito cometido. El Castillo, siendo inconclusa, es el final de El proceso. El agrimensor K., tras innumerables páginas tratando vanamente de descubrir la naturaleza del castillo, se rinde ante él y pasa a amar algo que le aplasta y que le subyuga. K. encuentra la esperanza en ese mundo sin salida a través de Amalia: “abraza al Dios que lo devora”. Camus reinterpreta la obra de Kafka como un “inmenso grito de esperanza” aceptando y reconociendo lo absurdo. De esta forma, lo absurdo deja de considerarse como tal. El resultado es la valoración de la vida dentro del sinsentido que la caracteriza.

sisifoEsta es la tesis de Camus durante toda su obra y en la interpretación del mito de Sísifo. Sísifo, condenado eternamente a escalar una montaña con una piedra, siente cierta libertad en el momento en que ha subido la piedra y no tiene que bajar todavía. “La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”. Hay que imaginarse a K. feliz. Josef K. debería haberse rendido ante la maquinaria judicial. Quizás, si Camus hubiese escrito esta obra unos años más tarde, habría hablado de Winston Smith en 1984 (George Orwell), que acepta de forma coaccionada el Gran Hermano, el castillo totalitario de Orwell.

Resulta interesante la visión de Camus sobra la obra de Kafka pero, como bien indica al final del apéndice, es una visión más. La obra de Kafka es la obra de un clásico y, como tal, es necesario recuperarla en estos días que vivimos. Los mecanismos y las maquinarias políticas y económicas se nos escapan, dejan de servir al ser humano, resultan opacas, se independizan. Cómo actuar es la cuestión: ¿del modo en que Camus interpreta a Kafka?

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La palabra “clásico” puede ser empleada de forma muy variada e indistinta, y ser aplicada en contextos diversos. Un clásico, de acuerdo con la definición básica de diccionario, es aquel que permanece en el tiempo y se toma como modelo válido en una determinada disciplina, refiriéndonos a un autor o a una obra. ¿Es Hobbes un clásico? ¿Se puede considerar actual este pensador inglés del siglo XVII? En cierto modo lo es y conviene reparar en él, más allá de que sea considerado una figura clave en el pensamiento político occidental.

Hobbes realizó un análisis magistral y original acerca de la condición humana, inspirándose en la ciencia moderna del siglo XVII que conoció. Usó un método analítico descomponiendo la sociedad en sus múltiples partes para comprender su modo de funcionamiento. El ser humano era la última parte; divisible también. Caracterizó al ser humano como un ente movido por estímulos primarios y básicos, basados en el rechazo a la muerte y la atracción por la auto conservación. El hombre hobbesiano desea mantenerse con vida, conseguir un poder ilimitado, superar sus necesidades inacabables y calmar esa ansiedad perpetua. Es un ser humano que tiende hacia el estado de guerra permanente y que necesita, por tanto, una soberanía absoluta que lo detenga y que lo someta para vivir de forma “pacífica”. Necesita de un “Leviatán” que evite el “Behemond”: la guerra y la prevalencia de los instintos primarios.

Tristemente, observo que ese ser humano hobbesiano es más actual de lo que sería deseable. Algunas de las series de ficción que actualmente están en la parrilla lo demuestran. ¿Qué son las series sino una manifestación de la condición humana, de nuestros gustos, de nuestra naturaleza, y de nuestro comportamiento? Son tres las historias que me llaman la atención sobre la actualidad de este pensamiento: Dexter (Michael C. Hall, 2006), Breaking Bad (V. Gilligan, 2008) y The Walking Dead (F. Darabont, 2010).

DexterDexter Morgan es un personaje que, a través de las siete temporadas emitidas, ofrece una imagen completa de su personalidad. Lo hace a través de un formato muy original, combinando el monólogo interior con la voz de su padre fallecido, a modo de conciencia. La impresión que da en las primeras temporadas de ser una serie llana y eternamente repetitiva, se rompe pronto ofreciendo una evolución del personaje más allá del “código de Harry”. El personaje de Dexter se independiza del marco en que ha sido creado y rompe este código, evolucionando hacia una naturaleza realmente hobbesiana, del mismo modo que su hermanastra Debra. El gusto por matar de las primeras temporadas —enmarcadas en el “código”— suple los instintos básicos; pero el cambio de las últimas temporadas hace entrar de lleno a la serie en una espiral vertiginosa de violencia y auto conservación hasta el último extremo. El último capítulo emitido demuestra esta gran evolución en el personaje de Debra, caracterizado ahora por estar imbuido de ese universo de la necesidad, e incluso del amor hacia su hermanastro.

breaking-bad-how-much-money-does-walt-have-left_50291aa3d0990_w594Lo mismo ocurre con Breaking Bad donde lo hobbesiano reluce por doquier desde el primer capítulo. No es así del todo en Walter White, el personaje principal, que entra en el mundo de la droga con fines incluso lícitos: proveer a su familia de dinero ante su inminente muerte. No obstante, el coqueteo de Walter con el reino de la necesidad se va haciendo palpable conforme pasan las temporadas; y el profesor de química abúlico y recto de los primeros momentos evoluciona hacia un capo de la droga sin escrúpulos. El Walter White de los últimos episodios de la quinta temporada es un ser rapaz, sin miedo y sin límites por ganar más y más; poniendo a prueba las simpatías del público hacia él. El director juega con la audiencia —del mismo modo que se hace con Dexter— cuestionando la aceptación y la legitimidad que otorgamos a los personajes. Desde luego, los magistrales personajes de Gustavo Fring, Mike Ehrmantraut y Saul Goodman en Breaking Bad son ejemplos redondos y arquetípicos, desde el principio, de este tipo de personaje del que hablamos.

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Por último, si nos referimos a The Walking Dead, el estado de guerra del Behemond se puede observar en las primeras escenas a través del viaje apocalíptico a Atlanta. La humanidad parece estar extinguiéndose ante la amenaza de un virus fatal; y ante este “estado de naturaleza” que se impone, se busca construir un nuevo orden social dentro de las comunidades supervivientes, a partir de los desechos de algo destruido. El principio de auto conservación guía a los personajes durante toda la serie, dentro y fuera del grupo conformado y de los propios individuos.

En un momento de parada y descanso a la espera de nuevas temporadas cabe preguntarse sobre estos fenómenos televisivos. ¿Qué tratan de mostrar? ¿Son reflejos de nuestra humanidad? ¿Son respuestas a las dificultades que vivimos? Y, ¿es esta naturaleza la causa de desastres y destrucciones que vive nuestro mundo, la causa de nuestra crisis? En definitiva, intentan reflejar cómo somos los seres humanos, o cómo podemos llegar a ser. Porque ésta es una de las preguntas básicas a las que se han enfrentado los clásicos como Hobbes: definir la naturaleza humana.

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