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Archive for 28 marzo 2013

Es inevitable volver una y otra vez a él, de lo contrario únicamente nos estaríamos ahorrando una dicha necesaria, una sacudida en la conciencia que siempre viene bien. Su capacidad de transmisión y su forma de escupirnos su mensaje, que nos da de lleno, es encomiable. La repetición de sus temas no actúa en detrimento de su excelencia, sino más bien lo contrario: dibuja, desde múltiples prismas, las preocupaciones y las angustias del ser humano. Nos referimos, por supuesto, a Franz Kafka: ese pesado compañero al que hay que volver de vez en cuando, para caer quizás en la angustia pero, también, para reconocer los motivos de su aparición. Recientemente comentábamos las impresiones de Sin novedad en el frente, como fresco de esa gran tragedia de la primera guerra definida como “total”; hoy retornamos a este austríaco que, publicando su obra entre las dos primeras décadas del siglo XX y de forma póstuma, nos legó unas historias referentes de todo un siglo. No en vano se ha calificado a Kafka como la “voz del siglo XX”. Es de agradecer a su amigo Max Brod que no hiciera caso a Kafka en su deseo de destruir toda su obra: ¡Nuestra civilización habría lamentado tal pérdida!

Son bien conocidos sus obras clásicas y algunos de sus cuentos, siendo estos últimos verdaderos mensajes hechos de pura dinamita para atentar contra nuestras conciencias. En algunos de sus cuentos hay símbolos reiterados como el caso del camino, siendo este una forma de unir dos lugares; no obstante, los personajes de Kafka no suelen encontrar el destino y sus pasos se encuentran con obstáculos insalvables: las puertas no se abren, el camino es pedregoso, la compañía no ayuda. La lucha de Kafka es pasiva: el personaje no se rebela, no suele mostrar felicidad y, a veces, ni siquiera angustia ante una situación incomprensible. Kafka no es Sísifo que, como sugirió Camus, podía llegar a tener un momento feliz en el último momento del ascenso de la colina; Kafka ve un destino terrible e inexorable. A pesar de ello hay algún personaje que quiere huir de esa realidad insoportable, como es el caso de La partida donde, pese a la incomprensión de su criado, un chico decide huir del poblado a caballo para alcanzar su meta. Es posible que en la mente de Kafka se vislumbrase su destino fatal, como puede verse en Una pequeña fábula, del que podemos ver una animación. El ratón se siente preso en un mundo que ha sido grande pero se ha tornado pequeño, insuficiente para él. El pequeño animal es vulnerable, como los cuerpos de los personajes de Kafka; no tiene rumbo, sólo puede volver hacia atrás como le señala una voz. Deshacer su camino sólo lleva a la muerte: la caza por el gato. Es una sociedad insegura cuyo fin es la muerte animalizada, como la de Josef K. en El proceso, que murió “como un perro”.

Estas dos últimas historias corresponden a extremos antagónicos: una cierta esperanza en lograr encontrar un camino por el que alejarse rápidamente, y el terrible final de la muerte. En Un golpe en la puerta del cortijo nos deja con la duda: ¿qué le ocurrirá al personaje? Éste ha sido culpado por el único delito cometido por su hermana de tocar una puerta en el camino —aunque existe la duda de si llegó la puerta del destino fatal— y, ante tal transgresión, el destino está claro: la cárcel, la celda. El personaje sigue creyendo en su inocencia, en que se resolverá todo; pero bien sabe el lector que no ocurrirá así, que su final será como Josef K., que nunca sabrá por qué ha sido encarcelado.

Los personajes de Kafka son protagonistas de las ruinas de una civilización y son extraños entre sí: se sienten ajenos y alienados porque no comprenden los mecanismos de una modernidad que no les es propia. Son abúlicos ante la propia muerte, son precursores del existencialismo de aquel personaje de Albert Camus que no siente ni un ápice de tristeza al conocer la muerte de su madre. Sus personajes son infelices, como ocurre en Ser infeliz, historia que encarna en su totalidad el adjetivo atribuido a su autor. La historia desarrollada carece de sentido discernible para nosotros pero sí cumple su función: da cuenta del miedo del personaje, del sinsentido del espacio cerrado violado por un extraño, de la inseguridad de aquel que tropieza con su propia vida, del terror de sentirse escuchado. La puerta vuelve a tener su función diferenciando espacios, construyendo mundos aislados y desconectados, cubículos de existencias independientes. Esa puerta se puede abrir para traer el miedo, pero también se puede cerrar e imposibilitar cualquier esperanza, como ocurre en Ante la ley.

ANTE LA LEY

Los personajes de Kafka resuenan en nosotros y nos turban, nos sacuden, nos ilustran un siglo desastroso; por eso, este autor fue concebido como “avisador del fuego” por Walter Benjamin: anunciaba una catástrofe venidera personificada en la depresión económica, el ascenso del fascismo y del nazismo, la desorientación social. Pero no sólo es profeta de tiempos venideros, sino testigo de unos felices años 20 llenos de contradicciones. No sería el único en dar este tipo de respuestas y en agitar nuestras conciencias: también Max Weber llamó la atención sobre el desencanto de un mundo racionalizado, mecanizado y burocratizado donde el individuo no se realiza, sino que cae en una “jaula de hierro” que rompe la libertad; o Sigmund Freud, en 1930 con El malestar en la cultura, donde daría cuenta del malestar inherente al sujeto, la agresividad insatisfecha por los impulsos, la falta de soluciones definitivas y el equilibrio roto entre el principio de vida y el principio de muerte. Todas estas propuestas y productos culturales, desde diferentes puntos de vista, arrojan luz a problemas e interrogantes que habitaron en las conciencias de estos autores y que hoy deberían habitar en las nuestras.

jaula de hierro

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I. Cuando te sientes transportado a momentos pretéritos; cuando sientes en primera persona el sufrimiento ajeno; cuando confraternizas con ese lejano narrador, no mucho más joven que tú; cuando alcanzas a comprender el verdadero sentido trágico de una guerra: ese es el momento en que una obra literaria consigue cumplir su función, el momento en que la labor de su escritor adquiere toda la plenitud. Leo con fruición Sin novedad en el frente, la gran obra de Erich Maria Remarque publicada en 1929, sintiendo en mis carnes el relato desgarrador de un posible soldado alemán en la Primera Guerra Mundial. En los primeros momentos de este disfrute —o padecimiento— advierto que es una obra evocadora, sentimental: un libro necesario y útil para un estudiante de Historia.

sin novedad libro

La prosa ágil y el relato continuo forjado a partir de múltiples pensamientos y acciones sirven para transmitir, más que narrar, para alzar la voz y para denunciar. Son muchos los momentos memorables de esta obra, llevada fielmente al cine por Lewis Milestone en 1930, y más tarde en 1979 por Delbert Mann; sin embargo, son las íntimas confesiones de tú a tú que hace Paul las que son capaces de generar un sentimiento en el lector, de sacudir nuestras conciencias. Los primeros momentos de la guerra, caracterizados por la felicidad del servicio a la patria y la confianza en que sería una contienda rápida, contrastan terriblemente con las imágenes de “guerra total” con que esta obra nos ilustra. El continuo goteo de muertes, la masa entregada al ideal patriótico, el combate directo y su ferocidad, la hambruna de los civiles y del frente: la violencia sin precedentes en todas y cada una de las facetas del ser humano. Un mundo ha terminado, se ha agotado: el mundo infantil de las clases y los libros, los sueños y los anhelos. La guerra ha llegado y, con ella, la barbarie del nacimiento del horror. La trinchera es la metáfora de ese mundo oscuro, sumido en el fango, en la podredumbre humana; la humanidad se ha desvanecido y los resquicios de ésta agotan su capacidad evocadora. Es el mismo sinsentido de la entrega gratuita a la muerte que veíamos en la memorable Paths of Glory de Stanley Kubrick (1957). Relatos antibelicistas imprescindibles; artefactos de un horror pasado.

“Pero aquí, en las trincheras, lo hemos perdido todo. Ya no se eleva en nosotros ningún recuerdo; estamos muertos, y el recuerdo planea a lo lejos, en el horizonte. Es una especie de aparición, un enigmático reflejo que despierta, al que tememos y al que amamos sin esperanza. Es intenso, y nuestro deseo es intenso; pero es inaccesible, y lo sabemos. Es tan vano como la esperanza de llegar a general. […] Hoy pasaríamos por el paisaje de nuestra juventud como viajeros. Los hechos nos han consumido. (pp. 110-111).

La convivencia de ambos mundos de vida es incompatible: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios se llama Abraxas”. Así lo recordaba Hermann Hesse en Demian (1919), otra obra atravesada por la tragedia bélica. El mundo de los ideales y de las aspiraciones de toda una generación ha sido atravesado por la bayoneta de la guerra. No es posible vivir el mundo de la guerra sin destruir el mundo de los sueños. La vuelta a casa en tiempo de permiso se hace insoportable; el contacto con la realidad que quedó atrás duele:

“Todo eso me atrae de un modo irresistible y quisiera hacer como ellos y olvidar la guerra. Pero al mismo tiempo siento un rechazo, todo es tan limitado. ¿Cómo puede eso llenar una vida? Habría que aplastarlo todo. ¿Cómo puede existir eso mientras en el frente la metralla zumba por encima de los cráteres, las bengalas se alzan en el cielo, se llevan a los heridos en las lonas de las tiendas y los camaradas se agachan en las trincheras? (pág. 151).

Paul sobrevive durante los largos años de la guerra, construye un mundo soportable pero ve a todos y cada uno de sus amigos morir. El final llega tarde —o pronto—, su vida se marchita en momento de inactividad en el frente. Su recuerdo evoca a generaciones.

II. Sin novedad en los frentes: esta es nuestra dura realidad, como la de Paul cuando hubo de morir. Desgobierno y mediocridad, incertidumbre y vacío, incomprensión y pérdida: los frentes perpetuos. Este crudo panorama está conformando un mundo del desánimo, un mundo que no acaba de invitar a la movilización real y efectiva —si es que todavía es pensable una movilización efectiva—, un horizonte de desolación y desubicación. Las críticas emergen en estos días: tratan de ser como esas bengalas de la guerra que iluminan el campo enemigo para ser reconocido y atacado. No obstante, no hay tal ataque certero; quizás no hay ni reconocimiento previo. El déficit democrático de las instituciones comunitarias es alarmante y la guasa con que se nos trata y se nos pretende aleccionar es irritante. Los continuos vaivenes de unos mecanismos institucionales que nadie consigue llegar a entender llevan al desánimo generalizado. La persistencia en unas políticas alejadas del ciudadano es la misma determinación de aquel general de Kubrick que trata de mandar sus tropas a un suicido seguro. El juicio y la responsabilidad de los culpables se evaporan en una maraña inextricable de actores e instituciones que ya no responden a su papel.

sin novedadDesgraciadamente, el mundo que dejamos atrás que, sin ser el mejor de los posibles, era un dulce manjar de seguridad y certeza, se resiste a volver. No vemos la dirección ni la luz: no hay bengala que nos ilumine; los soldados de la imagen tampoco encuentran ya el camino de vuelta. “Ya no podemos encontrar el camino que nos conduzca a nosotros mismos”: ¡cuánto comprendemos a Paul! Esperemos que no llegue ningún toque de gracia como sufrió este joven, viendo cómo su futuro y su certidumbre se desvanecían sin posibilidad de retorno; y si debe llegar que encuentre en nosotros una buena coraza con que combatir.

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Tiempos revueltos nos ha tocado vivir. El ministro Luis de Guindos calma las arenas movedizas de la sociedad española afirmando que nuestros depósitos bancarios “son sagrados”, es decir, son una certeza “inmodificable” según la Real Academia Española. No obstante, bien sabemos nosotros que pocos espacios y pocas seguridades quedan ya como sagradas entre nosotros: el sociólogo Zygmunt Bauman tenía razón al afirmar que la solidez se ha desvanecido de nuestras sociedades. Y si no, que le pregunten a los chipriotas que están viviendo unos duros momentos de incertidumbre en que la solidez de su sistema bancario y la seguridad de sus ahorros se va paulatinamente poniendo en duda. Eso sí, las responsabilidades de quienes toman estas medidas —igual que tantas otras que estamos acostumbrados a ver— viran de ministro a ministro, de organismo a organismo. El mismo rumbo perdido lleva la Unión Europa, institución que personificó los ideales de tantas generaciones y que hoy parece un débil enfermo destinado a entorpecer más que a ayudar. El problema de todo ello es que una salida de este organismo o su desaparición es algo inviable: no parece haber grandes alternativas.
No, no hay grandes alternativas a lo que vivimos. O, al menos, nadie parece ofrecernos tales caminos que transitar. Las medidas son unas y trinas, inmaculadas, sagradas —como los depósitos de los españoles—, unívocas e inmodificables: la verdad es indiscutible y no admite valoraciones. Este panorama empieza a cansar, del mismo modo que cansan las vanas promesas de las sendas positivas que se vislumbran no se sabe dónde.
76029Precisamente, en estos días de relativo descanso he decidido ahondar más en mi pesimismo y comenzar a leer, a sabiendas de que me condenaría a la negrura más insalvable, La doctrina del shock, que publicó Naomi Klein en 2007. Era una obra —con su documental homónimo— que estaba ahí, en mi estantería, aguardando el momento de ser leída, pero en un año no había encontrado esa decisión en mí. Ha llegado el momento, quizás por desgracia, en que he empezado a adentrarme en lo que nos relata esta periodista. Es muy recomendable: su tamaño no debe disuadir de su lectura; está escrita con un lenguaje sencillo, con rigor y agilidad. Y, lo más temible de todo: es tremendamente actual y clarifica muchas de las oscuridades a que nos condenan.

handsoff¿Qué nos queda a los ciudadanos? ¿Tener las manos quietas, como denuncian estos chipriotas, y esperar que nos asalten? Es necesaria una gran conversación, una nueva narración moral, como dijo Tony Judt; seguir transitando por este camino no parece llevarnos a buen puerto, más bien al contrario. Tuvimos valores, los tenemos; creímos en una sociedad mejor, y debemos creer en ella. Cómo actuar desde nuestra humilde posición sigue siendo mi gran duda, los fuertes discursos no se materializan en nada que visiblemente tenga algún efecto. Se admiten propuestas. Mientras, tratemos de que nuestros depósitos sean realmente sagrados y De Guindos tenga razón; y, sobre todo, de que no se haga realidad la amenaza que nos legó George Orwell en 1984:

“Os exprimiremos hasta la saciedad, y luego os llenaremos con nuestra propia esencia”.

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