Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 12 abril 2013

El uso de la historia suele encarnar, a menudo, muchos peligros que pasan desapercibidos cuando se recurre a inflamar los corazones y a enaltecer el ánimo. En el día a día actual observamos el nefasto empleo que se hace de la historia por parte de opciones políticas nacionalistas que, con todo su derecho, apelan a un pasado —sometido a una mitificación considerable— para propugnar un cambio presente, para modificar el estado social. Es un pasado que, pese a la complejidad que entraña —como tratamos de desembrollar los historiadores (o aspirantes a ello) —, es usado de forma monolítica y dicotómica: no es un pasado con medias tintas, es un pasado digno, nítido, ideal; en fin, digno de imitar y de traer a colación en la actualidad. Es, al mismo tiempo, un pasado en el que caben todos los elementos positivos y paradigmáticos en forma de bloque: un bloque sólido, homogéneo, discernible, donde no hay arrugas ni imperfecciones, sino lecciones inapelables, enseñanzas casi “técnicas” e irrefutables.

Por desgracia, no sólo son las diversas opciones nacionalistas las que acostumbran a echar mano de este tipo de discursos que, por otra parte, son bastante rentables electoralmente —algo que, en realidad, es bastante atávico: sólo es necesario recordar los alegatos painitas o los cartistas. Cada año, cuando se acerca el mes de abril y nos aproximamos a los días 12 y 14, volvemos a revivir este uso bajo la forma republicana. Son muchas las plataformas y asociaciones de convicciones republicanas que llevan a cabo una enorme labor —una tarea encomiable y necesaria— en los pueblos y ciudades; no obstante, a menudo caen en las construcciones monolíticas y reduccionistas de enaltecer un pasado visto como perfecto e ideal. No es mi intención criticar estas asociaciones, con las que incluso colaboro, ni mucho menos criticar una época histórica pasada (¡no podría caer en tal error!), pero sí llamar al rigor histórico y a la sensatez. ¡No caigamos en el uso que hace la derecha de la historia falseando el relato para obtener beneficios que, en el caso de este país, tanto rédito político han traído en las últimas décadas! No podemos caer en esa simplificación absurda ni usar la historia como arma política. La reivindicación por una forma de Estado republicana debe ir más allá de los ingenuos argumentos a los que estamos acostumbrados; debe incidir, no sólo en la forma política republicana, sino en una conciencia social y cívica republicana. “Res publica”: el origen latino de la palabra es muy claro; es el amor por lo público, por la cosa pública y por las instituciones comunes lo que debe mover esta conciencia. Días atrás, el reconocido historiador Julián Casanova publicaba un artículo en El País donde, mucho mejor de lo que yo lo pueda hacer, trataba de ilustrar en qué consiste una forma de actuación republicana. Aprendamos de estas sabias palabras en un contexto en que las tradicionales conmemoraciones engarzan con la débil legitimación que sufre la monarquía:

 “El cambio en España tiene que ir acompañado de una renovación cultural y educativa, de nuevas ideas sobre el mundo del trabajo y de una lucha por la democratización de las instituciones. Un movimiento político que reaccione frente a los excesos del poder, que persiga el establecimiento de un Estado laico, que recupere el compromiso de mantener los servicios sociales y la distribución de forma más equitativa de la riqueza. Esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república”.

Read Full Post »

Observo con espanto las noticias acerca de la reducción del diez por ciento del número de denuncias por violencia de género en los últimos cinco años debido a la crisis. Una reducción así debería ser motivo de alegría, pero no lo es: es una alarma. Es la misma alarma que, en una sociedad no aturdida, debería causar el descenso de afiliados al paro, coyuntura directamente producida por la desidia y el rechazo de un sistema del que ya se espera poco. Pero no sigamos por ahí: no haríamos sino reincidir en diatribas —siempre constructivas (o esa es mi intención) —, repitiendo lo ya dicho e incidiendo en la misma llaga de la desconfianza. Lo que me ha hecho recordar esta noticia es la triste vigencia histórica de la lacra social de la violencia de género y la maestría de la Condesa de Pardo Bazán en ilustrarla.

Doña Emilia Pardo Bazán fue una mujer de su tiempo —como se acostumbra a decir— pero incidió en algunas de las llagas sociales que hubo de sufrir, siendo la violencia contra las mujeres una de ellas. Como hemos comentado en otras ocasiones, los cuentos o los relatos breves tienen la virtud de condensar en ellos una totalidad de referentes, contenidos y experiencias; son pequeñas historias concisas que atacan el problema, no se andan por las ramas; los autores dan lo mejor de sí mismos para derramarse en ellos. Doña Emilia no es una excepción a esta regla bastante general: sus cuentos nos transportan a la segunda mitad del siglo XIX y los albores del siglo XX e ilustran una España del liberalismo político y de las contradicciones sociales. Son muchos los ejemplos de relatos atribuidos a esta autora que dibujan y plasman la situación de las mujeres; pero, sin duda, son los referentes a la violencia de género los que tienen mayor fuerza y tienen una triste actualidad. Por ejemplo, “La puñalada” ejemplifica la vida de una pareja “normal”, Claudia y Onofre, siendo él un muchacho rudo pero detallista, y ella “una mujer hasta la punta del pelo, coqueta, vanidosa: se moría por regalos”. Entre ellos el matrimonio no es posible porque Claudia debe cuidar de su madre enferma; su fin no puede ser otro que la muerte por la cólera que surge en él ante una infidelidad inexistente. Lo terrible no es únicamente el acto del asesinato, sino la actitud que muestra el criminal: “Onofre, cruzado de brazos, aguardaba a que le prendiesen”. Otro de los ejemplos de violencia explícita narrados por esta autora es el de “Las medias rojas”, cuento que narra la paliza a que es sometida Ildara por su tío por el único motivo de comprarse unas medias rojas con su dinero ahorrado, símbolo de su imposible liberación. El cuento muestra la anulación total de la mujer porque Ildara queda tuerta y ello le impide viajar a América para lograr un futuro mejor. Es símbolo de la mujer rural gallega, condenada al silencio y víctima de las circunstancias que la oprimen. La subyugación a la que es sometida Ildara se ve, no sólo en el maltrato físico, sino en la adversidad frente a la naturaleza que le impide peinarse como las señoritas, y también en la explotación a la que el propietario somete a Clodio, el maltratador. El resultado de esta línea opresiva continua da lugar a una muchacha mutilada, tuerta y sin voz.

No obstante, los ejemplos de violencia de género no radican sólo en los casos “espectaculares” o explícitos; hay también una crueldad silenciosa, una reclusión que no es aparente. Ello se puede observar en “El fantasma” con el caso de una mujer enloquecida por huir del encierro conyugal pero que “nunca saldrá de la región de los fantasmas”; en “La emparedada”, relato donde la zarina encarcelada —en claro contraste con el zar, que disfruta de actividades de caza— se dedica a la pintura, el canto  y las tareas del hogar, y cuyo lugar es la resignada habitación con vistas a un cementerio: su destino; o en “El indulto”, un ejemplo terrible de muda violencia florecida con la muerte “por miedo” de una mujer que se ve obligada a convivir con el asesino de su madre. La autora critica la justicia del momento que permite que criminales salgan de la cárcel, y muestra su inquietud feminista al destacar la solidaridad existente entre las diferentes mujeres que ayudan a la protagonista. Emilia Pardo Bazán criticó con vehemencia la impunidad que recibían los asesinatos de mujeres por la excusa de la pasión. Deconstruyó el concepto romántico de los celos y la pasión como manifestación exagerada del amor, invalidando el concepto de “crimen pasional”.

Shelly drake (1969)Los ejemplos de esta autora, asociada normalmente al naturalismo, acerca del particular son muy numerosos: no sólo en la gran cantidad de cuentos que publicó, sino en novelas como Insolación o Memorias de un solterón. A pesar de ello, y evitando el anacronismo que podría derivarse de una lectura superficial, Pardo Bazán no lleva a cabo una denuncia feminista al estilo de las que se harían posteriormente, como la de Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949) o la de Betty Friedan en los años sesenta con su Mística de la feminidad (1963) a la que debemos la frase de la entrada para el contexto de posguerra estadounidense; sino que cree con firmeza que la más noble misión de las mujeres es la del matrimonio y la maternidad, así como que la familia es la célula intelectual básica.

Read Full Post »

Las grandes cuestiones de la humanidad son planteadas una y otra vez: son esos interrogantes sobre la vida, sus límites, su final, su aprovechamiento, su valor. Todo ello aparece de forma magistral en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick publicada en 1968 o, en su versión cinematográfica libre, Blade Runner de Ridley Scott, estrenada en 1982. Nos encontramos ante uno de esos artefactos culturales evocadores, que brillan por su actualidad, su energía y su capacidad de permanencia. El potencial filosófico que guardan y desarrollan es enorme, generando interrogantes, respuestas y dudas, ofreciendo situaciones que quedan abiertas, agitando nuestras conciencias, esbozando una posible modernidad.

SueñanEs la vida el tema principal de esta distopía situada en 1992 para el caso de la novela, y en 2019 para la película; pero, en ambos casos, el desarrollo se ubica en un futuro posible —temible—, desconocido, un futuro en que la tecnología resulta omnímoda ocupando todas las parcelas de la vida. Es un futuro que ha conseguido colonizar otras partes del universo creando colonias de poblamiento ante la degradación de la vida terrícola; y es, al mismo tiempo, un drama de nuestra modernidad, una alegoría de la soledad del ser humano, un reflejo de la anomia social de Émile Durkheim o del desencanto del mundo de Max Weber. Desde el primer momento de la película la lúgubre ciudad donde siempre llueve y la presencia intranquilizadora de los altos edificios abandonados nos turba y nos inquieta; la noche perpetua de un espacio urbano desencantado donde los rincones dan cuenta de la soledad, el misterio, y lo desconocido, nos agita. La marginación de ese mismo espacio, la constante presencia de las marcas que perviven, —como Coca-Cola, que anuncia incesantemente que se ha hecho un hueco para perdurar—; la ausencia manifiesta de poder político soberano, la parcelación del proceso productivo con la consiguiente alienación y desconocimiento de las características del producto final, personificado en el fabricante de ojos para androides; y la desigualdad entre quienes se desplazan a pie entre las sombrías muchedumbres de la ciudad y quienes logran viajar en unos coches volantes: son todos ellos elementos que esconden una dura crítica al capitalismo feroz.

Es un mundo donde las certezas se han ido desintegrando y ello se ve en la novela, que describe la religión oficial, el mercerismo, que ocupa un lugar esencial en la rutina diaria. Wilbur Mercer aparece como un antiguo poblador de la Tierra pero, al modo de la religión cristiana, ha permanecido en ella de un modo original, propiamente moderno: las llamadas cajas de empatía. Estos mecanismos permiten a los seres de la Tierra entrar en un mundo paralelo con Mercer al que contemplan ascendiendo duramente una montaña —con un claro paralelismo con Sísifo— mientras sus contrincantes le lanzan rocas. Al mismo tiempo, con esas cajas pueden vivir los sentimientos de quienes están conectados en ese mismo momento, generando una empatía que une a los hombres. No obstante, la degradación del mercerismo va en aumento durante la novela y se descubre al final su farsa, remitiendo al conocido “Dios ha muerto” nietzscheano. El resultado es un mundo que carece de sentido, inundado por la lluvia ácida de la increencia y la falta de asideros morales.

La vida en ese futuro temible ha perdido muchas de las características vitales que tenía: los animales han ido extinguiéndose en masa y sólo quedan réplicas electrónicas, aspecto ampliamente desarrollado por la novela y sólo esbozado por la película a través de un búho. Rick Deckard y su esposa desean fervientemente un animal de verdad, más allá de la oveja eléctrica de que disponen, que causa envidias respecto a su vecino. Las recompensas de Rick al dar caza a los androides se orientan a conseguir un animal: ese elemento existencial, que hace la vida realmente humana y la aleja de la artificialidad en que se ha convertido. La existencia de los seres humanos se ha visto privada incluso de los sentimientos, siendo necesario el uso de los climatizadores que sintonizan cualquier estado de ánimo, recordando a ese aparato orgásmico de aquella distopía cinematográfica de Woody Allen de 1973, El dormilón.

1984La identidad de los personajes se difumina en la obra siendo este otro de los aspectos de la alienación humana a la que es sometido Rick. Éste se ve obligado a volver a su antiguo trabajo como Blade Runner: será policía o no será, como indica su jefe. No tiene otra opción, lo sabe. Y en ese proceso le surgirá el conflicto moral de eliminar a los androides y evitará dar de baja a Rachael, de la cual se enamora y huye al final de la película. Es un elemento transgresor de vida que se incluye en un mundo de desencanto; su adulterio (en la novela) rompe con la lógica establecida y remite a aquel Winston Smith de 1984 que huye para consumar su amor, un outsider cuyo fin es terrible. Tanto como Winston como Rick huyen de un universo que les oprime, rompen con un futuro distópico alienante e inhumano, tratan buscar vida humana. El resultado que ofrece George Orwell —con su crítica a un sistema político totalitario, ampliamente comentado— es diferente al de Ridley Scott: este director, desarrollando una condena de la modernidad tecnológica y del progreso que se rebela, deja la puerta abierta con una huida mítica hacia lo desconocido.

royA pesar de todo esto, la oscuridad de este mundo es iluminada a través de lo foráneo, lo externo: el androide o replicante. Los androides, rememorando el mito de Frankestein, son creaciones humanas rebeladas que no se satisfacen con los cuatro años de vida programados: quieren más vida. Han logrado desarrollar sentimientos humanos y quieren vivir. Roy visita a su padre creador para lograr alargar más tiempo su exsitencia pero, ante su negativa, comete el parricidio: la muerte del Dios-Padre creador. La creación quiere huir de su propio hacedor: no quiere ser avistado, constreñido ni perseguido por él, y sus ojos de superioridad y autosuficiencia son arrancados para morir. Los replicantes han decidido permanecer en la existencia, rebelarse contra la insoportable levedad del ser; aman la vida —lo bueno, pero también lo malo, retomando a Nietzsche—, son una especie de superhombres que actúan como contrapunto a ese mundo gris donde siempre llueve. El replicante es fiel a la vida, autosuficiente, ha pasado por la fase del león derribando a su amo, se ha convertido en dueño de sí mismo y, renaciendo como un niño, trata de crear nuevos valores: los de la vida. Roy es el gran antagonista de Rick, que ha perdido su identidad, que carece de sentido, y es la oposición de aquel John Isidore de la novela, retrasado e incapacitado para instalarse en las colonias, o aquel J. F. Sebastian de la película. Tanto Rick como el incapacitado sirven para condenar la moral de esclavos de quienes pertenecen a un mundo de valores que no permanecen en la vida. Las fotografías —placebo contra la anomia— y el unicornio persistente en Rick son recursos para evocar ese vivir desvanecido, el ideal buscado por Roy.

El diálogo final de Roy es uno de los más conocidos en el cine contemporáneo, siendo un compendio de la visión nietzscheana de la existencia, el anhelo por permanecer y la creación de unos valores propios construidos sobre la base del amor por el mundo terrenal. Roy no destruye a Rick —que ha acabado con su amor y sus compañeros— sino que, sabiendo que su final es cercano y construyendo una alegoría de Jesucristo con el clavo traspasando la palma de la mano, deja vivir a Rick: le permite saborear los últimos instantes de su existencia junto a Rachael, del mismo modo que el conductor de la nave, que termina con su enigmática advertencia: “Lástima que ella no pueda vivir, pero ¿quién vive?” El final abierto con el interrogante de si finalmente Rick es un androide muestra de nuevo la rebelión de este sujeto contra un mundo terrible y sin sentido.

 

ARTÍCULOS DISPONIBLES:

Javier Rivero Grandoso, “Ciudades en la obra de Philip K. Dick y su adaptación al cine (I)”

Rodrigo Castro Orellana, “Ciudades ideales, Ciudades sin Futuro, El Porvenir de la Utopía.”.

Fernando Vizcarra, “Modernidades múltiples y perfiles identitarios en Blade Runner. Un ejercicio de análisis textual cinematográfico”.

Magdalena Cueto, “Nuevas formas de lo trágico. Blade Runner y la melancolía”.

Claudio Alfaraz, “Discursos de lo artificial. Blade Runner como representación social de la técnica”.

David P. Montesinos, “Treinta años con Blade Runner“.

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: