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Archive for 25 junio 2013

Levantamiento del Gueto de Varsovia, 1943.La imagen tomada por Jürgen Stroop del Levantamiento del Gueto de Varsovia de 1943 como sublevación judía contra las tropas alemanas sirve para iniciar A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945) de Enzo Traverso, publicada en 2009. El autor italiano podría haber escogido múltiples imágenes para dar inicio a su narración, o sus editores podrían haber optado por otra perspectiva, pero escogieron este momento: un grupo de judíos, principalmente mujeres y niños, levantan las manos ante las amenazantes armas de los nazis. El niño del primer plano ilustra muy bien este periodo al que Traverso se refiere inteligentemente como “guerra civil europea”, un concepto ya existente al que dota de significado en su narración. Es un niño que ha tenido que crecer rápidamente: ha madurado y ha abandonado la seguridad protectora de la madre, como diría Freud; se ha visto amenazado, ya desde su infancia, por el odio del enemigo, la sinrazón de la muerte, el torbellino de las ejecuciones nazis. Este pobre muchacho refleja casi el final de esta “guerra civil europea”: la Solución Final; no obstante, Traverso hace un recorrido con gran perspectiva comparativa hacia el pasado. En estas páginas recorre la Primera Guerra Mundial, la Revolución rusa, la Revolución espartaquista alemana, los múltiples conflictos entre fascismo, nacionalsocialismo, antisfascismo y Resistencia, la Guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. Es un recorrido muy fructífero donde cruza la historia política —alejada de la visión tradicional— con la historia cultural y social, prestando especial interés en la posición de los intelectuales y sus discursos en cada uno de estos conflictos. Es una obra que sugiere, que ofrece pinceladas y rasgos generales de estos hechos sin detenerse pero que propone un nuevo punto de vista alejado de la sucesión correlativa de sucesos para adentrarse en un espectro cronológico amplio, complejo y sugerente.

Feliz NavidadLa obra parte de 1914, de la Primera Guerra Mundial como paradigma de cambio, de “guerra total”: es ahí donde Traverso indica una fisura en el relato bélico, en las formas de hacer la guerra; el jus publicum europaem parece romperse. Las guerras caballerescas donde el enemigo aparecía un rival digno, con honor y derechos, acaban entre 1914-1915. Como ya se ha comentado alguna vez, la Navidad de 1914 aparece como uno de los últimos coletazos de estas viejas formas de hacer la guerra. En estos momentos se produce la confraternización de las tropas donde los combates se detienen para celebrar la fiesta cristiana de diversas formas. La película Joyeux Noël (Feliz Navidad) de Christian Carion (2005) es bastante ilustrativa al respecto y en la siguiente imagen se puede ver esa confraternización entre los oficiales de distintos ejércitos que dan un alto en la mortífera guerra de trincheras. Son la experiencia de las trincheras o la violación de la neutralidad belga y el ataque con armas químicas a ciudades como Ypres en abril de 1915 los hechos que marcan el fin de este tipo de guerra: a partir de aquí ya no se volverán a ver sucesos como el de diciembre de 1914 y, de hecho, serán prohibidos y perseguidos; ya no habrá un “enemigo legítimo”, la población civil podrá no respetarse y bombardearse —en una muestra de “violencia fría” neutralizando el campo visual de las víctimas—, las ciudades podrán ser arrasadas, las economías bloqueadas.

En la “guerra civil europea” que se inicia en 1914 la muerte adquiere un significado muy distinto: “la muerte violenta, industrializada y anónima de la guerra moderna se opone a la muerte familiar de las sociedades arcaicas, vista como un hecho natural, susceptible de cobrar, a las ojos de los seres vivos, un valor altamente ejemplar” (pág. 149). La muerte vista como triunfo, como paso orgulloso hacia otra vida y como fin noble de la existencia termina en las trincheras. La muerte de las trincheras ya no es épica: el soldado que sale de la trinchera —ordenado por su superior ante la amenaza de un consejo de guerra— sabe que le espera la muerte, la mutilación; no sabe cuánto tiempo sobrevivirá, tiembla, le aumentan las pulsaciones, queda paralizado por el miedo, sabe que puede carne destrozada por las ametralladoras enemigas. Es una muerte anónima como recuerda Walter Benjamin y es una muerte que va privando de los soldados próximos a quien sólo tiene ya ese referente que le ata a la vida. Su experiencia es la de alguien que entiende la guerra de su trinchera pero que no entiende la guerra de los gabinetes, como narraría magistralmente Erich Maria Remarque en Sin novedad en el frente. La muerte en la habitación de la enferma, 1895 E. Munch LA NOCHE 1918 1919Estos dos cuadros ilustran esa transformación en el sentido de la muerte: La Muerte en el dormitorio de la enferma (Edvard Munch, 1893) y La noche (Max Beckmann, 1918-1919). Qué diferentes son: mientras uno describe una muerte apacible, religiosa, burguesa, propia del siglo XIX, donde la resignación es palpable y la rabia contenida, donde el decorado es sobrio y honorable; el otro muestra la agitación de un asesinato, un estrangulamiento y una tortura, y la muerte ya no es pausada, sino tortuosa, expresionista, violenta, del mismo modo que ocurriría en el Guernica de Picasso.

Traverso se centra, en muchas ocasiones, en el análisis de obras literarias, pictóricas, fílmicas e incluso de fotografías. Por ejemplo, a partir de las fotografías realizadas a Hitler en 1927 por parte de Heinrich Hoffman en su estudio de Múnich, retrata su condición de líder carismático y cómo se propagó esta imagen. Hitler aparece en estas fotografías como el arquetipo carismático de Max Weber, aquel que se cree poderoso, que levanta la mano hacia el cielo y mira el futuro de Reich; es aquel que no teme, que cree superar la historia e inaugurar un nuevo ciclo digno para Alemania. En el aura que desprende el Führer en estas imágenes se puede analizar ese fanatismo nacional y el deseo expansionista nazi, se puede observar el pulcro cuidado de los gestos y la imagen que se desea transmitir a las multitudes por medio de las tarjetas postales.

Hitler, Heinrich Hoffmann, estudio Múnich 1927

Todos estos aspectos que esbozo a modo de presentación, y otros muchos que narra Traverso como su inteligente diferenciación entre una “violencia fría” y una “violencia caliente”, el conflicto ideológico entre W. Benjamin y C. Schmitt o la atención a la Resistencia y al fascismo, dan cuenta de una época en que la violencia no muestra, según la visión del autor, una regresión en el “proceso de civilización” del que habló Norbert Elias; más bien supone una profundización de éste en sentido negativo y destructor. Es decir, para la matanza sistemática de judíos era necesario el monopolio de la violencia, la racionalidad administrativa weberiana, la división total del trabajo, el autocontrol de las pulsiones en términos freudianos y la “irresponsabilización ética de los actores sociales”. Critica, en este sentido, la tesis de Elias sobre la “recaída en la barbarie y el salvajismo de los tiempos primitivos” de su obra The Germans, para explicar el genocidio judío; e inscribe esta barbarie en diálogo con la civilización de la que toma ciertos elementos para avanzar en su perversidad.

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Clío. Vermeer, "Alegoría de la pintura", 1666.

Clío. Vermeer, “Alegoría de la pintura”, 1666.

Cuando un camino acaba siempre es inevitable hacer un balance de él: de lo aprendido, de lo que ha sucedido, de cómo ha ocurrido y también de lo que nunca llegó a pasar. Al acabar estos cinco años y ser ­—a falta de los trámites burocráticos con el expediente y del pago del título— licenciado en historia toca hacer repaso, un balance personal y subjetivo de este tiempo, de este proceso.

Mentiría si dijera que desde pequeño he tenido una gran pasión por la historia pues no fue así; mi gran pasión desde siempre fue ser profesor: enseñar, ayudar a progresar, ponerme en la piel de quien aprende, aprender de las dudas y de los errores, esforzarme por ofrecer una explicación lógica de una problemática determinada. Escogí historia como podría haber escogido filología, filosofía o historia del arte: todas ellas me interesaban —y me interesan—; no obstante, decidí estudiar historia por ser ésta la que pensaba que me abriría más puertas de conocimiento, la que me ofrecería una visión más global y panorámica de la evolución de las sociedades humanas, tanto en su esfera económica y social, como mental y cultural. ¡Qué pronto pude darme cuenta de que ambicionar a aprehender dicha evolución de las sociedades era un deseo inabarcable! Y esa ha sido una de las grandes aportaciones de los estudios de historia a mi vida: darme cuenta de que la realidad es extremadamente compleja y de que las pretensiones de simplificar y reducir las situaciones a esquemas sencillos y evidentes no se sostienen.

He pasado por un plan de historia que ya está extinto siendo sido sustituido por otro nuevo de un año menos de carga lectiva. Esta situación que nos ha tocado vivir, disfrutar y, también sufrir, está llena de elementos positivos y negativos. La gran optatividad a la que hemos podido acceder, a pesar de la progresiva extinción de la oferta de licenciatura, nos ha ofrecido un gran abanico de posibilidades para ir más allá de la formación básica. Cómo recuerdo aquellos momentos en que ya estaba matriculado y leía una y otra vez la agenda de primer curso observando las optativas del plan y seleccionándolas de antemano para los próximos cinco años de mi vida. En realidad, muchas de ellas no cambiaron. Estos aspectos positivos tuvieron su cara negativa: ha habido asignaturas a las que se les ha sacado poco rendimiento: quizás por su inviabilidad o por la falta de orientación del plan y la voluntad de los docentes. Desde luego, ya en primer curso advertí cuáles iban a ser los puntos más flacos de la carrera, puntos que se han mantenido durante estos años y que, si no me equivoco, reflejan el desagrado de la mayoría de estudiantes. Me refiero al profesorado de la facultad. Es cierto que ha habido grandísimos profesores, entregados a la investigación y a la docencia de una forma pasional, dispuestos a ayudar disfrutando de su trabajo. Pero también es cierto que ha habido muchos —no únicamente unos pocos— que no reflejan tal pasión: parece que su trabajo docente les es indiferente más allá de su labor investigadora. El desinterés, la despersonalización —sólo dos profesores me han llamado por mi nombre en cinco años—, el escaso acompañamiento: son todos ellos elementos que, si bien no reflejan la situación general, sí forman parte de muchos de estos docentes. Asimismo, la preparación pedagógica de estos profesionales es, en el caso de que la haya, escasa; la innovación docente que se ha pretendido aplicar se ha hecho mal, con poco dinero y multiplicando esfuerzos que no sumaban eficacia al resultado final. Son aspectos a revisar en los que la universidad todavía está entrando pero, después de cinco años y de haber servido de prueba, es  hora de replantearse cosas. Lo que no puede desatenderse es la formación pedagógica de los profesores investigadores porque, aunque muchas veces se olvide, éstos trabajan con personas, no con meros receptores de discursos ni acumuladores de conocimientos; trabajan con individuos con problemas, dificultades y deseos. La diferenciación entre la formación educativa que recibe un docente de primaria o de secundaria respecto a la que recibe un profesor universitario es enorme. No puedo olvidar tampoco la desatención de la gran mayoría de estos docentes a diseñar un plan curricular de la asignatura, así como un cronograma, algo tan sencillo de hacer: ha habido guías docentes totalmente violadas, asignaturas de las que no se ha explicado nada de lo que indicaba su nombre, profesores que con su libertad de cátedra ofrecían una asignatura —pagada por todos como un producto y un proceso intelectual— que no tenía nada que ver con su nombre; y, especialmente, temarios inacabados. No he hecho el recuento pero durante estos años la gran mayoría de los temarios de las asignaturas han quedado sin terminar, algo impensable en carreras como medicina; pero que, en historia, se obvia completamente. Como triste ejemplo, en cinco años puedo decir que nunca he estudiado la Segunda Guerra Mundial a pesar de ser de la especialidad de historia contemporánea. Esa desatención de cumplir con el programa está directamente relacionada con el escaso “castigo” que reciben estos profesionales si no cumplen con sus funciones: por medio de unas encuestas de evaluación que, vista la trayectoria en estos años, no han servido absolutamente para nada, se pretende reconocer la eficacia de su trabajo; pero no ha sido así y la vergonzosa libertad de que disponen para hacer y deshacer se convierte, no en un impulso a los alumnos, sino en un lastre en la mayor parte de los casos.

Pero, por supuesto, no todo es malo. Hemos disfrutado de grandes profesionales apasionados y de asignaturas auténticamente ilustradoras. He podido comprobar cómo la historia no es ese relato de los libros de secundaria ni tiene nada que ver con lo que la gente o los pseudohistoriadores opinan de ella. El gran desconocimiento social de la disciplina histórica es también un lastre para ésta pero es, por supuesto, responsabilidad de los historiadores quienes no han sabido —con grandes excepciones— conectar con el gran público, ofrecer un discurso coherente e independiente. La historia es ideológica, no es aséptica; los temas son escogidos por los historiadores, así como los momentos de inicio y de final de un relato. La historia nunca comienza por el principio porque tal principio no existe, sino que empieza “in media res”, en medio del problema y de la situación. La historia es “una interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado” como diría E. H. Carr. Y todo ello no debe hacer perder la independencia de la disciplina subyugándose y quedando a merced de los procesos de construcción identitaria o sirviendo al poder establecido como podemos comprobar en algunas ocasiones.

Decía que no todo era malo y no lo es, ni mucho menos. Estos años de estudio me han enseñado a abrir los ojos, a adoptar una postura crítica con el mundo en que vivimos, a cuestionar todo y a ponerlo bajo el punto de mira científico, del mismo que se hace con un documento histórico; la historia me ha servido para cuestionarme los lenguajes utilizados en la utilidad valiéndome de análisis hechos respecto al pasado, me ha ofrecido las herramientas para construir un discurso coherente, un discurso que no engañe y que dé cuenta de la complejidad de la realidad. También me ha ayudado a advertir lo inabarcable que es y a comprender que la historia es una disciplina con método científico que no se puede reducir fácilmente a categorías o estructuras: la individualidad del ser humano y su capacidad de pensar y reaccionar en diferentes situaciones es, a mi juicio, mayor que la complejidad del funcionamiento de un organismo biológico o de una máquina. A pesar de todo ello nuestros estudios están claramente devaluados por muchos motivos. Uno de ellos es el argumento económico: la historia no produce dinero, no salva vidas, no construye puentes, caminos ni edificios; la historia trata de la realidad —siempre de forma problemática— e intenta explicarla, y eso no es rentable, y mucho menos en un sistema económico y social que prima el enriquecimiento por encima de todo y la desigualdad y que no valora la producción cultural y artística. Es necesario recuperar la valía de nuestros estudios, así como de todas las humanidades, porque, como bien dijeron mis compañeros en la gala de graduación, la historia es más necesaria que nunca en una sociedad en crisis, en crisis económica, social, política y moral.

Estas líneas podrían parecer algo tristes o pesimistas pero no lo son necesariamente; tratan de ser realistas. La historia me ha aportado mucho más de lo que yo puedo aportarle a ella y me ha abierto grandes caminos. La formación de un historiador, o aspirante a ello, no acaba nunca y sigue especialmente al terminar la carrera reglada porque el universo abierto durante estos cinco años es tan grande que no es posible quedar al margen de esas posibilidades. Quizás otros profesionales acaben su carrera pensando que ya es suficiente la formación recibida para el desempeño de un trabajo pero en historia es sencillamente imposible: conocer y leer lleva, no a más seguridades, sino a más incertidumbres, preguntas y cuestiones que permiten avanzar, siendo éstas necesarias para poder ejercer tu trabajo de forma correcta. Las múltiples y numerosas lecturas de estos años en una carrera que se basa en leer, leer y leer ofrecen más vías, nuevas obras, obras ya clásicas e indagación constante. Y todo ello y el placer de ofrecer a los demás el fruto de esas inquietudes es lo que me anima a seguir aunque la dificultad de combinar estas dos vertientes es evidente: el sistema educativo y profesional escinde la carrera docente de la investigadora cuando deberían estar unidas y ofrecer puentes y más comodidades. Comenzamos una nueva etapa, una etapa dura y exigente para todos con quienes he compartido estos años, personas que me han acompañado desde el primer curso, desde mediados de carrera, e incluso desde el último mes; pero todos ellos interesados en crecer, en criticar y cuestionar la realidad aparente, en preguntarse, en avanzar.

 

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En días pasados aludía a los usos políticos e ideológicos que se puede hacer de la historia y que, de hecho, se hacen en nuestro país. También hace unos días me refería a los vanos intentos nacionalizadores —infames, muestras del patrioterismo más barato— a los que asistimos por parte de los gobernantes valencianos. Hoy contemplo una noticia que no puede dejar indiferente a nadie: el Centro de Historia Contemporánea de Cataluña, dependiente de la Generalitat, organizará unas jornadas bajo la forma de un simposio tituladas España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014). Repito: no es algo que no vaya a provocar reacciones porque es un congreso donde asistirán historiadores de reconocido prestigio. Es un acto que busca conmemorar el 300º aniversario de 1714 y del fin de la Guerra de Sucesión, todo enmarcado en la pugna soberanista del gobierno de Artur Mas.

¿Qué valoración puede merecernos un acto así? En principio, las jornadas tienen una “mirada histórica”: una mirada que se atreve a llegar hasta 2014, ¡es tal su providencia! Ojalá tengan una mirada histórica y no una mirada ahistórica, forzada o ideológica; pero tengo mis serias dudas. Josep Fontana, reconocido historiador y uno de los participantes, afirma que no tiene un carácter político; Jaume Sobrequés niega un carácter partidista y defiende que los historiadores no son asépticos y pueden partir del compromiso. Sí, es totalmente cierto: los historiadores no son, ni han sido nunca asépticos, y pueden tener un compromiso social, político y militante; sin embargo, partir de ese compromiso para justificar una acción política es, a mi juicio, una violentación histórica de gran calibre. Utilizar la historia como recurso para fortalecer el sentimiento nacional, o para abanderar una causa nacionalista, es instrumentalizarla para un fin poco noble —desde mi punto de vista y con mi indiferencia hacia el nacionalismo—. No ha habido consenso historiográfico, como es lógico, y especialistas como John H. Elliot, hispanista inglés, han criticado duramente la organización de estas jornadas calificándolas de “disparate”.

Realmente, creo que cada una de estas jornadas puede tener gran provecho y pueden servir para acercar un poco más la historia a la sociedad pero, incluirlas dentro de un proyecto casi gubernamental de legitimación, invirtiendo un millón de euros de dinero público, es ciertamente inadecuado. Titular un congreso de esta forma es ya una construcción ideológica al tomar un punto de partida y la configuración de dos entidades políticas, Cataluña y España —que no existen desde 1714 hasta 2014 de una forma monolítica, definida y clara, ni mucho menos—, como motivo para el acto.

Estas jornadas, sin saber muy bien qué fruto tendrán y qué repercusión protagonizarán sobre la sociedad catalana y española, acercarán la disciplina histórica al conjunto de la sociedad. Esto no puede ser sino claramente positivo: la historia debe estar en la sociedad, no únicamente en las aulas; las publicaciones deben llegar al gran público, y los historiadores deben encontrar su sitio. Que su sitio sea el servicio al poder y el de la legitimación nacionalista es algo bastante discutible. En los siguientes meses veremos cómo se desarrolla este asunto de gran interés y cuáles son las reacciones de otros historiadores, y si en nuevos espacios como el blog Historia (S) de El País hay un comentario acerca del particular. Todo ello no deberá confundirnos pues los recursos nacionalizadores no sólo se dan desde estos nacionalismos que se han considerado tradicionalmente como “periféricos”: la nacionalización en sentido español es también evidente y tiene, por supuesto, demostraciones de fuerza como las del catalán.

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El tema de las identidades y de su construcción es algo que siempre me ha interesado desde un punto de vista intelectual y que, en la realidad del día a día como ciudadano, me ha sido totalmente indiferente. Es, quizás, por este motivo por el que siento gran rechazo y aversión a los continuos e insulsos intentos nacionalizadores por parte de nuestros gobernantes. Como ya se encargó Benedict Anderson de demostrar con bastante éxito, el nacionalismo y las naciones son una construcción humana, un artefacto sociocultural que es imaginado: de ahí su célebre idea de las “comunidades imaginadas”, comunidades pensadas y organizadas con una serie de rasgos que conviven de forma híbrida con el fin de asentarse en las mentes y los corazones de quienes habitan dicho territorio. Esta idea es tan evidente que suele pasar desapercibida cuando desde instancias diversas y oficiales existe la firme pretensión de formar nuestro sentimiento nacional en una vía de arriba hacia abajo: desde el Estado a la sociedad civil.

somcomunitatUno de esos intentos que, desde hace un tiempo, despiertan mi sentido crítico y mi rechazo hacia a esta forma de identidad es la llevada a cabo en los metros valencianos. El transporte urbano forma parte de la esfera nacional, incluso de la esfera de comunicación nacional: es una herramienta usada, de forma común, por la gran mayoría de los ciudadanos que, de una forma racional, reconocen en estos metros o autobuses un sentido de lo público. Estos espacios de lo público —que, por otra parte, son ejemplo de la democratización y, por tanto, deberían ser espacios de encuentro y no instrumentos politizadores— se han visto invadidos por las famosas pantallas que erosionan nuestras conciencias con una información de lo más variopinta. Pero no es esto lo peor: en los metros valencianos han tenido mucho éxito las enormes pegatinas identitarias que rezan “Som Comunitat” (“Somos Comunidad”). Lo dice claramente: “somos”, no “sois” ni “son”; todos pertenecemos a ese ente político que es la “Comunitat” a la que todos debemos guardar lealtad, honor y profesar un amor envidiable. No hay que negar el valor nacionalizador que tienen proyectos como este: en muchas conciencias está firmemente grabada la consigna. Ha triunfado. La artificialidad de esta propuesta identitaria se ha tornado en natural, no es advertida por nadie: uno entra en el metro y ve normal encontrar ese tipo de mensajes, ¿somos la “comunitat”, no? Estamos ante otro de los muchos ejemplos de “nacionalismo banal” en términos de Michael Billig: un nacionalismo interiorizado y naturalizado que ofrece un cómodo marco de desarrollo humano, que no se ve problemático y que se acaba integrando en nuestra forma de vivir; es el ejemplo terrible de lo que relataba George Orwell en 1984 con esas temibles pantallas que se dedicaban a rehacer la historia continuamente para configurar las mentes de unos individuos alienados. Por supuesto, el otro gran recurso nacionalizador es nuestra televisión autonómica que estudia acuradamente las noticias que conviene emitir y la forma como presentarlas. Es el gran instrumento triunfante en el momento en que nadie se cuestiona por qué debe salir una calabaza gigante del campo valenciano como noticia a reseñar —obviando otras mucho más importantes— o por qué, semana tras semanas, las imágenes de nuestras playas —las mejores del mundo, sin duda— abarrotan nuestras pantallas llenas de turistas nacionales y extranjeros lanzando, así, un mensaje autocomplaciente y de simbiosis de la marca “comunitat” con el turismo.

Estos dos intentos son, siendo suaves en los términos, pacíficos, “banales”, inadvertidos: erosionan, sí, pero lo hacen desde la continuidad y la persistencia en el mensaje, pueden pasar desapercibidos perfectamente. No obstante, de forma eventual nuestros gobernantes vuelven a echar mano de recursos más agresivos y confrontadores para lograr una legitimación de su proyecto identitario y una complicidad triunfante. Las viejas batallas por los símbolos de la Transición están en punto muerto pero, unidas al tácito triunfo de los recursos pacíficos y erosionadores, toman forma en intentos como el reciente veto a la denominación “País Valencià” —término cuyos detalles y pugnas históricos con la aprobación del Estatut han pasado a la historia en la mente de los valencianos—, o el clásico de agitar la bandera del anticatalanismo. Son actuaciones de un nivel político ínfimo y desesperado ante una crisis de legitimación del discurso y un malestar social latente que, por otra parte, sirven para acallar y desviar la atención de los problemas reales. La construcción de la nación debería hacerse desde un sentido de respeto hacia lo público, un ideal republicano de nuestros recursos y una convivencia democrática: todo ello especialmente en un contexto como el actual en el que la confrontación, que tan instalada está en nuestro día a día, no debería promoverse por estos medios.

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