Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 30 junio 2014

Hannibal

 

Hannibal se ha despedido por el momento en avión, como ya vimos en una de las adaptaciones cinematográficas, pero esta vez con dos manos enteras. Su despedida vuelve a iniciar la trama que los productores se encargaron de construir a base de lecturas y de guiños a las películas que cosecharon relativos éxitos hace unos años; se renueva su aventura dejando a los espectadores asombrados ante tal despliegue de sangre, maldad y destrucción.

asqwerEs una serie cuidada hasta el más mínimo detalle que, posiblemente sin estar a la altura de otras muchas, alza su voz para reivindicar un lugar en la palestra. Todo está pensado: la banda sono
ra, cada escena de asesinato –una suerte de poemas visuales–, los platos cocinados que juegan con nuestros sentidos y nos interpelan, la excelsa vestimenta de nuestro caníbal, los finísimos diálogos que, más allá de arrancar gritos violentos, susurran insinuaciones. Todo es simbólico y todo tiene su función: desde los dibujos de Hannibal, hasta los persistentes ciervos que pueblan cada uno de los capítulos. Es una serie eminentemente experiencial, que nos reclama a cada momento para hacernos parte de ella y que nos aleja –no muy lejos– cuando nos vemos obligados a contemplar escenas terroríficas. Confieso que me ha pasado en muchas ocasiones con esta serie lo mismo que me ha ocurrido con ciertos cuentos de Borges; el barroquismo, la lentitud y la complejidad de la trama hacen que la atención pueda desviarse y, sobre todo, que la frontera entre lo real y lo irreal se disipe.

64783ef0-b441-0131-5e59-7effb2268f3cWill Graham evoluciona en esta segunda temporada de una forma magistral, en una progresiva liberación de la influencia de Hannibal; y su personaje me recuerda, en cierto modo, a Goliadkin, aquel funcionario de Dostoyevski que ve desdoblada su personalidad ante la alienación que sufre. El detective, por un lado se deleita junto a Hannibal en una artimaña policial de la que nunca conocemos con certeza su veracidad, y por otro, desea acabar con Hannibal, destrozarlo con sus manos. Graham extrae de ese desdoblamiento personal lo mejor de él para acabar en una situación aún indeterminada. La influencia de un hombre con sus diálogos y su penetración psicológica se revisten de un gran contenido simbólico que seduce los ojos del espectador, con mucha más delicadez que las películas del mismo Hannibal. Veremos si continúa la serie y volvemos a asistir a tan placenteros banquetes.

Anuncios

Read Full Post »

Hace escasamente un año terminaba Los Soprano y Dexter; me encontraba al mismo tiempo en la recta final de Breaking bad. Fue un verano seriéfilo como pocos ha habido en mi vida. Ahora me encuentro consumiendo los últimos capítulos existentes de Hannibal, otra producción que me entretuvo en su primera temporada y ha conseguido engancharme en su segunda entrega.
¿Qué une a todas estas series? Quizás sea la maldad: esa propensión del ser humano a cometer actos injustos, que dañan la integridad física y moral del prójimo, aun a sabiendas de la improcedencia de dichas acciones. Pero no todo es tan simple: hay diferentes maldades y distintos modos de ejecutar dichas acciones.

6a00d8341bfb1653ef0163059c00d1970d

Veamos. Tony Soprano fue –y siempre será– aquel grandullón que, desde el primer capítulo, nos advirtió que no se andaba con chiquitas: una deuda impagada con él podía suponer un fémur roto o una buena paliza a tiempo. Había que tener cuidado. Pero claro, no era una maldad gratuita: tenía su objetivo, el de servir de escarmiento, el de aleccionar; justamente como esos asesinatos en tiempos bélicos que servían para advertir de la inconveniencia de unirse a la secesión o a la revolución. Tony no sólo era maldad y por eso lo recordamos también: era un tipo que podía ser afable en ocasiones, podía lograr controlar sus pasiones; y, sobre todo, cuidar a su familia, tanto la biológica como la del trabajo. Sus dos familias lo eran todo para él y simbolizaban esos valores sólidos que tanto anhelaba en una sociedad que, según él, los estaba perdiendo.

descarga

Dexter tampoco era tan malvado; es posible que lo fuera menos que nuestro querido Tony. Actuaba siempre bajo un código que en el primer capítulo nos mostró de forma transparente, el código que su padre le había testado para dar cabida a sus instintos asesinos. Otra cosa es que en la última temporada su código fuera aniquilado para poder cometer iniquidades de todo tipo. Su maldad se materializaba con un propósito claro: el de hacer justicia, su justicia; el de llegar adonde no podían hacerlo los cauces oficiales. Esos mismos cauces eran los que también transgredía alegremente Walter White con su similar empeño de proteger a su familia y de legarle una buena suma de dinero. Cierto es que la espiral de maldad y de malas acciones le llevaron por mal camino. Son tres personajes que parten de un código moral construido, elaborado por ellos y respetado hasta cierto punto; sin embargo, cuando deja de ser útil, es soslayado.
Ahora nos queda Hannibal, el personaje de Thomas Harris que nos cautivó –si es que puedo afirmar tal cosa– con las películas que de él se hicieron. Es el mismo Hannibal que ha regresado a la pequeña pantalla en forma de serie, una serie que está dando de qué hablar y que muestra, no ya la maldad de un caníbal reconocido por todos los públicos, sino el ambiente maligno que es capaz de crear en torno a él. Tal vez sea casualidad pero mis últimas lecturas sobre el “oscuro carisma” de Hitler, las memorias de Sebastian Haffner acerca del ascenso del nazismo, o la obra que próximamente disfrutaré de Laurence Rees acerca de Auschwitz, me envuelven en un ambiente terrorífico que arroja luz sobre los oscuros recovecos del ser humano.

images

Volveremos sobre Hannibal cuando la termine, pero mientras pienso en la desresponsabilización ética de los agentes sociales, en el autocontrol de las pulsiones y en la manifestación patológica de la civilización occidental que significó la Shoah. Todo ello se ve en el nazismo, se ve en estudios y en periodos que todo historiador trabaja, en las noticias que contemplamos a diario. ¿Hasta qué punto habremos perdido la capacidad de sentir? O más bien: ¿es necesario perder esa capacidad para poder afrontar con entereza estudios de tal tipo, producciones de esta naturaleza?

Read Full Post »

ana_maria_matute

Ana María Matute ha fallecido. Y este hecho natural me remite a una época pretérita: a mis dieciséis años; a aquel tiempo en que era un joven que comenzaba a estudiar el bachillerato, momento en que leí a esta autora. Tan sólo leí una colección de cuentos y Aranmanoth (2000); no he leído más allá ni he leído sus obras más conocidas; el juicio de nuestra profesora convino en mostrarnos el placer literario que suscita esta autora con creaciones cortas, condensadas y muy sentidas. Y hoy recuerdo bien a Ana María Matute, que vino a nuestro instituto a conversar con nosotros; la recuerdo como una viejecita amable, sufridora, que había vivido los horrores de la posguerra plasmando su visión del mundo en una multitud de cuentos realistas donde la mayoría de personajes eran niños. Afirmaba la autora lo siguiente en un prólogo a su obra:

 “Resulta obvio insistir en el hecho de que toda mi generación creció marcada por la guerra española del 36. Pero, más aún que la misma guerra –cuya brusca intromisión en el orden de nuestra vida infantil nos convirtió, de la noche a la mañana, en eso que me permití definir como generación de “los niños asombrados” –, lo que verdaderamente condicionó nuestra vida de incipientes escritores fue la posguerra. Una posguerra tan larga como no creo que otro país, en nuestros días, haya padecido jamás”.

Recuerdo también a aquella profesora de literatura que se empeñaba en mostrarnos la magia de este arte, que trataba de contagiarnos el placer por la lectura de pequeñas obras como Doña Berta de Clarín –cuya emoción tardé años en sentir–, sintiendo, al mismo tiempo, pesadumbre por la falta de interés del alumnado. Hoy rebusco su figura en mi memoria, la figura de la profesora emocionada con lo que transmite y con lo que vive; y pienso: ¡cuánta falta hacen personas como ella! Pero, en fin, ese no es el tema de hoy.

Hoy recuerdo los cuentos de Ana María Matute, tan cargados de muerte, de realismo duro y trasparente, de odio y de instintos, de magia y de olor a infancia. “El niño que no sabía jugar”, “El niño al que se le murió el amigo” o “El año que no llegó” son algunos de estos cuentos que transmiten dureza sin paliativos, esas historias que nos asombraron y que nos hicieron preguntarle a la autora por qué escribía eso; las mismas que aún hoy recuerdo y que pertenecen a mi memoria. De esa charla también evoco mi breve conversación con Matute al firmarme un libro:

 “–¿Cómo te llamas?

–Néstor.

–¡Qué bonito nombre!, ¿sabes que es de un héroe
griego?

–Sí, sí.”

IMG1350

Hoy se va una autora más, otro testimonio de una época de la que siempre nos quedará lo escrito: su legado personal y su regalo al mundo; su crítica sosegada pero dura; su amor por la vida hecho palabra.

Read Full Post »

MundoMe siento y leo. Pasan los minutos, sigo leyendo; limpio cuidadosamente mis gafas mientras trato de evitar la luz solar que cansa mi vista y me impide leer. Me tumbo para descansar mi mente. Vuelvo a leer; esta vez en la cama buscando una comodidad que no aparece. Y así una y otra vez, mientras el calor enrarece el ambiente. En realidad, me identifico con el personaje, con el que converso, intercambio sensaciones, idas y venidas. Es Sacha Savarof, cuya vida aparece narrada en El mundo en ansí, novela de Pío Baroja de 1912, de su serie de Las ciudades. Una novela breve, rápida y escrita de forma ágil, al estilo del autor: con párrafos breves y concisos que te hacen saltar de uno a otro asistiendo a descripciones sencillas y claras, necesarias y poco ampulosas –a excepción quizá de las dedicadas a las ciudades, donde el autor se entretiene más–.
A lo largo de estas páginas acompaño a Sacha, una muchacha rusa hija de un aristócrata terrateniente que ve con miedo y desprecio cómo su hija queda prendada de los intentos revolucionarios de 1905; de nuevas ideas que chocan con el mundo que él conoce; de pretensiones –la de estudiar medicina– que no le corresponden a ella como mujer. Sin embargo, el carácter aventurero y extremadamente idealista de Sacha le lleva a romper con su modo de vida para buscar su realización personal en el exterior. Por ello, irá a estudiar a Ginebra donde conoce a bastantes compañeros de ideales rupturistas y, especialmente, a Vera, su contrapunto como personaje femenino en la novela. Pronto, Sacha comenzará a conocer otro tipo de experiencias vitales, alejadas de los conatos transformadores de su patria rusa, y empezará a sentir los sinsabores de la vida. Su primer chico, que acabará siendo su marido, le suscita estas reflexiones:

“Hay indudablemente para la juventud en el horizonte de la vida algo luminoso como una vía Láctea: el amor, la ilusión, la promesa de la felicidad. Al pasar los años, esa misma vía Láctea pierde su brillo y su esplendor y nos parece un camino que no lleva a ninguna parte, una agrupación de necesidades incoherentes que se desarrollan en el vacío sin objeto y sin fin”.

Pero ese idealismo inicial se irá desvaneciendo, dando muestra del pesimismo que inunda la obra barojiana, y caracterizando cada paso que da Sacha fuera de hogar paterno:

“La luna de miel no fue tan extraordinaria como esperaba Sacha. La literatura ha hecho creer a los hombres y a las mujeres que en determinadas circunstancias se desarrollan en ellos fuerzas espirituales que les llevan a las alturas en una felicidad inefable. La palabrería literaria ha dado aire a esta idea, y para justificarla se ha inventado la psicología femenina. Efectivamente; nada mejor para explicar una cosa problemática que inventar otra tan problemática y darla como indiscutible. (…) Sacha, que tenía la mentalidad formada por la literatura, dudaba de su amor. Sacha no quedó complemente ilusionada con la luna de miel; el amor de Ernesto no despertaba en ella las energías extraordinarias que esperaba; quizá Klein no era el hombre para ella, quizá tenía razón Leskoff…”.

-1F007Q21.jpg de Producción ABC-

Esta obra de Baroja nos deja, además, pasajes muy interesantes: descripciones de ciudades (Florencia, Ginebra, Moscú) y del sentir de los habitantes, caracterizaciones de los pueblos de España, la preocupación por las explicaciones en términos raciales del devenir social, y opiniones diversas sobre la función social del arte. Pero es Sacha la que nos va marcando cada uno de los momentos y cada uno de los personajes, que transitan la novela en torno a ella. Los dos maridos de Sacha, Klein y Velasco, son el magnífico ejemplo de la crisis y del fracaso de su proyecto vital: el desencanto que puebla la novela en una estructura circular, que parte de Rusia para volver a ella, viendo cómo había cambiado todo y cómo los ideales que había defendido en su juventud se habían perdido. Ni siquiera su hija tiene mayor protagonismo en la novela que el de servir para la queja constante de Sacha por los descuidos de su marido; así, su segunda niñera, Graciosa, es símbolo de lo que carece el matrimonio fallido. Por otra parte, Vera es la amiga de la juventud y de los estudios de medicina –que nos remiten al propio Baroja–, y es su personaje contrapuesto: una persona con mentalidad burguesa que, al igual que las mujeres españolas que aparecen descritas, busca únicamente un marido con una gran hacienda y que le proporcione una vida tranquila. Sacha odia todo esto y lo repelará; no obstante, caerá en ello y será presa hasta que su vida sufra la fractura del descontento continuo de su matrimonio:

“Juan ha salido y tarda. Envío a Graciosa a acostarse, y me quedo sola. Una serie de pensamientos tristes me angustian y sobrecogen. Temo en mi vida haberme equivocado otra vez. No he tenido fuerza para luchar con el que se imponía. He sido vencida por él, por Juan, y ahora comienza a mirarme como la presa fácil que no se estima. El mundo es ansí”.

Arcelu es el último hombre en su vida novelada, el hombre que aparece descrito como feo, desgarbado y poco cuidado; que reniega de todo y sufre una suerte de nihilismo absoluto ante el mundo, despreciando a España y despreciando cada una de las mentiras que escribe sobre las bondades del arte en su trabajo como corresponsal. A pesar de ello, es quien acompaña a Sacha en su estancia en Andalucía, quien lía cigarrillos junto a ella mientras habla de asuntos de poca importancia; es aquel que llena las horas vacías que su marido le obliga a sufrir. Y también es quien demuestra lo trágico de la novela, el “que le quería humildemente, desinteresadamente” y que había tratado con “indiferencia y con desdén”. A esta tragedia se añaden otras: Sacha rompe el matrimonio con Velasco por una infidelidad que venía a colmar la desatención y la degradación de todo su romance; vuelve a Rusia donde se encuentra los despojos de unos ideales revolucionarios que todavía no habían triunfado; y más tarde, regresa a Ginebra y se encuentra con un nuevo fracaso: el de su amiga Vera, a quien había tratado con inferioridad por su supuesta falta de principios, y que vive ahora feliz con su marido (quien había cortejado en su día a Sacha). Es una novela de fracaso vital, de decadencia personal que sirve para conocer en otra perspectiva la crisis finisecular de España, de la que Baroja es valedor. Y todo ello se puede resumir en las siguientes palabras que dan título a la novela y que centralizan el pensamiento de Sacha durante gran parte de su vida:

“El mundo es ansí. Es verdad. Todo es dureza, todo crueldad, todo egoísmo. ¡En la vida de la persona menos cruel, cuánta injusticia, cuánta ingratitud!… El mundo es ansí. (…) La vida es esto; crueldad, ingratitud, inconsciencia, desdén de la fuerza por la debilidad, y así son los hombres y las mujeres, y así somos todos. Sí; todo es violencia, todo es crueldad en la vida. ¿Y qué hacer? No se puede abstenerse de vivir, no se puede parar, hay que seguir marchando hasta el final”.

Read Full Post »

27787682La escritura como ejercicio mental es un atrevimiento apasionante: tanto si resulta ser un acto comunicativo como si es meramente un deleite personal y una fruición sin más. Para Franz Kafka la escritura resultó ser ambas cosas con gran seguridad; sus relatos y sus largas y complejas novelas han marcado a generaciones de escritores, avisando del fuego que el siglo XX –que ya había entrado y dejado episodios funestos para la historia– guardaba en los años venideros; sin embargo, también escribió sobre otro tipo de fuego: ese que nos invade junto a una persona querida y amada. En realidad Kafka no estuvo gran tiempo junto a esa persona (aunque hubo más en su vida), sino más bien en contacto con ella. Milena Jeresenká, que vivía en Viena con su marido, un intelectual de vida bohemia, conoció al escritor a través de algunos cuentos que había escrito. Este contacto intelectual se perpetuó entre 1920-1922 en una relación epistolar que se salvó del olvido gracias a las cartas que Milena entregó a Willy Haas en 1939, configurando lo que hoy conocemos por Cartas a Milena; unas cartas de difícil lectura por no poseer las que Milena envió a Kafka que, sin embargo, nos dan otra faceta del clásico autor de La metamorfosis. Son unas cartas que nos muestran la dificultad de tejer una relación con tantas complicaciones: tanto por la incapacidad de Kafka en el terreno afectivo como por las reservas de Milena a abandonar a su marido. Vemos palpitar al Kafka más triste, meditabundo y enfermo de tuberculosis (“Y aunque dices que siento el afán de vivir, hoy no siento nada; ¿qué me importan la noche de hoy, el día de hoy?”); al Kafka enamorado de un fantasma intelectual que le seduce hasta el punto de preparar encuentros fracasados hasta el más mínimo detalle (“Salgo en el rápido el sábado por la tarde, llego (mañana averiguaré exactamente el horario a eso de las dos de la madrugada a Viena. Tú, mientras tanto, me sacas el viernes el billete para Praga, en el rápido del domingo; y me telegrafías que lo tienes, sin ese telegrama no puedo salir de Praga. Me esperas en la estación, y nos quedan unas cuatro horas para estar juntos, hasta las siete de la mañana del domingo; luego me vuelvo”); y al Kafka que no pierde sus sueños (“Una vida agradable… sólo turbada por la esperanza. ¿Conoces mejor perturbación?”).

Hace un año leía Carta al padre (1919); hoy termino las dedicadas a Milena. En aquellas cartas ya declaraba que era “espiritualmente incapaz de casarse” y, además, se rebelaba contra su padre, freudianamente identificado como represor. En las Cartas a Milena hace una oda a la epístola, al valor de la comunicación escrita y pausada. Hace un año reconocía el valor que tiene la carta; hoy sigo haciéndolo. La carta aparece como la traslación pausada del pensamiento y del sentimiento; la concreción de las ideas que se arremolinan en la mente de forma anárquica; la potenciación de esas mismas ideas que, lejos de perderse, se afianzan y se tornan fuertes cuando se plasman negro sobre blanco. Kafka nos ha enseñado todo eso, y hoy podemos valorarlo en una sociedad de la información y de la desinformación que opta por lo rápido, por lo instantáneo y por el titular; que huye de la reposada reflexión y de la sincera expresión de lo que se siente.

Milena_Jesenská

Fue una relación imposible que la muerte de ambos se encargó de borrar de sus recuerdos: la de Kafka en 1924 con las bellas palabras dedicadas por Milena describiéndolo (“tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo”); y la de Milena en 1944 en el campo de concentración alemán de Ravensbrück. Las bellas palabras de Kafka sobre el género epistolar que señalo a continuación son suficientes para terminar:

“Y esos ojos, ociosos desde hace un mes (sólo existen para leer cartas, mirar por la ventana), te verán”. (…) “La sencilla posibilidad de escribir cartas debe de haber provocado –desde un punto de vista meramente teórico– una terrible desintegración de almas en el mundo. Es en efecto una conversación con fantasmas (y para peor no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el del remitente) que se desarrolla entre líneas en la carta que uno escribe, o aun en una serie de cartas, donde cada una corrobora la otra y puede referirse a ella como testigo. ¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? (…) Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican, en efecto, enormemente” (pp. 116 y 184).

Read Full Post »

Hijos_del_Tercer_Reich_TV-510487977-largeDisfruto con interés la serie de tres capítulos Hijos del Tercer Reich, de Philipp Kadelbach, una producción alemana de 2013 sobre el eterno tema de la Segunda Guerra Mundial y el nazismo, en este caso centrada en la frustrada campaña rusa. Es una serie bastante lograda con una historia de cinco amigos que viven trayectorias diferentes en el seno de la guerra: unas peripecias que agradan al espectador y que tratan de conmoverlo, intercaladas por escenas de guerra que tanto hemos visto en otras obras fílmicas. Más allá del interés histórico que tiene la serie, los posibles errores que los más eruditos se han encargado de analizar, resalto el componente emocional de los personajes: el soldado animado y nacionalizado que acaba comprendiendo que en la guerra “las únicas vencedoras son las moscas”, que se alimentan con la carne de los muertos; el soldado inmunizado al fervor belicista que sacrifica su vida; la enfermera que contempla el horror de los heridos del frente y de su amor imposible; la cantante que prospera bajo el aura de un alto mando nazi; y el judío: el que todo lo sufre, la víctima que acaba, de algún modo, redimida, y que consigue escapar tras sufrir el antisemitismo nazi y el antisemitismo partisano.

Como digo, además del interés histórico y del atractivo que tiene al ser una producción alemana, nos transporta al universo mental del ejército de la Wehrmacht. Nos permite apreciar la sensación de superioridad alemana, la convicción de que la “victoria final” vendría tarde o temprano, el desprecio hacia el soviético inferior y, sobre todo, la creencia absoluta en la figura providencial de un Führer que parece nunca equivocarse, de un líder carismático que se ha encargado de inculcar con gran maestría y durante años la idea del éxito y de la fe ciega en sus planes. El siguiente testimonio de Maria Mauth es ilustrador al respecto:

 “Nos habían enseñado que los alemanes éramos los únicos seres humanos valiosos. Había un folletito titulado “Inventores alemanes, poetas alemanes, músicos alemanes”; no había nada más. Y nosotros nos lo sabíamos de pe a pa, estábamos plenamente convencidos de que éramos los mejores. Solíamos escuchar los noticiarios y nos sentíamos llenos de orgullo y conmovidos, y a menudo mucha gente derramaba lágrimas. Hay que imaginárselo –hoy en día no me lo explico–, pero era exactamente así… Hasta mi padre, que era un escéptico, utilizaba el pronombre “nosotros”; de repente empezó a decir “nosotros”, mientras que antes, cuando nos contaba historias de la guerra y demás, solía hablar en primera persona, pero de repente empezó a utilizar el pronombre “nosotros”. ¡”Nosotros” somos un pueblo extraordinario!”.

REES, Laurence. El oscuro carisma de Hitler. Crítica: Barcelona, pág. 192.

 

Read Full Post »

“Y allí, en la noche iluminada por los focos, apiñados como sardinas en una formación masiva, los pequeños hombres de Alemania que habían hecho posible el nazismo alcanzaron el estado más elevado que conoce el alemán: desprenderse de su alma y su mente individuales -junto con las responsabilidades personales, las dudas y los problemas- hasta que, bajo las luces místicas y el sonido de las palabras mágicas del austríaco, se fundieron por completo en el rebaño germánico”.

William Shirer (periodista norteamericano) sobre el mitin del Partido Nazi en Núremberg, en 1934.

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: