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Archive for the ‘Actualidad’ Category

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La obra de Josep Fontana hace un recorrido trepidante desde 1917 hasta 2017. Recomiendo especialmente sus reflexiones finales sobre el triunfo de un modelo único de capitalismo salvaje y de la desigualdad en el mundo. Fontana afirma que la Guerra Fría “no fue el enfrentamiento del ‘mundo libre’ contra el ‘comunismo’, como se nos ha contado, sino el de las fuerzas armadas de ‘la libertad de empresa’ contra todo aquello que podía oponerse a sus intereses, disfrazado como una cruzada contra los restos del viejo proyecto socialista soviético…” (pág. 641). Esta gran victoria ha impedido que se observe una alternativa económica; en este sentido, Fontana señala que “uno de los mayores triunfos del neoliberalismo ha sido el de imponer la idea de que ‘no hay alternativa'” (pág. 618). Acabo con unas de sus conclusiones para ofrecer algo de esperanza: “Quienes miran más allá de este interregno defienden la esperanza en un gran despertar colectivo que pueda cuajar algún día en un ‘proyecto popular transnacional’ que vendría a ser el equivalente a la ‘revolución socialista mundial’ que Lenin invocaba en 1917, pero que no estará protagonizada por partidos políticos del viejo estilo, por élites dirigiendo a las masas, sino por las fuerzas surgidas de abajo, de las luchas cotidianas de los hombres y las mujeres”. Y cita a Paul Éluard: los hombres y las mujeres “tienen el poder de ser libres, de superar el destino que se les ha asignado” (pp. 648-649). Mostrarse optimista parece un deber social.

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Confieso públicamente que, al menos una vez por semana, me pregunto quién está detrás de las redes sociales de Izquierda Unida. Hoy me ha sorprendido con esta imagen en que podemos observar a Lenin afirmando que “volverá” en el centenario de la revlas  que Lenín Moreno –de ahí viene la referencia tan elocuente–, de la Alianza PAÍS, se disputa el poder con el conservador Guillermo Lasso. No entraré en las cuestiones de Ecuador debido a mi total desconocimiento sobre las vías del socialismo del siglo XXI en este país.

Lo que realmente me sorprende –aunque confieso que cada vez menos– es la apología continuada por parte de Izquierda Unida a la figura de Lenin, o a la de Fidel Castro por citar alguno más. No sé si el cuerpo embalsamado de Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, regresará, pero lo cierto es que no me produce una gran ilusión su vuelta. Sobre esta figura se ha escrito mucho, incluso se ha extraído su cerebro para medirlo y analizarlo, pero lo cierto es que si se abordan desde un punto de vista histórico los rituales de enaltecimiento a su culto por parte de IU caen por su propio peso. Puedo entender que dentro de esta organización haya mucho viejo comunista que aún sueña con una Unión Soviética que no hubiese caído y hubiera mantenido su régimen de partido único, pero cuando los historiadores tratamos de analizar el pasado las apelaciones simbólicas al corazón de los bienintencionados oyentes pierden todo rigor histórico. La gran mayoría de los historiadores coinciden básicamente en una idea: Lenin no fue la oportunidad perdida del comunismo soviético, cuyo legado fue estropeado por el súper malvado Stalin. Para apuntalar esta idea ofreceré algunos argumentos:

1-Los bolcheviques tomaron el poder en octubre de 1917 imponiéndose el criterio de Lenin aun con resistencias por parte de Zinóviev y Kámenev. El asalto al Palacio de Invierno, que puso fin al gobierno provisional, no tuvo una gran movilización popular que la acompañara. Entre el 15 y el 19 de noviembre de 1917 (las fechas son del calendario juliano) hubo elecciones para la asamblea constituyente en las que los socialistas revolucionarios tuvieron una amplia mayoría: 370 diputados de los 715 que había. Los bolcheviques obtuvieron 179 diputados. La asamblea se reunió en enero de 1918 y rechazó una “Declaración de Derechos del Pueblo trabajador y explotado”, propuesta por los bolcheviques. Los bolcheviques abandonaron esta asamblea y entre el 10 y el 18 de enero de 1918 aprobaron su disolución. Algunos historiadores lo han interpretado, en una visión liberal, como la consumación del golpe de Estado de octubre; lo que fue, desde luego, es un golpe de fuerza creando una dictadura de un solo partido así como la sepultura de la representación popular en términos del liberalismo democrático.

2-El gobierno bolchevique pronto puso en marcha una serie de medidas bien conocidas por todos. Me permito recordar alguna de ellas que se suele olvidar: la política de terror contra los enemigos del pueblo. Autores como Sheila Fitzpatrick han analizado las diferencias del terror revolucionario de Lenin y el terror totalitario de Stalin, estableciendo diferencias en los objetivos, en la magnitud y en las formas. Aun así, tanto esta autora como otros reputados como Orlando Figes, Bernard Bruneteau o Julián Casanova, señalan que las bases del terror estalinista están en la política de Lenin. La creación de la Checa, policía del Estado bolchevique, en diciembre de 1917 es un ejemplo de esta política de eliminación física del enemigo, enemigo conceptualizado como burgués donde cupieron no solo propietarios burgueses, sino mencheviques, socialistas revolucionarios, cadetes, bolcheviques críticos, campesinos que resistieron la colectivización, etc. En diciembre de 1917 Lenin escribía una llamada a la guerra contra “los ricos, los holgazanes y los parásitos”: era necesario “limpiar la tierra rusa de toda la chusma”. Pronto el aparato estatal bolchevique creó chivos expiatorios diferentes que generaron un clima de terror por Rusia. En Crimea, los bolcheviques en el invierno de 1920 dividieron la población entre los que había que fusilar y ahorcar, los que había que encerrar en un campo y los que quedarían absueltos. 50.000 personas fueron incluidas en la primera categoría. Lenin no “necesitó” reprimir su propio partido como lo haría una década después Stalin, pero estableció los instrumentos y la conceptualización del enemigo de la clase obrera que era preciso aniquilar.

3-Otro elemento clásico de cualquier sistema dictatorial fue el culto al líder. Las imágenes, los lemas, el tratamiento de su cadáver, las hagiografías, el uso de lemas fáciles para sobreponerse de su incapacidad lingüística, la gestualidad teatral o el poder hipnótico que generaba en algunos fueron ejemplos de cómo se gestó un culto a la figura de Lenin.

Es cierto que, en ocasiones, analizar la historia con perspectiva puede llevar a posiciones de cierta benevolencia interpretativa hacia personajes que hoy en día no aceptaríamos. La revolución soviética se enmarca en una época conocida como la guerra civil europea en que la experiencia bélica de la primera guerra mundial marcó la política de países como Rusia, así como la orientación revolucionaria del comunismo internacional. Analizar todo esto de forma rigurosa por la comunidad científica es el objetivo de los historiadores. Sin embargo, utilizar figuras de este tipo para defender una posición política actual es, en mi opinión, la oportunidad perdida de reflexionar seriamente sobre nuestro mundo actual y de abandonar la pasión, el frenesí, el arrebato o el entusiasmo propio de mítines políticos. Recomendaría a los responsables de redes sociales de IU que revisaran cuál es su consideración sobre la democracia y el socialismo en el siglo XXI, algo que por cierto nadie sabe muy bien definir en una situación de absoluta desorientación, en que el neoliberalismo nos ha ganado la partida. Hay alternativas y debe haberlas: el socialismo del siglo XXI, el ecosocialismo, el ecologismo, una mayor democracia participativa, una socialdemocracia reinventada, etc. No hay gurús pasados que puedan darnos respuesta a los problemas del mundo globalizado. Dejemos de abanderar fantasmas del pasado para solucionar problemas del presente. Seamos un poco historiadores; un poco menos políticos.

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Hacer una revisión lectora del año que ha terminado es una forma de autocomplacencia intelectual aunque también sirve para reflexionar sobre los géneros más frecuentados, aquellos olvidados, o las obras que nunca leería si pudiera volver atrás. 2016 empezó tarde, muy tarde: alrededor de junio. Entre enero y junio leí innumerables temas de oposición, resolución de prácticos, exámenes, apuntes sobre programación, páginas web sobre arte; releí manuales de historia, de geografía y de historia del arte, así como libros de texto usados en los institutos. Al terminar victorioso esta etapa comencé a recuperar el tiempo perdido. Y no, no creáis que leí a Proust; tal empresa sigue estando en mi lista de pendientes. 2016 comenzó con poesía: Completamente viernes, de Luis García Montero, al que le siguieron tras el viaje sevillano El amor, las mujeres y la vida, de Mario Benedetti, Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma, Llibre de meravelles, de Vicent Andrés Estellés, La primavera avanza, de Ángel González, y Poemas (1962-1969) de Pere Gimferrer. Fue un año en que recuperé clásicos que tenía pendientes, como Marianela, de Galdós, La plaça del diamant, de Mercé Rodoreda, y La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Debo decir que algunos me abrumaron en cierto momento. Descubrí a Quim Monzó, del cual tan solo había leído algún artículo aislado en mi etapa estudiantil, y me hice con El perquè de tot plegat, rescatado de una librería de segunda mano, y con La magnitud de la tragèdia. En algunos momentos hice honor a mi profesión y opté por estudios de historiadores como Els valencians, des de quan són valencians?, de Vicent Baydal (estudio que trata de escribir sobre los orígenes del tan manido concepto de nación en un momento de florecimiento del sentimiento colectivo valenciano), La restauración social católica en el primer franquismo, de Feliciano Montero (un conjunto de artículos que estudian el primer franquismo desde la óptica de la educación y las depuraciones), El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, de Paul Preston (un magnífico regalo de antiguos alumnos que disfruté y devoré, sintiendo la tragedia de nuestra historia en primera persona), La España del maquis, de Vidal Castaño (un estudio decepcionante sobre el maquis en diferentes zonas de la Península Ibérica, nada conseguido en su redacción, inconexo y excesivamente anecdótico), y La voluntad del Gudari, de Gaizka Fernández (estudio sobre los orígenes ideológicos e históricos de ETA). Leí también alguna obra que tenía pendiente desde mis años de carrera, como Marx (sin ismos) del difunto Francisco Fernández Buey, o El malestar en la cultura, de Sigmund Freud. Inauguré un conjunto de lecturas sobre la crisis del capitalismo actual, como Extremistán, de Jorge Reichmann, o En defensa del decrecimiento y Colapso, de Carlos Taibo, obras necesarias y curiosamente publicadas en editoriales desconocidas. Leí pequeñas obras variopintas como Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, el tantas veces citado Esperando a Godot, de Samuel Becket, La mordaza y Escuadra hacia la muerte de Sastre, o la Apología de Sócrates, del mismísimo Platón. No puedo dejar de mencionar la lectura de Harry Potter y el legado maldito, que me trasladó a mi infancia, si bien su formato teatral me decepcionó. Volví a frecuentar autores bastante leídos, que casi nunca defraudan, como Miguel Delibes con Señora de rojo sobre fondo gris, o Paul Auster, con El palacio de la Luna; y descubrí otros como Fernando Aramburu del que devoré con placer y mal cuerpo Patria y pronto me hice con el conjunto de relatos de Los peces de la amargura. El año acabó con Rafael Chirbes: En la orilla, seguida de Ítalo Calvino, y su obra El baró rampant, que debí leer de adolescente cuando cierto profesor de filosofía me la recomendó.

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¿Metas para este 2017? Desde luego, leer más, ahora que la tarea alienante de releer temas ha cesado; leer más en catalán; atreverme con algunos clásicos; confiar en la narrativa actual; y recuperar los libros que presté para que vuelvan con gozo a la casa del padre.

 

 

 

 

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Es habitual escuchar a los historiadores afirmar que hacer historia del presente es realmente difícil, dado que no se tiene la perspectiva suficiente como para aplicar el método de investigación propio de la disciplina, alejarse del objeto de estudio y analizar con rigor el pasado, sin pasiones y vehemencias que podrían desvirtuar la pretendida imparcialidad. Gaizka Fernández Soldevilla, en su obra La voluntad del Gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, de 2016, traza con agudeza la cronología de los hechos que han configurado el terrorismo de ETA. La obra parte del hecho del “cese definitivo” de la actividad armada por parte de la banda terrorista el 20 de octubre de 2011 y esboza, en un marco cronológico que comienza en la configuración del nacionalismo aranista, la génesis y la transformación del nacionalismo vasco radical que optó por la violencia.

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La obra de Aramburu, Patria, supone el acercamiento sociológico al ambiente actual y reciente de la presencia que tiene la izquierda abertzale en Euskadi. La obra de Gaizka Fernández nos sirve para bucear en un conjunto de formaciones políticas que llegan hasta la actualidad, y que tienen su explicación a largo plazo en la inicial construcción del nacionalismo de Sabino Arana en el Partido Nacionalista Vasco. Sirva esta breve reseña para apuntar algunas de las conclusiones a las que se puede llegar tras la lectura de esta obra:

1. El nacionalismo, en general, y la opción terrorista y radical que personificó ETA, en particular, parten de una interpretación triádica del tiempo histórico, como ha analizado Antohny Smith. Los nacionalismos observan con anhelo un pasado glorioso, una Edad de Oro de un pueblo (sea el vasco, el catalán o el español) que ha sido sumergido en un proceso de decadencia por una serie de motivos, habitualmente externos, por lo que es necesario optar por una vía que permita recuperar el futuro utópico, que no existe. Esta receta fue aplicada por Arana: los Estados vascos fueron independientes antes de 1839 con Vergara, a finales del siglo XIX eran provincias de España, lo cual llevó a la decadencia, por lo que habría que buscar un futuro independiente y católico, así como puro en términos étnicos. Esta construcción nacionalista, basada en un conjunto de falsedades históricas, sirvió como receta para explicar una narrativa concreta por parte de ETA, edulcorada con otros elementos ideológicos que desarrolla ampliamente el autor. La estructura triádica de interpretación podría aplicarse a otros nacionalismos, como el catalán: pasado previo antes de la abolición de los fueros por Felipe V, presente decadente por formar parte del Estado español (retroceso de la lengua catalana, dependencia económica), futuro utópico que construir. O por el español en época franquista: pasado glorioso con Carlos V (visión imperial de España), presente (1939) decadente por un siglo de liberalismo y la degeneración de la República (la “anti-España”) y un futuro glorioso de la mano de la Iglesia Católica y el nacionalismo.

2.Los “gudaris”, combatientes durante la guerra civil español adscritos al PNV, ANV, Acción Nacionalista Vasca, entre otras fuerzas, fueron un magnífico recurso para el nacionalismo posterior para identificar a unos héroes y mártires que sirvieran para justificar las acciones de sus formaciones. ETA se sirvió de estos héroes para trazar un vínculo histórico con el nacionalismo anterior y para apropiarse la nomenclatura para sus componentes. La guerra civil fue reinterpretada por este nacionalismo como una lucha de los vascos contra España, renunciando a un mínimo rigor histórico y escondiendo lo que no interesaba para la narrativa mítica, por lo que, de este modo, ETA alimentó la idea del secular conflicto entre vascos y españoles como motor de la historia. Esta supuesta opresión secular era el dogma que pronto debían digerir los integrantes de la banda para estar dispuestos a cometer todo tipo de acciones en su nombre.

3.La manipulación histórica del relato es una herramienta básica del nacionalismo radical. En el caso del discurso ideológico del nacionalismo vasco radical se magnificó la represión franquista para dotar de veracidad al conflicto eterno entre vascos y españoles y presentar, así, al pueblo vasco como colonizado y reprimido. En realidad, como bien se ha estudiado por muchos autores, la represión franquista tuvo sus cotas más altas en Andalucía y Extremadura, no en el País Vasco. En el plano de la represión cultural, si bien el euskera fue desterrado de la vida pública y de la educación y experimentó un retroceso progresivo, nunca fue prohibido oficialmente. A todos estos elementos de un supuesto odio secular de los españoles hacia los vascos, obviando las fuerzas vascas que lucharon junto a Franco, se une la inmigración hacia el País Vasco desde otros lugares del Estado en los años sesenta: los conocidos históricamente como maketos o simplemente cacereños, coreanos o españoles que suponían, según la visión de este nacionalismo, una pérdida de la genuinidad cultural vasca. Eran concebidos como una “Quinta Columna” dentro de la patria colonizada.

4.El proyecto ideológico de ETA, como el de toda banda terrorista, supone una mezcolanza de diferentes elementos y de tradiciones completamente distintas. El racismo apellidista y el catolicismo de Sabino Arana fueron sustituidos por la lengua vasca y por el marxismo-leninismo, al que se añadió la versión maoísta y castro-guevarista con teóricos como Federico Krutzwig y José Antonio Exebarrieta. Estos elementos diferenciaban y enemistaban al PNV y a ETA. La influencia de los movimientos anticolonialistas, como el Frente de Liberación Nacional de Argelia, la teoría de la guerra de guerrillas, o el ejemplo cubano fueron elementos que dieron sentido al discurso de guerra antiimperialista que se pretendía llevar a cabo por parte de ETA. La ecuación era clara: al igual que una colonia que buscaba la independencia respecto a la metrópolis europea, el País Vasco debía separarse de España. Euskadi era la Cuba de Europa, la Argelia de África. Para lograr el apoyo popular que hiciera viable la estrategia violenta contra el Franquismo, se puso en marcha la táctica de la acción-reacción: los atentados de ETA conseguirían una feroz represión por parte del Franquismo hacia los vascos, por lo que estos podrían ver con buenos ojos las acciones terroristas. El clima de aceptación popular que tuvo la banda durante la Transición, integrada dentro de la oposición desde una lectura generalista, se consiguió entre otros motivos por esta estrategia.

5.La tesis principal del autor es la de la voluntad: los terroristas no comenzaron a matar porque heredaran una serie de ideas históricas acerca de la subyugación española hacia los vascos. Los terroristas empezaron a matar porque así lo quisieron, porque optaron por esta vía para hacer realidad su proyecto político. Ni todos los nacionalismos optaron por la violencia, ni toda la oposición al Franquismo siguió esta dirección. El 2 de junio de 1968 en Ondárroa (Vizcaya) se tomó la decisión de preparar el asesinato de José María Junquera y de Melitón Manzanas, agentes policiales. Fue Txabi Etxebarrieta el joven líder de ETA el designado como encargado de ejecutar esta acción. No obstante, el primer asesinato no fue este: el 7 de junio de 1968 en un control policial a Etxebarrieta y su compañero Iñadi Sarasketa, que viajaban en un vehículo robado, un guardia civil, José Antonio Pardines, fue ejecutado mientras inspeccionaba el automóvil sospechoso. Etxebarrieta murió en la fuga, abatido por la policía, hecho que sirvió a la banda para conseguir un mártir del siglo XX y manipular el relato histórico en su beneficio. El 2 de agosto de 1968 fue asesinado Melitón Manzanas por su fama de torturador, hecho bien recibido por la oposición antifranquista y punto inicial a una historia que todos conocemos.

Los 52 años de historia de ETA y las 845 víctimas mortales son la conclusión de este ilustrador estudio. Son muchos más los temas que se abordan, fruto de la investigación del autor, como el papel del PNV como versión diferente del nacionalismo, la existencia otras organizaciones como EGI, la infiltración de agentes en ETA, la relación del terrorismo etarra con otros nacionalismos radicales de tipo violento como el de UPG o Terra Lliure, el papel de Herri Batasuna y las formaciones políticas controladas por ETA, o la izquierda heterodoxa como Acción Nacionalista Vasca, alejada en sus inicios de la deriva violenta.

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dL’altre dia ens alçàvem amb la notícia sobre la proposta de Manuela Carmena d’anomenar el Valle de los Caídos el Valle de la Paz, proposta que, per un moment, em va desconcertar: no sabia ben bé a què es referia ni a quina voluntat responia aquesta nova denominació; semblava que l’alcaldessa hagués estat pensant  durant tres o quatre dies què proposar en una de les dates més nefastes de la història de l’Estat Espanyol: l’1 d’abril, tant de 1939 com de 1959. Aquest darrer any va ser inaugurat tal monument amb un objectiu clau: homenatjar els màrtir i herois de la croada front als rojos captius de guerra i presoners polítics, tot i que també va servir per soterrar Franco i l’”absent” Primo de Rivera. Sembla que van passar per allí més de vint mil persones sotmeses a l’empresa d’enaltir per sempre una dictadura i humiliar eternament els vençuts, tasca beneïda per l’Església catòlica.

Aquest monument sempre ha estat objecte de crítiques i d’opinions diferents, tan sols la Llei de Memòria Història va avançar en el sentit de no realitzar celebracions profeixistes en aquell lloc però mai no s’ha pogut consensuar ni determinar de quina manera una democràcia avançada ha de tractar amb un lloc com aquest. D’experiències en tenim moltes: Villa Grimaldi a Xile, Auschwitz, Mauthausen, o gairebé totes les comissions de la veritat americanes que han fet una tasca lloable. Fins i tot Mauthausen, on van morir al voltant de 5000 espanyols per la repressió nazi, és un lloc més adient per a la memòria història que el que s’ha fet al Valle de los Caídos.

Així no anem enlloc, senyora Carmena. Aquest lloc no pot ser un Valle de la paz, simplement perquè la voluntat del dictador quan es va construir no va ser aquesta i anomenar-lo així no seria sinó una forma de pervertir la història i d’enganyar a moltes generacions. Cal pensar com convertir aquesta obra en un monument per la dignificació i per la memòria històrica, per a explicar a les generacions futures que un govern dictatorial, alçat contra un triat democràticament, va esclavitzar milers de persones com a mesura repressora que eternitzara el seu sofriment. A més a més, El Valle de la paz va ser una pel·lícula del 1961 realitzada per Andrew Marton per exalçar aquest indret de la mort i de la vergonya. El que va començar l’1 abril del 1939 no va ser la pau, sinó la “pau incivil”, en paraules de Julián Casanova, un període de destrucció física i psicològica del vençut, d’execucions massives, de presó i de tortura. No es pot amagar la història i les forces polítiques “pel canvi” han de començar a desfer-se’n de les decisions acomodatícies, del “tant se val” i de fer política en la butaca. Cal, senyora Carmena, deixar de comptar les síl·labes, de fer-se el nus de la corbata, com deia el poeta Estellés.

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1.El joven estaba alegre, animado y contento: su edad rozaba la veintena, tenía una buena familia que le había educado en las más altas reglas de la educación y la cortesía, unos amigos con los que podía contar y una carrera universitaria que iba viento en popa; todavía quedaban varias semanas para retomar el curso en la facultad y quedaba lo mejor del verano: sus anheladas fiestas de pueblo –que no pueblerinas (o eso creía él)–, que también rondaba la veintena en cuanto a los miles de habitantes. Tenía asimismo una pandilla de amigos, algunos más animados en cuanto a las festividades que se aproximaban y otros menos, pero que siempre participaban en ellas. Era un joven bastante normal: a sus quince años había roto con la música heredada de sus padres y de su infancia y había comenzado a soñar con el rock y el heavy metal, se había dejado el pelo largo y, pasado el tiempo, había transitado otros caminos: había abierto sus ojos hacia otras formas alternativas de vivir y de disfrutar; la universidad le había permitido conocer a otras personas y escuchar acentos valencianos más allá del “apitxat”. Se sentía todo un privilegiado: ya podía distinguir entre una “b” y una “v”, entre un “riberenc” i un “castellonenc”. Había descubierto también que sus marchas a la capital le permitían conocer lugares casi inhabitados, establecimientos que encantaban sus sentidos y que le metían de lleno en un universo infinito de sensaciones. El amor había llegado, alejado ya de los primeros escarceos infructuosos de la primera adolescencia; los trenes y metros se habían convertido en sus mejores aliados para tan grandes aventuras; las guitarras seguían sonando con más potencia y los libros crecían en unos estantes que recibían nuevas voces del turbulento siglo XX. Los recipientes de comida transportada y recalentada habían sustituido los cuidados platos de la abuela, y las pausadas horas se habían convertido en rápidos mordiscos inseguros antes de retornar a la biblioteca.

Todo esto volvería en unas semanas, aunque primero debía quemar sus últimos cartuchos antes de retornar a la madriguera invernal. Enfundado con alguna que otra botella de alcohol, espolvoreado por fragancias baratas y arreglado el pelo mirando hacia lo alto, se dispuso a su disfrutar de su noche. Fue una noche feliz, entre amigos, huyendo y evadiéndose del septiembre que avanzaba; pero algo fallaba: sus sentidos entumecidos por el alcohol aún podían detectar que algo iba mal; la música se repetía una y otra vez. ¿Pasaría algo con los responsables? ¿Se habría llenado el lápiz de memoria y no cabían más canciones? No podían ser tan estúpidos; estaba claro: había órdenes claras de repetir hasta cuatro o cinco veces las mismas canciones. Eran órdenes inapelables de los que pagaban, incluso podía ser peligroso no obedecer. Retornando a la realidad de estas elucubraciones se dio cuenta de que alguien estaba importunándolo: una pareja –más bien dos cuerpos ebrios–, se refregaban viscosamente sus partes lúbricas ejerciendo el suficiente contacto como para alterar sus sentidos; todo ello aderezado con la cíclica música que no cesaba. Era el componente perfecto y, además, era lo que se buscaba; las órdenes estaban claras.

El joven, cansado de este eterno castigo, se fue a su casa antes de terminar la fiesta que se había prometido. En su cabeza continuó sonando algo sobre un taxi, sobre una mordidita, y sobre danzas que poco se parecían a los sonidos de guitarra a los que se había acostumbrado. Su verano había terminado. Este joven podría ser alguno de los que habitan las plazas en las fiestas de pueblo, alguno quizás, pero habría que buscar bien.

344556_l2. Algo estamos haciendo mal los que tenemos alguna responsabilidad directa con los jóvenes cuando estos modelos son los que prevalecen en sus gustos musicales y de ocio. Algo hacemos mal cuando triunfan canciones que dicen lo siguiente: “¡Oye, mira esa mujer! Está dura, dura, qué dura, pero ya tú sabes que ella quiere efectivo dinero, visa, qué chula, lula, con culo de mula”. Es una estrategia terriblemente calculada: en primer lugar, un recurso fático para llamar la atención de algo que aparece, una mujer, cosificada desde el primer momento; luego viene la descripción impresionista: está dura, es decir, está cachonda; y luego la descripción de sus íntimos anhelos: solo quiere dinero –idea directa desde Semónides, siglo VII aC–; para acabar, la humillación: tiene un culo de mula. Este es un ejemplo entre muchos más en los que las mujeres son constructos donde caben muchas cualidades que se les pueda imputar, siendo preeminente su carácter de cosa. Esa mujer que se refleja en estas canciones y que se puede contemplar en la pareja fogosa en plena pista es la que hace realidad otra de estas canciones: “Es que yo sin ti y tú sin mí, dime quién puede ser feliz”. La mujer aparece aquí como un ente unido al hombre, inexorablemente unido porque, parece derivarse de este hit del verano, que la felicidad es imposible si no existe tal unión. De nuevo la consabida idea de la mujer como ser incompleto, propia de la Antigüedad clásica. Y a todo esto se añade algo más espantoso: la falsa disyuntiva entre la pasión sin amor y el amor sin pasión, esa doble moral que puebla las ideas tradicionales de las relaciones afectivas. Para ello también tenemos un ejemplo: “Sé que tú eres mía y yo seré tu dulce agonía, siempre de noche y de día, aun sabiendo que lo quieres, él no te da lo que tú quieres; los dos sabemos que prefieres mi pasión antes que su amor; confiésale, dile que en tu cama está mi nombre y de una vez rebélate, dile que las ganas no se esconden, no, tu cuerpo pide más”. Desde el primer momento se afirma la posesión, una posesión que todavía no le corresponde al pretendiente: el problema radica en que tiene pareja, pero es un piltrafa, un despojo, un don nadie que no le da lo que ella necesita. La tesis se asienta y cala lentamente: “no podrás tener un novio que te satisfaga sexualmente y que, además, te quiera y te respete”. Ese mantra se repite una y otra vez, se publicita y, desgraciadamente, algunas veces se cumple: esa muchacha cae en las redes del pretendiente, del malote, del chulo que repite una y otra vez el “tú tan bonita y él no te da”.

Si la cosa se quedara aquí, quizás no pasaría nada y nuestro joven asumiría su derrota, como chico bien educado; pero el problema está en las cifras alarmantes. En 2014 las cifras de la violencia de género en menores de 18 años crecieron según el INE, así como las de chicas entre 16 y 19 años que sufren situaciones de control y violencia psicológica. Es necesario repensar cómo estos mensajes calan en los jóvenes, volver a considerar la idea de género, de deseo, de sexualidad y afectividad, y de violencia. Y, desde luego, repensar el bien que estamos (están) haciendo los que piden estas canciones en las fiestas locales, no una vez, sino hasta cuatro o cinco. Hay alternativas: el llamado Modelo Tradicional Dominante que promueven estos discursos son tan perjudiciales y poderosos que, en contextos educativos y familiares igualitarios, afloran diariamente muestras de violencia de género explícita e implícita. Ya hay estudios sobre el llamado Modelo Alternativo de Masculinidad, artículos que machacan películas como A tres metros sobre el cielo por lo espeluznante de sus propuestas; y también hay canciones alternativas. Los modelos se promueven con artefactos culturales, para bien o para mal, y las películas, los programas de televisión y las canciones son, quizás, los elementos con mayor influencia.

Quiero acabar recordando a Simone de Beauvoir que, en El segundo sexo, de 1949, realizó un lúcido análisis de por qué las mujeres eran consideradas así y prevalecían las relaciones patriarcales. Simone expuso su idea clave: “la mujer no nace, se hace”; el ideal de feminidad, así como el de masculinidad, es una construcción social e histórica hecha por sociedades concretas que los perpetúan. Ser mujer es algo más que lo puramente biológico y hay un componente cultural y social, del mismo modo que lo hay en los gustos de los adolescentes hacia sus iguales; y todo ello se educa. Cuando a las mujeres se las considera como cajas vacías donde solo caben ideas hueras (derrochadora, coqueta, provocadora, obediente, infiel, zorra, objeto, placer), retornamos a lo peor de los modelos homéricos. Es posible que los grupos de jóvenes que organizan las fiestas locales y se encargan de contratar, de sugerir o de organizar este tipo de actos, debieran tener en cuenta el pensamiento alternativo, el bien común hacia nuestra sociedad, y las posibilidades variadas en cuanto a estilos o mensajes musicales. Son responsables, lo quieran o no. Del mismo modo, las autoridades deberían velar por una pluralidad muchas veces diezmada y, repito, por el bien común. Los mensajes repetidos se convierten en realidad, y nuestra realidad no es para estar satisfechos. Nuestro joven de Puçol no lo estaría.

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“El día de hoy es un día de consagración nacional. Estoy seguro de que mis conciudadanos esperan que, al llegar a la Presidencia, me dirija a ellos con la sinceridad y la decisión que de nosotros exige el momento actual de nuestro país. Este es, principalmente, el momento de hablar con la verdad, cabal, franca y valientemente. No podemos ignorar las condiciones a las que honradamente, nuestro país debe hacer frente. Esta gran nación ha de perdurar como ha perdurado, revivirá y prosperará. Así pues, ante todo, permítanme expresar mi firme certidumbre de que lo único a que debemos temer es al temor mismo: al terror desconocido, irracional, injustificado, que paraliza los esfuerzos necesarios para hacer de la retirada un avance. En todas las horas oscuras de nuestra vida nacional, un liderazgo sincero y vigoroso se ha unido a la comprensión y al apoyo del pueblo mismo, condición esencial para alcanzar la victoria. Estoy seguro de que una vez más ustedes darán ese apoyo a fin de precisar el rumbo en estos días críticos”.

Parecen palabras del pasado 24 de mayo proclamadas por algún líder valenciano, madrileño o catalán, pero no lo son. Es Franklin Delano Roosevelt el 4 de marzo de 1933 el que se dirige a la nación azotada por la Gran Depresión con estas palabras. En este conocido discurso vemos la determinación a actuar: la promesa de una acción que no puede demorarse, que es ya urgente ante una nación que sufre el paro de una cuarta parte de sus asalariados, que carece de subsidios y que está inserta en una gran crisis financiera con la caída abismal de los precios y beneficios como nota característica. Es un discurso que, cuando menos, produce expectación, cierta ilusión: se dirige a sus ciudadanos, los anima a no temer, a ser francos y valientes. Estas palabras de toma de posesión del presidente Roosevelt causaron un gran revuelo: cartas de reconocimiento enviadas por los ciudadanos a la Casa Blanca; temores y críticas de reticentes a creer en un cambio de rumbo; y una gran repercusión internacional en Europa, Australia y Alemania. Incluso la prensa de la Italia fascista vio equivocadamente en este discurso la bondad del fascismo por la determinación de la acción. Las medidas que se tomaron a partir de este momento se conocen como las reformas de los Cien Días, esos primeros meses de cualquier gobierno en que lo fundamental se pone encima de la mesa, en que lo urgente se pone en marcha; en este caso, la reforma bancaria, la agrícola y la del trabajo.

Todavía en resaca electoral asistimos a un aluvión de noticias en Valencia sobre las incertidumbres del futuro nuevo gobierno. ¡Qué políticos y qué imaginativos nos hemos vuelto todos ahora! Tras años de letargo, la ranciedad más vetusta comienza a resurgir: de repente los muros de las redes sociales se llenan de consignas anticatalanistas, en contra de esa misma lengua que hablamos por estas tierras, en contra de banderas y banderines, de himnos y de juglares. Muros poblados por eslóganes acompasados por el periódico ABC que hace del peligro catalanista su mejor baza demagógica y electoralista.

Comienzan tiempos interesantes, como diría Hobsbawm, tiempos en que los ciudadanos que confiamos en un cambio tenemos el derecho a exigir una determinación real en la política, una tanda de medidas de urgencia en materia educativa, sanitaria, social y lingüística; a demandar que la vanidad individual –comprensible y lógica para personas que se han dejado la piel en la persecución y denuncia de la corrupción– de los líderes políticos no acabe en estériles reyertas que podrían debilitar lo que puede ser una gran oportunidad. Que el miedo no acampe por aquí, y que los agoreros apoltronados en los pasillos del sistema den paso a la ilusión. Llega “el momento de hablar con la verdad, cabal, franca y valientemente”.

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