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Archive for the ‘Algo de mí.’ Category

Hacer una revisión lectora del año que ha terminado es una forma de autocomplacencia intelectual aunque también sirve para reflexionar sobre los géneros más frecuentados, aquellos olvidados, o las obras que nunca leería si pudiera volver atrás. 2016 empezó tarde, muy tarde: alrededor de junio. Entre enero y junio leí innumerables temas de oposición, resolución de prácticos, exámenes, apuntes sobre programación, páginas web sobre arte; releí manuales de historia, de geografía y de historia del arte, así como libros de texto usados en los institutos. Al terminar victorioso esta etapa comencé a recuperar el tiempo perdido. Y no, no creáis que leí a Proust; tal empresa sigue estando en mi lista de pendientes. 2016 comenzó con poesía: Completamente viernes, de Luis García Montero, al que le siguieron tras el viaje sevillano El amor, las mujeres y la vida, de Mario Benedetti, Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma, Llibre de meravelles, de Vicent Andrés Estellés, La primavera avanza, de Ángel González, y Poemas (1962-1969) de Pere Gimferrer. Fue un año en que recuperé clásicos que tenía pendientes, como Marianela, de Galdós, La plaça del diamant, de Mercé Rodoreda, y La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Debo decir que algunos me abrumaron en cierto momento. Descubrí a Quim Monzó, del cual tan solo había leído algún artículo aislado en mi etapa estudiantil, y me hice con El perquè de tot plegat, rescatado de una librería de segunda mano, y con La magnitud de la tragèdia. En algunos momentos hice honor a mi profesión y opté por estudios de historiadores como Els valencians, des de quan són valencians?, de Vicent Baydal (estudio que trata de escribir sobre los orígenes del tan manido concepto de nación en un momento de florecimiento del sentimiento colectivo valenciano), La restauración social católica en el primer franquismo, de Feliciano Montero (un conjunto de artículos que estudian el primer franquismo desde la óptica de la educación y las depuraciones), El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, de Paul Preston (un magnífico regalo de antiguos alumnos que disfruté y devoré, sintiendo la tragedia de nuestra historia en primera persona), La España del maquis, de Vidal Castaño (un estudio decepcionante sobre el maquis en diferentes zonas de la Península Ibérica, nada conseguido en su redacción, inconexo y excesivamente anecdótico), y La voluntad del Gudari, de Gaizka Fernández (estudio sobre los orígenes ideológicos e históricos de ETA). Leí también alguna obra que tenía pendiente desde mis años de carrera, como Marx (sin ismos) del difunto Francisco Fernández Buey, o El malestar en la cultura, de Sigmund Freud. Inauguré un conjunto de lecturas sobre la crisis del capitalismo actual, como Extremistán, de Jorge Reichmann, o En defensa del decrecimiento y Colapso, de Carlos Taibo, obras necesarias y curiosamente publicadas en editoriales desconocidas. Leí pequeñas obras variopintas como Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, el tantas veces citado Esperando a Godot, de Samuel Becket, La mordaza y Escuadra hacia la muerte de Sastre, o la Apología de Sócrates, del mismísimo Platón. No puedo dejar de mencionar la lectura de Harry Potter y el legado maldito, que me trasladó a mi infancia, si bien su formato teatral me decepcionó. Volví a frecuentar autores bastante leídos, que casi nunca defraudan, como Miguel Delibes con Señora de rojo sobre fondo gris, o Paul Auster, con El palacio de la Luna; y descubrí otros como Fernando Aramburu del que devoré con placer y mal cuerpo Patria y pronto me hice con el conjunto de relatos de Los peces de la amargura. El año acabó con Rafael Chirbes: En la orilla, seguida de Ítalo Calvino, y su obra El baró rampant, que debí leer de adolescente cuando cierto profesor de filosofía me la recomendó.

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¿Metas para este 2017? Desde luego, leer más, ahora que la tarea alienante de releer temas ha cesado; leer más en catalán; atreverme con algunos clásicos; confiar en la narrativa actual; y recuperar los libros que presté para que vuelvan con gozo a la casa del padre.

 

 

 

 

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La llave que abrirá el mañana, dice él

La opción menos mala, dice ella

Opuestas almas

Fulgores coincidentes.

 

Avanzar por los pasillos aprehendiendo el paisaje

O vagar distraído bañándote en acordes delirantes

Seleccionar con cautela la compañía de la sala

O sentirse suficiente, a deshora llegar.

 

Con diligencia reproduces los estertores de otras vidas

Con pasión desdibujas tu rota existencia interior

Aprender a vivir lo ajeno

Colmarse con lo propio.

 

El tiempo guardar en los bolsillos repletos de necesidad

Deshojar los segundos sin percatarse

Escapar, dudar, huir, transitar

Permanecer, saborear, tocar, sentir.

 

Sigues la línea del horizonte

que aprisiona tus alas

Dulce pajarillo das bandadas

de placer, y correteas y oteas.

 

Ocho otoños, ocho inviernos

Ocho primaveras, ocho veranos

El día, el papel, el olor a polvo

La noche, la tinta, la magia.

 

La parada del metro que te ha visto correr

La puerta que distraída te observaba caminar

Manual raído y preparado a punto de deshojar

Llora y se despereza, lomo rígido en paz.

 

El té te reúne y siempre dices cómo estás

He conseguido algunas horas para trabajar

Llegué a mi meta el hastío vespertino

Escribo novelas después de volver.

 

Recuerdas dos mil ocho y dos mil nueve

No te olvides de dos mil trece

Y qué pasó en dos mil catorce

Ahí terminó, volví a nacer.

 

Castro, el nacionalismo, el mundo se acaba

Perú, la familia, el pollo frito

Las líneas de mi vida cambian y cambiarán

No tengo guion escrito, el destino dirá.

 

La tierra se la traga, promesas del reencuentro

Tenemos que vernos pronto coincides

Abrazo fundido en negro

Y el dulce amargor que te azota.

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1.El joven estaba alegre, animado y contento: su edad rozaba la veintena, tenía una buena familia que le había educado en las más altas reglas de la educación y la cortesía, unos amigos con los que podía contar y una carrera universitaria que iba viento en popa; todavía quedaban varias semanas para retomar el curso en la facultad y quedaba lo mejor del verano: sus anheladas fiestas de pueblo –que no pueblerinas (o eso creía él)–, que también rondaba la veintena en cuanto a los miles de habitantes. Tenía asimismo una pandilla de amigos, algunos más animados en cuanto a las festividades que se aproximaban y otros menos, pero que siempre participaban en ellas. Era un joven bastante normal: a sus quince años había roto con la música heredada de sus padres y de su infancia y había comenzado a soñar con el rock y el heavy metal, se había dejado el pelo largo y, pasado el tiempo, había transitado otros caminos: había abierto sus ojos hacia otras formas alternativas de vivir y de disfrutar; la universidad le había permitido conocer a otras personas y escuchar acentos valencianos más allá del “apitxat”. Se sentía todo un privilegiado: ya podía distinguir entre una “b” y una “v”, entre un “riberenc” i un “castellonenc”. Había descubierto también que sus marchas a la capital le permitían conocer lugares casi inhabitados, establecimientos que encantaban sus sentidos y que le metían de lleno en un universo infinito de sensaciones. El amor había llegado, alejado ya de los primeros escarceos infructuosos de la primera adolescencia; los trenes y metros se habían convertido en sus mejores aliados para tan grandes aventuras; las guitarras seguían sonando con más potencia y los libros crecían en unos estantes que recibían nuevas voces del turbulento siglo XX. Los recipientes de comida transportada y recalentada habían sustituido los cuidados platos de la abuela, y las pausadas horas se habían convertido en rápidos mordiscos inseguros antes de retornar a la biblioteca.

Todo esto volvería en unas semanas, aunque primero debía quemar sus últimos cartuchos antes de retornar a la madriguera invernal. Enfundado con alguna que otra botella de alcohol, espolvoreado por fragancias baratas y arreglado el pelo mirando hacia lo alto, se dispuso a su disfrutar de su noche. Fue una noche feliz, entre amigos, huyendo y evadiéndose del septiembre que avanzaba; pero algo fallaba: sus sentidos entumecidos por el alcohol aún podían detectar que algo iba mal; la música se repetía una y otra vez. ¿Pasaría algo con los responsables? ¿Se habría llenado el lápiz de memoria y no cabían más canciones? No podían ser tan estúpidos; estaba claro: había órdenes claras de repetir hasta cuatro o cinco veces las mismas canciones. Eran órdenes inapelables de los que pagaban, incluso podía ser peligroso no obedecer. Retornando a la realidad de estas elucubraciones se dio cuenta de que alguien estaba importunándolo: una pareja –más bien dos cuerpos ebrios–, se refregaban viscosamente sus partes lúbricas ejerciendo el suficiente contacto como para alterar sus sentidos; todo ello aderezado con la cíclica música que no cesaba. Era el componente perfecto y, además, era lo que se buscaba; las órdenes estaban claras.

El joven, cansado de este eterno castigo, se fue a su casa antes de terminar la fiesta que se había prometido. En su cabeza continuó sonando algo sobre un taxi, sobre una mordidita, y sobre danzas que poco se parecían a los sonidos de guitarra a los que se había acostumbrado. Su verano había terminado. Este joven podría ser alguno de los que habitan las plazas en las fiestas de pueblo, alguno quizás, pero habría que buscar bien.

344556_l2. Algo estamos haciendo mal los que tenemos alguna responsabilidad directa con los jóvenes cuando estos modelos son los que prevalecen en sus gustos musicales y de ocio. Algo hacemos mal cuando triunfan canciones que dicen lo siguiente: “¡Oye, mira esa mujer! Está dura, dura, qué dura, pero ya tú sabes que ella quiere efectivo dinero, visa, qué chula, lula, con culo de mula”. Es una estrategia terriblemente calculada: en primer lugar, un recurso fático para llamar la atención de algo que aparece, una mujer, cosificada desde el primer momento; luego viene la descripción impresionista: está dura, es decir, está cachonda; y luego la descripción de sus íntimos anhelos: solo quiere dinero –idea directa desde Semónides, siglo VII aC–; para acabar, la humillación: tiene un culo de mula. Este es un ejemplo entre muchos más en los que las mujeres son constructos donde caben muchas cualidades que se les pueda imputar, siendo preeminente su carácter de cosa. Esa mujer que se refleja en estas canciones y que se puede contemplar en la pareja fogosa en plena pista es la que hace realidad otra de estas canciones: “Es que yo sin ti y tú sin mí, dime quién puede ser feliz”. La mujer aparece aquí como un ente unido al hombre, inexorablemente unido porque, parece derivarse de este hit del verano, que la felicidad es imposible si no existe tal unión. De nuevo la consabida idea de la mujer como ser incompleto, propia de la Antigüedad clásica. Y a todo esto se añade algo más espantoso: la falsa disyuntiva entre la pasión sin amor y el amor sin pasión, esa doble moral que puebla las ideas tradicionales de las relaciones afectivas. Para ello también tenemos un ejemplo: “Sé que tú eres mía y yo seré tu dulce agonía, siempre de noche y de día, aun sabiendo que lo quieres, él no te da lo que tú quieres; los dos sabemos que prefieres mi pasión antes que su amor; confiésale, dile que en tu cama está mi nombre y de una vez rebélate, dile que las ganas no se esconden, no, tu cuerpo pide más”. Desde el primer momento se afirma la posesión, una posesión que todavía no le corresponde al pretendiente: el problema radica en que tiene pareja, pero es un piltrafa, un despojo, un don nadie que no le da lo que ella necesita. La tesis se asienta y cala lentamente: “no podrás tener un novio que te satisfaga sexualmente y que, además, te quiera y te respete”. Ese mantra se repite una y otra vez, se publicita y, desgraciadamente, algunas veces se cumple: esa muchacha cae en las redes del pretendiente, del malote, del chulo que repite una y otra vez el “tú tan bonita y él no te da”.

Si la cosa se quedara aquí, quizás no pasaría nada y nuestro joven asumiría su derrota, como chico bien educado; pero el problema está en las cifras alarmantes. En 2014 las cifras de la violencia de género en menores de 18 años crecieron según el INE, así como las de chicas entre 16 y 19 años que sufren situaciones de control y violencia psicológica. Es necesario repensar cómo estos mensajes calan en los jóvenes, volver a considerar la idea de género, de deseo, de sexualidad y afectividad, y de violencia. Y, desde luego, repensar el bien que estamos (están) haciendo los que piden estas canciones en las fiestas locales, no una vez, sino hasta cuatro o cinco. Hay alternativas: el llamado Modelo Tradicional Dominante que promueven estos discursos son tan perjudiciales y poderosos que, en contextos educativos y familiares igualitarios, afloran diariamente muestras de violencia de género explícita e implícita. Ya hay estudios sobre el llamado Modelo Alternativo de Masculinidad, artículos que machacan películas como A tres metros sobre el cielo por lo espeluznante de sus propuestas; y también hay canciones alternativas. Los modelos se promueven con artefactos culturales, para bien o para mal, y las películas, los programas de televisión y las canciones son, quizás, los elementos con mayor influencia.

Quiero acabar recordando a Simone de Beauvoir que, en El segundo sexo, de 1949, realizó un lúcido análisis de por qué las mujeres eran consideradas así y prevalecían las relaciones patriarcales. Simone expuso su idea clave: “la mujer no nace, se hace”; el ideal de feminidad, así como el de masculinidad, es una construcción social e histórica hecha por sociedades concretas que los perpetúan. Ser mujer es algo más que lo puramente biológico y hay un componente cultural y social, del mismo modo que lo hay en los gustos de los adolescentes hacia sus iguales; y todo ello se educa. Cuando a las mujeres se las considera como cajas vacías donde solo caben ideas hueras (derrochadora, coqueta, provocadora, obediente, infiel, zorra, objeto, placer), retornamos a lo peor de los modelos homéricos. Es posible que los grupos de jóvenes que organizan las fiestas locales y se encargan de contratar, de sugerir o de organizar este tipo de actos, debieran tener en cuenta el pensamiento alternativo, el bien común hacia nuestra sociedad, y las posibilidades variadas en cuanto a estilos o mensajes musicales. Son responsables, lo quieran o no. Del mismo modo, las autoridades deberían velar por una pluralidad muchas veces diezmada y, repito, por el bien común. Los mensajes repetidos se convierten en realidad, y nuestra realidad no es para estar satisfechos. Nuestro joven de Puçol no lo estaría.

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“La calle estaba desierta. Niebla por todas partes, casi imposible ver dónde estaba. También llovía, aunque las gotas eran tan finas que parecían vapor. Sensación de no pisar el suelo, de caminar entre nubes. (…) Seguimos andando, llegamos al final de la manzana, dimos la vuelta a la esquina. Otra farola y entonces, tras pararme un momento mientras Arp alzaba la pata, algo me llamó la atención. Un destello en la acera, un estallido de luz parpadeando en la oscuridad. Tenía un tono azulado, un azul intenso, el azul de los ojos de F. Me agaché para verlo mejor y vi que era una piedra, quizá una joya de alguna especie. Un ópalo, pensé, o un zafiro, o a lo mejor sólo una esquirla de cristal de roca. Bastante pequeño para un anillo o, si no, un colgante que se hubiera caído de un collar o un brazalete, o un pendiente perdido. (…). De modo que me dispuse a coger la piedra, pero en el momento en que mis dedos iban a entrar en contacto con ello, descubrí que no era lo que yo pensaba. Era blanda, y se rompió al tocarla, desintegrándose en húmedo y pegajoso fluido, lo que yo había tomado por una piedra preciosa era un escupitajo humano. Alguien que pasaba por allí había escupido en la acera, y la saliva había terminado concentrándose en una bola llena de burbujas, en una esfera lisa de múltiples facetas. Con la luz brillando a su través, y con los reflejos luminosos dándole aquel lustroso matiz azulado, había tenido el aspecto de un objeto duro y sólido. En cuanto me di cuenta del error, retiré bruscamente la mano, como si me hubiera quemado.”

Recorto y selecciono bruscamente estas líneas de una obra inteligente y audaz, y lo hago sumiso a las recomendaciones de Enrique Vila-Matas: “Cuando leo algo que entiendo perfectamente lo abandono desilusionado. No me gustan los relatos que se balancean peligrosamente en el abismo de lo obvio. Porque entender puede ser una condena. Y no entender, la puerta que se abre”. Carece de importancia saber de dónde salen estas palabras, o qué sentido tienen en su obra; es suficiente entregarse al relato de la ilusión de esa piedra preciosa que se mantiene impasible en nuestra retina a pesar del funesto descubrimiento. La obra que contiene estas líneas es un pequeño placer de esos que conviene darse de vez en cuando, una bocanada de aire fresco en forma de historias y de relatos escritos con gran sutilidad. Su autor, sin duda, tiene ese encanto del escritor que regala historias que nos deleitan y nos permiten sumergirnos en otras vidas posibles, en otras ilusiones hechas de rubís y de ópalos. Las vidas que aparecen en esta obra se entrecruzan en un conjunto de reflexiones sobre la literatura, el ensayo y el cine, y se estructuran a partir de una idea de Chateaubriand: “El hombre no tiene una sola y única vida, sino muchas, enlazadas unas con otras, y ésa es la causa de su desgracia”. La desgracia de David Zimmer, coprotagonista de El libro de las ilusiones, de Paul Auster, comienza con el fallecimiento de su esposa y de sus hijos y continúa a lo largo de su vida con episodios de grave depresión y de vaivenes amorosos en torno siempre a su salvador y verdugo: Hector Mann, un director de cine desaparecido sin dejar rastro. “En ese momento de la historia, todo se agosta en un día; quien vive demasiado, muere vivo. Al avanzar en la vida dejamos tres o cuatro imágenes de nosotros mismos, diferentes entre sí; las vemos a través de la niebla del pasado, como retratos de nuestras diversas edades”, continúa Chateaubriand en su autobiografía que traduce Zimmer con vehemencia. La historia de Zimmer acaba con una ilusión, que le salva y le reconforta a pesar de haberlo perdido todo varias veces en su vida, y con el pesar –pero también la esperanza– de que esas imágenes esparcidas por el mundo permanezcan íntegras para poder acabar de componer su visión sobre Mann.

DSC_0246Estas líneas no siguen siendo más que retazos veloces; y, dispuesto a emprender el regreso a la exposición pública de mis miserias, corro a terminar otro volumen (¿podría llamarse así, dado su minúsculo tamaño?): Ella era Hemingway. No soy Auster, de Enrique Vila-Matas. Las circunstancias del discurso me obligan a hacer una parada previa en El gato bajo la lluvia, de Hemingway, un relato corto que me causa la misma indiferencia inicial que a Vila-Matas tras saber que García Márquez lo consideraba el mejor cuento escrito. Pero no acaba ahí la cosa: mientras leo el relato, que narra el tedio de una mujer americana de vacaciones, la realidad se funde con la ficción: se pone a llover y aparece un gato por mi calle huyendo de la lluvia; igualito que en el cuento. Aun así, más allá de una sonrisa esbozada, no logra sacudirme demasiado este pequeño relato, por lo que acudo a Vila-Matas a ser alumbrado. La mujer del cuento entonces pasa a recordarme a Ana Ozores y sus deseos íntimos insatisfechos, los mismos que parece tener ella acariciando un gato que despierta sus anhelos, y que la llevan a replantear su vida ante el rubor de un hotelero italiano. Pero claro, todo eso no está en el cuento: está aquí fuera, en nuestra vida real (o irreal); la historia, en sí, es sencilla, dibuja una situación posible pasando por la punta del iceberg para que sea el lector el que ahonde en las bases. Una de estas conclusiones es la extraída por Vila-Matas en la clase universitaria que relata en el volumen señalado, aprovechando así las diversas experiencias de lectura de los alumnos para conformar otras historias posibles, todas válidas y verosímiles. En fin, una buena lección que aprender a partir de mañana, cuando los retazos de ilusiones comenzarán a multiplicarse de manera vertiginosa, y será necesario darles forma.

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“El día de hoy es un día de consagración nacional. Estoy seguro de que mis conciudadanos esperan que, al llegar a la Presidencia, me dirija a ellos con la sinceridad y la decisión que de nosotros exige el momento actual de nuestro país. Este es, principalmente, el momento de hablar con la verdad, cabal, franca y valientemente. No podemos ignorar las condiciones a las que honradamente, nuestro país debe hacer frente. Esta gran nación ha de perdurar como ha perdurado, revivirá y prosperará. Así pues, ante todo, permítanme expresar mi firme certidumbre de que lo único a que debemos temer es al temor mismo: al terror desconocido, irracional, injustificado, que paraliza los esfuerzos necesarios para hacer de la retirada un avance. En todas las horas oscuras de nuestra vida nacional, un liderazgo sincero y vigoroso se ha unido a la comprensión y al apoyo del pueblo mismo, condición esencial para alcanzar la victoria. Estoy seguro de que una vez más ustedes darán ese apoyo a fin de precisar el rumbo en estos días críticos”.

Parecen palabras del pasado 24 de mayo proclamadas por algún líder valenciano, madrileño o catalán, pero no lo son. Es Franklin Delano Roosevelt el 4 de marzo de 1933 el que se dirige a la nación azotada por la Gran Depresión con estas palabras. En este conocido discurso vemos la determinación a actuar: la promesa de una acción que no puede demorarse, que es ya urgente ante una nación que sufre el paro de una cuarta parte de sus asalariados, que carece de subsidios y que está inserta en una gran crisis financiera con la caída abismal de los precios y beneficios como nota característica. Es un discurso que, cuando menos, produce expectación, cierta ilusión: se dirige a sus ciudadanos, los anima a no temer, a ser francos y valientes. Estas palabras de toma de posesión del presidente Roosevelt causaron un gran revuelo: cartas de reconocimiento enviadas por los ciudadanos a la Casa Blanca; temores y críticas de reticentes a creer en un cambio de rumbo; y una gran repercusión internacional en Europa, Australia y Alemania. Incluso la prensa de la Italia fascista vio equivocadamente en este discurso la bondad del fascismo por la determinación de la acción. Las medidas que se tomaron a partir de este momento se conocen como las reformas de los Cien Días, esos primeros meses de cualquier gobierno en que lo fundamental se pone encima de la mesa, en que lo urgente se pone en marcha; en este caso, la reforma bancaria, la agrícola y la del trabajo.

Todavía en resaca electoral asistimos a un aluvión de noticias en Valencia sobre las incertidumbres del futuro nuevo gobierno. ¡Qué políticos y qué imaginativos nos hemos vuelto todos ahora! Tras años de letargo, la ranciedad más vetusta comienza a resurgir: de repente los muros de las redes sociales se llenan de consignas anticatalanistas, en contra de esa misma lengua que hablamos por estas tierras, en contra de banderas y banderines, de himnos y de juglares. Muros poblados por eslóganes acompasados por el periódico ABC que hace del peligro catalanista su mejor baza demagógica y electoralista.

Comienzan tiempos interesantes, como diría Hobsbawm, tiempos en que los ciudadanos que confiamos en un cambio tenemos el derecho a exigir una determinación real en la política, una tanda de medidas de urgencia en materia educativa, sanitaria, social y lingüística; a demandar que la vanidad individual –comprensible y lógica para personas que se han dejado la piel en la persecución y denuncia de la corrupción– de los líderes políticos no acabe en estériles reyertas que podrían debilitar lo que puede ser una gran oportunidad. Que el miedo no acampe por aquí, y que los agoreros apoltronados en los pasillos del sistema den paso a la ilusión. Llega “el momento de hablar con la verdad, cabal, franca y valientemente”.

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descargaHace unos meses leía La peste, de Albert Camus, publicada en 1947. En esos momentos se había “recomenzado”, como tantas veces aparece en la novela: Europa había tomado caminos diferentes dejando atrás medio siglo de guerras, crisis, matanzas y de hundimiento del ser humano. La peste que arrasa la ciudad de Orán, en Argelia, es el símbolo –tantas veces interpretado– de esa enfermedad que constituyó el nazismo –o, si se quiere, el totalitarismo en general– en los años 30 y 40 del siglo XX. Esa enfermedad se ignora en un principio, los habitantes de dicha ciudad miran hacia otro lado y se escabullen, cayendo en el individualismo. Pero, llegado un momento, la omnipresencia de la muerte que va corrompiendo y degradando la sociedad argelina se hace tan evidente que hay que hacer frente a ella: es necesario luchar con lo que se tiene, con valentía; es urgente “recomenzar” y crear de nuevo. En esos momentos, la percepción del tiempo se diluye: ya no hay pasado, que queda borrado en la mente de los ciudadanos; tampoco hay futuro, pues la muerte arrasa con todo; se impone, por tanto, el presente, la lucha diaria por sobrevivir al día de mañana, un día en que esas personas serán otras, en que la individualidad se habrá vuelto a definir en cada acto, como apuntaba Nietzsche décadas antes.
Ante este mal que circunda la ciudad entran en juego las acciones individuales. La masa, entendida como ente homogéneo, sin voluntad y sometida a ese fantasma medieval, queda anulada: todo ha perdido su sentido, el absurdo se cierne y el castillo kafkiano vuelve a vislumbrarse con todo su poderío. La huida, la resignación, el derrumbamiento: estas serán las acciones habituales ante tal desastre; pero también la valentía individual del doctor Rieux. El final es fácilmente imaginable: “Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado”. Tocaba recomenzar y construir de nuevo. Pero, ¿cómo hacer eso? Y mejor aún: ¿cómo hacerlo hoy en una tierra devastada, saqueada, ninguneada? ¿Qué habremos hecho mal? ¿Habrá valientes doctores como Rieux en las próximas semanas que ataquen esas pestes? ¿Habrá alumnos de las escuelas que se sientan sacudidos por esa peste y que se muevan a alzar la voz? ¿Habrá más alumnos que pidan consejos para leer libros porque un día leíste en clase un fragmento de Algo va mal, de Tony Judt? ¿Calará ese mensaje? Y lo más terrible: ¿cómo lo hará en mí?

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4785420 “Compro un ejemplar y lo leo mientras oscurece en la calle y se encienden los faroles entre el viento y las azoteas, bajo trozos de cielo pálido y nubes enrojecidas que se agrupan y se apagan en una masa oscura al fin”. Así se refería en un artículo en el diario ABC Carmen Laforet en abril de 1972 después de haber adquirido El fugitivo de Ramón J. Sender. Su adquisición adquiere tintes poéticos que pretenden imbuirnos de la idoneidad del momento en que esta autora comenzó a leer el libro que su amigo le había dedicado. Los trozos de cielo pálido y las nubes enrojecidas no se agrupaban todavía cuando yo adquirí un viejo ejemplar de Destino Libre rebuscando en una vieja librería; tan solo me topé con él y la solapa me evocó una lectura reciente de Rafael Sánchez Ferlosio que recuperé de una casa familiar. Ante esta evocación, ante ese lomo grisáceo castigado por los años –pero virgen e inmaculado todavía–, no pude dejar de resistirme a ver quién era el autor. Para mi sorpresa fue Sender, del que ya había leído Réquiem por un campesino español –también adquirida de una forma poco ortodoxa: en la manta de un mercadillo delante de mi facultad por uno o dos euros–; y el hecho de desconocer esta obra que ahora tenía entre mis manos me llevó a comprarla cerciorándome de que la temática podía interesarme. Era un acto de redención: estaba rescatando una obra de una vieja editorial ya descatalogada e iba a unirse a mi propia biblioteca; no tenía otra opción; no podía permitir que permaneciese eternamente escondida, sepultada entre baratijas literarias.

Al leer en los días siguientes esta desconocida obra, pude darme cuenta de lo poco relevante que había sido en la red; únicamente encontré una referencia de la reseña que había dedicado Carmen Laforet en ABC. La autora de Nada apostillaba con tino: “hay mucha vida condensada en estos trazos argumentales tan amenos y hábiles, en este juego casi guiñolesco de la acción, entre este ágil, inteligentísimo humor y no siempre negro, pero, a veces, de sátira esperpéntica”. Y continuaba después: “El drama del hombre que encuentra la sabiduría de su propia felicidad de vivir al borde de la muerte”. Es una obra que habla de vida, de felicidad y, sobre todo, de libertad: de esa libertad experimentada ante cualquier situación vital y acompañada siempre de dicha. La acción es atemporal y bien podría situarse en una gran cantidad de tiempos y lugares aunque, inevitablemente –y sobre todo para quienes hemos leído Réquiem–, nos transporta hacia la España de aquel dictador cuya muerte se conmemorará este año, en su cuarenta aniversario.

Ya no es Paco, el ejecutado, sino Joaquín que, habiendo cometido un delito nunca conocido en la novela, habrá de huir y esconderse para evitar su ejecución. Al finalizar la novela queda claro que su único delito es ser libre y remar a contracorriente en  una sociedad intolerante y represiva. Asistimos a una clara evolución del personaje: de un ser abúlico pero feliz, que raya lo bartlebliano, hasta un redescubridor de la vida. La insatisfacción amorosa que encuentra en sus tres antiguas novias simbolizadas magistralmente en las tres muñecas del campanario se redime con el encuentro con su mendiga. Es ese encuentro el que hace transformar su noción de libertad: de creer “conveniente declarar que soy feliz con la sentencia” (de muerte), a suplicar “al juez con lágrimas en los ojos que pidiera para mí el indulto”.

El personaje no deja de recordarme al desventurado Sísifo que había de sufrir el peso de la desvergonzada piedra obligándole a retroceder. Aunque lo cierto es que no al mítico Sísifo, sino al Sísifo rejuvenecido y actualizado por Camus, aquel que, contemplando el fatal destino al que había sido condenado, podía encontrar un atisbo de felicidad, podía “imaginarse a Sísifo feliz”. A tal punto llega Joaquín que afirma lo siguiente, siendo ya presa del sistema totalitario y represivo: “Me considero dueño de mis actos y de mis pensamientos, y más sereno y razonable que nunca en mi vida. (…) El resultado de este proceso es el que yo esperaba y deseaba desde lo más íntimo de mi alma. (…) demostrarles mi gratitud. Con ese fin propongo distribuir mis bienes personales al hacer el testamento, si su señoría me lo permite, entre los tres funcionarios de la justicia aquí presentes. Gracias, señores, he dicho”. Su respuesta es un grito de rebeldía, es una huida lejos del convencionalismo que sacude a los funcionarios de la justicia; y tal gesto de desobediencia supone que su condena sea postergada una y otra vez porque la ejecución carece de sentido en una persona que no valora la vida o la muerte. Pero se equivocan: sí la valora aunque de otro modo: “Continuaba al margen del juego de las normas elementales secretas de la vida. Y a mi alrededor todos seguían, también, confusos”.

Bartleby-the-ScrivenerHa sido una grata sorpresa que me encontré en aquella librería a la que iba por primera vez, y una lectura que ha dado frescura a la noción de libertad y de felicidad. Es también una síntesis del siglo XX: de lo orwelliano y de lo kafiano, de Camus; y, por supuesto, de nuestro escribiente Bartleby que prefirió no hacerlo…

“Vino él solo y me hizo varias preguntas encaminadas todas a saber si yo amaba la vida y tenía miedo a morir, sobre todo a morir ejecutado. Mi amada esperaba en su cuarto”. Y a mi mente vienen los suspiros: ¡Oh, Bartleby!, ¡Oh, humanidad!

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