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Archive for the ‘Arte’ Category

Tristes premoniciones ante lo que ha de acontecer, Los Desastres de la Guerra. Goya.La agonía palpable y las quimeras que sobrevuelan: nos rodean y nos revolotean macabramente anunciando lo que va a suceder. Son las tristes premoniciones goyescas del artista comprometido que siente el peligro venir por las fronteras, ese mismo peligro que lo llevará al exilio y que inaugurará una larga travesía en la historia de su patria: la de los toros, la de la aristocracia refinada con sus quitasoles y sus praderas, la patria que le había acogido como retratista real; en fin, la misma que soportaría premoniciones, fusilamientos y miseria. Este precioso grabado no deja de recordarme a su Cristo en el huerto de los olivos dando vida a una escena que presagia la tortura y la muerte. Son dos actitudes de entrega desesperada, de búsqueda de un salvador que no llega, en forma de dios o de quién sabe qué; es la soledad hecha arte: la de aquellos que huyen despavoridos ante el invasor francés, o la de ese Cristo que contempla en la agonía de Getsemaní cómo sus discípulos lo abandonan y caen ante el sueño en la soledad de la oración. Cuando todos se van, cuando el nerviosismo tristísimo se apodera de la escena, y cuando caer de rodillas e implorar es la única solución, la vida parece hacerse arte y música hace sonar ciertas melodías: “no tengo de qué inquietarme…”. Y luego, suspiras.

Cristo en el Huerto de los Olivos, Goya.

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“Esta es la entera historia de mi juventud. Cuando pienso en ella, me parece que fue tan breve como una noche de verano. Un poco de música, un poco de espíritu, un poco de amor y un poco de vanidad. Pero todo hermoso, rico y lleno de colorido, como una fiesta eleusina…”.
Así me interpela Peter, Peter Camezind. ¡Qué nombre tan resonante, con tanta solidez! Y, sin embargo, qué frágil y desdichado nos parece este joven cuando continúa su perorata: “y se apagó, rápida y mezquina, como una llama al viento”. Es alguien desolado por la muerte, que ha logrado apagar la noche de verano de su vida; una persona que, inmersa en su periplo de búsqueda interior y trascendencia en el mundo, cae de bruces ante una realidad amenazadora.
Es un camino tantas veces recorrido y, no obstante, sin remedio; ya nos lo enseñaron otros compañeros de su pluma: Harry Haller, Siddhartha, Demian o Hans Giebenrath pero, ¿qué más da?, ¿qué importa? El mediterráneo pintado por el artista del realismo y el mar de nubes del romántico se nos antojan tan inexplorados y tan peligrosos –al tiempo que seductores– como el sexo que años más tarde osó plasmar en la tela el primero. No hay ningún remedio: desde las montañas de la infancia, desde los valles de la seguridad y desde la maternidad acogedora habrá que transitar hacia el yo y hacia la satisfacción; en ese camino siempre aparecerá la muerte, el desdichado amor, los íntimos compañeros que se tornan indiferentes para, más tarde, pasar al olvido; las que vuelan a lomos de aeroplanos entre nubes, las que habitan en tierras lejanas y ansías acariciar. Y siempre, en este camino, surgirá la ilusión de la novedad, de la profundidad del sentimiento instantáneo y momentáneo que trata de eclipsar lo pasado y lo futuro, lo imaginado y lo real; así será, seres humanos seremos errando al advertir lo valioso, al discernir lo detestable y lo prescindible de lo que, en realidad, nos llena. Siempre diremos “aquel amor primero no tuvo nunca fin; siguió alentando (…) durante todos los años de mi juventud”; y una y otra vez nos reprocharemos a nosotros mismos: “idiota, olvídate, aún no has aprendido cómo se llaman los lagos, las montañas o los arroyos de tu tierra natal”.
Caspar_David_Friedrich_-_Wanderer_above_the_sea_of_fog

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Matthias Grünewald (1470-1525) nos deslumbra con estas dos curiosas pinturas. ¿Cómo contemplarlas? No es difícil hacer una lectura clara de ellas ya que tienen un alto contenido simbólico. Son un ejemplo más de obras pictóricas rebeldes que no se ajustan a los modelos estéticos propios del momento. Fechadas entre 1513-1515, La crucifixión y La resurrección, no podrían ser calificadas entre eso que normalmente llamamos “Renacimiento” ni comparadas con obras renacentistas coetáneas.

La crucifixión que contemplamos nos produce claro pavor e incluso puede llegar a repugnarnos. Sin embargo, hay que saber valorarla per se. Grünewald demostró que la genialidad no venía siempre con la originalidad en los temas o con la imitación de las convenciones estéticas. ¿Retardatario? Pues vale. El espanto que nos puede llegar a producir esta muerte despierta en nosotros sentimientos más verdaderos que la compostura que guardan otras. Como afirmaba Gombrich, Grünewald “nada ahorró para expresar los horrores de la cruel agonía”. El mensaje teológico de la muerte de Cristo resulta ser algo más inteligible al contemplar esta tabla central del retablo.

Por el contrario, si atendemos a la escena de la resurrección, ya no vemos ese sufrimiento agónico ni esa escena macabra repleta de sangre; lo que vemos es el triunfo sobre la muerte, la esperanza, ¿la alegría?. Es Cristo majestuoso que se alza victorioso frente a aquellos deicidas inconscientes. Sin embargo, las llagas siguen presentes: la cruz; eso que arrastramos cada uno de nosotros en cada momento de nuestra vida y que nos recuerda nuestras propias limitaciones, dificultades, temores y miedos.

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