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Archive for the ‘Woody Allen’ Category

Otra mujer, 1988. Woody Allen

Los sentimientos humanos son tan complejos que, en muchas ocasiones, resulta tremendamente analizarlos desde una perspectiva objetiva. De ello trata Otra mujer, la última película de Woody Allen que he tenido ocasión de disfrutar. Los ingredientes de esta obra no varían mucho de los usados por este director: personas de las clases altas de la sociedad, matrimonios desgajados, adulterios, la psiquiatría, etc. Son elementos que Woody Allen sabe combinar magistralmente y sacar el máximo provecho una y otra vez.

En esta ocasión, el director construyó una historia fría e hiriente, al contrario de lo que estaba acostumbrado a hacer. Sin embargo, supo tejer un relato que llega al espectador y le hace partícipe de él. Otra mujer es una reflexión sobre la vida y sobre la edad adulta. Es la imagen del transcurso de los años, de los anhelos incumplidos y de las ambiciones. Recordando a Ingmar Bergman en Fresas salvajes, Woody Allen reconstruye la historia de una prestigiosa profesora de filosofía que, al llegar a la cincuentena, experimenta un alto en su vida. La historia con que se nos deleita es un fragmento de su existencia, el fragmento más angustioso de la vida de esa profesora. La película es un proceso a través del cual la profesora llega a conocerse a sí misma de verdad y a través del cual rompe con las barreras que se había autoimpuesto debido a una rígida educación. Varios amores del pasado, una amiga perdida y una paciente del psiquiatra vecino le brindan la oportunidad de experimentar ese cambio. El personaje se ve necesitado de estos elementos para llegar a comprender lo vacío de su existencia, de su matrimonio y de su ambiciosa carrera académica. La imagen de la escucha a través de la pared de su piso nos muestra cómo necesita oír y ver más allá de los muros de su vida para lograr reconstruirla y emprender un camino nuevo. El paralelismo entre la profesora, aparentemente tan satisfecha de su vida personal, y la paciente interpretada por Mia Farrow es brutal. La paciente, dentro de su depresión, es capaz de analizar lúcidamente los tristes pasos de alguien ajeno.

La reflexión final se nos ofrece con el cambio de rumbo del personaje y con un momento, concreto y único, en el que se vislumbra la calma y la paz interior. La obra nos deja un momento aturdidos divagando acerca del recuerdo y de su naturaleza, de los momentos felices del pasado y de si éstos forman parte sólida de la vida o son un vago recuerdo inútil.

Sabía que ella era capaz de una pasión intensa… si algún día quería permitirse sentir. Y me pregunté si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido. Por primera vez en mucho tiempo me sentí en paz.

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Hannah y sus hermanas (1986) es una de las películas más celebradas de Woody Allen, entre otros motivos, porque cosechó tres Óscar. El director neoyorkino vuelve a tirar mano de lo que mejor se le da: las relaciones humanas. Sus guiones no son un secreto y no se basan en complejas ideas de ciencia ficción, sino en la vida más real. Recurre a las vidas humanas y todo lo que las envuelve para construir una historia donde, poco a poco, va ofreciéndonos mucho más que simples amoríos. Esto no quita que desde nuestra visión puede parecer algo artificial ya que el conjunto social que retrata este director suele estar formado por personas pertenecientes a un círculo intelectual superior al que no todos tienen acceso. No faltan otros personajes que se alejan de este círculo y, por su alejamiento, aparecen perfectamente diferenciados y definidos. Esta forma de alcanzar la inspiración en el arte a través del material propiamente humano es bastante recurrente en la filmografía de Allen, tan llena de personajes artistas, escritores, directores de cine, etc. Sólo basta recordar Desmontando a Harry (1997) cuyo personaje principal, interpretado por el propio director, era acusado de utilizar las vidas de las personas para convertirlas en oro literario. También nos viene a la mente Apuntes al natural (Martín Scorsese, 1989), incluida en Historias de Nueva York, tan entrañable con aquel tema de Procol Harum, A Whiter Shade of Pale.

La historia que se nos cuenta en Hannah y sus hermanas se encuadra a través de un mismo momento en años distintos: la cena de acción de gracias donde se reúne la familia y se conversa con cariño con los ancianos anfitriones. Esta escena tan familiar nos recuerda a la estampa que dibujó James Joyce en “Los muertos” (Dublineses, 1914). Joyce retrató una cena de Navidad donde la artificialidad de una familia de clase media-alta se ve amenazada por la fragilidad y volatilidad de los sentimientos humanos de Gabriel y su mujer. Recuerdo con cariño esta novela corta y también su adaptación al cine por John Huston. Así pues, en la obra de Woody Allen ocurre algo parecido. Allen nos vuelve a mostrar el torrente de sentimientos y de situaciones comprometidas que puede haber entre cinco personas. Lo cierto es que después de todo, la cena final muestra la estabilidad de un momento y la alegría que siente una pareja al conocer que van a ser padres. Pero lo importante no es tanto el final, sino todo el desarrollo, los diálogos plagados de todos esos temas que disfruta Woody Allen llevando a la gran pantalla, las reflexiones acerca del sentido de la vida y la conclusión de la falta de éste, la incursión del cine, la literatura y la música expresando los gustos personales del director, etc. Todos estos elementos son los que le dan un toque distinto a la obra cinematográfica y los que la convierten en una obra acerca de un segmento social muy determinado. No nos engañemos, no todo el mundo va a la ópera, escucha a Bach y conversa acerca del sinsentido de la sociedad contemporánea.

Si atendemos estrictamente a la historia que se desarrolla no dejamos de maravillarnos y entretenernos con unos personajes perfectamente definidos. Una pareja de ancianos con un pasado esplendoroso pero lleno de infidelidades, una hija talentosa que se complace con ayudar a los demás pero incapaz de que la ayuden debido a su ego, la hermana descarriada y ex cocainómana que no acierta a encauzar su vida, y la hermana apasionada que abandona una relación intelectual con un pintor mayor que ella para flirtear con el marido de su hermana, antes de acabar casada con un profesor de literatura. Todo ello junto al personaje que no sabe o no cree saber amar, y el personaje neurótico y obsesionado con el sentido de la vida que termina encontrando en el amor la única vía de escape. Juntando todos estos prototipos humanos bien definidos por unos actores magníficos, el resultado es una historia muy digna de contemplar, otra película para el recuerdo de este genial director.

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Si la cosa funciona es otra comedia romántica que nos regala Woody Allen y que supera las expectativas. En realidad, es una comedia que ya hemos visto y unos personajes que estamos acostumbrados a ver en sus obras, pero esta fórmula sigue funcionando. Boris Yellnikoff (Larry David) encarna al típico personaje de Allen, neurótico, pedante, cascarrabias, enfadado con el mundo y nihilista. No podemos dejar de imaginarnos este personaje interpretado por el mismo director porque parece estar hecho a su medida, teniendo en cuenta otras películas suyas. A pesar de ello, Larry David consigue hacer un buen papel y le da un toque bastante original. Es una comedia llena de diálogos inteligentes y bastantes divertidos, un rasgo presente en casi todas las obras de Woody Allen. Un personaje misántropo e infeliz que se enamora de una chica que considera intelectualmente inferior es la columna vertebral de la película. Esta relación es simplemente pasajera, mientras la cosa funcione, ya que la existencia para Boris carece totalmente de sentido. La línea entre los personajes queda muy bien definida entre el genio Boris y los cretinos, el resto de los seres humanos. Por el medio de esta drástica división hay otros personajes que van alimentando las tumultuosas relaciones amorosas de que se compone la película. Junto a toda la trama argumental amorosa se van intercalando los diálogos, al más puro estilo de Woody Allen. Da igual de qué vaya la película: Woody Allen siempre encuentra el lugar exacto para criticar lo criticable, ya sea la cultura americana, la religión, el ser humano del siglo XXI, la discriminación, etc. Vemos que este director todavía tiene fuerzas para estos proyectos. En este caso el guión lo tenía escrito desde hacía tiempo y lo ha recuperado. Pronto veremos su nueva película, Conocerás al hombre de tus sueños.

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