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Archive for the ‘Historia de España’ Category

Enlazo aquí el artículo que he escrito en Xarxa Tic sobre los libros de texto y su uso en las aulas.

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Es habitual escuchar a los historiadores afirmar que hacer historia del presente es realmente difícil, dado que no se tiene la perspectiva suficiente como para aplicar el método de investigación propio de la disciplina, alejarse del objeto de estudio y analizar con rigor el pasado, sin pasiones y vehemencias que podrían desvirtuar la pretendida imparcialidad. Gaizka Fernández Soldevilla, en su obra La voluntad del Gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, de 2016, traza con agudeza la cronología de los hechos que han configurado el terrorismo de ETA. La obra parte del hecho del “cese definitivo” de la actividad armada por parte de la banda terrorista el 20 de octubre de 2011 y esboza, en un marco cronológico que comienza en la configuración del nacionalismo aranista, la génesis y la transformación del nacionalismo vasco radical que optó por la violencia.

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La obra de Aramburu, Patria, supone el acercamiento sociológico al ambiente actual y reciente de la presencia que tiene la izquierda abertzale en Euskadi. La obra de Gaizka Fernández nos sirve para bucear en un conjunto de formaciones políticas que llegan hasta la actualidad, y que tienen su explicación a largo plazo en la inicial construcción del nacionalismo de Sabino Arana en el Partido Nacionalista Vasco. Sirva esta breve reseña para apuntar algunas de las conclusiones a las que se puede llegar tras la lectura de esta obra:

1. El nacionalismo, en general, y la opción terrorista y radical que personificó ETA, en particular, parten de una interpretación triádica del tiempo histórico, como ha analizado Antohny Smith. Los nacionalismos observan con anhelo un pasado glorioso, una Edad de Oro de un pueblo (sea el vasco, el catalán o el español) que ha sido sumergido en un proceso de decadencia por una serie de motivos, habitualmente externos, por lo que es necesario optar por una vía que permita recuperar el futuro utópico, que no existe. Esta receta fue aplicada por Arana: los Estados vascos fueron independientes antes de 1839 con Vergara, a finales del siglo XIX eran provincias de España, lo cual llevó a la decadencia, por lo que habría que buscar un futuro independiente y católico, así como puro en términos étnicos. Esta construcción nacionalista, basada en un conjunto de falsedades históricas, sirvió como receta para explicar una narrativa concreta por parte de ETA, edulcorada con otros elementos ideológicos que desarrolla ampliamente el autor. La estructura triádica de interpretación podría aplicarse a otros nacionalismos, como el catalán: pasado previo antes de la abolición de los fueros por Felipe V, presente decadente por formar parte del Estado español (retroceso de la lengua catalana, dependencia económica), futuro utópico que construir. O por el español en época franquista: pasado glorioso con Carlos V (visión imperial de España), presente (1939) decadente por un siglo de liberalismo y la degeneración de la República (la “anti-España”) y un futuro glorioso de la mano de la Iglesia Católica y el nacionalismo.

2.Los “gudaris”, combatientes durante la guerra civil español adscritos al PNV, ANV, Acción Nacionalista Vasca, entre otras fuerzas, fueron un magnífico recurso para el nacionalismo posterior para identificar a unos héroes y mártires que sirvieran para justificar las acciones de sus formaciones. ETA se sirvió de estos héroes para trazar un vínculo histórico con el nacionalismo anterior y para apropiarse la nomenclatura para sus componentes. La guerra civil fue reinterpretada por este nacionalismo como una lucha de los vascos contra España, renunciando a un mínimo rigor histórico y escondiendo lo que no interesaba para la narrativa mítica, por lo que, de este modo, ETA alimentó la idea del secular conflicto entre vascos y españoles como motor de la historia. Esta supuesta opresión secular era el dogma que pronto debían digerir los integrantes de la banda para estar dispuestos a cometer todo tipo de acciones en su nombre.

3.La manipulación histórica del relato es una herramienta básica del nacionalismo radical. En el caso del discurso ideológico del nacionalismo vasco radical se magnificó la represión franquista para dotar de veracidad al conflicto eterno entre vascos y españoles y presentar, así, al pueblo vasco como colonizado y reprimido. En realidad, como bien se ha estudiado por muchos autores, la represión franquista tuvo sus cotas más altas en Andalucía y Extremadura, no en el País Vasco. En el plano de la represión cultural, si bien el euskera fue desterrado de la vida pública y de la educación y experimentó un retroceso progresivo, nunca fue prohibido oficialmente. A todos estos elementos de un supuesto odio secular de los españoles hacia los vascos, obviando las fuerzas vascas que lucharon junto a Franco, se une la inmigración hacia el País Vasco desde otros lugares del Estado en los años sesenta: los conocidos históricamente como maketos o simplemente cacereños, coreanos o españoles que suponían, según la visión de este nacionalismo, una pérdida de la genuinidad cultural vasca. Eran concebidos como una “Quinta Columna” dentro de la patria colonizada.

4.El proyecto ideológico de ETA, como el de toda banda terrorista, supone una mezcolanza de diferentes elementos y de tradiciones completamente distintas. El racismo apellidista y el catolicismo de Sabino Arana fueron sustituidos por la lengua vasca y por el marxismo-leninismo, al que se añadió la versión maoísta y castro-guevarista con teóricos como Federico Krutzwig y José Antonio Exebarrieta. Estos elementos diferenciaban y enemistaban al PNV y a ETA. La influencia de los movimientos anticolonialistas, como el Frente de Liberación Nacional de Argelia, la teoría de la guerra de guerrillas, o el ejemplo cubano fueron elementos que dieron sentido al discurso de guerra antiimperialista que se pretendía llevar a cabo por parte de ETA. La ecuación era clara: al igual que una colonia que buscaba la independencia respecto a la metrópolis europea, el País Vasco debía separarse de España. Euskadi era la Cuba de Europa, la Argelia de África. Para lograr el apoyo popular que hiciera viable la estrategia violenta contra el Franquismo, se puso en marcha la táctica de la acción-reacción: los atentados de ETA conseguirían una feroz represión por parte del Franquismo hacia los vascos, por lo que estos podrían ver con buenos ojos las acciones terroristas. El clima de aceptación popular que tuvo la banda durante la Transición, integrada dentro de la oposición desde una lectura generalista, se consiguió entre otros motivos por esta estrategia.

5.La tesis principal del autor es la de la voluntad: los terroristas no comenzaron a matar porque heredaran una serie de ideas históricas acerca de la subyugación española hacia los vascos. Los terroristas empezaron a matar porque así lo quisieron, porque optaron por esta vía para hacer realidad su proyecto político. Ni todos los nacionalismos optaron por la violencia, ni toda la oposición al Franquismo siguió esta dirección. El 2 de junio de 1968 en Ondárroa (Vizcaya) se tomó la decisión de preparar el asesinato de José María Junquera y de Melitón Manzanas, agentes policiales. Fue Txabi Etxebarrieta el joven líder de ETA el designado como encargado de ejecutar esta acción. No obstante, el primer asesinato no fue este: el 7 de junio de 1968 en un control policial a Etxebarrieta y su compañero Iñadi Sarasketa, que viajaban en un vehículo robado, un guardia civil, José Antonio Pardines, fue ejecutado mientras inspeccionaba el automóvil sospechoso. Etxebarrieta murió en la fuga, abatido por la policía, hecho que sirvió a la banda para conseguir un mártir del siglo XX y manipular el relato histórico en su beneficio. El 2 de agosto de 1968 fue asesinado Melitón Manzanas por su fama de torturador, hecho bien recibido por la oposición antifranquista y punto inicial a una historia que todos conocemos.

Los 52 años de historia de ETA y las 845 víctimas mortales son la conclusión de este ilustrador estudio. Son muchos más los temas que se abordan, fruto de la investigación del autor, como el papel del PNV como versión diferente del nacionalismo, la existencia otras organizaciones como EGI, la infiltración de agentes en ETA, la relación del terrorismo etarra con otros nacionalismos radicales de tipo violento como el de UPG o Terra Lliure, el papel de Herri Batasuna y las formaciones políticas controladas por ETA, o la izquierda heterodoxa como Acción Nacionalista Vasca, alejada en sus inicios de la deriva violenta.

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Quan la recerca semblava no oferir cap troballa que tingués un poc de valor per a passar les hores d’aquesta festivitat, m’he trobat amb una pel·lícula curiosa, digna de veure, diferent. Em referisc a El Bosc, d’Óscar Aibar, a la que cal donar-li una oportunitat. Podria parèixer que una pel·lícula més de la guerra civil espanyola, un tema massa tractat des de punts de vista diferents, però aconsegueix oferir una fugida del relat clàssic, tot acompanyant l’obra amb una estètica que ens transporta a l’interior d’Aragó. Els temes recurrents de la guerra s’hi poden veure: la personificació del mal en els anarquistes, la suposada revolució que es pretén implantar, la incoherència militar de la guerra, l’acció de les Brigades Internacionals –on podrien haver situat a un desconcertat George Orwell davant la inacció i el poc sentit de la contesa–, els enfrontaments entre anarquistes i comunistes, i la fam. A tot això s’afegeix la fantasia per a donar eixida a un personatge acusat d’explotador, favor que retornarà després en una escena prou colpidora, donant un aire d’inversemblança que no deixa d’agradar. L’inici de la dura postguerra queda dulcificat. Atrevir-se a capgirar el cinema de la guerra civil espanyola és d’agrair.

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Tristes premoniciones ante lo que ha de acontecer, Los Desastres de la Guerra. Goya.La agonía palpable y las quimeras que sobrevuelan: nos rodean y nos revolotean macabramente anunciando lo que va a suceder. Son las tristes premoniciones goyescas del artista comprometido que siente el peligro venir por las fronteras, ese mismo peligro que lo llevará al exilio y que inaugurará una larga travesía en la historia de su patria: la de los toros, la de la aristocracia refinada con sus quitasoles y sus praderas, la patria que le había acogido como retratista real; en fin, la misma que soportaría premoniciones, fusilamientos y miseria. Este precioso grabado no deja de recordarme a su Cristo en el huerto de los olivos dando vida a una escena que presagia la tortura y la muerte. Son dos actitudes de entrega desesperada, de búsqueda de un salvador que no llega, en forma de dios o de quién sabe qué; es la soledad hecha arte: la de aquellos que huyen despavoridos ante el invasor francés, o la de ese Cristo que contempla en la agonía de Getsemaní cómo sus discípulos lo abandonan y caen ante el sueño en la soledad de la oración. Cuando todos se van, cuando el nerviosismo tristísimo se apodera de la escena, y cuando caer de rodillas e implorar es la única solución, la vida parece hacerse arte y música hace sonar ciertas melodías: “no tengo de qué inquietarme…”. Y luego, suspiras.

Cristo en el Huerto de los Olivos, Goya.

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Ana María Matute ha fallecido. Y este hecho natural me remite a una época pretérita: a mis dieciséis años; a aquel tiempo en que era un joven que comenzaba a estudiar el bachillerato, momento en que leí a esta autora. Tan sólo leí una colección de cuentos y Aranmanoth (2000); no he leído más allá ni he leído sus obras más conocidas; el juicio de nuestra profesora convino en mostrarnos el placer literario que suscita esta autora con creaciones cortas, condensadas y muy sentidas. Y hoy recuerdo bien a Ana María Matute, que vino a nuestro instituto a conversar con nosotros; la recuerdo como una viejecita amable, sufridora, que había vivido los horrores de la posguerra plasmando su visión del mundo en una multitud de cuentos realistas donde la mayoría de personajes eran niños. Afirmaba la autora lo siguiente en un prólogo a su obra:

 “Resulta obvio insistir en el hecho de que toda mi generación creció marcada por la guerra española del 36. Pero, más aún que la misma guerra –cuya brusca intromisión en el orden de nuestra vida infantil nos convirtió, de la noche a la mañana, en eso que me permití definir como generación de “los niños asombrados” –, lo que verdaderamente condicionó nuestra vida de incipientes escritores fue la posguerra. Una posguerra tan larga como no creo que otro país, en nuestros días, haya padecido jamás”.

Recuerdo también a aquella profesora de literatura que se empeñaba en mostrarnos la magia de este arte, que trataba de contagiarnos el placer por la lectura de pequeñas obras como Doña Berta de Clarín –cuya emoción tardé años en sentir–, sintiendo, al mismo tiempo, pesadumbre por la falta de interés del alumnado. Hoy rebusco su figura en mi memoria, la figura de la profesora emocionada con lo que transmite y con lo que vive; y pienso: ¡cuánta falta hacen personas como ella! Pero, en fin, ese no es el tema de hoy.

Hoy recuerdo los cuentos de Ana María Matute, tan cargados de muerte, de realismo duro y trasparente, de odio y de instintos, de magia y de olor a infancia. “El niño que no sabía jugar”, “El niño al que se le murió el amigo” o “El año que no llegó” son algunos de estos cuentos que transmiten dureza sin paliativos, esas historias que nos asombraron y que nos hicieron preguntarle a la autora por qué escribía eso; las mismas que aún hoy recuerdo y que pertenecen a mi memoria. De esa charla también evoco mi breve conversación con Matute al firmarme un libro:

 “–¿Cómo te llamas?

–Néstor.

–¡Qué bonito nombre!, ¿sabes que es de un héroe
griego?

–Sí, sí.”

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Hoy se va una autora más, otro testimonio de una época de la que siempre nos quedará lo escrito: su legado personal y su regalo al mundo; su crítica sosegada pero dura; su amor por la vida hecho palabra.

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MundoMe siento y leo. Pasan los minutos, sigo leyendo; limpio cuidadosamente mis gafas mientras trato de evitar la luz solar que cansa mi vista y me impide leer. Me tumbo para descansar mi mente. Vuelvo a leer; esta vez en la cama buscando una comodidad que no aparece. Y así una y otra vez, mientras el calor enrarece el ambiente. En realidad, me identifico con el personaje, con el que converso, intercambio sensaciones, idas y venidas. Es Sacha Savarof, cuya vida aparece narrada en El mundo en ansí, novela de Pío Baroja de 1912, de su serie de Las ciudades. Una novela breve, rápida y escrita de forma ágil, al estilo del autor: con párrafos breves y concisos que te hacen saltar de uno a otro asistiendo a descripciones sencillas y claras, necesarias y poco ampulosas –a excepción quizá de las dedicadas a las ciudades, donde el autor se entretiene más–.
A lo largo de estas páginas acompaño a Sacha, una muchacha rusa hija de un aristócrata terrateniente que ve con miedo y desprecio cómo su hija queda prendada de los intentos revolucionarios de 1905; de nuevas ideas que chocan con el mundo que él conoce; de pretensiones –la de estudiar medicina– que no le corresponden a ella como mujer. Sin embargo, el carácter aventurero y extremadamente idealista de Sacha le lleva a romper con su modo de vida para buscar su realización personal en el exterior. Por ello, irá a estudiar a Ginebra donde conoce a bastantes compañeros de ideales rupturistas y, especialmente, a Vera, su contrapunto como personaje femenino en la novela. Pronto, Sacha comenzará a conocer otro tipo de experiencias vitales, alejadas de los conatos transformadores de su patria rusa, y empezará a sentir los sinsabores de la vida. Su primer chico, que acabará siendo su marido, le suscita estas reflexiones:

“Hay indudablemente para la juventud en el horizonte de la vida algo luminoso como una vía Láctea: el amor, la ilusión, la promesa de la felicidad. Al pasar los años, esa misma vía Láctea pierde su brillo y su esplendor y nos parece un camino que no lleva a ninguna parte, una agrupación de necesidades incoherentes que se desarrollan en el vacío sin objeto y sin fin”.

Pero ese idealismo inicial se irá desvaneciendo, dando muestra del pesimismo que inunda la obra barojiana, y caracterizando cada paso que da Sacha fuera de hogar paterno:

“La luna de miel no fue tan extraordinaria como esperaba Sacha. La literatura ha hecho creer a los hombres y a las mujeres que en determinadas circunstancias se desarrollan en ellos fuerzas espirituales que les llevan a las alturas en una felicidad inefable. La palabrería literaria ha dado aire a esta idea, y para justificarla se ha inventado la psicología femenina. Efectivamente; nada mejor para explicar una cosa problemática que inventar otra tan problemática y darla como indiscutible. (…) Sacha, que tenía la mentalidad formada por la literatura, dudaba de su amor. Sacha no quedó complemente ilusionada con la luna de miel; el amor de Ernesto no despertaba en ella las energías extraordinarias que esperaba; quizá Klein no era el hombre para ella, quizá tenía razón Leskoff…”.

-1F007Q21.jpg de Producción ABC-

Esta obra de Baroja nos deja, además, pasajes muy interesantes: descripciones de ciudades (Florencia, Ginebra, Moscú) y del sentir de los habitantes, caracterizaciones de los pueblos de España, la preocupación por las explicaciones en términos raciales del devenir social, y opiniones diversas sobre la función social del arte. Pero es Sacha la que nos va marcando cada uno de los momentos y cada uno de los personajes, que transitan la novela en torno a ella. Los dos maridos de Sacha, Klein y Velasco, son el magnífico ejemplo de la crisis y del fracaso de su proyecto vital: el desencanto que puebla la novela en una estructura circular, que parte de Rusia para volver a ella, viendo cómo había cambiado todo y cómo los ideales que había defendido en su juventud se habían perdido. Ni siquiera su hija tiene mayor protagonismo en la novela que el de servir para la queja constante de Sacha por los descuidos de su marido; así, su segunda niñera, Graciosa, es símbolo de lo que carece el matrimonio fallido. Por otra parte, Vera es la amiga de la juventud y de los estudios de medicina –que nos remiten al propio Baroja–, y es su personaje contrapuesto: una persona con mentalidad burguesa que, al igual que las mujeres españolas que aparecen descritas, busca únicamente un marido con una gran hacienda y que le proporcione una vida tranquila. Sacha odia todo esto y lo repelará; no obstante, caerá en ello y será presa hasta que su vida sufra la fractura del descontento continuo de su matrimonio:

“Juan ha salido y tarda. Envío a Graciosa a acostarse, y me quedo sola. Una serie de pensamientos tristes me angustian y sobrecogen. Temo en mi vida haberme equivocado otra vez. No he tenido fuerza para luchar con el que se imponía. He sido vencida por él, por Juan, y ahora comienza a mirarme como la presa fácil que no se estima. El mundo es ansí”.

Arcelu es el último hombre en su vida novelada, el hombre que aparece descrito como feo, desgarbado y poco cuidado; que reniega de todo y sufre una suerte de nihilismo absoluto ante el mundo, despreciando a España y despreciando cada una de las mentiras que escribe sobre las bondades del arte en su trabajo como corresponsal. A pesar de ello, es quien acompaña a Sacha en su estancia en Andalucía, quien lía cigarrillos junto a ella mientras habla de asuntos de poca importancia; es aquel que llena las horas vacías que su marido le obliga a sufrir. Y también es quien demuestra lo trágico de la novela, el “que le quería humildemente, desinteresadamente” y que había tratado con “indiferencia y con desdén”. A esta tragedia se añaden otras: Sacha rompe el matrimonio con Velasco por una infidelidad que venía a colmar la desatención y la degradación de todo su romance; vuelve a Rusia donde se encuentra los despojos de unos ideales revolucionarios que todavía no habían triunfado; y más tarde, regresa a Ginebra y se encuentra con un nuevo fracaso: el de su amiga Vera, a quien había tratado con inferioridad por su supuesta falta de principios, y que vive ahora feliz con su marido (quien había cortejado en su día a Sacha). Es una novela de fracaso vital, de decadencia personal que sirve para conocer en otra perspectiva la crisis finisecular de España, de la que Baroja es valedor. Y todo ello se puede resumir en las siguientes palabras que dan título a la novela y que centralizan el pensamiento de Sacha durante gran parte de su vida:

“El mundo es ansí. Es verdad. Todo es dureza, todo crueldad, todo egoísmo. ¡En la vida de la persona menos cruel, cuánta injusticia, cuánta ingratitud!… El mundo es ansí. (…) La vida es esto; crueldad, ingratitud, inconsciencia, desdén de la fuerza por la debilidad, y así son los hombres y las mujeres, y así somos todos. Sí; todo es violencia, todo es crueldad en la vida. ¿Y qué hacer? No se puede abstenerse de vivir, no se puede parar, hay que seguir marchando hasta el final”.

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Proclamación_de_la_II_República

La política vuelve a ser el tema de conversación usual en las calles y en las familias; y es deseable que así sea después de tanto tiempo de adormecimiento. Tras la abdicación del rey Juan Carlos I se han producido de nuevo debates y agitaciones políticas de todo tipo; todo ello sin haber superado aún la resaca poselectoral de las elecciones europeas. ¿Será una maniobra para ahuyentar la politización y para restar importancia a las formaciones minoritarias que crecieron la semana pasada? ¿Una estratagema de lavado de cara para la muy denostada monarquía en estos últimos años? Posiblemente sea todo ello al mismo tiempo, pero la decisión del monarca nos invita a pensar y reflexionar mucho.

La república –o el derecho a elegir el jefe de Estado como eufemísticamente dicen algunos partidos– se hace de nuevo presente en las conversaciones y, con ella, todos los peligros en cuanto a la estrategia política que debe seguirse. Es necesario defender el sistema republicano con sensatez, sosiego y serenidad; pero al mismo tiempo con debate azuzador contra aquellos que pretenden cerrar filas ante la monarquía (el bipartidismo). Considero urgente que la defensa de la república se haga desde sus grandes virtudes como sistema político en el que se ponga el acento en lo público, en lo que es de todos y no tanto en los colores de una bandera (que es, por otra parte, una cuestión menor). Que se opte por una forma de organizarnos que apueste por la democratización de todas y cada una de las instituciones y que se vuelque en la participación de la ciudadanía, con sistemas asamblearios y consultas frecuentes. Como decía Julián Casanova un tiempo atrás, “esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república”.

Y eso es: la república consiste en todo esto. Por tanto, dejemos de apelar a la nostalgia histórica de una Segunda República que, si bien tuvo grandísimas aspiraciones y encomiables logros en multitud de problemas que hoy todavía no se han solucionado, también está vinculada en el imaginario colectivo con la agitación social, la revolución y, por desgracia, con la guerra. Denotaría mucha madurez en la izquierda española el hecho de que la defensa de la república se hiciera en el sentido de lo público y de la conquista de todo aquello que brilla por su ausencia en este régimen político. Reivindico, por tanto, el papel de la sensatez, de los historiadores y otros estudiosos, para que hagan una buena defensa de un sistema político lógico, necesario y natural como es la república, y pueda acabarse con una institución anacrónica y caduca.

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