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Archive for the ‘Guerra Civil española’ Category

Es habitual escuchar a los historiadores afirmar que hacer historia del presente es realmente difícil, dado que no se tiene la perspectiva suficiente como para aplicar el método de investigación propio de la disciplina, alejarse del objeto de estudio y analizar con rigor el pasado, sin pasiones y vehemencias que podrían desvirtuar la pretendida imparcialidad. Gaizka Fernández Soldevilla, en su obra La voluntad del Gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, de 2016, traza con agudeza la cronología de los hechos que han configurado el terrorismo de ETA. La obra parte del hecho del “cese definitivo” de la actividad armada por parte de la banda terrorista el 20 de octubre de 2011 y esboza, en un marco cronológico que comienza en la configuración del nacionalismo aranista, la génesis y la transformación del nacionalismo vasco radical que optó por la violencia.

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La obra de Aramburu, Patria, supone el acercamiento sociológico al ambiente actual y reciente de la presencia que tiene la izquierda abertzale en Euskadi. La obra de Gaizka Fernández nos sirve para bucear en un conjunto de formaciones políticas que llegan hasta la actualidad, y que tienen su explicación a largo plazo en la inicial construcción del nacionalismo de Sabino Arana en el Partido Nacionalista Vasco. Sirva esta breve reseña para apuntar algunas de las conclusiones a las que se puede llegar tras la lectura de esta obra:

1. El nacionalismo, en general, y la opción terrorista y radical que personificó ETA, en particular, parten de una interpretación triádica del tiempo histórico, como ha analizado Antohny Smith. Los nacionalismos observan con anhelo un pasado glorioso, una Edad de Oro de un pueblo (sea el vasco, el catalán o el español) que ha sido sumergido en un proceso de decadencia por una serie de motivos, habitualmente externos, por lo que es necesario optar por una vía que permita recuperar el futuro utópico, que no existe. Esta receta fue aplicada por Arana: los Estados vascos fueron independientes antes de 1839 con Vergara, a finales del siglo XIX eran provincias de España, lo cual llevó a la decadencia, por lo que habría que buscar un futuro independiente y católico, así como puro en términos étnicos. Esta construcción nacionalista, basada en un conjunto de falsedades históricas, sirvió como receta para explicar una narrativa concreta por parte de ETA, edulcorada con otros elementos ideológicos que desarrolla ampliamente el autor. La estructura triádica de interpretación podría aplicarse a otros nacionalismos, como el catalán: pasado previo antes de la abolición de los fueros por Felipe V, presente decadente por formar parte del Estado español (retroceso de la lengua catalana, dependencia económica), futuro utópico que construir. O por el español en época franquista: pasado glorioso con Carlos V (visión imperial de España), presente (1939) decadente por un siglo de liberalismo y la degeneración de la República (la “anti-España”) y un futuro glorioso de la mano de la Iglesia Católica y el nacionalismo.

2.Los “gudaris”, combatientes durante la guerra civil español adscritos al PNV, ANV, Acción Nacionalista Vasca, entre otras fuerzas, fueron un magnífico recurso para el nacionalismo posterior para identificar a unos héroes y mártires que sirvieran para justificar las acciones de sus formaciones. ETA se sirvió de estos héroes para trazar un vínculo histórico con el nacionalismo anterior y para apropiarse la nomenclatura para sus componentes. La guerra civil fue reinterpretada por este nacionalismo como una lucha de los vascos contra España, renunciando a un mínimo rigor histórico y escondiendo lo que no interesaba para la narrativa mítica, por lo que, de este modo, ETA alimentó la idea del secular conflicto entre vascos y españoles como motor de la historia. Esta supuesta opresión secular era el dogma que pronto debían digerir los integrantes de la banda para estar dispuestos a cometer todo tipo de acciones en su nombre.

3.La manipulación histórica del relato es una herramienta básica del nacionalismo radical. En el caso del discurso ideológico del nacionalismo vasco radical se magnificó la represión franquista para dotar de veracidad al conflicto eterno entre vascos y españoles y presentar, así, al pueblo vasco como colonizado y reprimido. En realidad, como bien se ha estudiado por muchos autores, la represión franquista tuvo sus cotas más altas en Andalucía y Extremadura, no en el País Vasco. En el plano de la represión cultural, si bien el euskera fue desterrado de la vida pública y de la educación y experimentó un retroceso progresivo, nunca fue prohibido oficialmente. A todos estos elementos de un supuesto odio secular de los españoles hacia los vascos, obviando las fuerzas vascas que lucharon junto a Franco, se une la inmigración hacia el País Vasco desde otros lugares del Estado en los años sesenta: los conocidos históricamente como maketos o simplemente cacereños, coreanos o españoles que suponían, según la visión de este nacionalismo, una pérdida de la genuinidad cultural vasca. Eran concebidos como una “Quinta Columna” dentro de la patria colonizada.

4.El proyecto ideológico de ETA, como el de toda banda terrorista, supone una mezcolanza de diferentes elementos y de tradiciones completamente distintas. El racismo apellidista y el catolicismo de Sabino Arana fueron sustituidos por la lengua vasca y por el marxismo-leninismo, al que se añadió la versión maoísta y castro-guevarista con teóricos como Federico Krutzwig y José Antonio Exebarrieta. Estos elementos diferenciaban y enemistaban al PNV y a ETA. La influencia de los movimientos anticolonialistas, como el Frente de Liberación Nacional de Argelia, la teoría de la guerra de guerrillas, o el ejemplo cubano fueron elementos que dieron sentido al discurso de guerra antiimperialista que se pretendía llevar a cabo por parte de ETA. La ecuación era clara: al igual que una colonia que buscaba la independencia respecto a la metrópolis europea, el País Vasco debía separarse de España. Euskadi era la Cuba de Europa, la Argelia de África. Para lograr el apoyo popular que hiciera viable la estrategia violenta contra el Franquismo, se puso en marcha la táctica de la acción-reacción: los atentados de ETA conseguirían una feroz represión por parte del Franquismo hacia los vascos, por lo que estos podrían ver con buenos ojos las acciones terroristas. El clima de aceptación popular que tuvo la banda durante la Transición, integrada dentro de la oposición desde una lectura generalista, se consiguió entre otros motivos por esta estrategia.

5.La tesis principal del autor es la de la voluntad: los terroristas no comenzaron a matar porque heredaran una serie de ideas históricas acerca de la subyugación española hacia los vascos. Los terroristas empezaron a matar porque así lo quisieron, porque optaron por esta vía para hacer realidad su proyecto político. Ni todos los nacionalismos optaron por la violencia, ni toda la oposición al Franquismo siguió esta dirección. El 2 de junio de 1968 en Ondárroa (Vizcaya) se tomó la decisión de preparar el asesinato de José María Junquera y de Melitón Manzanas, agentes policiales. Fue Txabi Etxebarrieta el joven líder de ETA el designado como encargado de ejecutar esta acción. No obstante, el primer asesinato no fue este: el 7 de junio de 1968 en un control policial a Etxebarrieta y su compañero Iñadi Sarasketa, que viajaban en un vehículo robado, un guardia civil, José Antonio Pardines, fue ejecutado mientras inspeccionaba el automóvil sospechoso. Etxebarrieta murió en la fuga, abatido por la policía, hecho que sirvió a la banda para conseguir un mártir del siglo XX y manipular el relato histórico en su beneficio. El 2 de agosto de 1968 fue asesinado Melitón Manzanas por su fama de torturador, hecho bien recibido por la oposición antifranquista y punto inicial a una historia que todos conocemos.

Los 52 años de historia de ETA y las 845 víctimas mortales son la conclusión de este ilustrador estudio. Son muchos más los temas que se abordan, fruto de la investigación del autor, como el papel del PNV como versión diferente del nacionalismo, la existencia otras organizaciones como EGI, la infiltración de agentes en ETA, la relación del terrorismo etarra con otros nacionalismos radicales de tipo violento como el de UPG o Terra Lliure, el papel de Herri Batasuna y las formaciones políticas controladas por ETA, o la izquierda heterodoxa como Acción Nacionalista Vasca, alejada en sus inicios de la deriva violenta.

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Quan la recerca semblava no oferir cap troballa que tingués un poc de valor per a passar les hores d’aquesta festivitat, m’he trobat amb una pel·lícula curiosa, digna de veure, diferent. Em referisc a El Bosc, d’Óscar Aibar, a la que cal donar-li una oportunitat. Podria parèixer que una pel·lícula més de la guerra civil espanyola, un tema massa tractat des de punts de vista diferents, però aconsegueix oferir una fugida del relat clàssic, tot acompanyant l’obra amb una estètica que ens transporta a l’interior d’Aragó. Els temes recurrents de la guerra s’hi poden veure: la personificació del mal en els anarquistes, la suposada revolució que es pretén implantar, la incoherència militar de la guerra, l’acció de les Brigades Internacionals –on podrien haver situat a un desconcertat George Orwell davant la inacció i el poc sentit de la contesa–, els enfrontaments entre anarquistes i comunistes, i la fam. A tot això s’afegeix la fantasia per a donar eixida a un personatge acusat d’explotador, favor que retornarà després en una escena prou colpidora, donant un aire d’inversemblança que no deixa d’agradar. L’inici de la dura postguerra queda dulcificat. Atrevir-se a capgirar el cinema de la guerra civil espanyola és d’agrair.

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La política vuelve a ser el tema de conversación usual en las calles y en las familias; y es deseable que así sea después de tanto tiempo de adormecimiento. Tras la abdicación del rey Juan Carlos I se han producido de nuevo debates y agitaciones políticas de todo tipo; todo ello sin haber superado aún la resaca poselectoral de las elecciones europeas. ¿Será una maniobra para ahuyentar la politización y para restar importancia a las formaciones minoritarias que crecieron la semana pasada? ¿Una estratagema de lavado de cara para la muy denostada monarquía en estos últimos años? Posiblemente sea todo ello al mismo tiempo, pero la decisión del monarca nos invita a pensar y reflexionar mucho.

La república –o el derecho a elegir el jefe de Estado como eufemísticamente dicen algunos partidos– se hace de nuevo presente en las conversaciones y, con ella, todos los peligros en cuanto a la estrategia política que debe seguirse. Es necesario defender el sistema republicano con sensatez, sosiego y serenidad; pero al mismo tiempo con debate azuzador contra aquellos que pretenden cerrar filas ante la monarquía (el bipartidismo). Considero urgente que la defensa de la república se haga desde sus grandes virtudes como sistema político en el que se ponga el acento en lo público, en lo que es de todos y no tanto en los colores de una bandera (que es, por otra parte, una cuestión menor). Que se opte por una forma de organizarnos que apueste por la democratización de todas y cada una de las instituciones y que se vuelque en la participación de la ciudadanía, con sistemas asamblearios y consultas frecuentes. Como decía Julián Casanova un tiempo atrás, “esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república”.

Y eso es: la república consiste en todo esto. Por tanto, dejemos de apelar a la nostalgia histórica de una Segunda República que, si bien tuvo grandísimas aspiraciones y encomiables logros en multitud de problemas que hoy todavía no se han solucionado, también está vinculada en el imaginario colectivo con la agitación social, la revolución y, por desgracia, con la guerra. Denotaría mucha madurez en la izquierda española el hecho de que la defensa de la república se hiciera en el sentido de lo público y de la conquista de todo aquello que brilla por su ausencia en este régimen político. Reivindico, por tanto, el papel de la sensatez, de los historiadores y otros estudiosos, para que hagan una buena defensa de un sistema político lógico, necesario y natural como es la república, y pueda acabarse con una institución anacrónica y caduca.

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1. Llega abril. Y con él las conmemoraciones diversas de nuestro pasado que a los que nos interesamos por la historia y tratamos de dedicarnos a ella nos atraen tanto. Ayer se recordaba el 75º aniversario del fin de la Guerra Civil y, dentro de unos días, volveremos a evocar aquella proclamación de la República en España. Días atrás trataba de hacer una charla con alumnos de 2º de Bachillerato sobre estos dos momentos y les hacía la siguiente pregunta: ¿Qué tuvo que ocurrir en España para que se pasara del clima festivo del 14 de abril de 1931 a la guerra civil y la matanza desatada en julio de 1936? Desde luego, muchas cosas ocurrieron en esos años de régimen republicano, y muchas habían ocurrido tiempo atrás en la historia de España. Y de eso se trata la historia: de calibrar y valorar los factores –cercanos y lejanos– que pueden explicar sucesos tan terribles como el conflicto bélico que vivió España. Y sí, es muy complicado porque requiere desarrollar un pensamiento abstracto y muy complejo, poner en práctica la empatía histórica y, especialmente, librarse de prejuicios y arengas sentimentalistas, propias de los medios de comunicación. Este es uno de los problemas principales que afecta de lleno al estudio de la historia: el exceso de sentimentalismo y de emociones a flor de piel que todavía hoy impiden el estudio sosegado, con calma y con apertura, de aspectos como la Guerra Civil. Como afirmó Julián Casanova en una charla reciente, hay una buena parte de la población de este país que todavía hoy no ha estudiado este tema con detenimiento y con seriedad; ello se debe a la especificidad de las leyes educativas, problema que hoy sigue en pie. Si realizáramos un cálculo de porcentajes de aquellos que han llegado a estudiar este episodio de nuestra historia reciente obtendríamos resultados bastante sorprendentes. ¿Qué pensaríamos de un alemán que desconoce la existencia del Holocausto o que lo niega? Pues bien, la Guerra Civil se estudia en 4º de la ESO –en medio de un temario de Historia del mundo contemporáneo inmenso e inacabable, por lo que muchos profesores deciden no enseñar lo relativo a España–, y en 2º de Bachillerato, curso al que llega un número reducido de estudiantes que ven pasar la Guerra Civil en su vida académica de una forma veloz y superficial (en la mayoría de los casos) por la presión de la Selectividad. Es algo a meditar si queremos realmente que el estudio de los documentos y del trabajo del historiador tenga alguna aplicabilidad en la vida real y supere las proclamas periodísticas o de otras personalidades en nuestra sociedad. Por ejemplo, una muestra de la total actualidad de este hecho frente a quienes están cansados de “remover” el pasado y claman a favor del olvido, es el de Rouco Varela, quien recientemente afirmaba que los hechos y actitudes que causaron la guerra podrían volverla a causar. Habría que ver, según él, cuáles son esos hechos y actitudes.
1396380702_183531_1396380997_noticia_normal2. Un ejemplo que nos ilustra sobre la complejidad del conocimiento histórico referido a la Guerra Civil es el anticlericalismo y el problema de la religión en España, ya presente durante todo el siglo XIX. Es muy conocida la carta pastoral de Enrique Pla y Deniel, fechada el 30 de septiembre de 1936 donde este obispo de la diócesis de Salamanca se convierte en defensor de una guerra concebida como necesaria, llegando a calificarse de cruzada. En dicha carta se afirma lo siguiente: “El comunismo y el anarquismo son la idolatría propia hasta llegar al desprecio, al odio a Dios Nuestro Señor; y enfrente de ellos han florecido de manera insospechada el heroísmo y el martirio, que en amor exaltado a España y a Dios ofrecen en sacrificio y holocausto la propia vida”. La unión de la espada y la cruz estuvo presente en muchos documentos eclesiásticos y ello otorgó importantes beneficios al bando nacional y a la propia Iglesia Católica, durante la guerra y durante el régimen franquista. Como también es habitual cuando se trata este tema, surgen las voces animadas que ponen el acento en la violencia anticlerical de la guerra, innegable y brutal; una violencia que ya estuvo presente en los hechos revolucionarios de octubre de 1934 en Asturias en que fueron asesinados 34 seminaristas y sacerdotes y pasadas por el fuego más de medio centenar de iglesias. Más allá de estos hechos conocidos y de los datos estudiados con las cifras escalofriantes del asesinato 4.184 sacerdotes diocesanos, 2.365 religiosos y 283 monjas durante la Guerra Civil, quería mostrar el caso de un padre capuchino que contrasta con la alta jerarquía eclesiástica y su alineación ideológica. Me refiero al caso de Gumersindo de Estella que ha aparecido recientemente en la prensa, encargado de la asistencia espiritual de los presos de la cárcel de Torrero de Zaragoza. Este padre capuchino fue destinado, fruto de los desencuentros ideológicos con sus superiores, a la función de acompañar a los presos en su camino hacia el paredón en el cementerio de Torrero (Zaragoza), donde asistió a 1.700 fusilamientos entre 1936 y 1942. En sus memorias relata el ritual que llevaba a cabo de preparación espiritual para la muerte, la confesión que daba a quienes eran capaces de recibirla, la charla con ellos y la recepción de encargos y enseres que luego llevaba a sus familiares tras comunicarles la noticia de la ejecución. Su atisbo de humanidad y su perplejidad ante unas decisiones que no podía compartir se pueden ver en estos fragmentos:
“Como sacerdote y cristiano sentía repugnancia ante tan numerosos asesinatos y no podía aprobarlos”. (…) “Yo estaba a punto de estallar con un grito de ruego, de protesta, de compasión, como lo daría una madre. Pero la presencia de tantas personas de carácter oficial me contenía. ¿Contra quién iba a protestar…? Cualquier frase o sílaba era peligrosa”. Siempre se preguntaba: “¿Se salvó esta alma?” (…) “Una dignidad humana que se funda en la común filiación divina. Todos somos hijos de Dios”.
La existencia de historias y memorias como esta añaden mayor complejidad al estudio de un episodio trágico que hoy sigue siendo tabú para muchas personas y objeto de sectarismos para otras. Analizar críticamente, sin tratar de justificar, sino valorando la complejidad de los hechos y restaurando la memoria histórica debería ser, entre otros muchos, uno de los objetivos de la educación, y no tanto cómo encender un aspirador o comprar un billete de Metro, como se encargan de recordarnos desde el Informe PISA…

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descargaLa estancia de George Orwell en España entre el 26 de diciembre de 1936 y el 23 de junio de 1937 dio lugar a una de las obras literarias más vívidas y valiosas que tenemos sobre la Guerra Civil Española: Homenaje a Cataluña, publicada por primera vez en 1938 después de las dificultades que tuvo que hacer frente; sometida a la purga de la censura durante muchos años, especialmente en España, donde tuvo que esperar hasta 1970 a ser publicada, contando aún con grandes tergiversaciones por parte del gobierno franquista. En esta obra podemos observar los efectos del proceso revolucionario abierto a raíz del golpe de julio de 1936, especialmente en Barcelona, situación que narra Orwell impresionándose por el hecho de que la clase obrera ocupara el poder. Lo describía así en unas páginas para la posteridad:

“Aquí y allá había cuadrillas de obreros demoliendo sistemáticamente los templos. En todas las tiendas y cafés había una inscripción que advertía de que los habían colectivizado; incluso habían colectivizado a los limpiabotas, que habían pintado sus cajones de rojo y negro. Los camareros y los dependientes de los comercios te miraban a los ojos y te trataban de igual a igual. Las formas de tratamiento serviles o ceremoniosas habían desaparecido temporalmente. Nadie decía “señor”, ni “don”, ni siquiera “usted”, sino que todos se llamaban “camarada”, se tuteaban y decían “¡salud!” en lugar de “buenos días”. Una de mis primeras experiencias fue la reprimenda que me echó el director de un hotel cuando quise darle una propina al ascensorista”.

Orwell acudió a España para poder combatir contra el fascismo en una contienda que pronto tomó tintes internacionales y fue decisiva para los acontecimientos que se produjeron unos años más tarde. La Guerra Civil Española significó ese combate entre diversas tendencias que en Europa estaban gestándose y que en España tomaron las armas en una lucha fratricida. Orwell, como figura de intelectual comprometido, pese a no militar en ningún partido político, consiguió credenciales del Partido Laborista Independiente, que tenía conexiones con el POUM, alistándose así en sus milicias y luchando en el frente de Aragón. El POUM era un partido marxista de corriente crítica con los métodos de Stalin y las purgas en la URSS, lo cual sería trascendente unos meses más tarde en los sucesos de mayo de 1937 y la consiguiente ilegalización de este partido.

orwell-2La experiencia bélica que narra Orwell es bastante sorprendente, en cierto modo, pero concuerda con algunas opiniones historiográficas sobre el valor militar de esta guerra, como la de Gabriel Cardona que afirmó que la guerra fue “una inmensa chapuza por ambos bandos”. Orwell desarrolla esta visión en su descripción de la guerra de trincheras, de la imposibilidad de enfrentamientos reales, de la lentitud y el sopor con que se realizaba el avance hacia el enemigo, y de la calidad ínfima de las armas recibidas. En este sentido, señalaba: “Ahora que había visto el frente sentí un profundo asco. ¡Y a esto lo llamaban guerra! ¡Si apenas veía el enemigo! No hice el menor esfuerzo por ocultar la cabeza tras la trinchera. No obstante, poco después una bala pasó silbando junto a mi oído con un zumbido y se estrelló contra la protección que había a nuestra espalda” […] En la guerra de trincheras hay cinco cosas importantes: la leña, la comida, el tabaco, las velas y el enemigo”. Y es que Orwell vivió esa guerra de trincheras –que ya otros autores como Remarque en Sin novedad en el frente habían retratado, y que la Primera Guerra Mundial evidenció de forma cruel– en un frente sorprendiéndose de la “escuálida miseria de los pueblos aragoneses”; asistió a la inactividad y a la desidia de una guerra que minaba sus fuertes convicciones políticas y que le exasperaba profundamente: “Aun así seguía sin pasar nada, y no daba la impresión de que las cosas fueran a cambiar. ¿Cuándo vamos a atacar? ¿Por qué no atacamos? Eran preguntas que se repetían constantemente tanto los ingleses como los españoles”.

Más allá de su descripción de la lenta guerra de trincheras, su vivencia con el barro, los piojos o la ausencia de tabaco, tras ser alcanzado por una bala en mayo de 1937 describió el proceso que todo herido debía sufrir en una aventura constante por los hospitales, el robo al que se sometía a los soldados, la precariedad de los tratamientos médicos y el transporte hasta la retaguardia. Orwell nos brinda un magnífico retrato de la dualidad entre el ejército popular, objetivo primordial de Largo Caballero, y las milicias, a las que se trataba de militarizar e incorporar. También nos deja para la posteridad el cambio experimentado en Barcelona tras el fulgor revolucionario de los primeros meses, así como los enfrentamientos en los sucesos de mayo de 1937, que narra en diferentes capítulos advirtiéndonos de la parcialidad de su visión por no contar con los datos suficientes. A pesar de ello, es un retrato magnífico para vivir en primera persona los enfrentamientos entre las fuerzas del gobierno republicano y los comunistas, por una parte, y el poder anarquista y del POUM, por otra; así como de las manipulaciones diversas para poder acusar al POUM de fascista y acabar con su líder Andreu Nin. Todo ello se inserta en la dinámica internacional del bando republicano, con el apoyo brindado por la URSS y el descontento con la política antiestalinista crítica del POUM.

El temor de Orwell en sus últimas semanas en Barcelona y en España da cuenta de uno de los episodios más traumáticos y perjudiciales para la República, algo que serviría al autor para escribir tiempo después su alegato contra el totalitarismo, a modo general, en 1984. El miedo a ser asesinado en cualquier momento, o incluso a ser hecho prisionero sin cargos claros y a desaparecer; o la continua huida de Orwell y su mujer por las calles de Barcelona por ser parte de la milicia del POUM muestran las contradicciones de una política de un gobierno republicano que veía el avance franquista de forma imparable, sin resolver las disputas entre la multitud de siglas políticas que afloraron, como afirma el autor. Todo ello influiría negativamente en los avatares que la obra tuvo que sufrir para ser publicada, por su crítica al estalinismo.

Ya fuera de España, Orwell hizo balance de su estancia y de su paso por la guerra:

“He narrado algunos sucesos pero no puedo explicar la huella que dejaron en mí. Está mezclado de imágenes, olores y sonidos que no pueden reproducirse por escrito: el olor de las trincheras; los amaneceres en las montañas que se divisaban a gran distancia; el gélido chasquido de las balas; el rugido y el resplandor de las bombas; la luz clara y fría de las mañanas barcelonesas, y el ruido de las botas en el patio del cuartel allá por diciembre, cuando la gente aún creía en la revolución…”.

En su Inglaterra original, el autor fue testigo del cambio de panorama y de la distinta perspectiva que se tenía desde la óptica de un país que había decidido mantenerse al margen de las disputas, supuestamente nacionales, que se daban lugar en España. “No pasa nada: la leche seguirá estando en la puerta mañana y el New Statesman se publicará el viernes (…) Aquella seguía siendo la Inglaterra que había conocido en mi infancia (…) Todos sumidos en el profundo sueño de Inglaterra, del que temo que no despertaremos hasta que nos obligue a hacerlo el estruendo de las bombas”. Este gran contraste que se daba entre ambas situaciones se rompería claramente en 1939 con el inicio de la mayor contienda del siglo XX y la total internacionalización de un conflicto que había empezado a dirimirse en España, con la pasividad de las democracias occidentales.

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Reportaje del movimiento revolucionario en Barcelona. Mateo Santos. 1936.

Inmerso en la lectura de España partida en dos. Breve historia de la Guerra civil española, de Julián Casanova (2013) cuelgo aquí un documental rodado en Barcelona entre el 19 y el 23 de julio de 1936 por parte de la CNT. Como dice el mismo Julián Casanova, es bastante probable que sin el golpe de Estado de julio de 1936 la revolución, bajo las formas que adquirió, no se hubiese producido. El presente documental, político y de propaganda, muestra esa salida a la calle de nuevos actores revolucionarios, especialmente anarquistas en la “ciudad libertaria por excelencia”. El lenguaje político que utiliza no tiene desperdicio como fresco de una época y de un sentir, útil para comprender la reacción al avance del fascismo, y para advertir la gran polaridad que se gestaba entre formas diferentes de hacer política. El lenguaje de salvamento, la reconversión de edificios oficiales y religiosos en civiles, el bullicio popular en la marcha hacia Aragón por parte de las milicias, los primeros momentos en que las mujeres tomaron el rol de milicianas para, a partir de septiembre, volver a la retaguardia, la vestimenta y la propaganda enarbolada… Son muchos aspectos los de este breve documental que nos permiten ver la actuación de estos “hombres de acción” como Durruti y la inversión del orden social que se propugnó desde este lugar en este episodio de nuestra historia contemporánea. Continuaremos leyendo esta genial obra de síntesis.

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