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Archive for the ‘Primera Guerra Mundial’ Category

1. En un par de días se celebrará el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau de Polonia. Fue la noche del 27 de enero de 1945 cuando las tropas del Ejército soviético entraron en el campo. Los nazis habían dinamitado previamente los crematorios del campo para borrar pruebas del millón cien mil personas que dejaron su vida allí. Eva y Miriam, dos hermanas despertadas por los estruendos de las explosiones, asistieron a la desaparición de todo orden en el campo y salvaron de milagro su vida: aun siendo destinadas a una muerte segura por la imposibilidad de seguir el ritmo de las marchas de la muerte, pudieron zafarse debido a la proximidad del Ejército Rojo. Curiosamente fueron soldados del frente ucraniano los que llegaron en primer lugar al campo, y los gritos de ¡Somos libres!, ¡Somos libres! comenzaron a escucharse. El abrazo de esos primeros soldados a Eva fueron el primer elemento de calma después de mucho tiempo.

Los ecos de la historia resuenan una y otra vez en nuestro presente, y la negativa de Putin a asistir a este último aniversario conmemorativo con víctimas presentes ha sido noticia. “El señor Putin tiene a finales de enero una agenda muy intensa ligada a cuestiones de la política nacional. Representará a Rusia el jefe de la Administración Presidencial, Serguéi Ivanov”, reza la noticia. Y continúa recordando su conflicto en Ucrania que le mantiene en una difícil relación con Europa. Desde luego, esta “liberación” que narra Laurence Rees no puede idealizarse ni ensalzarse sin más: muchos de los presos que pudieron salir con vida de este y otros campos, se encontraron con un futuro roto por haber sido ocupadas sus casas en sus países de origen. El antisemitismo en la Polonia de posguerra continuó acampando y amenazando.

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2. Los ecos vuelven a aparecer en una jornada que me recuerda a la cita europea de hace unos meses donde todo parecía estar en juego y, realmente, nada lo estuvo en gran medida. De nuevo, hoy la cita griega se presenta como la jugada maestra contra las medidas de austeridad que llevamos soportando durante años; y vuelven a salir a la palestra ecos una y otra vez: los que vinculan a Tsipras con los comunistas de la guerra civil griega de mitad del siglo pasado; los que, sesudamente, citan a Keynes, y advierten contra la excesiva presión económica en Grecia; o los que tratan de ser apadrinados por Syriza en España. Lo siento pero no, no me gustan los baños de multitudes, los baños de masas de los partidos políticos. Veo unos minutos el mitin de Podemos en Valencia por la red y me desagrada profundamente. Íñigo Errejón bajado del cielo, con un semblante bien pulido y con aspecto juvenil, enciende a las masas, les dice lo que quieren oír y prorrumpen en aplausos con gritos de “Sí se puede”. Pues claro que debe poderse, pero ¿así? Parece que en un siglo no ha cambiado la forma de hacer política; no me gusta, no, me recuerda demasiado a El triunfo de la voluntad y rápidamente trato de apartar ese pensamiento y de cerrar la ventana.

3. Esto de los líderes carismáticos no deja de inquietarme, y ya son varios años. Sin haberme repuesto aún de las terribles imágenes del ataque yihadista en Francia, me da por leer El holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la segunda guerra mundial, también del profesor Rees. Espeluznante de nuevo. Desconocía profundamente la acción de Japón en la guerra y el papel de Hirohito, así como la voluntad de los soldados japoneses por inmolarse, por servir a un ideal trascendente y entregar su vida por ello. De nuevo me deja anonadado y me viene una y otra vez a la mente el fundamentalismo islámico, el Ejército Rojo, los mítines políticos y la raza aria. ¡Salvadme!

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1. Mañana acabo el Máster de Profesor de Educación Secundaria (especialización Geografía e Historia); lo termino defendiendo mi Trabajo Fin de Máster o, más bien, haciendo breves esbozos a modo de titulares periodísticos de lo que ha sido dicho trabajo. El asunto en cuestión lleva por título la siguiente proclama ambiciosa: “Unidad didáctica. Una época de violencias: la violencia bélica (1914-1918), y en él desarrollo una breve programación para 4º ESO sobre este tema. Además, trato de defender una determinada concepción de la historia y de la didáctica de esta misma disciplina: intento mirar la primera mitad del siglo XX de una forma global y continua, siguiendo a grandes historiadores y a modernas concepciones pedagógicas. En realidad, es una invención mental que difícilmente podría tener aplicación como tal en las aulas actuales; a pesar de ello, trataré de defenderlo lo mejor que pueda.

descarga2. Hace unos días acabé de leer Historia de un alemán. Memorias 1914-1933, de Sebastian Haffner, en medio de la vorágine de lecturas de difícil digestión histórica que trato de intercalar con otras más llevaderas. Haffner acabó esta pequeña autobiografía de lo que fue una época realmente convulsa en 1939, ya emigrado a Inglaterra por el desencanto con el nazismo triunfante; sin embargo, no se publicó hasta su muerte. El testimonio de Haffner me sirve para mi exposición de mañana, ¿por qué no? Su ojo analítico y personal nos lleva a la Alemania que vivió la primera guerra mundial y que sufrió las consecuencias que se derivaron de Versalles, de la crisis económica y de los vaivenes políticos de la República de Weimar. El autor, un niño de siete años, nos advertía ya en 1914 que la guerra no se esperaba, que no podía ser real en su mundo idílico y que sería corta. ¡Qué equivocado estaba! Su voz infantil resuena, y lo seguirá haciendo mañana delante del tribunal:

“…la confianza que inspiraba el humo oloroso de los puros que fumaban con lentitud y que ascendía en el aire formando pequeñas columnas delante de ellos y cómo, cuanto más hablaban, más claro, mejor y más calmado se volvía todo. Sí, finalmente, la conclusión de que no podíamos estar en guerra resultó casi irrebatible y, por tanto, no nos dejaríamos intimidar, sino que permaneceríamos allí hasta que terminaran las vacaciones como siempre”.

Esas vacaciones no volverían a ser como siempre, ni lo serían en los siguientes cuatro años: una guerra encarnizada, cruel, con nuevo armamento y dimensiones hasta entonces desconocidas, comenzó. Sus memorias me sirven para tener presente el devenir de una época que sacó de la guerra un concepto diferente de la política, una idea del enfrentamiento desconocida hasta ese momento: por ello Furet habló de los orígenes del bolchevismo y del nazismo en la guerra mundial. Todo ello revoloteará en mi mente mañana durante los escasos diez minutos que tengo para defender un trabajo que, probablemente, no habrá sido leído en su totalidad por quienes deben evaluarme. También aparecerá en mi mente el testimonio de Erich Maria Remarque en Sin novedad en el frente, en otro fresco de época –de la misma–, con connotaciones tristemente vinculables con la actualidad:

“Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La misma noción de la autoridad que representaban les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común. Pero el primero de nosotros que murió echó por los suelos esa convicción. Tuvimos que reconocer que nuestra generación era mucho más leal que la suya; no tenían más ventajas respecto a nosotros que las palabras vanas y la habilidad. El primer bombardeo nos reveló nuestro error, y con él se derrumbó la visión del mundo que nos habían enseñado (…)”.

3. Hoy estoy aquí esperando que pasen las horas para terminar el máster mañana y me siguen viniendo a la mente las palabras de Haffner. Mañana yo seré un número; mis compañeros lo serán; o más bien, seremos palabras y títulos de trabajos de naturalezas muy variadas. En una época de masas que Haffner ya vivió, alzó la voz en su obra para reivindicar el papel de las personas con nombre y apellidos en la historia:

“¿Y yo? Acabo de hacer en que hace rato que no he tenido oportunidad de utilizar esta palabra en mi historia. He alternado la tercera y la primera persona del plural, pero no ha habido ocasión en la que poder usar la primera del singular. No es ninguna casualidad, sino uno de los puntos culminantes (tal vez el punto culminante) de lo que nos sucedió en el campamento, es decir, del hecho de que cada uno como individuo no fuese en absoluto relevante…”.

santosIntento yo también alzar mi voz, sin gritar mucho; escribo un poco para liberar tensiones y así entretenerme, juguetear con las horas hasta que pasen; termino Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos, y resulta esta una de las obras llevaderas que decía antes. Quizás llevaderas no sea el adjetivo calificativo más adecuado: ¡qué obra!, ¡cuánta subordinación!, ¡cuánto arte lingüístico!, ¡qué cantidad de pertrechos estilísticos! Pero eso sí: para dar cuenta de una época a través de individuos concretos, a lo Haffner. Si para Haffner, él era igual de importante como lo podía ser Goebbels o Göring en la comprensión de una época, Luis Martín-Santos exige también la relevancia de Florita, de Pedro o del Muecas en la España franquista.

Pues eso, mañana más.

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I. Recientemente reflexionaba sobre la validez y la aplicación que tienen los conceptos históricos: a qué momento se aplican, si son extrapolables a otras épocas históricas, a otros hechos, qué validez tienen o cómo son construidos de forma artificial. Los conceptos en historia son necesarios porque son el mecanismo comparativo y definitorio de los hechos y fenómenos; son instrumentos metodológicos que, aceptando su carácter ideal típico weberiano y no dejando constreñir la complejidad real por las barreras conceptuales, permiten dar luz y fortaleza explicativa. Las reflexiones teóricas sobre la historia conceptual o el lenguaje son muy fecundas para la tarea de un historiador y permiten llegar hasta la profundidad humana a la hora de definir algo.

II. Uno de los conceptos que más me han chocado ­y atraído —desde un punto analítico y explicativo— es el de “guerra total”. Está bastante consensuado el hecho de otorgar este calificativo a la Primera Guerra Mundial, unido a la idea de “guerra moderna”; no obstante, algunos autores miran hacia la Guerra de Secesión norteamericana buscando estos mismos elementos de devastación, movilización de recursos y consecuencias políticas para hablar de ella como “una primera guerra total” (BOSCH 2005: 520). Es una tesis bastante discutible pero, sin entrar en las características pormenorizadas de dos conflictos en ámbitos geográficos y con factores causales totalmente distintos, la Gran Guerra inauguró una serie de experiencias y de cambios culturales y referenciales en Europa que tendrían —para sufrimiento de las gentes de este continente— un gran futuro en las décadas posteriores. El sentido noble y caballeresco de la guerra perduró en los primeros momentos del verano de 1914 pero la experiencia posterior de una guerra inmóvil, coagulada en trincheras insalubres, borraría cualquier atisbo de orgullo. Los rostros de los soldados británicos cambiarían desde su felicidad manifiesta hacia la desesperación vivida en la batalla del Somme. Stefan Zweig relata de forma magistral esa transformación en el sentido de hacer la guerra:

 “Una rápida excursión al país romántico, una aventura salvaje y viril: con estos colores la guerra se presentaba en 1914 en la imagen del hombre del pueblo, en tanto que los jóvenes tenían incluso miedo de perderse la oportunidad única en la vida de pasar por una experiencia tan maravillosa y excitante. Por eso se arremolinaban en masa alrededor de las banderas; por eso cantaban y gritaban con júbilo en los trenes que los conducían a la masacre. Torrentes de sangre salvaje y febril se abatían en las venas del Imperio. Por el contrario, la generación de 1939 conocía la guerra. Ya no se ilusionaba. Sabía que la guerra no era romántica, sino bárbara”.

Agosto 1914: oficina de reclutamiento británica

Agosto 1914: oficina de reclutamiento británica

La muerte en masa de soldados desconocidos —que ya no eran héroes nacionales identificados por un nombre y unas condecoraciones—, el sufrimiento de un nuevo armamento mortífero, el arrasamiento de poblaciones civiles, la racionalidad tecnológica aplicada a la sinrazón de la muerte o el sentimiento de pérdida y desubicación al regresar al hogar. Todos estos son elementos de una experiencia bélica calificada de “guerra total”. Las siguientes palabras evocan de forma esclarecedora esta vivencia por el mismo Churchill que supera cualquier razonamiento que podamos tejer:

 “La Gran Guerra que acabamos de atravesar se diferenció de todas las guerras anteriores por el monstruoso poder de las armas de fuego de los adversarios, así como por sus temibles medios de destrucción, y se distinguió de las otras guerras modernas por la extrema brutalidad con la cual las operaciones han sido conducidas. Los temores de todas las épocas se hicieron realidad en ella; no tan sólo los de los ejércitos, sino los de poblaciones enteras que se han visto involucradas (…) Ni armisticios ni treguas pudieron hacer menos violenta la confrontación entre los ejércitos. Los heridos murieron en las líneas enemigas y los muertos mancharon los campos de batalla. Barcos mercantes, barcos-hospital y embarcaciones neutrales se hundieron en el fondo del mar, lo cual provocó la pérdida de cuerpos humanos y de bienes materiales. El mundo fue sometido a los peores padecimientos y, así, la hambruna redujo a poblaciones enteras sin consideración de edad ni de sexo. Pueblos y monumentos culturales fueron dañados por la artillería. Gases venenosos asfixiaron y quemaron soldados y el fuego del fósforo devoró sus cuerpos. Hombres cayeron del cielo cubiertos en llamas y otros murieron lentamente, asfixiados en los bancos de aire de los barcos hundidos. El tamaño de los ejércitos no ha tenido ningún otro límite más que aquel de la población de los países correspondientes. Europa y una gran parte de Asia y África se convirtieron en un inmenso campo de batalla devastado, el cual vio engullirse ejércitos y países enteros. Por último, la tortura y el canibalismo son los únicos medios a los cuales los Estados civilizados, científicamente desarrollados y cristianos renunciaron, únicamente porque eran de una utilidad problemática.

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I. Cuando te sientes transportado a momentos pretéritos; cuando sientes en primera persona el sufrimiento ajeno; cuando confraternizas con ese lejano narrador, no mucho más joven que tú; cuando alcanzas a comprender el verdadero sentido trágico de una guerra: ese es el momento en que una obra literaria consigue cumplir su función, el momento en que la labor de su escritor adquiere toda la plenitud. Leo con fruición Sin novedad en el frente, la gran obra de Erich Maria Remarque publicada en 1929, sintiendo en mis carnes el relato desgarrador de un posible soldado alemán en la Primera Guerra Mundial. En los primeros momentos de este disfrute —o padecimiento— advierto que es una obra evocadora, sentimental: un libro necesario y útil para un estudiante de Historia.

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La prosa ágil y el relato continuo forjado a partir de múltiples pensamientos y acciones sirven para transmitir, más que narrar, para alzar la voz y para denunciar. Son muchos los momentos memorables de esta obra, llevada fielmente al cine por Lewis Milestone en 1930, y más tarde en 1979 por Delbert Mann; sin embargo, son las íntimas confesiones de tú a tú que hace Paul las que son capaces de generar un sentimiento en el lector, de sacudir nuestras conciencias. Los primeros momentos de la guerra, caracterizados por la felicidad del servicio a la patria y la confianza en que sería una contienda rápida, contrastan terriblemente con las imágenes de “guerra total” con que esta obra nos ilustra. El continuo goteo de muertes, la masa entregada al ideal patriótico, el combate directo y su ferocidad, la hambruna de los civiles y del frente: la violencia sin precedentes en todas y cada una de las facetas del ser humano. Un mundo ha terminado, se ha agotado: el mundo infantil de las clases y los libros, los sueños y los anhelos. La guerra ha llegado y, con ella, la barbarie del nacimiento del horror. La trinchera es la metáfora de ese mundo oscuro, sumido en el fango, en la podredumbre humana; la humanidad se ha desvanecido y los resquicios de ésta agotan su capacidad evocadora. Es el mismo sinsentido de la entrega gratuita a la muerte que veíamos en la memorable Paths of Glory de Stanley Kubrick (1957). Relatos antibelicistas imprescindibles; artefactos de un horror pasado.

“Pero aquí, en las trincheras, lo hemos perdido todo. Ya no se eleva en nosotros ningún recuerdo; estamos muertos, y el recuerdo planea a lo lejos, en el horizonte. Es una especie de aparición, un enigmático reflejo que despierta, al que tememos y al que amamos sin esperanza. Es intenso, y nuestro deseo es intenso; pero es inaccesible, y lo sabemos. Es tan vano como la esperanza de llegar a general. […] Hoy pasaríamos por el paisaje de nuestra juventud como viajeros. Los hechos nos han consumido. (pp. 110-111).

La convivencia de ambos mundos de vida es incompatible: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios se llama Abraxas”. Así lo recordaba Hermann Hesse en Demian (1919), otra obra atravesada por la tragedia bélica. El mundo de los ideales y de las aspiraciones de toda una generación ha sido atravesado por la bayoneta de la guerra. No es posible vivir el mundo de la guerra sin destruir el mundo de los sueños. La vuelta a casa en tiempo de permiso se hace insoportable; el contacto con la realidad que quedó atrás duele:

“Todo eso me atrae de un modo irresistible y quisiera hacer como ellos y olvidar la guerra. Pero al mismo tiempo siento un rechazo, todo es tan limitado. ¿Cómo puede eso llenar una vida? Habría que aplastarlo todo. ¿Cómo puede existir eso mientras en el frente la metralla zumba por encima de los cráteres, las bengalas se alzan en el cielo, se llevan a los heridos en las lonas de las tiendas y los camaradas se agachan en las trincheras? (pág. 151).

Paul sobrevive durante los largos años de la guerra, construye un mundo soportable pero ve a todos y cada uno de sus amigos morir. El final llega tarde —o pronto—, su vida se marchita en momento de inactividad en el frente. Su recuerdo evoca a generaciones.

II. Sin novedad en los frentes: esta es nuestra dura realidad, como la de Paul cuando hubo de morir. Desgobierno y mediocridad, incertidumbre y vacío, incomprensión y pérdida: los frentes perpetuos. Este crudo panorama está conformando un mundo del desánimo, un mundo que no acaba de invitar a la movilización real y efectiva —si es que todavía es pensable una movilización efectiva—, un horizonte de desolación y desubicación. Las críticas emergen en estos días: tratan de ser como esas bengalas de la guerra que iluminan el campo enemigo para ser reconocido y atacado. No obstante, no hay tal ataque certero; quizás no hay ni reconocimiento previo. El déficit democrático de las instituciones comunitarias es alarmante y la guasa con que se nos trata y se nos pretende aleccionar es irritante. Los continuos vaivenes de unos mecanismos institucionales que nadie consigue llegar a entender llevan al desánimo generalizado. La persistencia en unas políticas alejadas del ciudadano es la misma determinación de aquel general de Kubrick que trata de mandar sus tropas a un suicido seguro. El juicio y la responsabilidad de los culpables se evaporan en una maraña inextricable de actores e instituciones que ya no responden a su papel.

sin novedadDesgraciadamente, el mundo que dejamos atrás que, sin ser el mejor de los posibles, era un dulce manjar de seguridad y certeza, se resiste a volver. No vemos la dirección ni la luz: no hay bengala que nos ilumine; los soldados de la imagen tampoco encuentran ya el camino de vuelta. “Ya no podemos encontrar el camino que nos conduzca a nosotros mismos”: ¡cuánto comprendemos a Paul! Esperemos que no llegue ningún toque de gracia como sufrió este joven, viendo cómo su futuro y su certidumbre se desvanecían sin posibilidad de retorno; y si debe llegar que encuentre en nosotros una buena coraza con que combatir.

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