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Archive for the ‘Segunda Guerra Mundial’ Category

descargaHace unos meses leía La peste, de Albert Camus, publicada en 1947. En esos momentos se había “recomenzado”, como tantas veces aparece en la novela: Europa había tomado caminos diferentes dejando atrás medio siglo de guerras, crisis, matanzas y de hundimiento del ser humano. La peste que arrasa la ciudad de Orán, en Argelia, es el símbolo –tantas veces interpretado– de esa enfermedad que constituyó el nazismo –o, si se quiere, el totalitarismo en general– en los años 30 y 40 del siglo XX. Esa enfermedad se ignora en un principio, los habitantes de dicha ciudad miran hacia otro lado y se escabullen, cayendo en el individualismo. Pero, llegado un momento, la omnipresencia de la muerte que va corrompiendo y degradando la sociedad argelina se hace tan evidente que hay que hacer frente a ella: es necesario luchar con lo que se tiene, con valentía; es urgente “recomenzar” y crear de nuevo. En esos momentos, la percepción del tiempo se diluye: ya no hay pasado, que queda borrado en la mente de los ciudadanos; tampoco hay futuro, pues la muerte arrasa con todo; se impone, por tanto, el presente, la lucha diaria por sobrevivir al día de mañana, un día en que esas personas serán otras, en que la individualidad se habrá vuelto a definir en cada acto, como apuntaba Nietzsche décadas antes.
Ante este mal que circunda la ciudad entran en juego las acciones individuales. La masa, entendida como ente homogéneo, sin voluntad y sometida a ese fantasma medieval, queda anulada: todo ha perdido su sentido, el absurdo se cierne y el castillo kafkiano vuelve a vislumbrarse con todo su poderío. La huida, la resignación, el derrumbamiento: estas serán las acciones habituales ante tal desastre; pero también la valentía individual del doctor Rieux. El final es fácilmente imaginable: “Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado”. Tocaba recomenzar y construir de nuevo. Pero, ¿cómo hacer eso? Y mejor aún: ¿cómo hacerlo hoy en una tierra devastada, saqueada, ninguneada? ¿Qué habremos hecho mal? ¿Habrá valientes doctores como Rieux en las próximas semanas que ataquen esas pestes? ¿Habrá alumnos de las escuelas que se sientan sacudidos por esa peste y que se muevan a alzar la voz? ¿Habrá más alumnos que pidan consejos para leer libros porque un día leíste en clase un fragmento de Algo va mal, de Tony Judt? ¿Calará ese mensaje? Y lo más terrible: ¿cómo lo hará en mí?

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Hace meses, aprovechando la estimulante tarea que tenía por delante –dar unas cuantas clases de prácticas en 4º ESO sobre el nazismo y el fascismo italiano– comencé a leer El oscuro carisma de Hitler, de Laurence Rees, obra sobre la que ya dije varias cosas. Su introducción consiguió atraparme: la motivación del autor por emprender decenas y decenas de entrevistas a criminales de guerra para lograr comprender el fenómeno del totalitarismo en la Alemania de estos años me llevó a sumergirme en esta y otras obras suyas. Afirmaba en la introducción que no podía comprender cómo la personalidad de Hitler había llevado a cometer tales atrocidades; pero pronto lo aclaraba: “Yo no estaba hambriento; humillado tras perder una guerra; desempleado; asustado por la violencia que imperaba en las calles; no me sentía traicionado por las promesas incumplidas del sistema democrático en el que vivía; aterrorizado por que mis ahorros se desvanecieran en un desplome de la banca; y quería que me dijeran que todo ese caos era culpa de otro”. Culpa de otro, por supuesto: de los judíos, de los comunistas, y un largo etcétera de “no personas”, de infrahumanos. Traté de motivar a mis alumnos con esa introducción como motor de un historiador para comenzar una investigación, y haré lo mismo próximamente con mis alumnos ya oficiales cuando llegue tal tema.

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Todo ese caos era culpa de otro. Algo que, por otra parte, es bastante frecuente en nuestra sociedad actual sin necesidad de irnos a los años 30 del pasado siglo. Pero esa frase me llevó meses después a leer Auschwitz, obra comentada hoy en diversos medios por el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración y exterminio. Sin pretender hacer sombra al profesor Serna y su magnífica reseña, me permitiré el lujo de recomendar esta obra de nuevo citando algunos fragmentos. Los historiadores pecamos muchas veces de ser malos –o nulos– en comunicación para el gran público, así que insistiré en ello uniéndome a los múltiples artículos periodísticos que pueblan la prensa de esta semana.
“Sé que el presente libro tiene mucho de perturbador”. Así comienza Auschwitz. Los nazis y la “solución final”. Es perturbador, inquietante pero muy sugestivo; tiene una capacidad de narración increíble rescatando la información y las citas de sus múltiples entrevistas, tanto a víctimas como verdugos, y todo ello lo hila de una forma magnífica mientras involucra al lector a sumergirse en la barbarie, a sentir cómo vivieron y pensaron unos y otros, a comprender sin enjuiciar, y a valorar el contexto histórico. Comprender cómo la ética situacional puede resultar criminalmente peligrosa es, quizás, el motor de esta obra.
Una y otra vez el autor insiste en la idea de que las personas que se encargaron de estas ejecuciones eran ciudadanos normales, de esos que te puedes encontrar en el autobús y que pueden parecer unos buenos padres y unos vecinos ejemplares. Gran sorpresa fue para él este descubrimiento cuando esperaba encontrarse a criminales malévolos y endemoniados; y, sin ser así, la mayoría tuvieron muy claro que no se arrepentían de sus hechos, que habían actuado bajo el ideal del momento y al servicio de un Estado y de unas convicciones profundas.
El sistema de Kapos que se implementó en Auschwitz provino de Dachau, creando un sistema de cargos entre los reclusos con la finalidad de lograr un control más potente. “Las autoridades del recinto nombraban a un prisionero de cada barracón (…) que tendría un poder casi omnímodo sobre el resto de reclusos (…) Ellos harían, en mayor grado aún que los guardias de la SS, insoportable la vida dentro del campo de concentración, al adoptar un comportamiento arbitrario en su relación diaria con los demás internos”. Himmler expresó sobre ellos: “En el momento en que dejemos de estar satisfechos de él, dejará de ser Kapo y volverá a unirse al resto de prisioneros. Sabe perfectamente que éstos lo matarán a golpes la primera noche tras su regreso”. El miedo, la amenaza y la necesidad de preservar la propia vida se antepusieron a cualquier resquicio de humanidad sobre quienes eran reclusos como ellos.
Además de la brutalidad que estos cargos infligían y de los trabajos forzosos para las empresas archiconocidas que aprovechaban la mano de obra del campo, el Bloque 11 resonaba como otra de las estructuras más temibles. Tenía el mismo aspecto que los demás barracones de ladrillo rojo, pero tenía una función diferente como relata el testimonio de Jerzy Bielecki, que sobrevivió a este lugar de tortura y asesinato. Fue condenado en este bloque por estar enfermo e incapacitado para trabajar y su castigo consistió en ser colgado de una viga con las manos atadas por detrás de la espalda. Resulta curioso de este testimonio, más que el método de tortura, la variedad de soldados de la SS que podía haber en el campo: el mismo Bielecki habla del sádico que apartó la silla sobre la que estaba levantado, y del compasivo que lo ayudó a bajar. Comprender cómo era cada uno de ellos podía ser clave para lograr la supervivencia.
El autor también hace referencia a otros campos de exterminio anejos a Auschwitz para completar el relato de terror. En julio de 1941 Himmler ordenó la aniquilación total de los judíos de Polonia y, viendo la falta de infraestructura de Auschwitz, confió en la capacidad de otros tres campos polacos para tal efecto: Belzec, Sobibor, Treblinka. Sus nombres han pasado a la cultura común como sinónimos de terror por ser el lugar de ejecución de 1.7 millones de personas.
Sin embargo, fue Auschwitz, el campo hoy conmemorado, el que superó toda estadística llegando al millón cien mil personas que dejaron su vida allí. Fue en 1944 cuando se dieron la mayoría de muertes en este campo, momento en que las infraestructuras de exterminio industrial –y de alejamiento moral de la muerte– alcanzaron sus cotas máximas de efectividad. En su mayoría fueron judíos los allí exterminados, y concretamente judíos húngaros. La obra sirve también para fijarse en ciertos colectivos, más allá de este, que habitaron el campo: gitanos, con sus privilegios iniciales para poder vivir en familia, y Testigos de Jehová, cuyos testimonios son sorprendentes por la entereza de su fe, la colaboración con las familias nazis debido a su confianza absoluta en la divinidad y su providencia, y el cierto aprecio que llegaron a tener por parte de generales de la SS por sus buenos cuidados a sus hijos.
El resto es bastante conocido y la prensa se hace eco de ello. Las marchas de la muerte, una vez el Ejército Rojo se aproximaba en enero de 1945, incrementaron el nivel de mortalidad del campo en los traslados forzosos hacia Austria o Alemania. Muchos de ellos fueron a Bergen-Belsen, en la Baja Sajonia, conocido por las escenas filmadas tras su liberación, y la nula organización del campo, abandonado, con ausencia de toda dignidad humana.
Más allá de todo esto, insisto en mi recomendación de esta obra por alumbrar otros aspectos que quizás sigan siendo oscuros para la mayoría de las personas: los asesinatos de antiguos nazis por la Brigada Judía británica, sin ninguna garantía jurídica; la segunda condena a la que se vieron sometidos los judíos liberados por encontrar sus casas ocupadas; las deportaciones que Stalin ejerció tras la guerra a calmucos, tártaros y chechenos, acusados de colaboración por su negativa a aceptar la noción de “preso político”; y la impunidad con la que quedaron muchos de los miembros de bajo rango de la SS. Indica Rees que de 6500 personas colaborando con este exterminio entre 1940-1945, solo fueron 750 castigados. Sin embargo, hoy los protagonistas son los pocos supervivientes que quedan de los 7000 que lograron salir de aquel infierno con vida.

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1. En un par de días se celebrará el 70 aniversario de la liberación del campo de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau de Polonia. Fue la noche del 27 de enero de 1945 cuando las tropas del Ejército soviético entraron en el campo. Los nazis habían dinamitado previamente los crematorios del campo para borrar pruebas del millón cien mil personas que dejaron su vida allí. Eva y Miriam, dos hermanas despertadas por los estruendos de las explosiones, asistieron a la desaparición de todo orden en el campo y salvaron de milagro su vida: aun siendo destinadas a una muerte segura por la imposibilidad de seguir el ritmo de las marchas de la muerte, pudieron zafarse debido a la proximidad del Ejército Rojo. Curiosamente fueron soldados del frente ucraniano los que llegaron en primer lugar al campo, y los gritos de ¡Somos libres!, ¡Somos libres! comenzaron a escucharse. El abrazo de esos primeros soldados a Eva fueron el primer elemento de calma después de mucho tiempo.

Los ecos de la historia resuenan una y otra vez en nuestro presente, y la negativa de Putin a asistir a este último aniversario conmemorativo con víctimas presentes ha sido noticia. “El señor Putin tiene a finales de enero una agenda muy intensa ligada a cuestiones de la política nacional. Representará a Rusia el jefe de la Administración Presidencial, Serguéi Ivanov”, reza la noticia. Y continúa recordando su conflicto en Ucrania que le mantiene en una difícil relación con Europa. Desde luego, esta “liberación” que narra Laurence Rees no puede idealizarse ni ensalzarse sin más: muchos de los presos que pudieron salir con vida de este y otros campos, se encontraron con un futuro roto por haber sido ocupadas sus casas en sus países de origen. El antisemitismo en la Polonia de posguerra continuó acampando y amenazando.

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2. Los ecos vuelven a aparecer en una jornada que me recuerda a la cita europea de hace unos meses donde todo parecía estar en juego y, realmente, nada lo estuvo en gran medida. De nuevo, hoy la cita griega se presenta como la jugada maestra contra las medidas de austeridad que llevamos soportando durante años; y vuelven a salir a la palestra ecos una y otra vez: los que vinculan a Tsipras con los comunistas de la guerra civil griega de mitad del siglo pasado; los que, sesudamente, citan a Keynes, y advierten contra la excesiva presión económica en Grecia; o los que tratan de ser apadrinados por Syriza en España. Lo siento pero no, no me gustan los baños de multitudes, los baños de masas de los partidos políticos. Veo unos minutos el mitin de Podemos en Valencia por la red y me desagrada profundamente. Íñigo Errejón bajado del cielo, con un semblante bien pulido y con aspecto juvenil, enciende a las masas, les dice lo que quieren oír y prorrumpen en aplausos con gritos de “Sí se puede”. Pues claro que debe poderse, pero ¿así? Parece que en un siglo no ha cambiado la forma de hacer política; no me gusta, no, me recuerda demasiado a El triunfo de la voluntad y rápidamente trato de apartar ese pensamiento y de cerrar la ventana.

3. Esto de los líderes carismáticos no deja de inquietarme, y ya son varios años. Sin haberme repuesto aún de las terribles imágenes del ataque yihadista en Francia, me da por leer El holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la segunda guerra mundial, también del profesor Rees. Espeluznante de nuevo. Desconocía profundamente la acción de Japón en la guerra y el papel de Hirohito, así como la voluntad de los soldados japoneses por inmolarse, por servir a un ideal trascendente y entregar su vida por ello. De nuevo me deja anonadado y me viene una y otra vez a la mente el fundamentalismo islámico, el Ejército Rojo, los mítines políticos y la raza aria. ¡Salvadme!

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1. Mañana acabo el Máster de Profesor de Educación Secundaria (especialización Geografía e Historia); lo termino defendiendo mi Trabajo Fin de Máster o, más bien, haciendo breves esbozos a modo de titulares periodísticos de lo que ha sido dicho trabajo. El asunto en cuestión lleva por título la siguiente proclama ambiciosa: “Unidad didáctica. Una época de violencias: la violencia bélica (1914-1918), y en él desarrollo una breve programación para 4º ESO sobre este tema. Además, trato de defender una determinada concepción de la historia y de la didáctica de esta misma disciplina: intento mirar la primera mitad del siglo XX de una forma global y continua, siguiendo a grandes historiadores y a modernas concepciones pedagógicas. En realidad, es una invención mental que difícilmente podría tener aplicación como tal en las aulas actuales; a pesar de ello, trataré de defenderlo lo mejor que pueda.

descarga2. Hace unos días acabé de leer Historia de un alemán. Memorias 1914-1933, de Sebastian Haffner, en medio de la vorágine de lecturas de difícil digestión histórica que trato de intercalar con otras más llevaderas. Haffner acabó esta pequeña autobiografía de lo que fue una época realmente convulsa en 1939, ya emigrado a Inglaterra por el desencanto con el nazismo triunfante; sin embargo, no se publicó hasta su muerte. El testimonio de Haffner me sirve para mi exposición de mañana, ¿por qué no? Su ojo analítico y personal nos lleva a la Alemania que vivió la primera guerra mundial y que sufrió las consecuencias que se derivaron de Versalles, de la crisis económica y de los vaivenes políticos de la República de Weimar. El autor, un niño de siete años, nos advertía ya en 1914 que la guerra no se esperaba, que no podía ser real en su mundo idílico y que sería corta. ¡Qué equivocado estaba! Su voz infantil resuena, y lo seguirá haciendo mañana delante del tribunal:

“…la confianza que inspiraba el humo oloroso de los puros que fumaban con lentitud y que ascendía en el aire formando pequeñas columnas delante de ellos y cómo, cuanto más hablaban, más claro, mejor y más calmado se volvía todo. Sí, finalmente, la conclusión de que no podíamos estar en guerra resultó casi irrebatible y, por tanto, no nos dejaríamos intimidar, sino que permaneceríamos allí hasta que terminaran las vacaciones como siempre”.

Esas vacaciones no volverían a ser como siempre, ni lo serían en los siguientes cuatro años: una guerra encarnizada, cruel, con nuevo armamento y dimensiones hasta entonces desconocidas, comenzó. Sus memorias me sirven para tener presente el devenir de una época que sacó de la guerra un concepto diferente de la política, una idea del enfrentamiento desconocida hasta ese momento: por ello Furet habló de los orígenes del bolchevismo y del nazismo en la guerra mundial. Todo ello revoloteará en mi mente mañana durante los escasos diez minutos que tengo para defender un trabajo que, probablemente, no habrá sido leído en su totalidad por quienes deben evaluarme. También aparecerá en mi mente el testimonio de Erich Maria Remarque en Sin novedad en el frente, en otro fresco de época –de la misma–, con connotaciones tristemente vinculables con la actualidad:

“Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La misma noción de la autoridad que representaban les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común. Pero el primero de nosotros que murió echó por los suelos esa convicción. Tuvimos que reconocer que nuestra generación era mucho más leal que la suya; no tenían más ventajas respecto a nosotros que las palabras vanas y la habilidad. El primer bombardeo nos reveló nuestro error, y con él se derrumbó la visión del mundo que nos habían enseñado (…)”.

3. Hoy estoy aquí esperando que pasen las horas para terminar el máster mañana y me siguen viniendo a la mente las palabras de Haffner. Mañana yo seré un número; mis compañeros lo serán; o más bien, seremos palabras y títulos de trabajos de naturalezas muy variadas. En una época de masas que Haffner ya vivió, alzó la voz en su obra para reivindicar el papel de las personas con nombre y apellidos en la historia:

“¿Y yo? Acabo de hacer en que hace rato que no he tenido oportunidad de utilizar esta palabra en mi historia. He alternado la tercera y la primera persona del plural, pero no ha habido ocasión en la que poder usar la primera del singular. No es ninguna casualidad, sino uno de los puntos culminantes (tal vez el punto culminante) de lo que nos sucedió en el campamento, es decir, del hecho de que cada uno como individuo no fuese en absoluto relevante…”.

santosIntento yo también alzar mi voz, sin gritar mucho; escribo un poco para liberar tensiones y así entretenerme, juguetear con las horas hasta que pasen; termino Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos, y resulta esta una de las obras llevaderas que decía antes. Quizás llevaderas no sea el adjetivo calificativo más adecuado: ¡qué obra!, ¡cuánta subordinación!, ¡cuánto arte lingüístico!, ¡qué cantidad de pertrechos estilísticos! Pero eso sí: para dar cuenta de una época a través de individuos concretos, a lo Haffner. Si para Haffner, él era igual de importante como lo podía ser Goebbels o Göring en la comprensión de una época, Luis Martín-Santos exige también la relevancia de Florita, de Pedro o del Muecas en la España franquista.

Pues eso, mañana más.

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Hijos_del_Tercer_Reich_TV-510487977-largeDisfruto con interés la serie de tres capítulos Hijos del Tercer Reich, de Philipp Kadelbach, una producción alemana de 2013 sobre el eterno tema de la Segunda Guerra Mundial y el nazismo, en este caso centrada en la frustrada campaña rusa. Es una serie bastante lograda con una historia de cinco amigos que viven trayectorias diferentes en el seno de la guerra: unas peripecias que agradan al espectador y que tratan de conmoverlo, intercaladas por escenas de guerra que tanto hemos visto en otras obras fílmicas. Más allá del interés histórico que tiene la serie, los posibles errores que los más eruditos se han encargado de analizar, resalto el componente emocional de los personajes: el soldado animado y nacionalizado que acaba comprendiendo que en la guerra “las únicas vencedoras son las moscas”, que se alimentan con la carne de los muertos; el soldado inmunizado al fervor belicista que sacrifica su vida; la enfermera que contempla el horror de los heridos del frente y de su amor imposible; la cantante que prospera bajo el aura de un alto mando nazi; y el judío: el que todo lo sufre, la víctima que acaba, de algún modo, redimida, y que consigue escapar tras sufrir el antisemitismo nazi y el antisemitismo partisano.

Como digo, además del interés histórico y del atractivo que tiene al ser una producción alemana, nos transporta al universo mental del ejército de la Wehrmacht. Nos permite apreciar la sensación de superioridad alemana, la convicción de que la “victoria final” vendría tarde o temprano, el desprecio hacia el soviético inferior y, sobre todo, la creencia absoluta en la figura providencial de un Führer que parece nunca equivocarse, de un líder carismático que se ha encargado de inculcar con gran maestría y durante años la idea del éxito y de la fe ciega en sus planes. El siguiente testimonio de Maria Mauth es ilustrador al respecto:

 “Nos habían enseñado que los alemanes éramos los únicos seres humanos valiosos. Había un folletito titulado “Inventores alemanes, poetas alemanes, músicos alemanes”; no había nada más. Y nosotros nos lo sabíamos de pe a pa, estábamos plenamente convencidos de que éramos los mejores. Solíamos escuchar los noticiarios y nos sentíamos llenos de orgullo y conmovidos, y a menudo mucha gente derramaba lágrimas. Hay que imaginárselo –hoy en día no me lo explico–, pero era exactamente así… Hasta mi padre, que era un escéptico, utilizaba el pronombre “nosotros”; de repente empezó a decir “nosotros”, mientras que antes, cuando nos contaba historias de la guerra y demás, solía hablar en primera persona, pero de repente empezó a utilizar el pronombre “nosotros”. ¡”Nosotros” somos un pueblo extraordinario!”.

REES, Laurence. El oscuro carisma de Hitler. Crítica: Barcelona, pág. 192.

 

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“Y allí, en la noche iluminada por los focos, apiñados como sardinas en una formación masiva, los pequeños hombres de Alemania que habían hecho posible el nazismo alcanzaron el estado más elevado que conoce el alemán: desprenderse de su alma y su mente individuales -junto con las responsabilidades personales, las dudas y los problemas- hasta que, bajo las luces místicas y el sonido de las palabras mágicas del austríaco, se fundieron por completo en el rebaño germánico”.

William Shirer (periodista norteamericano) sobre el mitin del Partido Nazi en Núremberg, en 1934.

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