Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Literatura’ Category

Hacer una revisión lectora del año que ha terminado es una forma de autocomplacencia intelectual aunque también sirve para reflexionar sobre los géneros más frecuentados, aquellos olvidados, o las obras que nunca leería si pudiera volver atrás. 2016 empezó tarde, muy tarde: alrededor de junio. Entre enero y junio leí innumerables temas de oposición, resolución de prácticos, exámenes, apuntes sobre programación, páginas web sobre arte; releí manuales de historia, de geografía y de historia del arte, así como libros de texto usados en los institutos. Al terminar victorioso esta etapa comencé a recuperar el tiempo perdido. Y no, no creáis que leí a Proust; tal empresa sigue estando en mi lista de pendientes. 2016 comenzó con poesía: Completamente viernes, de Luis García Montero, al que le siguieron tras el viaje sevillano El amor, las mujeres y la vida, de Mario Benedetti, Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma, Llibre de meravelles, de Vicent Andrés Estellés, La primavera avanza, de Ángel González, y Poemas (1962-1969) de Pere Gimferrer. Fue un año en que recuperé clásicos que tenía pendientes, como Marianela, de Galdós, La plaça del diamant, de Mercé Rodoreda, y La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Debo decir que algunos me abrumaron en cierto momento. Descubrí a Quim Monzó, del cual tan solo había leído algún artículo aislado en mi etapa estudiantil, y me hice con El perquè de tot plegat, rescatado de una librería de segunda mano, y con La magnitud de la tragèdia. En algunos momentos hice honor a mi profesión y opté por estudios de historiadores como Els valencians, des de quan són valencians?, de Vicent Baydal (estudio que trata de escribir sobre los orígenes del tan manido concepto de nación en un momento de florecimiento del sentimiento colectivo valenciano), La restauración social católica en el primer franquismo, de Feliciano Montero (un conjunto de artículos que estudian el primer franquismo desde la óptica de la educación y las depuraciones), El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, de Paul Preston (un magnífico regalo de antiguos alumnos que disfruté y devoré, sintiendo la tragedia de nuestra historia en primera persona), La España del maquis, de Vidal Castaño (un estudio decepcionante sobre el maquis en diferentes zonas de la Península Ibérica, nada conseguido en su redacción, inconexo y excesivamente anecdótico), y La voluntad del Gudari, de Gaizka Fernández (estudio sobre los orígenes ideológicos e históricos de ETA). Leí también alguna obra que tenía pendiente desde mis años de carrera, como Marx (sin ismos) del difunto Francisco Fernández Buey, o El malestar en la cultura, de Sigmund Freud. Inauguré un conjunto de lecturas sobre la crisis del capitalismo actual, como Extremistán, de Jorge Reichmann, o En defensa del decrecimiento y Colapso, de Carlos Taibo, obras necesarias y curiosamente publicadas en editoriales desconocidas. Leí pequeñas obras variopintas como Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, el tantas veces citado Esperando a Godot, de Samuel Becket, La mordaza y Escuadra hacia la muerte de Sastre, o la Apología de Sócrates, del mismísimo Platón. No puedo dejar de mencionar la lectura de Harry Potter y el legado maldito, que me trasladó a mi infancia, si bien su formato teatral me decepcionó. Volví a frecuentar autores bastante leídos, que casi nunca defraudan, como Miguel Delibes con Señora de rojo sobre fondo gris, o Paul Auster, con El palacio de la Luna; y descubrí otros como Fernando Aramburu del que devoré con placer y mal cuerpo Patria y pronto me hice con el conjunto de relatos de Los peces de la amargura. El año acabó con Rafael Chirbes: En la orilla, seguida de Ítalo Calvino, y su obra El baró rampant, que debí leer de adolescente cuando cierto profesor de filosofía me la recomendó.

librosss.jpg

¿Metas para este 2017? Desde luego, leer más, ahora que la tarea alienante de releer temas ha cesado; leer más en catalán; atreverme con algunos clásicos; confiar en la narrativa actual; y recuperar los libros que presté para que vuelvan con gozo a la casa del padre.

 

 

 

 

Anuncios

Read Full Post »

“Sense memòria ni esperança, vivien instal·lats en el present. Si hem de ser francs, tot esdevenia present. La pesta havia llevat a tots la possibilitat d’amor i, fins i tot, d’amistat. Perquè el amor exigeix un poc d’avenir i per a nosaltres no hi havia més que instants”. Sembla que aquestes línies de La pesta, d’Albert Camus, hagen estat traslladades directament a la configuració de Bucky Cantor, personatge de Nèmesi, de Philip Roth, tot i que en aquest darrer cas el tràgic avenir individual resta importància al triomf nacional a la contesa mundial. Cantor aplica una màxima: convertir la tragèdia en culpa, i en fa l’única estratègia per enfrontar-se a la pòlio. És una novel·la que es fa ressò de la Segona Guerra Mundial, de l’antisemitisme i de la lluita individual contra l’atzar. Encara en queden alguns exemplars a París València del carrer de Navellos per menys del que val una cervesa. Recomanable.

polio392x262

Read Full Post »

Escribo in media res, en medio de la acción, sin acabar aún El palacio de la luna, novela de Paul Auster publicada en 1989. Este escritor estadounidense me sirve ocasionalmente para darme un baño de fantasía y saborear otras vidas posibles. Sus historias, excelentemente narradas, vienen a ser píldoras de sosiego; entremezclando aventuras, búsquedas y periplos de diferentes personajes te introducen en una espiral de referencias placenteras. En este caso es Marco Fogg, un buscador en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX, que enlaza mágicamente con otras novelas como El libro de las ilusiones. Conocí a Auster en mayo de 2009, cuando leí La trilogía de Nueva York, una triple novela poco común sobre un escritor de literatura policiaca. El volumen en cuestión se encuentra ya fatigado: siete años de estantería y algún préstamo han deslucido su portada, han doblado sus puntas y han manoseado sus páginas. Ha posado valientemente junto a Bukowski y Nabokov sin ceder a sus presiones. Se merece un lugar de honor en la estantería.

blakelock

Marco Fogg no es, en realidad, más que una excusa para contar historias, como la de Effing, un anciano maniático postrado en una silla de ruedas que emprende los últimos días de su vida organizando un extraño programa de lecturas y rutinas para el joven que le cuida. La pintura de Blakelock, Luz de luna, obra del lejano oeste, sirve como fondo para dar nombre a la novela y ubicar en esos lugares las aventuras del entonces perdido y valiente Effing. “Mira el cuadro. Mírelo por lo menos durante una hora, haciendo caso omiso de todo lo demás que haya en la sala. Concéntrese. Mírelo desde diferentes distancias, desde tres metros, desde medio metro, desde tres centímetros. (…) Cierre los ojos y prueba a recordarlos. Vuelve a abrirlos. Vea si puede empezar a entrar en el paisaje que tiene ante sí”. La noción de vida que transmite Effing es todo un aprendizaje de juventud para Fogg: le obliga a contemplar este cuadro después de un largo viaje con los ojos cerrados, a memorizar sus detalles y a introducirse en la escena; a pasear relatando al viejo ciego todos los detalles de las nubes y del devenir y el cambio de los objetos mundanos; a repartir dinero a todos los personajes anónimos que pueblan Nueva York, sabiéndose al final de su vida; o a leer las necrológicas de los periódicos durante semanas para preparar una propia. Una lección de vida. Una enseñanza para saborear los últimos estertores de su existencia que, sin duda, servirán para el resto de la historia que pronto acabaré.

De repente, justo en el momento de la muerte del viejo llaman al timbre, aparato desgastado que no permite comunicarse con el interlocutor. Unos segundos después sé de qué se trata: el último pedido literario que hice, esta vez más académico y menos dedicado a la fruición de la novela. La elección de las obras que leo es toda una aventura, a veces creo que disfruto más eligiendo que leyendo. Doy tumbos de página en página, leo referencias, reseñas, comentarios, relleno listas interminables de pendientes que nunca puedo seguir –y, desde luego, tampoco obedezco– para escoger lo primero que me aparece como deseable en ese momento. Hace años que abandoné la pretensión de la lectura sistemática: confieso que lo intenté, animado por aquellas palabras del genial Ignatius Reilly en La conjura de los necios: “Entonces, debes iniciar inmediatamente un programa de lectura, para que puedas llegar a comprender la crisis de nuestra época. Empezaremos con los últimos romanos, incluido Boecio, claro. Luego, profundizaremos extensamente en la Alta Edad Media. Podrás dejar a un lado el Renacimiento y la Ilustración. Todo es más que nada propaganda peligrosa. Ahora que lo pienso, será mejor que te saltes también a los románticos y a los victorianos. En cuanto al período contemporáneo, deberías estudiar algunos cómics seleccionados. Te recomiendo especialmente Batman, porque tiende a trascender la sociedad abismal en que se encuentra. Su moral es bastante rigurosa, además. Le respeto muchísimo.” Pronto desistí y me entregué a la anárquica sensación de escoger libremente. Así pues, llegan mis dos nuevas adquisiciones: un estudio sobre Marx, hecho por un comunista recientemente fallecido, y uno sobre ETA, de un joven historiador actual. Los intereses del oficio. Lentamente, me permito acabar antes con la muerte de Effing y procedo al ritual que me deleita: acaricio el lomo, observo la portada –esta vez no fatigada–, lo comparo con el viejo ejemplar de la biblioteca que manejé hace años, leo la contraportada y la solapa, me identifico como poseedor de tales objetos –con un lápiz, a falta de un buen sello a modo de exlibris–, anoto la fecha y el lugar de adquisición y les busco un lugar provisional en la estantería, esta vez lejos de Auster. Pienso por cuál empezaré primero y vuelvo a la acción abandonada in media res.

 

 

 

 

 

 

Read Full Post »

“La calle estaba desierta. Niebla por todas partes, casi imposible ver dónde estaba. También llovía, aunque las gotas eran tan finas que parecían vapor. Sensación de no pisar el suelo, de caminar entre nubes. (…) Seguimos andando, llegamos al final de la manzana, dimos la vuelta a la esquina. Otra farola y entonces, tras pararme un momento mientras Arp alzaba la pata, algo me llamó la atención. Un destello en la acera, un estallido de luz parpadeando en la oscuridad. Tenía un tono azulado, un azul intenso, el azul de los ojos de F. Me agaché para verlo mejor y vi que era una piedra, quizá una joya de alguna especie. Un ópalo, pensé, o un zafiro, o a lo mejor sólo una esquirla de cristal de roca. Bastante pequeño para un anillo o, si no, un colgante que se hubiera caído de un collar o un brazalete, o un pendiente perdido. (…). De modo que me dispuse a coger la piedra, pero en el momento en que mis dedos iban a entrar en contacto con ello, descubrí que no era lo que yo pensaba. Era blanda, y se rompió al tocarla, desintegrándose en húmedo y pegajoso fluido, lo que yo había tomado por una piedra preciosa era un escupitajo humano. Alguien que pasaba por allí había escupido en la acera, y la saliva había terminado concentrándose en una bola llena de burbujas, en una esfera lisa de múltiples facetas. Con la luz brillando a su través, y con los reflejos luminosos dándole aquel lustroso matiz azulado, había tenido el aspecto de un objeto duro y sólido. En cuanto me di cuenta del error, retiré bruscamente la mano, como si me hubiera quemado.”

Recorto y selecciono bruscamente estas líneas de una obra inteligente y audaz, y lo hago sumiso a las recomendaciones de Enrique Vila-Matas: “Cuando leo algo que entiendo perfectamente lo abandono desilusionado. No me gustan los relatos que se balancean peligrosamente en el abismo de lo obvio. Porque entender puede ser una condena. Y no entender, la puerta que se abre”. Carece de importancia saber de dónde salen estas palabras, o qué sentido tienen en su obra; es suficiente entregarse al relato de la ilusión de esa piedra preciosa que se mantiene impasible en nuestra retina a pesar del funesto descubrimiento. La obra que contiene estas líneas es un pequeño placer de esos que conviene darse de vez en cuando, una bocanada de aire fresco en forma de historias y de relatos escritos con gran sutilidad. Su autor, sin duda, tiene ese encanto del escritor que regala historias que nos deleitan y nos permiten sumergirnos en otras vidas posibles, en otras ilusiones hechas de rubís y de ópalos. Las vidas que aparecen en esta obra se entrecruzan en un conjunto de reflexiones sobre la literatura, el ensayo y el cine, y se estructuran a partir de una idea de Chateaubriand: “El hombre no tiene una sola y única vida, sino muchas, enlazadas unas con otras, y ésa es la causa de su desgracia”. La desgracia de David Zimmer, coprotagonista de El libro de las ilusiones, de Paul Auster, comienza con el fallecimiento de su esposa y de sus hijos y continúa a lo largo de su vida con episodios de grave depresión y de vaivenes amorosos en torno siempre a su salvador y verdugo: Hector Mann, un director de cine desaparecido sin dejar rastro. “En ese momento de la historia, todo se agosta en un día; quien vive demasiado, muere vivo. Al avanzar en la vida dejamos tres o cuatro imágenes de nosotros mismos, diferentes entre sí; las vemos a través de la niebla del pasado, como retratos de nuestras diversas edades”, continúa Chateaubriand en su autobiografía que traduce Zimmer con vehemencia. La historia de Zimmer acaba con una ilusión, que le salva y le reconforta a pesar de haberlo perdido todo varias veces en su vida, y con el pesar –pero también la esperanza– de que esas imágenes esparcidas por el mundo permanezcan íntegras para poder acabar de componer su visión sobre Mann.

DSC_0246Estas líneas no siguen siendo más que retazos veloces; y, dispuesto a emprender el regreso a la exposición pública de mis miserias, corro a terminar otro volumen (¿podría llamarse así, dado su minúsculo tamaño?): Ella era Hemingway. No soy Auster, de Enrique Vila-Matas. Las circunstancias del discurso me obligan a hacer una parada previa en El gato bajo la lluvia, de Hemingway, un relato corto que me causa la misma indiferencia inicial que a Vila-Matas tras saber que García Márquez lo consideraba el mejor cuento escrito. Pero no acaba ahí la cosa: mientras leo el relato, que narra el tedio de una mujer americana de vacaciones, la realidad se funde con la ficción: se pone a llover y aparece un gato por mi calle huyendo de la lluvia; igualito que en el cuento. Aun así, más allá de una sonrisa esbozada, no logra sacudirme demasiado este pequeño relato, por lo que acudo a Vila-Matas a ser alumbrado. La mujer del cuento entonces pasa a recordarme a Ana Ozores y sus deseos íntimos insatisfechos, los mismos que parece tener ella acariciando un gato que despierta sus anhelos, y que la llevan a replantear su vida ante el rubor de un hotelero italiano. Pero claro, todo eso no está en el cuento: está aquí fuera, en nuestra vida real (o irreal); la historia, en sí, es sencilla, dibuja una situación posible pasando por la punta del iceberg para que sea el lector el que ahonde en las bases. Una de estas conclusiones es la extraída por Vila-Matas en la clase universitaria que relata en el volumen señalado, aprovechando así las diversas experiencias de lectura de los alumnos para conformar otras historias posibles, todas válidas y verosímiles. En fin, una buena lección que aprender a partir de mañana, cuando los retazos de ilusiones comenzarán a multiplicarse de manera vertiginosa, y será necesario darles forma.

Read Full Post »

descargaHace unos meses leía La peste, de Albert Camus, publicada en 1947. En esos momentos se había “recomenzado”, como tantas veces aparece en la novela: Europa había tomado caminos diferentes dejando atrás medio siglo de guerras, crisis, matanzas y de hundimiento del ser humano. La peste que arrasa la ciudad de Orán, en Argelia, es el símbolo –tantas veces interpretado– de esa enfermedad que constituyó el nazismo –o, si se quiere, el totalitarismo en general– en los años 30 y 40 del siglo XX. Esa enfermedad se ignora en un principio, los habitantes de dicha ciudad miran hacia otro lado y se escabullen, cayendo en el individualismo. Pero, llegado un momento, la omnipresencia de la muerte que va corrompiendo y degradando la sociedad argelina se hace tan evidente que hay que hacer frente a ella: es necesario luchar con lo que se tiene, con valentía; es urgente “recomenzar” y crear de nuevo. En esos momentos, la percepción del tiempo se diluye: ya no hay pasado, que queda borrado en la mente de los ciudadanos; tampoco hay futuro, pues la muerte arrasa con todo; se impone, por tanto, el presente, la lucha diaria por sobrevivir al día de mañana, un día en que esas personas serán otras, en que la individualidad se habrá vuelto a definir en cada acto, como apuntaba Nietzsche décadas antes.
Ante este mal que circunda la ciudad entran en juego las acciones individuales. La masa, entendida como ente homogéneo, sin voluntad y sometida a ese fantasma medieval, queda anulada: todo ha perdido su sentido, el absurdo se cierne y el castillo kafkiano vuelve a vislumbrarse con todo su poderío. La huida, la resignación, el derrumbamiento: estas serán las acciones habituales ante tal desastre; pero también la valentía individual del doctor Rieux. El final es fácilmente imaginable: “Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado”. Tocaba recomenzar y construir de nuevo. Pero, ¿cómo hacer eso? Y mejor aún: ¿cómo hacerlo hoy en una tierra devastada, saqueada, ninguneada? ¿Qué habremos hecho mal? ¿Habrá valientes doctores como Rieux en las próximas semanas que ataquen esas pestes? ¿Habrá alumnos de las escuelas que se sientan sacudidos por esa peste y que se muevan a alzar la voz? ¿Habrá más alumnos que pidan consejos para leer libros porque un día leíste en clase un fragmento de Algo va mal, de Tony Judt? ¿Calará ese mensaje? Y lo más terrible: ¿cómo lo hará en mí?

Read Full Post »

4785420 “Compro un ejemplar y lo leo mientras oscurece en la calle y se encienden los faroles entre el viento y las azoteas, bajo trozos de cielo pálido y nubes enrojecidas que se agrupan y se apagan en una masa oscura al fin”. Así se refería en un artículo en el diario ABC Carmen Laforet en abril de 1972 después de haber adquirido El fugitivo de Ramón J. Sender. Su adquisición adquiere tintes poéticos que pretenden imbuirnos de la idoneidad del momento en que esta autora comenzó a leer el libro que su amigo le había dedicado. Los trozos de cielo pálido y las nubes enrojecidas no se agrupaban todavía cuando yo adquirí un viejo ejemplar de Destino Libre rebuscando en una vieja librería; tan solo me topé con él y la solapa me evocó una lectura reciente de Rafael Sánchez Ferlosio que recuperé de una casa familiar. Ante esta evocación, ante ese lomo grisáceo castigado por los años –pero virgen e inmaculado todavía–, no pude dejar de resistirme a ver quién era el autor. Para mi sorpresa fue Sender, del que ya había leído Réquiem por un campesino español –también adquirida de una forma poco ortodoxa: en la manta de un mercadillo delante de mi facultad por uno o dos euros–; y el hecho de desconocer esta obra que ahora tenía entre mis manos me llevó a comprarla cerciorándome de que la temática podía interesarme. Era un acto de redención: estaba rescatando una obra de una vieja editorial ya descatalogada e iba a unirse a mi propia biblioteca; no tenía otra opción; no podía permitir que permaneciese eternamente escondida, sepultada entre baratijas literarias.

Al leer en los días siguientes esta desconocida obra, pude darme cuenta de lo poco relevante que había sido en la red; únicamente encontré una referencia de la reseña que había dedicado Carmen Laforet en ABC. La autora de Nada apostillaba con tino: “hay mucha vida condensada en estos trazos argumentales tan amenos y hábiles, en este juego casi guiñolesco de la acción, entre este ágil, inteligentísimo humor y no siempre negro, pero, a veces, de sátira esperpéntica”. Y continuaba después: “El drama del hombre que encuentra la sabiduría de su propia felicidad de vivir al borde de la muerte”. Es una obra que habla de vida, de felicidad y, sobre todo, de libertad: de esa libertad experimentada ante cualquier situación vital y acompañada siempre de dicha. La acción es atemporal y bien podría situarse en una gran cantidad de tiempos y lugares aunque, inevitablemente –y sobre todo para quienes hemos leído Réquiem–, nos transporta hacia la España de aquel dictador cuya muerte se conmemorará este año, en su cuarenta aniversario.

Ya no es Paco, el ejecutado, sino Joaquín que, habiendo cometido un delito nunca conocido en la novela, habrá de huir y esconderse para evitar su ejecución. Al finalizar la novela queda claro que su único delito es ser libre y remar a contracorriente en  una sociedad intolerante y represiva. Asistimos a una clara evolución del personaje: de un ser abúlico pero feliz, que raya lo bartlebliano, hasta un redescubridor de la vida. La insatisfacción amorosa que encuentra en sus tres antiguas novias simbolizadas magistralmente en las tres muñecas del campanario se redime con el encuentro con su mendiga. Es ese encuentro el que hace transformar su noción de libertad: de creer “conveniente declarar que soy feliz con la sentencia” (de muerte), a suplicar “al juez con lágrimas en los ojos que pidiera para mí el indulto”.

El personaje no deja de recordarme al desventurado Sísifo que había de sufrir el peso de la desvergonzada piedra obligándole a retroceder. Aunque lo cierto es que no al mítico Sísifo, sino al Sísifo rejuvenecido y actualizado por Camus, aquel que, contemplando el fatal destino al que había sido condenado, podía encontrar un atisbo de felicidad, podía “imaginarse a Sísifo feliz”. A tal punto llega Joaquín que afirma lo siguiente, siendo ya presa del sistema totalitario y represivo: “Me considero dueño de mis actos y de mis pensamientos, y más sereno y razonable que nunca en mi vida. (…) El resultado de este proceso es el que yo esperaba y deseaba desde lo más íntimo de mi alma. (…) demostrarles mi gratitud. Con ese fin propongo distribuir mis bienes personales al hacer el testamento, si su señoría me lo permite, entre los tres funcionarios de la justicia aquí presentes. Gracias, señores, he dicho”. Su respuesta es un grito de rebeldía, es una huida lejos del convencionalismo que sacude a los funcionarios de la justicia; y tal gesto de desobediencia supone que su condena sea postergada una y otra vez porque la ejecución carece de sentido en una persona que no valora la vida o la muerte. Pero se equivocan: sí la valora aunque de otro modo: “Continuaba al margen del juego de las normas elementales secretas de la vida. Y a mi alrededor todos seguían, también, confusos”.

Bartleby-the-ScrivenerHa sido una grata sorpresa que me encontré en aquella librería a la que iba por primera vez, y una lectura que ha dado frescura a la noción de libertad y de felicidad. Es también una síntesis del siglo XX: de lo orwelliano y de lo kafiano, de Camus; y, por supuesto, de nuestro escribiente Bartleby que prefirió no hacerlo…

“Vino él solo y me hizo varias preguntas encaminadas todas a saber si yo amaba la vida y tenía miedo a morir, sobre todo a morir ejecutado. Mi amada esperaba en su cuarto”. Y a mi mente vienen los suspiros: ¡Oh, Bartleby!, ¡Oh, humanidad!

Read Full Post »

courbet2
“Esta es la entera historia de mi juventud. Cuando pienso en ella, me parece que fue tan breve como una noche de verano. Un poco de música, un poco de espíritu, un poco de amor y un poco de vanidad. Pero todo hermoso, rico y lleno de colorido, como una fiesta eleusina…”.
Así me interpela Peter, Peter Camezind. ¡Qué nombre tan resonante, con tanta solidez! Y, sin embargo, qué frágil y desdichado nos parece este joven cuando continúa su perorata: “y se apagó, rápida y mezquina, como una llama al viento”. Es alguien desolado por la muerte, que ha logrado apagar la noche de verano de su vida; una persona que, inmersa en su periplo de búsqueda interior y trascendencia en el mundo, cae de bruces ante una realidad amenazadora.
Es un camino tantas veces recorrido y, no obstante, sin remedio; ya nos lo enseñaron otros compañeros de su pluma: Harry Haller, Siddhartha, Demian o Hans Giebenrath pero, ¿qué más da?, ¿qué importa? El mediterráneo pintado por el artista del realismo y el mar de nubes del romántico se nos antojan tan inexplorados y tan peligrosos –al tiempo que seductores– como el sexo que años más tarde osó plasmar en la tela el primero. No hay ningún remedio: desde las montañas de la infancia, desde los valles de la seguridad y desde la maternidad acogedora habrá que transitar hacia el yo y hacia la satisfacción; en ese camino siempre aparecerá la muerte, el desdichado amor, los íntimos compañeros que se tornan indiferentes para, más tarde, pasar al olvido; las que vuelan a lomos de aeroplanos entre nubes, las que habitan en tierras lejanas y ansías acariciar. Y siempre, en este camino, surgirá la ilusión de la novedad, de la profundidad del sentimiento instantáneo y momentáneo que trata de eclipsar lo pasado y lo futuro, lo imaginado y lo real; así será, seres humanos seremos errando al advertir lo valioso, al discernir lo detestable y lo prescindible de lo que, en realidad, nos llena. Siempre diremos “aquel amor primero no tuvo nunca fin; siguió alentando (…) durante todos los años de mi juventud”; y una y otra vez nos reprocharemos a nosotros mismos: “idiota, olvídate, aún no has aprendido cómo se llaman los lagos, las montañas o los arroyos de tu tierra natal”.
Caspar_David_Friedrich_-_Wanderer_above_the_sea_of_fog

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: