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Archive for the ‘Franz Kafka’ Category

Para ti:

¡Oh, Milena, aciaga e infausta Milena! Qué lejos quedan tus cartas, tus bellas palabras siempre medidas, nunca gratuitas; lejos las artimañas intelectuales que cautivaron al gran escritor; lejos tus dudas sobre el abandono de tu triste marido; lejos las esperanzas brotadas en tu tuberculoso y epistolar amigo. ¿Cómo es posible que tu historia no se cumpliera? El destino te guardaba algo horroroso. La poesía de tu vida siempre quedaría en los legajos que él sólo entendería; las palabras, que tanto costaba arrancar de tu boca, se esfumarían; los súbitos viajes se perderían en su memoria. Todo llegaría a su fin: su muerte y tu muerte. De nada valdría el interés intelectual mutuo que se había despertado; tampoco las constantes cábalas de él para arreglar un efímero encuentro que, no obstante, colmaría su sed última; y, por supuesto, tampoco tus renuencias conservadoras, tu rechazo a la vida con él y tu cobardía execrable. ¡Oh Milena, llega el fin! Y ese fin se llama Ravensbrück y no Kafka, se llama infección renal y no vida en Austria; aguantaste, sí, fuiste dura y asumiste lo que la vieja Europa, en forma de revolución nazi, te colgaba a tus espaldas. Pero ya no hubo más; se hizo la oscuridad. 1924, 1944: ¡borren los dioses tales fechas!

 

milena

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27787682La escritura como ejercicio mental es un atrevimiento apasionante: tanto si resulta ser un acto comunicativo como si es meramente un deleite personal y una fruición sin más. Para Franz Kafka la escritura resultó ser ambas cosas con gran seguridad; sus relatos y sus largas y complejas novelas han marcado a generaciones de escritores, avisando del fuego que el siglo XX –que ya había entrado y dejado episodios funestos para la historia– guardaba en los años venideros; sin embargo, también escribió sobre otro tipo de fuego: ese que nos invade junto a una persona querida y amada. En realidad Kafka no estuvo gran tiempo junto a esa persona (aunque hubo más en su vida), sino más bien en contacto con ella. Milena Jeresenká, que vivía en Viena con su marido, un intelectual de vida bohemia, conoció al escritor a través de algunos cuentos que había escrito. Este contacto intelectual se perpetuó entre 1920-1922 en una relación epistolar que se salvó del olvido gracias a las cartas que Milena entregó a Willy Haas en 1939, configurando lo que hoy conocemos por Cartas a Milena; unas cartas de difícil lectura por no poseer las que Milena envió a Kafka que, sin embargo, nos dan otra faceta del clásico autor de La metamorfosis. Son unas cartas que nos muestran la dificultad de tejer una relación con tantas complicaciones: tanto por la incapacidad de Kafka en el terreno afectivo como por las reservas de Milena a abandonar a su marido. Vemos palpitar al Kafka más triste, meditabundo y enfermo de tuberculosis (“Y aunque dices que siento el afán de vivir, hoy no siento nada; ¿qué me importan la noche de hoy, el día de hoy?”); al Kafka enamorado de un fantasma intelectual que le seduce hasta el punto de preparar encuentros fracasados hasta el más mínimo detalle (“Salgo en el rápido el sábado por la tarde, llego (mañana averiguaré exactamente el horario a eso de las dos de la madrugada a Viena. Tú, mientras tanto, me sacas el viernes el billete para Praga, en el rápido del domingo; y me telegrafías que lo tienes, sin ese telegrama no puedo salir de Praga. Me esperas en la estación, y nos quedan unas cuatro horas para estar juntos, hasta las siete de la mañana del domingo; luego me vuelvo”); y al Kafka que no pierde sus sueños (“Una vida agradable… sólo turbada por la esperanza. ¿Conoces mejor perturbación?”).

Hace un año leía Carta al padre (1919); hoy termino las dedicadas a Milena. En aquellas cartas ya declaraba que era “espiritualmente incapaz de casarse” y, además, se rebelaba contra su padre, freudianamente identificado como represor. En las Cartas a Milena hace una oda a la epístola, al valor de la comunicación escrita y pausada. Hace un año reconocía el valor que tiene la carta; hoy sigo haciéndolo. La carta aparece como la traslación pausada del pensamiento y del sentimiento; la concreción de las ideas que se arremolinan en la mente de forma anárquica; la potenciación de esas mismas ideas que, lejos de perderse, se afianzan y se tornan fuertes cuando se plasman negro sobre blanco. Kafka nos ha enseñado todo eso, y hoy podemos valorarlo en una sociedad de la información y de la desinformación que opta por lo rápido, por lo instantáneo y por el titular; que huye de la reposada reflexión y de la sincera expresión de lo que se siente.

Milena_Jesenská

Fue una relación imposible que la muerte de ambos se encargó de borrar de sus recuerdos: la de Kafka en 1924 con las bellas palabras dedicadas por Milena describiéndolo (“tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo”); y la de Milena en 1944 en el campo de concentración alemán de Ravensbrück. Las bellas palabras de Kafka sobre el género epistolar que señalo a continuación son suficientes para terminar:

“Y esos ojos, ociosos desde hace un mes (sólo existen para leer cartas, mirar por la ventana), te verán”. (…) “La sencilla posibilidad de escribir cartas debe de haber provocado –desde un punto de vista meramente teórico– una terrible desintegración de almas en el mundo. Es en efecto una conversación con fantasmas (y para peor no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el del remitente) que se desarrolla entre líneas en la carta que uno escribe, o aun en una serie de cartas, donde cada una corrobora la otra y puede referirse a ella como testigo. ¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? (…) Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican, en efecto, enormemente” (pp. 116 y 184).

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Es inevitable volver una y otra vez a él, de lo contrario únicamente nos estaríamos ahorrando una dicha necesaria, una sacudida en la conciencia que siempre viene bien. Su capacidad de transmisión y su forma de escupirnos su mensaje, que nos da de lleno, es encomiable. La repetición de sus temas no actúa en detrimento de su excelencia, sino más bien lo contrario: dibuja, desde múltiples prismas, las preocupaciones y las angustias del ser humano. Nos referimos, por supuesto, a Franz Kafka: ese pesado compañero al que hay que volver de vez en cuando, para caer quizás en la angustia pero, también, para reconocer los motivos de su aparición. Recientemente comentábamos las impresiones de Sin novedad en el frente, como fresco de esa gran tragedia de la primera guerra definida como “total”; hoy retornamos a este austríaco que, publicando su obra entre las dos primeras décadas del siglo XX y de forma póstuma, nos legó unas historias referentes de todo un siglo. No en vano se ha calificado a Kafka como la “voz del siglo XX”. Es de agradecer a su amigo Max Brod que no hiciera caso a Kafka en su deseo de destruir toda su obra: ¡Nuestra civilización habría lamentado tal pérdida!

Son bien conocidos sus obras clásicas y algunos de sus cuentos, siendo estos últimos verdaderos mensajes hechos de pura dinamita para atentar contra nuestras conciencias. En algunos de sus cuentos hay símbolos reiterados como el caso del camino, siendo este una forma de unir dos lugares; no obstante, los personajes de Kafka no suelen encontrar el destino y sus pasos se encuentran con obstáculos insalvables: las puertas no se abren, el camino es pedregoso, la compañía no ayuda. La lucha de Kafka es pasiva: el personaje no se rebela, no suele mostrar felicidad y, a veces, ni siquiera angustia ante una situación incomprensible. Kafka no es Sísifo que, como sugirió Camus, podía llegar a tener un momento feliz en el último momento del ascenso de la colina; Kafka ve un destino terrible e inexorable. A pesar de ello hay algún personaje que quiere huir de esa realidad insoportable, como es el caso de La partida donde, pese a la incomprensión de su criado, un chico decide huir del poblado a caballo para alcanzar su meta. Es posible que en la mente de Kafka se vislumbrase su destino fatal, como puede verse en Una pequeña fábula, del que podemos ver una animación. El ratón se siente preso en un mundo que ha sido grande pero se ha tornado pequeño, insuficiente para él. El pequeño animal es vulnerable, como los cuerpos de los personajes de Kafka; no tiene rumbo, sólo puede volver hacia atrás como le señala una voz. Deshacer su camino sólo lleva a la muerte: la caza por el gato. Es una sociedad insegura cuyo fin es la muerte animalizada, como la de Josef K. en El proceso, que murió “como un perro”.

Estas dos últimas historias corresponden a extremos antagónicos: una cierta esperanza en lograr encontrar un camino por el que alejarse rápidamente, y el terrible final de la muerte. En Un golpe en la puerta del cortijo nos deja con la duda: ¿qué le ocurrirá al personaje? Éste ha sido culpado por el único delito cometido por su hermana de tocar una puerta en el camino —aunque existe la duda de si llegó la puerta del destino fatal— y, ante tal transgresión, el destino está claro: la cárcel, la celda. El personaje sigue creyendo en su inocencia, en que se resolverá todo; pero bien sabe el lector que no ocurrirá así, que su final será como Josef K., que nunca sabrá por qué ha sido encarcelado.

Los personajes de Kafka son protagonistas de las ruinas de una civilización y son extraños entre sí: se sienten ajenos y alienados porque no comprenden los mecanismos de una modernidad que no les es propia. Son abúlicos ante la propia muerte, son precursores del existencialismo de aquel personaje de Albert Camus que no siente ni un ápice de tristeza al conocer la muerte de su madre. Sus personajes son infelices, como ocurre en Ser infeliz, historia que encarna en su totalidad el adjetivo atribuido a su autor. La historia desarrollada carece de sentido discernible para nosotros pero sí cumple su función: da cuenta del miedo del personaje, del sinsentido del espacio cerrado violado por un extraño, de la inseguridad de aquel que tropieza con su propia vida, del terror de sentirse escuchado. La puerta vuelve a tener su función diferenciando espacios, construyendo mundos aislados y desconectados, cubículos de existencias independientes. Esa puerta se puede abrir para traer el miedo, pero también se puede cerrar e imposibilitar cualquier esperanza, como ocurre en Ante la ley.

ANTE LA LEY

Los personajes de Kafka resuenan en nosotros y nos turban, nos sacuden, nos ilustran un siglo desastroso; por eso, este autor fue concebido como “avisador del fuego” por Walter Benjamin: anunciaba una catástrofe venidera personificada en la depresión económica, el ascenso del fascismo y del nazismo, la desorientación social. Pero no sólo es profeta de tiempos venideros, sino testigo de unos felices años 20 llenos de contradicciones. No sería el único en dar este tipo de respuestas y en agitar nuestras conciencias: también Max Weber llamó la atención sobre el desencanto de un mundo racionalizado, mecanizado y burocratizado donde el individuo no se realiza, sino que cae en una “jaula de hierro” que rompe la libertad; o Sigmund Freud, en 1930 con El malestar en la cultura, donde daría cuenta del malestar inherente al sujeto, la agresividad insatisfecha por los impulsos, la falta de soluciones definitivas y el equilibrio roto entre el principio de vida y el principio de muerte. Todas estas propuestas y productos culturales, desde diferentes puntos de vista, arrojan luz a problemas e interrogantes que habitaron en las conciencias de estos autores y que hoy deberían habitar en las nuestras.

jaula de hierro

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Reflexionando sobre los clásicos y las preguntas esenciales de la vida he vuelto sobre mis pasos para reparar en “La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka”, pequeño estudio a modo de apéndice en El mito de Sísifo, publicado en 1942 por Albert Camus. Este apéndice sirve a Camus como colofón de su obra, como culminación a su ensayo acerca de la filosofía del absurdo, del suicidio y del personaje mítico de Sísifo. En él aborda tres obras que siempre han lucido en mi estantería de forma correlativa y amenazante. Son tres obras complementarias que albergan preguntas y respuestas, situaciones semejantes y personajes memorables. Son, por supuesto, La metamorfosis (1915), El proceso (1925) y El castillo (1922). Siempre he tenido una relación complicada con ellas; me han amenazado y seducido, aterrado y excitado. Camus da un respiro al lector de Kafka ofreciendo un sentido con el que abordar su obra, una especie de itinerario interpretativo.

kafka

En este apéndice Camus señala la necesidad de la relectura de la obra de Kafka por su complejidad y su falta de desenlaces (El Castillo es inconclusa). Nos recuerda lo absurdo de estas obras con personajes tan míticos como Gregor Samsa, el agrimensor K., o Josef K. Sus historias son bien conocidas: la conversión de Gregor en un insecto, la impenetrabilidad de un castillo y la absurdidad de un proceso judicial inexplicable. Camus nos hace observar cómo estas obras tienen un discurso complementario. El proceso supone un final abrupto y cerrado: la ejecución de su protagonista tras un largo periplo irresuelto sobre un supuesto delito cometido. El Castillo, siendo inconclusa, es el final de El proceso. El agrimensor K., tras innumerables páginas tratando vanamente de descubrir la naturaleza del castillo, se rinde ante él y pasa a amar algo que le aplasta y que le subyuga. K. encuentra la esperanza en ese mundo sin salida a través de Amalia: “abraza al Dios que lo devora”. Camus reinterpreta la obra de Kafka como un “inmenso grito de esperanza” aceptando y reconociendo lo absurdo. De esta forma, lo absurdo deja de considerarse como tal. El resultado es la valoración de la vida dentro del sinsentido que la caracteriza.

sisifoEsta es la tesis de Camus durante toda su obra y en la interpretación del mito de Sísifo. Sísifo, condenado eternamente a escalar una montaña con una piedra, siente cierta libertad en el momento en que ha subido la piedra y no tiene que bajar todavía. “La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”. Hay que imaginarse a K. feliz. Josef K. debería haberse rendido ante la maquinaria judicial. Quizás, si Camus hubiese escrito esta obra unos años más tarde, habría hablado de Winston Smith en 1984 (George Orwell), que acepta de forma coaccionada el Gran Hermano, el castillo totalitario de Orwell.

Resulta interesante la visión de Camus sobra la obra de Kafka pero, como bien indica al final del apéndice, es una visión más. La obra de Kafka es la obra de un clásico y, como tal, es necesario recuperarla en estos días que vivimos. Los mecanismos y las maquinarias políticas y económicas se nos escapan, dejan de servir al ser humano, resultan opacas, se independizan. Cómo actuar es la cuestión: ¿del modo en que Camus interpreta a Kafka?

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KAFKA, FRANZ (1919). “Un mensaje imperial”. En Un médico rural. Relatos breves.

En este relato breve, Kafka nos vuelve a iluminar con sus inquietudes. En esta ocasión vuelve a mostrarnos cuál es el débil nexo entre la oficialidad política y la burocracia, y el individuo. Nos hace partícipes de lleno en su relato al considerarnos como destinatarios de un mensaje imperial que jamás nos llegará. Este mensaje ha sido dictado por el emperador (máximo símbolo de lo inalcanzable de la política) en su lecho de muerte a un mensajero, asegurándose de que el mensaje se transmita totalmente al intermediario. Pero el mensaje no nos llegará.

El mensajero sufrirá todas las desavenencias posibles y no podrá entregar el mensaje. No podrá salir del palacio del emperador, y en el caso de que lo lograra, no podría atravesar las estancias del segundo palacio. Este relato es una gran condensación del universo kafkiano que muestra  lo inalcanzable del poder político superior, ajeno a toda individualidad. Nos recuerda, por supuesto, a obras como El castillo (1922) o El proceso (1925); e incluso al célebre relato Ante la ley cuando, al final de la presente historia, la meta final se nos aleja, a pesar de haber una remota posibilidad de alcance, igual que ocurría con la infranqueable entrada del guardián.

La diferencia fundamental entre este relato y otras obras donde se ve la temática del estado alienador es que en “Un mensaje imperial” el emperador tiene la firme voluntad de transmitir el mensaje (en su total composición) y de hacernos partícipes de él; mientras que en el resto de obras, los individuos que pertenecen a la masa estatal se difuminan ante los desesperados intentos de un Josef K. o un agrimensor.

¿Qué es el mensaje imperial? El mensaje podría significar nuestro vínculo con el poder, la posibilidad de alcanzar estas remotas instancias. Como vemos, el mensaje no nos llega: Kafka lo advirtió. Lo advirtió en su momento y parece que sigue advirtiéndolo en la actualidad. En nuestra sociedad actual, ¿hemos recibido ese mensaje imperial?, ¿sentimos que el aparato burocrático que nos representa nos es accesible? Desde luego, no creo que debamos hacer una lectura de Kafka desde una perspectiva antisistema o puramente destructiva; sino constructiva. Reflexionemos sobre ello y seamos sinceros y auténticos, por el bien de “todos”.

NOTA:

http://www.galeon.com/kafka/index.htm

Buena página sobre Kafka.

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