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Archive for the ‘Joseph Conrad’ Category

Volvemos de nuevo a Conrad, en este caso con otro de sus relatos: Mañana. Es un relato curioso que vuelve a evocar el mundo de los marineros, como hacía con Amy Foster. En este caso, el protagonista es el capitán Hagberd que fue marinero en otros tiempos y que vive solo esperando la llegada de su hijo que partió veinte años atrás. La vida de este señor se circunscribe a sus conversaciones con la vecina Bessie Cavil y a su dedicación por amueblar la casa mientras espera a su hijo. Es una vida de espera, de standby. Mientras, el viejo marinero organiza cómo será la vuelta de su hijo e intenta concertarle esposa: la pobre Bessie que está condenada a cuidar a su padre ciego. Hagberd es tomado como un loco por todos en el pueblo; para él, su hijo vendrá mañana, siempre al día siguiente. La espera torna sentido así, prolongando la esperanza día a día, sin pesar, esperando su llegada. Las tentativas de hacerle entrar en razón fracasarán y seguirá empecinado en esperar a su querido hijo, publicando numerosos y costosos anuncios en periódicos para su búsqueda.

La acción transcurrirá de tal forma que cierto día llegará su hijo. Pero el padre lo rechazará aduciendo que es un farsante que pretende burlarse de él por los anuncios y, de paso, sacarle algún dinero. El padre prefiere continuar en su ensueño, en su mundo interior de la espera, antes que reconocer a su hijo crecido. Realmente, el hijo no tenía ningún interés en volver y únicamente quería cinco chelines para poder continuar con su vida de goce y disfrute. Bessie, al preguntarle dónde quería morir Harry Hagberd, contesta:

Entre malezas, en una parte u otra; en el mar; en algún diablo de montaña, allá en la cumbre, si me dejan escoger a mí. ¿En casa? ¡Sí! Mi casa es el mundo; pero donde yo espero, realmente, morirme es en el hospital, un día u otro. ¿Y qué? Cualquier sitio es bueno para eso, mientras haya yo vivido: y crea usted que yo he sido todo lo que pueda imaginarse, excepto sastre o soldado.

Este relato toma como motivo la conocida parábola del hijo pródigo (Lc, 15, 11-32) para darle la vuelta. Al igual que en este relato bíblico, el hijo es un vividor que gasta lo que tiene para disfrutar el recurso hacedero.

El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, habiendo juntado todo, el hijo menor se fue a una región lejana, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.

Pero, mientras que en la parábola el padre acepta al hijo cuando vuelve ya que es más importante para él el amor de un hijo que no las riquezas malgastadas, en el relato de Conrad el padre prefiere seguir en su ilusión de la espera y rechazar al que considera “el hombre de los informes”.

Pero su padre dijo a sus siervos: “Sacad de inmediato el mejor vestido y vestidle, y poned un anillo en su mano y calzado en sus pies.

Traed el ternero engordado y matadlo. Comamos y regocijémonos,

Porque este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron a regocijarse.

Regreso del hijo pródigo, Rembrandt. 1666-69.

Tras el rechazo del padre, en la conversación de Bessie con Harry, éste verá cómo la vecina de su padre era la elegida para contraer matrimonio con el hijo perdido. Tras esto, el frenesí amoroso de Harry se apoderará de él, no sin antes advertir a Bessie: Ni puede usted comprarme a mí para quedárseme, ni salirse, con su dinero, del negocio. Ambos se unirán en una espiral de pasión efímera en una escena situada en la verja del jardín donde el mundo terrible de Bessie representado por su padre ciego se desvanecerá por momentos.

Perdieron sus pies el contacto con el suelo; cayó hacia atrás, como colgando, su cabeza, y un diluvio de besos cayó sobre su rostro con silencioso y subyugador ardimiento, como si tuvieran prisa para llegar hasta su alma misma. Le besó las pálidas mejillas, la dura frente, los pesados párpados, los marchitos labios; y el rítmico alentar y batir de la marejada, allá lejos, acompañaba el arrollador poderío de sus brazos, la abrumadora fuerza de sus caricias. Parecía que el mar, rompiendo el dique protector de todas las casas de la ciudad, hubiera lanzado allí, sobre las cabezas de ambos, una de sus olas. Pasó; se echó ella hacia atrás, bamboleándose, hasta apoyar los hombros contra la pared, rendida, sin aliento, como si hubiera sido arrojada allí por el mar, tras una tempestad y un naufragio.

Pero el relato tenía que acabar de alguna forma y el final es la tumba para Bessie, no la tumba de la muerte física, sino la tumba de toda su breve ilusión y pasión con Harry. Harry, vividor nato que huye de cualquier compromiso que le retenga en un lugar que odia, huirá rápidamente tras el fugaz y apasionado beso. Bessie correrá tras él pero pronto desaparecerá sin dejar rastro, ni tan siquiera del eco leve de sus pasos. Bessie ha sido la víctima; el capitán había creado para ella un mundo donde su hijo sería su esposo y así poder vivir feliz, pero tras la llegada del hijo rechazado, éste escapará de ese mundo creado para Bessie. La pobre Bessie verá cómo el mundo de ilusiones que le habían creado los Hagberd se derrumbará precipitadamente. Bessie volverá al bucle de su vida ruin basada en asistir a un padre cascarrabias.

Le oyó ella, al fin, y como vencida y subyugada por el destino, comenzó a andar, vacilante, como tambaleándose, regresando a aquel mefítico infierno en miniatura que era su casa. No tenía elevado portal, ni terrorífica inscripción relativa a perdidas esperanzas… No comprendía ella en qué había pecado.

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No sé si para bien o para mal he tenido mi primer contacto con Joseph Conrad con Amy Foster, mediano relato acerca de la irrupción de un náufrago en un poblado inglés. Dicho así suena una historia vulgar y sencilla, una más de las que pueblan las estanterías. Pero esta pequeña historia resuena en nosotros al haberla leído y no nos deja indiferentes; nos aturde. Es una historia triste y la podemos ver como un simple drama amoroso. Sin embargo, hay algo más. El náufrago, a la búsqueda de un futuro mejor en América, llega hasta las costas inglesas tras haberse desecho el barco donde viajaba hacinado. Nos imaginamos un hombre harapiento, sucio, desnutrido, confundido… que llega a un pueblo civilizado. Nada más llegar, sufrirá mil desavenencias por parte de unas gentes que lo toman como un extraño repulsivo. Es terrible ver cómo los crueles niños son quienes más le maltratan lanzándole piedras. Se produce un choque entre el pueblo perteneciente al mundo civilizado y organizado, y un salvaje, un paria sin nombre. La casualidad hará que este hombre tope con la “chica del corazón de oro”. Amy Foster, inocente hija de familia trabajadora, sentirá compasión por él y le dará un trozo de pan para alimentarlo.

No es extraño que Amy Foster apareciera a sus ojos como coronada por la aureola de un ángel de luz.

Es el primer contacto de nuestro salvaje con aquello que es la antítesis a su condición. Poco a poco, conseguirá ir penetrando en ese mundo oficial e intentará ser aceptado. Sus intentos serán muy problemáticos. En medio de las peripecias que pasa Yanko Gooral, como sabemos que se hará llamar más tarde, la figura del médico es la que nos narra todo el devenir de los acontecimientos. Es una figura neutra que valora a Yanko por lo que es y que consigue escapar de los prejuicios de los pobladores.

Con el tiempo irá estableciendo nuevos nexos con el mundo del pueblo: el nombre que le identifica, la articulación de algunas palabras en ese idioma que no entendía, el trabajo cuidando bueyes y trabajando la tierra, y sobre todo, el casamiento con Amy. Con esta ceremonia, Yanko entrará por la puerta grande. Pero la integración no será completa. Si bien la exclusión inicial de los habitantes del pueblo se verá amainada, la inclusión total no llegará en ningún momento, ni tan siquiera con el hijo que tenga con Amy.

Esta pequeña historia es el drama del otro, del rechazo, del incomprendido. Es terrible ver cómo Yanko pasa a pertenecer a un mundo que no entiende, hablando una lengua desconocida que nadie puede comprender, con unas costumbres distintas y con unas personas que no le aceptan. Amy Foster representa el único espíritu puro que encuentra nuestro salvaje en el poblado, es la “chica del corazón de oro”; pero todo ello se truncará. La actitud de Amy cambiará totalmente. Sumido en una grave enfermedad con fiebres altísimas, Amy se retractará de su trato inicial y se negará a darle un simple vaso de agua. Amy Foster sucumbirá ante el fantasma de la exclusión y acabará por denostar la cultura y la tradición del salvaje; verá con desconfianza la lengua extraña, así como los bailes y el Padre Nuestro extranjero que pretende enseñar a su hijo. Amy huirá de casa con su hijo.

Los vínculos que Yanko había tratado de establecer no cuajarán y, finalmente, el único espíritu puro será Kennedy, el médico que nos narra desde su punto de vista esta memorable historia. Podemos ver en este relato la vieja contraposición entre el “otro” y lo civilizado y racional, visión muy presente en gran cantidad de discursos, que criticó agudamente Edward W. Said en Orientalismo, 1978. El espíritu de Yanko no se borrará para siempre y marcará a Amy, que quedará estigmatizada a pesar del superficial olvido de su fugaz amante. El hijo de ambos será esa inexorable reminiscencia de un hombre al que dejó evaporarse de su vida.

Y mientras yo le miraba, me parecía estar viendo de nuevo al otro…, al padre, arrojado misteriosamente aquí por el mar, para perecer en medio del supremo desastre de la soledad y de la desesperación.

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