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Archive for the ‘Relatos’ Category

Relato

El nerviosismo alimentaba el ambiente en aquella extraña noche estival, los cuerpos se deslizaban por los resquicios del espacio ante la inseguridad y la falta de dirección; yo trataba de introducirme por uno de esos huecos, el más temido, el más deseado: el que me pertenecía. ¡Qué pesadumbre saber que yo pertenecía a ese lugar, que estaba puesto ahí de antemano! Aquel lugar ignoto, inhabitado y bañado por un ejército de estrellas dispuestas a dar luz incluso a las más temibles oscuridades que se cernían…

Los pasos polvorientos del camino habían ido tejiendo esa malla de incertidumbre y seducción. Lo sabía. Sí, ese momento se había construido con la dulzura y la evasión semanas atrás; por desgracia, había llegado. El nerviosismo y la instalación definitiva dieron paso a la triste y trivial costumbre que no hacía sino atrasar el final, prolongar mi cruz. Era una historia repetida: la mente en blanco, cuerpos alineados, nada que perder ni nada que ganar; todo un mundo por descubrir y por destrozar, escapadas furtivas no realizadas, la inocencia sentida y perdida, derramada. La dichosa estación tenía que sufrir de nuevo ese tormento en mis carnes; mi capacidad de voluntad se había evaporado, mis extremidades entumecidas y mi habla sesgada.

Llegó. Era como entrar en una estancia preparada, era el castillo que K. tanto tiempo había aspirado a contemplar: sus laberintos eran borrosos, sus paredes tenían inscripciones ilegibles, los ecos que se escuchaban no conseguían formar palabras humanas, su naturaleza era extranjera; el castillo únicamente atraía al visitante para dar un paseo del que nunca se saldría, un camino sin retorno, sin instrucciones. Llegó. Era el lugar más esperado, la calma se había impuesto y las sombras habían cesado su murmullo. Llegué. Y todo terminó.

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Observo con espanto las noticias acerca de la reducción del diez por ciento del número de denuncias por violencia de género en los últimos cinco años debido a la crisis. Una reducción así debería ser motivo de alegría, pero no lo es: es una alarma. Es la misma alarma que, en una sociedad no aturdida, debería causar el descenso de afiliados al paro, coyuntura directamente producida por la desidia y el rechazo de un sistema del que ya se espera poco. Pero no sigamos por ahí: no haríamos sino reincidir en diatribas —siempre constructivas (o esa es mi intención) —, repitiendo lo ya dicho e incidiendo en la misma llaga de la desconfianza. Lo que me ha hecho recordar esta noticia es la triste vigencia histórica de la lacra social de la violencia de género y la maestría de la Condesa de Pardo Bazán en ilustrarla.

Doña Emilia Pardo Bazán fue una mujer de su tiempo —como se acostumbra a decir— pero incidió en algunas de las llagas sociales que hubo de sufrir, siendo la violencia contra las mujeres una de ellas. Como hemos comentado en otras ocasiones, los cuentos o los relatos breves tienen la virtud de condensar en ellos una totalidad de referentes, contenidos y experiencias; son pequeñas historias concisas que atacan el problema, no se andan por las ramas; los autores dan lo mejor de sí mismos para derramarse en ellos. Doña Emilia no es una excepción a esta regla bastante general: sus cuentos nos transportan a la segunda mitad del siglo XIX y los albores del siglo XX e ilustran una España del liberalismo político y de las contradicciones sociales. Son muchos los ejemplos de relatos atribuidos a esta autora que dibujan y plasman la situación de las mujeres; pero, sin duda, son los referentes a la violencia de género los que tienen mayor fuerza y tienen una triste actualidad. Por ejemplo, “La puñalada” ejemplifica la vida de una pareja “normal”, Claudia y Onofre, siendo él un muchacho rudo pero detallista, y ella “una mujer hasta la punta del pelo, coqueta, vanidosa: se moría por regalos”. Entre ellos el matrimonio no es posible porque Claudia debe cuidar de su madre enferma; su fin no puede ser otro que la muerte por la cólera que surge en él ante una infidelidad inexistente. Lo terrible no es únicamente el acto del asesinato, sino la actitud que muestra el criminal: “Onofre, cruzado de brazos, aguardaba a que le prendiesen”. Otro de los ejemplos de violencia explícita narrados por esta autora es el de “Las medias rojas”, cuento que narra la paliza a que es sometida Ildara por su tío por el único motivo de comprarse unas medias rojas con su dinero ahorrado, símbolo de su imposible liberación. El cuento muestra la anulación total de la mujer porque Ildara queda tuerta y ello le impide viajar a América para lograr un futuro mejor. Es símbolo de la mujer rural gallega, condenada al silencio y víctima de las circunstancias que la oprimen. La subyugación a la que es sometida Ildara se ve, no sólo en el maltrato físico, sino en la adversidad frente a la naturaleza que le impide peinarse como las señoritas, y también en la explotación a la que el propietario somete a Clodio, el maltratador. El resultado de esta línea opresiva continua da lugar a una muchacha mutilada, tuerta y sin voz.

No obstante, los ejemplos de violencia de género no radican sólo en los casos “espectaculares” o explícitos; hay también una crueldad silenciosa, una reclusión que no es aparente. Ello se puede observar en “El fantasma” con el caso de una mujer enloquecida por huir del encierro conyugal pero que “nunca saldrá de la región de los fantasmas”; en “La emparedada”, relato donde la zarina encarcelada —en claro contraste con el zar, que disfruta de actividades de caza— se dedica a la pintura, el canto  y las tareas del hogar, y cuyo lugar es la resignada habitación con vistas a un cementerio: su destino; o en “El indulto”, un ejemplo terrible de muda violencia florecida con la muerte “por miedo” de una mujer que se ve obligada a convivir con el asesino de su madre. La autora critica la justicia del momento que permite que criminales salgan de la cárcel, y muestra su inquietud feminista al destacar la solidaridad existente entre las diferentes mujeres que ayudan a la protagonista. Emilia Pardo Bazán criticó con vehemencia la impunidad que recibían los asesinatos de mujeres por la excusa de la pasión. Deconstruyó el concepto romántico de los celos y la pasión como manifestación exagerada del amor, invalidando el concepto de “crimen pasional”.

Shelly drake (1969)Los ejemplos de esta autora, asociada normalmente al naturalismo, acerca del particular son muy numerosos: no sólo en la gran cantidad de cuentos que publicó, sino en novelas como Insolación o Memorias de un solterón. A pesar de ello, y evitando el anacronismo que podría derivarse de una lectura superficial, Pardo Bazán no lleva a cabo una denuncia feminista al estilo de las que se harían posteriormente, como la de Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949) o la de Betty Friedan en los años sesenta con su Mística de la feminidad (1963) a la que debemos la frase de la entrada para el contexto de posguerra estadounidense; sino que cree con firmeza que la más noble misión de las mujeres es la del matrimonio y la maternidad, así como que la familia es la célula intelectual básica.

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Es inevitable volver una y otra vez a él, de lo contrario únicamente nos estaríamos ahorrando una dicha necesaria, una sacudida en la conciencia que siempre viene bien. Su capacidad de transmisión y su forma de escupirnos su mensaje, que nos da de lleno, es encomiable. La repetición de sus temas no actúa en detrimento de su excelencia, sino más bien lo contrario: dibuja, desde múltiples prismas, las preocupaciones y las angustias del ser humano. Nos referimos, por supuesto, a Franz Kafka: ese pesado compañero al que hay que volver de vez en cuando, para caer quizás en la angustia pero, también, para reconocer los motivos de su aparición. Recientemente comentábamos las impresiones de Sin novedad en el frente, como fresco de esa gran tragedia de la primera guerra definida como “total”; hoy retornamos a este austríaco que, publicando su obra entre las dos primeras décadas del siglo XX y de forma póstuma, nos legó unas historias referentes de todo un siglo. No en vano se ha calificado a Kafka como la “voz del siglo XX”. Es de agradecer a su amigo Max Brod que no hiciera caso a Kafka en su deseo de destruir toda su obra: ¡Nuestra civilización habría lamentado tal pérdida!

Son bien conocidos sus obras clásicas y algunos de sus cuentos, siendo estos últimos verdaderos mensajes hechos de pura dinamita para atentar contra nuestras conciencias. En algunos de sus cuentos hay símbolos reiterados como el caso del camino, siendo este una forma de unir dos lugares; no obstante, los personajes de Kafka no suelen encontrar el destino y sus pasos se encuentran con obstáculos insalvables: las puertas no se abren, el camino es pedregoso, la compañía no ayuda. La lucha de Kafka es pasiva: el personaje no se rebela, no suele mostrar felicidad y, a veces, ni siquiera angustia ante una situación incomprensible. Kafka no es Sísifo que, como sugirió Camus, podía llegar a tener un momento feliz en el último momento del ascenso de la colina; Kafka ve un destino terrible e inexorable. A pesar de ello hay algún personaje que quiere huir de esa realidad insoportable, como es el caso de La partida donde, pese a la incomprensión de su criado, un chico decide huir del poblado a caballo para alcanzar su meta. Es posible que en la mente de Kafka se vislumbrase su destino fatal, como puede verse en Una pequeña fábula, del que podemos ver una animación. El ratón se siente preso en un mundo que ha sido grande pero se ha tornado pequeño, insuficiente para él. El pequeño animal es vulnerable, como los cuerpos de los personajes de Kafka; no tiene rumbo, sólo puede volver hacia atrás como le señala una voz. Deshacer su camino sólo lleva a la muerte: la caza por el gato. Es una sociedad insegura cuyo fin es la muerte animalizada, como la de Josef K. en El proceso, que murió “como un perro”.

Estas dos últimas historias corresponden a extremos antagónicos: una cierta esperanza en lograr encontrar un camino por el que alejarse rápidamente, y el terrible final de la muerte. En Un golpe en la puerta del cortijo nos deja con la duda: ¿qué le ocurrirá al personaje? Éste ha sido culpado por el único delito cometido por su hermana de tocar una puerta en el camino —aunque existe la duda de si llegó la puerta del destino fatal— y, ante tal transgresión, el destino está claro: la cárcel, la celda. El personaje sigue creyendo en su inocencia, en que se resolverá todo; pero bien sabe el lector que no ocurrirá así, que su final será como Josef K., que nunca sabrá por qué ha sido encarcelado.

Los personajes de Kafka son protagonistas de las ruinas de una civilización y son extraños entre sí: se sienten ajenos y alienados porque no comprenden los mecanismos de una modernidad que no les es propia. Son abúlicos ante la propia muerte, son precursores del existencialismo de aquel personaje de Albert Camus que no siente ni un ápice de tristeza al conocer la muerte de su madre. Sus personajes son infelices, como ocurre en Ser infeliz, historia que encarna en su totalidad el adjetivo atribuido a su autor. La historia desarrollada carece de sentido discernible para nosotros pero sí cumple su función: da cuenta del miedo del personaje, del sinsentido del espacio cerrado violado por un extraño, de la inseguridad de aquel que tropieza con su propia vida, del terror de sentirse escuchado. La puerta vuelve a tener su función diferenciando espacios, construyendo mundos aislados y desconectados, cubículos de existencias independientes. Esa puerta se puede abrir para traer el miedo, pero también se puede cerrar e imposibilitar cualquier esperanza, como ocurre en Ante la ley.

ANTE LA LEY

Los personajes de Kafka resuenan en nosotros y nos turban, nos sacuden, nos ilustran un siglo desastroso; por eso, este autor fue concebido como “avisador del fuego” por Walter Benjamin: anunciaba una catástrofe venidera personificada en la depresión económica, el ascenso del fascismo y del nazismo, la desorientación social. Pero no sólo es profeta de tiempos venideros, sino testigo de unos felices años 20 llenos de contradicciones. No sería el único en dar este tipo de respuestas y en agitar nuestras conciencias: también Max Weber llamó la atención sobre el desencanto de un mundo racionalizado, mecanizado y burocratizado donde el individuo no se realiza, sino que cae en una “jaula de hierro” que rompe la libertad; o Sigmund Freud, en 1930 con El malestar en la cultura, donde daría cuenta del malestar inherente al sujeto, la agresividad insatisfecha por los impulsos, la falta de soluciones definitivas y el equilibrio roto entre el principio de vida y el principio de muerte. Todas estas propuestas y productos culturales, desde diferentes puntos de vista, arrojan luz a problemas e interrogantes que habitaron en las conciencias de estos autores y que hoy deberían habitar en las nuestras.

jaula de hierro

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“La nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla”. ¿En qué medida vive la gente en un estado de melancolía? ¿Hay una resignación general hacia ese sentimiento concreto? ¿Se atempera de esta forma? No sabría decir si es melancolía lo que se siente de forma generalizada; pero sí decepción, vacío, desorientación e indefinición, como las nubes que van y vienen, que se unen y se separan, que se esfuman. Las sólidas certezas de nuestro marco vital se hacen añicos. El clima informativo actual es depresivo e infame: corrupción, guerra, irresponsabilidad, engaño. La realidad —mostrada y confeccionada— es una imagen vacía y hueca de nuestra civilización, un panorama desolador que pone a prueba las voluntades individuales y colectivas.

joyceEl pensamiento inicial de la entrada está puesto en boca de Little Chandler, personaje de “A Little Cloud” (“Una nubecilla”), perteneciente a Dublineses, obra de James Joyce publicada en 1914. Chandler es un mosaico de sentimientos desesperanzados que se van desgranando en el escaso tiempo en el que transcurre este relato en la ciudad de Dublín. Joyce dibuja magistralmente la inferioridad que siente Chandler respecto a su amigo Gallaher, que emigró a Londres y se labró un futuro como redactor. Little Chandler, alicaído desde el primer momento en que se anuncia su nombre, protagoniza un viaje que despierta en él ese sentimiento de inferioridad: se reúne con su viejo amigo, que ha regresado al “terruño”. El antagonismo entre los dos amigos no puede ser mayor: Gallaher es un triunfador vividor con aires de importancia; Chandler se ha visto condenado a casarse, tener una vida mediocre y ver el sueño de su vida —ser escritor—frustrado. Son ejemplo y muestra de una serie de binomios antagónicos: Dublín/Londres, pasión/sencillez, triunfo/mediocridad, exceso/abstinencia… Chandler está retratado por medio de símbolos que delimitan su carácter desilusionado: sus dientes de leche, su intolerancia hacia el alcohol, el pago de los muebles a plazos, etc.

La dura e iniciática visita de su viejo amigo se torna insoportable al volver a casa. El círculo se cierra y el personaje vuelve al lugar al que pertenece: la “alegría sencilla” que no es tal. ¿Qué le espera? Un niño que llora y por el que no siente afecto, y una mujer en cuyos ojos “no hay pasión”. Su fracaso literario se plasma en el intento de leer a Byron, interrumpido por el lloro de su hijo; y en su incapacidad expresiva. El personaje se construye, de forma condensada e intensa, a través de sus sentimientos en esa jornada: “Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo…” (pág. 75).

Little Chandler es una “little cloud”, una pequeña nube que se esfuma. Sus aspiraciones de juventud se han evaporado y quedan en el fondo de su alma, tratando vanamente de realizarse. Aun así, él sabe que es más capaz que su amigo, y ello incrementa su drama. La maestría de Joyce evoca nuestro presente: la triste realidad que sufrimos en nuestras carnes. Muchos de nuestros sueños, que un día parecieron estar esperándonos, parecen esparcirse como las nubes. Y, además, las nubes son incontrolables y forman parte de la naturaleza. Pretender controlar la naturaleza parece una osadía. Las nubes de nuestras vidas no pueden ser inasibles; son nuestros anhelos. Es triste ver cómo, de forma generalizada, parece hacerse realidad lo que legó Joyce en este cuento: “No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse” (pág. 65). ¿Es demasiado tarde para escapar?

Agosto 2010

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¡Dios mío! ¿Un instante de felicidad no es suficiente para toda una vida? “

Noches Blancas, Dostoievski.

La muerte, el amor y la vida. Son tres palabras que esconden la esencia de la existencia humana. El amor y la muerte que forman parte de la vida y, al mismo tiempo la consumen. La muerte cristiana engendra y simboliza el amor, y éste, otorga sentido a la vida. Son diversas las obras que vienen a mí para arrojarme luz u oscuridad sobre estos temas. El mismo san Juan narró las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Juan 11, 25-26). Jesús anula la muerte, la doblega y resurge victorioso frente a ella. Son palabras de esperanza, palabras susurradas. Sin embargo, en el mundo vemos gritos y gemidos. Este el caso de la película Gritos y susurros de Ingmar Bergman de 1972. Es una película con una magnífica estética que va transformándose al compás de la trama, una trama lineal que habla de la vida para llegar hasta la muerte. La protagonista principal, Agnes (“cordero”, equivalencia simbólica del mismo Jesucristo) vive sus últimos días presa de un cáncer de útero, envuelta en un ambiente de gritos, de sufrimiento y de dolor, personal y ajeno. Sus dos hermanas, Karin y María, la acompañan en su tránsito. El director va tejiendo las historias de las tres hermanas en la casa familiar y va dibujando la tragedia personal y el sinsentido de Karin y María, destinadas a no converger y cuyo único punto en común es Agnes. Pronto se descubre la infelicidad y la sentida tristeza de las dos hermanas, sufrida por la propia Agnes. Anna, la criada, es otra víctima de la historia personal de la familia pero que muestra un atisbo de sentimiento hacia el cordero que se consume y forma una verdadera Piedad con ella. El grito y el sufrimiento de Jesucristo tuvo un sentido redentor hacia la humanidad mientras que el de Agnes resulta vano. Su muerte no genera vida ni reconciliación, sino separación de caminos de una familia que tenía su enfermedad como punto de unión.

Esta película resulta una profunda reflexión sobre la vida y la muerte, agria y realista. En los últimos días he leído otras obras que proyectan en mí estos mismos temas: “Retrato de un hombre invisible” perteneciente a La invención de la soledad (Paul Auster, 1982), y Retrato de un hombre inmaduro (Luis Landero, 2009). Los enfoques son muy distintos pero la realidad es la misma. En el relato autobiográfico de Auster, escrito tras la muerte de su padre, éste repasa la vida del mismo y lo describe como un hombre indiferente, ausente, ajeno del mundo. La novela de Luis Landero es la narración de la última noche en vida de un hombre que, en primera persona, teje desordenadamente la historia de su existencia, de una forma muy diferente a la de Auster. El personaje de Landero sí participa de la vida, a diferencia del padre de Auster, sí se imbuye de toda su esencia, de sus miserias y, de paso, aprovecha para sacar alguna tímida sonrisa fruto de sus aventuras urbanas.

Si bien la muerte es el centro de todos estos relatos, es la vida la que reina y la que vence. Agnes, en su diario evocado por Anna, lo expresa muy bien evocando un momento de gran felicidad:

Ya no tengo ningún dolor. La gente que más quiero estuvo a mi lado. Las oí platicando. Sentí la presencia de sus cuerpos, sus manos. quería que el momento durara y pensé: esto es la felicidad.

Nota:

Recomiendo la lectura de la siguiente reseña y comentario acerca de la obra de Luis Landero, por Justo Serna.

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Rabindranath Tagore, nacido en Bengala y Premio Nobel de Literatura en 1913, destacó por sus historias cortas como la presente: El administrador de correos (1891). Es una historia breve donde Tagore condensa bastantes temas. Dada Badu es un funcionario de correos que es trasladado a una aldea para realizar su trabajo. El trabajo realizado es tedioso y aburrido; no le aporta ninguna satisfacción. El protagonista dispone de una sirvienta para librarse de las tareas domésticas. Es Ratan.

En medio de la monotonía de su trabajo, que no es descrito fielmente, Dada Badu usará a Ratan como medio de escape ante el aburrimiento diario. Contarle historias acerca su familia lejana o enseñarle a escribir son algunas de las ocupaciones que llevará a cabo el protagonista con el único fin de distraerse.

Llegará el momento en que Dada Badu, indiferente ante su ocupación, decida marcharse tras haber sufrido una enfermedad. Anhela a su familia y desea estar con ella. Dado que no le es concedido un traslado para el mismo trabajo, decide abandonar y volver a su hogar. Este es el momento de esta breve narración en que ambos protagonistas chocan con la cruda realidad. Lo que había parecido una simple relación de amo-sirviente para la distracción de ambas personas, hastiadas de su vida en la aldea, se convierte en una dependencia mutua. Este proceso ha sido paulatino y ninguno de los dos ha podido advertirlo. Ratan, mucho más joven que su amo, implora a Dada Badu que la lleve con ella; Dada Badu, con impecable sangre fría partirá navegando. La duda y el recuerdo permanecerán. Reflexiona Dada Badu:

La vida está llena de partidas, llena de muertes; entonces, ¿qué sentido tiene volver sobre nuestros pasos? ¿Cuál de nosotros podría saber quién le pertenece a quién en este mundo?

Había sido una mutua necesidad, un escapar de la vida a través de la vida del otro, una unión interesada que dará finalmente fruto. La repentina separación hará mella en ambos.

Más temas son los que trata Tagore en este cuento: la servidumbre femenina, la educación de las mujeres, la insensibilidad de los hombres, la injerencia europea mediante el sistema de fábricas, etc.

¡Ay del ingenuo corazón humano! No puede evitar perderse en tales enredos. La lógica lo penetra poco a poco. Desconfía de las pruebas, sin importar cuán absolutas sean, y se aferra a falsos consuelos hasta que éstos lastiman todas sus arterias y se apoderan de la última gota de su vital sangre. Sólo entonces, al fin, la mente reconoce sus errores; pero el corazón continúa, infatigable, cayendo en las redes del engaño.

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Volvemos de nuevo a Conrad, en este caso con otro de sus relatos: Mañana. Es un relato curioso que vuelve a evocar el mundo de los marineros, como hacía con Amy Foster. En este caso, el protagonista es el capitán Hagberd que fue marinero en otros tiempos y que vive solo esperando la llegada de su hijo que partió veinte años atrás. La vida de este señor se circunscribe a sus conversaciones con la vecina Bessie Cavil y a su dedicación por amueblar la casa mientras espera a su hijo. Es una vida de espera, de standby. Mientras, el viejo marinero organiza cómo será la vuelta de su hijo e intenta concertarle esposa: la pobre Bessie que está condenada a cuidar a su padre ciego. Hagberd es tomado como un loco por todos en el pueblo; para él, su hijo vendrá mañana, siempre al día siguiente. La espera torna sentido así, prolongando la esperanza día a día, sin pesar, esperando su llegada. Las tentativas de hacerle entrar en razón fracasarán y seguirá empecinado en esperar a su querido hijo, publicando numerosos y costosos anuncios en periódicos para su búsqueda.

La acción transcurrirá de tal forma que cierto día llegará su hijo. Pero el padre lo rechazará aduciendo que es un farsante que pretende burlarse de él por los anuncios y, de paso, sacarle algún dinero. El padre prefiere continuar en su ensueño, en su mundo interior de la espera, antes que reconocer a su hijo crecido. Realmente, el hijo no tenía ningún interés en volver y únicamente quería cinco chelines para poder continuar con su vida de goce y disfrute. Bessie, al preguntarle dónde quería morir Harry Hagberd, contesta:

Entre malezas, en una parte u otra; en el mar; en algún diablo de montaña, allá en la cumbre, si me dejan escoger a mí. ¿En casa? ¡Sí! Mi casa es el mundo; pero donde yo espero, realmente, morirme es en el hospital, un día u otro. ¿Y qué? Cualquier sitio es bueno para eso, mientras haya yo vivido: y crea usted que yo he sido todo lo que pueda imaginarse, excepto sastre o soldado.

Este relato toma como motivo la conocida parábola del hijo pródigo (Lc, 15, 11-32) para darle la vuelta. Al igual que en este relato bíblico, el hijo es un vividor que gasta lo que tiene para disfrutar el recurso hacedero.

El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, habiendo juntado todo, el hijo menor se fue a una región lejana, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.

Pero, mientras que en la parábola el padre acepta al hijo cuando vuelve ya que es más importante para él el amor de un hijo que no las riquezas malgastadas, en el relato de Conrad el padre prefiere seguir en su ilusión de la espera y rechazar al que considera “el hombre de los informes”.

Pero su padre dijo a sus siervos: “Sacad de inmediato el mejor vestido y vestidle, y poned un anillo en su mano y calzado en sus pies.

Traed el ternero engordado y matadlo. Comamos y regocijémonos,

Porque este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron a regocijarse.

Regreso del hijo pródigo, Rembrandt. 1666-69.

Tras el rechazo del padre, en la conversación de Bessie con Harry, éste verá cómo la vecina de su padre era la elegida para contraer matrimonio con el hijo perdido. Tras esto, el frenesí amoroso de Harry se apoderará de él, no sin antes advertir a Bessie: Ni puede usted comprarme a mí para quedárseme, ni salirse, con su dinero, del negocio. Ambos se unirán en una espiral de pasión efímera en una escena situada en la verja del jardín donde el mundo terrible de Bessie representado por su padre ciego se desvanecerá por momentos.

Perdieron sus pies el contacto con el suelo; cayó hacia atrás, como colgando, su cabeza, y un diluvio de besos cayó sobre su rostro con silencioso y subyugador ardimiento, como si tuvieran prisa para llegar hasta su alma misma. Le besó las pálidas mejillas, la dura frente, los pesados párpados, los marchitos labios; y el rítmico alentar y batir de la marejada, allá lejos, acompañaba el arrollador poderío de sus brazos, la abrumadora fuerza de sus caricias. Parecía que el mar, rompiendo el dique protector de todas las casas de la ciudad, hubiera lanzado allí, sobre las cabezas de ambos, una de sus olas. Pasó; se echó ella hacia atrás, bamboleándose, hasta apoyar los hombros contra la pared, rendida, sin aliento, como si hubiera sido arrojada allí por el mar, tras una tempestad y un naufragio.

Pero el relato tenía que acabar de alguna forma y el final es la tumba para Bessie, no la tumba de la muerte física, sino la tumba de toda su breve ilusión y pasión con Harry. Harry, vividor nato que huye de cualquier compromiso que le retenga en un lugar que odia, huirá rápidamente tras el fugaz y apasionado beso. Bessie correrá tras él pero pronto desaparecerá sin dejar rastro, ni tan siquiera del eco leve de sus pasos. Bessie ha sido la víctima; el capitán había creado para ella un mundo donde su hijo sería su esposo y así poder vivir feliz, pero tras la llegada del hijo rechazado, éste escapará de ese mundo creado para Bessie. La pobre Bessie verá cómo el mundo de ilusiones que le habían creado los Hagberd se derrumbará precipitadamente. Bessie volverá al bucle de su vida ruin basada en asistir a un padre cascarrabias.

Le oyó ella, al fin, y como vencida y subyugada por el destino, comenzó a andar, vacilante, como tambaleándose, regresando a aquel mefítico infierno en miniatura que era su casa. No tenía elevado portal, ni terrorífica inscripción relativa a perdidas esperanzas… No comprendía ella en qué había pecado.

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