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Archive for the ‘Prensa’ Category

Proclamación_de_la_II_República

La política vuelve a ser el tema de conversación usual en las calles y en las familias; y es deseable que así sea después de tanto tiempo de adormecimiento. Tras la abdicación del rey Juan Carlos I se han producido de nuevo debates y agitaciones políticas de todo tipo; todo ello sin haber superado aún la resaca poselectoral de las elecciones europeas. ¿Será una maniobra para ahuyentar la politización y para restar importancia a las formaciones minoritarias que crecieron la semana pasada? ¿Una estratagema de lavado de cara para la muy denostada monarquía en estos últimos años? Posiblemente sea todo ello al mismo tiempo, pero la decisión del monarca nos invita a pensar y reflexionar mucho.

La república –o el derecho a elegir el jefe de Estado como eufemísticamente dicen algunos partidos– se hace de nuevo presente en las conversaciones y, con ella, todos los peligros en cuanto a la estrategia política que debe seguirse. Es necesario defender el sistema republicano con sensatez, sosiego y serenidad; pero al mismo tiempo con debate azuzador contra aquellos que pretenden cerrar filas ante la monarquía (el bipartidismo). Considero urgente que la defensa de la república se haga desde sus grandes virtudes como sistema político en el que se ponga el acento en lo público, en lo que es de todos y no tanto en los colores de una bandera (que es, por otra parte, una cuestión menor). Que se opte por una forma de organizarnos que apueste por la democratización de todas y cada una de las instituciones y que se vuelque en la participación de la ciudadanía, con sistemas asamblearios y consultas frecuentes. Como decía Julián Casanova un tiempo atrás, “esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república”.

Y eso es: la república consiste en todo esto. Por tanto, dejemos de apelar a la nostalgia histórica de una Segunda República que, si bien tuvo grandísimas aspiraciones y encomiables logros en multitud de problemas que hoy todavía no se han solucionado, también está vinculada en el imaginario colectivo con la agitación social, la revolución y, por desgracia, con la guerra. Denotaría mucha madurez en la izquierda española el hecho de que la defensa de la república se hiciera en el sentido de lo público y de la conquista de todo aquello que brilla por su ausencia en este régimen político. Reivindico, por tanto, el papel de la sensatez, de los historiadores y otros estudiosos, para que hagan una buena defensa de un sistema político lógico, necesario y natural como es la república, y pueda acabarse con una institución anacrónica y caduca.

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En días pasados aludía a los usos políticos e ideológicos que se puede hacer de la historia y que, de hecho, se hacen en nuestro país. También hace unos días me refería a los vanos intentos nacionalizadores —infames, muestras del patrioterismo más barato— a los que asistimos por parte de los gobernantes valencianos. Hoy contemplo una noticia que no puede dejar indiferente a nadie: el Centro de Historia Contemporánea de Cataluña, dependiente de la Generalitat, organizará unas jornadas bajo la forma de un simposio tituladas España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014). Repito: no es algo que no vaya a provocar reacciones porque es un congreso donde asistirán historiadores de reconocido prestigio. Es un acto que busca conmemorar el 300º aniversario de 1714 y del fin de la Guerra de Sucesión, todo enmarcado en la pugna soberanista del gobierno de Artur Mas.

¿Qué valoración puede merecernos un acto así? En principio, las jornadas tienen una “mirada histórica”: una mirada que se atreve a llegar hasta 2014, ¡es tal su providencia! Ojalá tengan una mirada histórica y no una mirada ahistórica, forzada o ideológica; pero tengo mis serias dudas. Josep Fontana, reconocido historiador y uno de los participantes, afirma que no tiene un carácter político; Jaume Sobrequés niega un carácter partidista y defiende que los historiadores no son asépticos y pueden partir del compromiso. Sí, es totalmente cierto: los historiadores no son, ni han sido nunca asépticos, y pueden tener un compromiso social, político y militante; sin embargo, partir de ese compromiso para justificar una acción política es, a mi juicio, una violentación histórica de gran calibre. Utilizar la historia como recurso para fortalecer el sentimiento nacional, o para abanderar una causa nacionalista, es instrumentalizarla para un fin poco noble —desde mi punto de vista y con mi indiferencia hacia el nacionalismo—. No ha habido consenso historiográfico, como es lógico, y especialistas como John H. Elliot, hispanista inglés, han criticado duramente la organización de estas jornadas calificándolas de “disparate”.

Realmente, creo que cada una de estas jornadas puede tener gran provecho y pueden servir para acercar un poco más la historia a la sociedad pero, incluirlas dentro de un proyecto casi gubernamental de legitimación, invirtiendo un millón de euros de dinero público, es ciertamente inadecuado. Titular un congreso de esta forma es ya una construcción ideológica al tomar un punto de partida y la configuración de dos entidades políticas, Cataluña y España —que no existen desde 1714 hasta 2014 de una forma monolítica, definida y clara, ni mucho menos—, como motivo para el acto.

Estas jornadas, sin saber muy bien qué fruto tendrán y qué repercusión protagonizarán sobre la sociedad catalana y española, acercarán la disciplina histórica al conjunto de la sociedad. Esto no puede ser sino claramente positivo: la historia debe estar en la sociedad, no únicamente en las aulas; las publicaciones deben llegar al gran público, y los historiadores deben encontrar su sitio. Que su sitio sea el servicio al poder y el de la legitimación nacionalista es algo bastante discutible. En los siguientes meses veremos cómo se desarrolla este asunto de gran interés y cuáles son las reacciones de otros historiadores, y si en nuevos espacios como el blog Historia (S) de El País hay un comentario acerca del particular. Todo ello no deberá confundirnos pues los recursos nacionalizadores no sólo se dan desde estos nacionalismos que se han considerado tradicionalmente como “periféricos”: la nacionalización en sentido español es también evidente y tiene, por supuesto, demostraciones de fuerza como las del catalán.

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Tiempos revueltos nos ha tocado vivir. El ministro Luis de Guindos calma las arenas movedizas de la sociedad española afirmando que nuestros depósitos bancarios “son sagrados”, es decir, son una certeza “inmodificable” según la Real Academia Española. No obstante, bien sabemos nosotros que pocos espacios y pocas seguridades quedan ya como sagradas entre nosotros: el sociólogo Zygmunt Bauman tenía razón al afirmar que la solidez se ha desvanecido de nuestras sociedades. Y si no, que le pregunten a los chipriotas que están viviendo unos duros momentos de incertidumbre en que la solidez de su sistema bancario y la seguridad de sus ahorros se va paulatinamente poniendo en duda. Eso sí, las responsabilidades de quienes toman estas medidas —igual que tantas otras que estamos acostumbrados a ver— viran de ministro a ministro, de organismo a organismo. El mismo rumbo perdido lleva la Unión Europa, institución que personificó los ideales de tantas generaciones y que hoy parece un débil enfermo destinado a entorpecer más que a ayudar. El problema de todo ello es que una salida de este organismo o su desaparición es algo inviable: no parece haber grandes alternativas.
No, no hay grandes alternativas a lo que vivimos. O, al menos, nadie parece ofrecernos tales caminos que transitar. Las medidas son unas y trinas, inmaculadas, sagradas —como los depósitos de los españoles—, unívocas e inmodificables: la verdad es indiscutible y no admite valoraciones. Este panorama empieza a cansar, del mismo modo que cansan las vanas promesas de las sendas positivas que se vislumbran no se sabe dónde.
76029Precisamente, en estos días de relativo descanso he decidido ahondar más en mi pesimismo y comenzar a leer, a sabiendas de que me condenaría a la negrura más insalvable, La doctrina del shock, que publicó Naomi Klein en 2007. Era una obra —con su documental homónimo— que estaba ahí, en mi estantería, aguardando el momento de ser leída, pero en un año no había encontrado esa decisión en mí. Ha llegado el momento, quizás por desgracia, en que he empezado a adentrarme en lo que nos relata esta periodista. Es muy recomendable: su tamaño no debe disuadir de su lectura; está escrita con un lenguaje sencillo, con rigor y agilidad. Y, lo más temible de todo: es tremendamente actual y clarifica muchas de las oscuridades a que nos condenan.

handsoff¿Qué nos queda a los ciudadanos? ¿Tener las manos quietas, como denuncian estos chipriotas, y esperar que nos asalten? Es necesaria una gran conversación, una nueva narración moral, como dijo Tony Judt; seguir transitando por este camino no parece llevarnos a buen puerto, más bien al contrario. Tuvimos valores, los tenemos; creímos en una sociedad mejor, y debemos creer en ella. Cómo actuar desde nuestra humilde posición sigue siendo mi gran duda, los fuertes discursos no se materializan en nada que visiblemente tenga algún efecto. Se admiten propuestas. Mientras, tratemos de que nuestros depósitos sean realmente sagrados y De Guindos tenga razón; y, sobre todo, de que no se haga realidad la amenaza que nos legó George Orwell en 1984:

“Os exprimiremos hasta la saciedad, y luego os llenaremos con nuestra propia esencia”.

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“La nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla”. ¿En qué medida vive la gente en un estado de melancolía? ¿Hay una resignación general hacia ese sentimiento concreto? ¿Se atempera de esta forma? No sabría decir si es melancolía lo que se siente de forma generalizada; pero sí decepción, vacío, desorientación e indefinición, como las nubes que van y vienen, que se unen y se separan, que se esfuman. Las sólidas certezas de nuestro marco vital se hacen añicos. El clima informativo actual es depresivo e infame: corrupción, guerra, irresponsabilidad, engaño. La realidad —mostrada y confeccionada— es una imagen vacía y hueca de nuestra civilización, un panorama desolador que pone a prueba las voluntades individuales y colectivas.

joyceEl pensamiento inicial de la entrada está puesto en boca de Little Chandler, personaje de “A Little Cloud” (“Una nubecilla”), perteneciente a Dublineses, obra de James Joyce publicada en 1914. Chandler es un mosaico de sentimientos desesperanzados que se van desgranando en el escaso tiempo en el que transcurre este relato en la ciudad de Dublín. Joyce dibuja magistralmente la inferioridad que siente Chandler respecto a su amigo Gallaher, que emigró a Londres y se labró un futuro como redactor. Little Chandler, alicaído desde el primer momento en que se anuncia su nombre, protagoniza un viaje que despierta en él ese sentimiento de inferioridad: se reúne con su viejo amigo, que ha regresado al “terruño”. El antagonismo entre los dos amigos no puede ser mayor: Gallaher es un triunfador vividor con aires de importancia; Chandler se ha visto condenado a casarse, tener una vida mediocre y ver el sueño de su vida —ser escritor—frustrado. Son ejemplo y muestra de una serie de binomios antagónicos: Dublín/Londres, pasión/sencillez, triunfo/mediocridad, exceso/abstinencia… Chandler está retratado por medio de símbolos que delimitan su carácter desilusionado: sus dientes de leche, su intolerancia hacia el alcohol, el pago de los muebles a plazos, etc.

La dura e iniciática visita de su viejo amigo se torna insoportable al volver a casa. El círculo se cierra y el personaje vuelve al lugar al que pertenece: la “alegría sencilla” que no es tal. ¿Qué le espera? Un niño que llora y por el que no siente afecto, y una mujer en cuyos ojos “no hay pasión”. Su fracaso literario se plasma en el intento de leer a Byron, interrumpido por el lloro de su hijo; y en su incapacidad expresiva. El personaje se construye, de forma condensada e intensa, a través de sus sentimientos en esa jornada: “Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo…” (pág. 75).

Little Chandler es una “little cloud”, una pequeña nube que se esfuma. Sus aspiraciones de juventud se han evaporado y quedan en el fondo de su alma, tratando vanamente de realizarse. Aun así, él sabe que es más capaz que su amigo, y ello incrementa su drama. La maestría de Joyce evoca nuestro presente: la triste realidad que sufrimos en nuestras carnes. Muchos de nuestros sueños, que un día parecieron estar esperándonos, parecen esparcirse como las nubes. Y, además, las nubes son incontrolables y forman parte de la naturaleza. Pretender controlar la naturaleza parece una osadía. Las nubes de nuestras vidas no pueden ser inasibles; son nuestros anhelos. Es triste ver cómo, de forma generalizada, parece hacerse realidad lo que legó Joyce en este cuento: “No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse” (pág. 65). ¿Es demasiado tarde para escapar?

Agosto 2010

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¿Qué es estafar? ¿Qué es un impostor? ¿Y un timador? Recientemente veía una película pendiente del conocido cineasta Ridley Scott, encumbrado por sus éxitos como Alien, el octavo pasajeroBlade Runner, Gladiator, Hannibal, etc. Esta vez tocó Los impostores, dirigida en 2003 y con Nicolas Cage a la cabeza del reparto. Es una narración perfecta que tiene los ingredientes fundamentales para convertirse en una película de agrado para el público. La trama se basa en una historia de dos impostores, Nicolas Cage y Sam Rockwell, que basan su vida en la mentira y el engaño, atribuyendo un valor ficticio a algo inexistente y saqueando a pobres ilusos que anhelan una vida mejor. La historia se desenvuelve de forma cerrada y tiene un giro inesperado completando la narración, de la misma forma que ocurre en Shutter Island (Martin Scorsese, 2010), en este caso con Leonardo DiCaprio.

Nicolas Cage tiene una gran maestría en el arte de la estafa, como se puede ver en sus magistrales delitos, y evoca de forma preocupante la estafa y el engaño que vivimos en nuestra sociedad. Mineros en armas, bancos rescatados, selecciones de fútbol victoriosas, subidas de impuestos, aplausos en el Congreso, recortes y más recortes. No es necesario seguir enumerando todas y cada una de las desgracias con que nos bombardean los medios de comunicación, creando una realidad que, si bien es cierta, también es sesgada. La crisis, o como quieran llamarla, no es algo venido del más allá, sino provocada. Gestada, provocada y consentida por personas con nombres y apellidos, por instituciones, y por la desidia de todos. Es terrible ver cómo hay sectores sociales que todavía no aceptan que esta crisis es una de las mayores estafas de nuestras vidas y que la realidad creada y ofrecida por los políticos en los medios de comunicación es únicamente un constructo de este engaño para embaucarnos y hacernos partícipes de este desmantelamiento, palabra también muy usada recientemente. El lenguaje forma la percepción de la realidad con una forma pensada cuidadosamente por una oligarquía política y financiera que acecha. Las tesis conspirativas pueden parecer exageradas pero la realidad no es mucho más halagüeña y el problema ahora no se centra exclusivamente en la llamada “salida de la crisis” sino en la vivencia de la misma por la ciudadanía y en el estado de ánimo desgarrado, vacío y sin atisbo de luz al final de este túnel. A pesar de todo siempre quedará la felicidad del ignorante, del engañado, del timado, y su abulia repugnante.

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“La fluidez es la cualidad de los líquidos y los gases”. Así empezaba Zygmunt Bauman su conocido ensayo Modernidad líquida en el año 2000. Bauman acuñó este interesante término sociológico acerca de la modernidad, calificándola de “líquida”. Los líquidos son fluidos, movedizos, inestables y se adaptan a los recipientes que los contienen. Por el contrario, los sólidos son estables, más o menos duros, y para modificar su estado natural necesitan de fuerzas externas. Con esta contraposición enfrenta su “modernidad líquida” a la “modernidad sólida” que hemos abandonado. Parece que gran parte de lo que conformaba nuestras vidas hace unas décadas se ha venido abajo y se ha licuado. Los sólidos conceptos con que se construía nuestra existencia se han derramado y desintegrado, afirma el autor. No obstante habría que analizar en profundidad lo que este concepto da de sí para construir un panorama explicativo coherente.

Bauman hace un recorrido sociológico por diversas instancias de nuestra vida para mostrarnos ese proceso de “licuefacción” que, según él, han sufrido. Lejos quedan los duros compromisos que sólo podía romper la muerte; ahora se pueden romper de forma muy veloz. Conceptos como amor, matrimonio, trabajo, que, se nos presentaban hace escasamente dos décadas como referentes ineludibles para nuestro vivir, hacen aguas ya. La ampliación del concepto de matrimonio y el crecimiento del número de separaciones y divorcios dinamitan la solidez que el amor podía tener para una pareja que compartía toda una vida. No se trata de valoraciones positivas o negativas, sino de contemplar el proceso de cambio. El trabajo, que aún en nuestras jóvenes generaciones era un ideal a conseguir y en el que permanecer hasta la esperada jubilación, se ha evaporado. No sólo es que Europa, y más aún España, tenga dificultades en crear empleo, sino que el existente es “líquido”, precario, flexible… Nuestra vida ya no se asienta en patrones duraderos y permanentes, ahora toca adaptarse, transformarse, cambiar… como los líquidos.

Las cualidades de los líquidos también se ven en la transmisión de la información. Queda ya muy distante la enciclopedia universal que, instalada en un hogar, reunía a la familia para buscar tal planeta o tal país desconocido. Resulta inimaginable ya acudir a un todopoderoso libro de historia que solucione nuestras dudas. La información camina a la par junto a la velocidad de nuestra sociedad y los cambios producidos; las noticias completas e “inequívocas” se han acabado ya. Ahora asistimos a una televisión con decenas de canales diferentes y a una prensa variada con multitud de noticias y artículos. Una persona no puede abarcar toda la información que se vierte sobre un hecho y a ello ha contribuido enormemente Internet. La velocidad y la dispersión creciente de la información de nuestro mundo crean una imagen borrosa y extremadamente compleja en nuestra percepción. Es cierto que el grado informativo que ahora disfrutamos es el mayor tenido nunca, pero la duda estriba en si ello favorece o no al conocimiento que podamos tener de la realidad. Será que el conocimiento a retener, si su liquidez nos lo permite con su cualidad de multiforme, es el único posible.

¿Qué nos queda de este universo líquido que propone Bauman? Desde luego, quedan cosas sólidas y más aún habrá que construir y crear próximamente. De ello seguramente dependerá la vida de las generaciones futuras, de las convicciones e ideales sobre las que se sostengan. Y habrá que resistirse, como parece hacer Bauman en esta fotografía, y evitar que todo nuestro yo se fusione y se confunda.

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La economía está de moda: no hay duda. Vivimos un ambiente donde la información nos llega constantemente y gran parte de la misma es económica. El motivo no es otro que la situación que vivimos y las medidas tomadas. La economía se ha convertido en un tema habitual en las conversaciones más mundanas pese a que la incomprensión y el desconocimiento son, por desgracia, muy habituales. Habría que avanzar mucho en la democratización de la información económica, no en cantidad, sino en calidad y en explicación. El hecho de que escriba esta pequeña nota es porque el diario El País en su sección Negocios comienza hoy  una serie de artículos dedicados a las crisis económicas a lo largo de la historia, comenzando desde la crisis bajo medieval hasta la actual.

Estos enlaces denotan la creciente presencia de la economía en el quehacer diario, y otorgan una perspectiva histórica a la realidad del presente.

“Lecciones de la recesión”, El País, Negocios, 8-1-12.

“La primera gran depresión europea”, El País, Negocios, 8-1-12. Por Antoni Furió, catedrático de historia medieval de la Universitat de València.

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