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Archive for the ‘Cristianismo’ Category

1. Llega abril. Y con él las conmemoraciones diversas de nuestro pasado que a los que nos interesamos por la historia y tratamos de dedicarnos a ella nos atraen tanto. Ayer se recordaba el 75º aniversario del fin de la Guerra Civil y, dentro de unos días, volveremos a evocar aquella proclamación de la República en España. Días atrás trataba de hacer una charla con alumnos de 2º de Bachillerato sobre estos dos momentos y les hacía la siguiente pregunta: ¿Qué tuvo que ocurrir en España para que se pasara del clima festivo del 14 de abril de 1931 a la guerra civil y la matanza desatada en julio de 1936? Desde luego, muchas cosas ocurrieron en esos años de régimen republicano, y muchas habían ocurrido tiempo atrás en la historia de España. Y de eso se trata la historia: de calibrar y valorar los factores –cercanos y lejanos– que pueden explicar sucesos tan terribles como el conflicto bélico que vivió España. Y sí, es muy complicado porque requiere desarrollar un pensamiento abstracto y muy complejo, poner en práctica la empatía histórica y, especialmente, librarse de prejuicios y arengas sentimentalistas, propias de los medios de comunicación. Este es uno de los problemas principales que afecta de lleno al estudio de la historia: el exceso de sentimentalismo y de emociones a flor de piel que todavía hoy impiden el estudio sosegado, con calma y con apertura, de aspectos como la Guerra Civil. Como afirmó Julián Casanova en una charla reciente, hay una buena parte de la población de este país que todavía hoy no ha estudiado este tema con detenimiento y con seriedad; ello se debe a la especificidad de las leyes educativas, problema que hoy sigue en pie. Si realizáramos un cálculo de porcentajes de aquellos que han llegado a estudiar este episodio de nuestra historia reciente obtendríamos resultados bastante sorprendentes. ¿Qué pensaríamos de un alemán que desconoce la existencia del Holocausto o que lo niega? Pues bien, la Guerra Civil se estudia en 4º de la ESO –en medio de un temario de Historia del mundo contemporáneo inmenso e inacabable, por lo que muchos profesores deciden no enseñar lo relativo a España–, y en 2º de Bachillerato, curso al que llega un número reducido de estudiantes que ven pasar la Guerra Civil en su vida académica de una forma veloz y superficial (en la mayoría de los casos) por la presión de la Selectividad. Es algo a meditar si queremos realmente que el estudio de los documentos y del trabajo del historiador tenga alguna aplicabilidad en la vida real y supere las proclamas periodísticas o de otras personalidades en nuestra sociedad. Por ejemplo, una muestra de la total actualidad de este hecho frente a quienes están cansados de “remover” el pasado y claman a favor del olvido, es el de Rouco Varela, quien recientemente afirmaba que los hechos y actitudes que causaron la guerra podrían volverla a causar. Habría que ver, según él, cuáles son esos hechos y actitudes.
1396380702_183531_1396380997_noticia_normal2. Un ejemplo que nos ilustra sobre la complejidad del conocimiento histórico referido a la Guerra Civil es el anticlericalismo y el problema de la religión en España, ya presente durante todo el siglo XIX. Es muy conocida la carta pastoral de Enrique Pla y Deniel, fechada el 30 de septiembre de 1936 donde este obispo de la diócesis de Salamanca se convierte en defensor de una guerra concebida como necesaria, llegando a calificarse de cruzada. En dicha carta se afirma lo siguiente: “El comunismo y el anarquismo son la idolatría propia hasta llegar al desprecio, al odio a Dios Nuestro Señor; y enfrente de ellos han florecido de manera insospechada el heroísmo y el martirio, que en amor exaltado a España y a Dios ofrecen en sacrificio y holocausto la propia vida”. La unión de la espada y la cruz estuvo presente en muchos documentos eclesiásticos y ello otorgó importantes beneficios al bando nacional y a la propia Iglesia Católica, durante la guerra y durante el régimen franquista. Como también es habitual cuando se trata este tema, surgen las voces animadas que ponen el acento en la violencia anticlerical de la guerra, innegable y brutal; una violencia que ya estuvo presente en los hechos revolucionarios de octubre de 1934 en Asturias en que fueron asesinados 34 seminaristas y sacerdotes y pasadas por el fuego más de medio centenar de iglesias. Más allá de estos hechos conocidos y de los datos estudiados con las cifras escalofriantes del asesinato 4.184 sacerdotes diocesanos, 2.365 religiosos y 283 monjas durante la Guerra Civil, quería mostrar el caso de un padre capuchino que contrasta con la alta jerarquía eclesiástica y su alineación ideológica. Me refiero al caso de Gumersindo de Estella que ha aparecido recientemente en la prensa, encargado de la asistencia espiritual de los presos de la cárcel de Torrero de Zaragoza. Este padre capuchino fue destinado, fruto de los desencuentros ideológicos con sus superiores, a la función de acompañar a los presos en su camino hacia el paredón en el cementerio de Torrero (Zaragoza), donde asistió a 1.700 fusilamientos entre 1936 y 1942. En sus memorias relata el ritual que llevaba a cabo de preparación espiritual para la muerte, la confesión que daba a quienes eran capaces de recibirla, la charla con ellos y la recepción de encargos y enseres que luego llevaba a sus familiares tras comunicarles la noticia de la ejecución. Su atisbo de humanidad y su perplejidad ante unas decisiones que no podía compartir se pueden ver en estos fragmentos:
“Como sacerdote y cristiano sentía repugnancia ante tan numerosos asesinatos y no podía aprobarlos”. (…) “Yo estaba a punto de estallar con un grito de ruego, de protesta, de compasión, como lo daría una madre. Pero la presencia de tantas personas de carácter oficial me contenía. ¿Contra quién iba a protestar…? Cualquier frase o sílaba era peligrosa”. Siempre se preguntaba: “¿Se salvó esta alma?” (…) “Una dignidad humana que se funda en la común filiación divina. Todos somos hijos de Dios”.
La existencia de historias y memorias como esta añaden mayor complejidad al estudio de un episodio trágico que hoy sigue siendo tabú para muchas personas y objeto de sectarismos para otras. Analizar críticamente, sin tratar de justificar, sino valorando la complejidad de los hechos y restaurando la memoria histórica debería ser, entre otros muchos, uno de los objetivos de la educación, y no tanto cómo encender un aspirador o comprar un billete de Metro, como se encargan de recordarnos desde el Informe PISA…

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comulgantesLos comulgantes, Luz de invierno —como también fue traducida—, o “El silencio de Dios” —como bien podría llamarse esta obra del cineasta sueco Ingmar Bergman de 1963—. Es una película que rescatamos de la larga lista de este autor para sorprendernos por su gran simplicidad y expresionismo al mismo tiempo: la sencillez de la historia narrada —de forma absolutamente temporal y teatral, pausada y real— es el perfecto instrumento para desgarrar el alma del espectador que comulga con el sufrimiento de los protagonistas. Sí, comulga, dotando de un doble sentido a la traducción del título: por un lado, refiriéndose a quienes se aglomeran irónicamente en una iglesia medio vacía para celebrar el sacramento de la eucaristía; y por otro lado, mostrando la comunión —o des-comunión— existente entre quienes comparten el vacío y la desorientación vital. La sobriedad de Bergman en esta obra cumple su función de dar sentido al culto protestante al que asistimos y de atormentar al espectador que siente únicamente unos cánticos, unos sonidos de campanas, el tic tac del reloj amenazante y la visualización de unas imágenes religiosas tormentosas.

img los comulgantes

Más allá de los aspectos estilísticos y de los magníficos planos con que nos deleita Bergman, la historia retrata la vida del pastor protestante Tomas Ericsson durante unas horas tejiendo una perfecta trayectoria circular: desde la iglesia hasta la iglesia pasando por lo temporal, el sufrimiento humano y la desesperación. Este círculo narrativo es perfecto y está muy logrado: el sacramento eucarístico supone la comunión del fiel cristiano con Jesucristo —quien ha muerto por él— y otorga la fuerza y la fe necesarias para emprender el camino de la vida, ese camino de lágrimas. El camino cristiano es un camino eucarístico: va desde la eucaristía hacia el mundo para iluminarlo; vuelve a la eucaristía más tarde para tomar fuerzas y reiniciar los pasos. Ese círculo se desvirtúa en Los comulgantes pues el pastor protestante celebra un rito vacío, sin sentido, donde todos “actúan” más que “viven”, donde son marionetas preocupadas por las formas y no por la relación con lo trascendente. Esa misma desesperación o “silencio de Dios” es el que siente el pastor que se deja llevar por la costumbre, recordando muy bien en estos momentos a aquel sacerdote de Unamuno que perdió la fe en San Manuel Bueno, mártir (1931). La tarea pastoral y de cuidar almas de Tomas hace aguas. Es incapaz de dar una respuesta a la pregunta de “¿Por qué hay que vivir?” del matrimonio en crisis creando un silencio fantasmagórico y muy plástico. El resultado de su incapacidad es el suicidio del marido y la frialdad e indiferencia del pastor al ver el cuerpo. Su incapacidad sigue más allá: al dar la noticia a la viuda de la muerte del marido este no puede dar ese calor cristiano a la familia que ha sufrido la pérdida; se queda contemplando la escena del comedor desde fuera en una escena que ejemplifica el alejamiento de los sentimientos que se escapan sin poderse asir.

Es un pastor que ha fracasado en su acompañamiento a los feligreses, pero que también ha fracasado personalmente: tanto en su fe como en su relación sentimental. La muerte de la esposa resuena como esas campanas incesantes que no callan, le impide seguir viviendo y cumpliendo con su misión. La maestra enamorada de él recibe las palabras más duras y sinceras nunca oídas, palabras que duelen por el rechazo amoroso y que son la respuesta a una carta que ella le escribe. La escena en que la maestra narra cara a la cámara su sentir es muy clara cuando afirma lo siguiente: “Queridísimo Tomas, quizás haya sido una carta muy larga pero he escrito lo que no me atrevo a decir, ni cuando te abrazaba. Le pedí una explicación y me la dio: supe que te amo”. La carta desenvuelta por Tomas es blanca en medio de un universo negro y sin color; no obstante, el pastor cae en el abatimiento definitivo y rompe en odio hacia ella. “Cuando ella murió, morí yo también” dice Tomas refiriéndose a su difunta esposa; la maestra jamás iba a poder ocupar el lugar vacío dejado por ella.

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El sufrimiento de los personajes de la película está muy relacionado con el dolor de Jesús antes y durante su muerte: el suicida muere solo y abandonado, sin palabras de consuelo, gimiendo algo parecido al “Dios, ¿por qué me has abandonado?; Tomas desfallece en su vida al ver que nadie llena su vacío, que Dios calla, que la oración es fría, recordando los momentos de sufrimiento de Jesús en Getsemaní. El círculo de que hablábamos se completa con el fin de la película: el pastor vuelve a celebrar la eucaristía en una iglesia más vacía que la primera y con mayor pesadumbre en su alma. Todo se ha completado pero nada ha llegado a su puerto: la película es un intenso salmo 129 gimiendo “Desde lo hondo a ti grito, Señor”; es una gran reflexión sobre el amor, el desamor y la incapacidad para sentir algo y para expresarlo; es una meditación religiosa y sobre el sentido de la vida, y es un muestra de la dureza y el sufrimiento constante del ser humano.

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¡Dios mío! ¿Un instante de felicidad no es suficiente para toda una vida? “

Noches Blancas, Dostoievski.

La muerte, el amor y la vida. Son tres palabras que esconden la esencia de la existencia humana. El amor y la muerte que forman parte de la vida y, al mismo tiempo la consumen. La muerte cristiana engendra y simboliza el amor, y éste, otorga sentido a la vida. Son diversas las obras que vienen a mí para arrojarme luz u oscuridad sobre estos temas. El mismo san Juan narró las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Juan 11, 25-26). Jesús anula la muerte, la doblega y resurge victorioso frente a ella. Son palabras de esperanza, palabras susurradas. Sin embargo, en el mundo vemos gritos y gemidos. Este el caso de la película Gritos y susurros de Ingmar Bergman de 1972. Es una película con una magnífica estética que va transformándose al compás de la trama, una trama lineal que habla de la vida para llegar hasta la muerte. La protagonista principal, Agnes (“cordero”, equivalencia simbólica del mismo Jesucristo) vive sus últimos días presa de un cáncer de útero, envuelta en un ambiente de gritos, de sufrimiento y de dolor, personal y ajeno. Sus dos hermanas, Karin y María, la acompañan en su tránsito. El director va tejiendo las historias de las tres hermanas en la casa familiar y va dibujando la tragedia personal y el sinsentido de Karin y María, destinadas a no converger y cuyo único punto en común es Agnes. Pronto se descubre la infelicidad y la sentida tristeza de las dos hermanas, sufrida por la propia Agnes. Anna, la criada, es otra víctima de la historia personal de la familia pero que muestra un atisbo de sentimiento hacia el cordero que se consume y forma una verdadera Piedad con ella. El grito y el sufrimiento de Jesucristo tuvo un sentido redentor hacia la humanidad mientras que el de Agnes resulta vano. Su muerte no genera vida ni reconciliación, sino separación de caminos de una familia que tenía su enfermedad como punto de unión.

Esta película resulta una profunda reflexión sobre la vida y la muerte, agria y realista. En los últimos días he leído otras obras que proyectan en mí estos mismos temas: “Retrato de un hombre invisible” perteneciente a La invención de la soledad (Paul Auster, 1982), y Retrato de un hombre inmaduro (Luis Landero, 2009). Los enfoques son muy distintos pero la realidad es la misma. En el relato autobiográfico de Auster, escrito tras la muerte de su padre, éste repasa la vida del mismo y lo describe como un hombre indiferente, ausente, ajeno del mundo. La novela de Luis Landero es la narración de la última noche en vida de un hombre que, en primera persona, teje desordenadamente la historia de su existencia, de una forma muy diferente a la de Auster. El personaje de Landero sí participa de la vida, a diferencia del padre de Auster, sí se imbuye de toda su esencia, de sus miserias y, de paso, aprovecha para sacar alguna tímida sonrisa fruto de sus aventuras urbanas.

Si bien la muerte es el centro de todos estos relatos, es la vida la que reina y la que vence. Agnes, en su diario evocado por Anna, lo expresa muy bien evocando un momento de gran felicidad:

Ya no tengo ningún dolor. La gente que más quiero estuvo a mi lado. Las oí platicando. Sentí la presencia de sus cuerpos, sus manos. quería que el momento durara y pensé: esto es la felicidad.

Nota:

Recomiendo la lectura de la siguiente reseña y comentario acerca de la obra de Luis Landero, por Justo Serna.

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– “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos ‘C’ brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser. Todos estos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia… Es hora de morir..” Roy

Blade Runner. Ridley Scott – 1982

Mucho llevo reflexionando sobre las experiencias vividas y qué papel tienen éstas en las vidas y comportamientos de las personas. Estos fragmentos de dos grandes películas (El indomable Will Hunting, 1997, y Blade Runner, 1982) arrojan luz a ello. Dos diálogos emblemáticos de la historia del cine sintetizan la esencia de la vida, las experiencias vividas y lo sentido en ellas. A menudo me siento como Roy en Blade Runner y como el propio Robin Williams. La vida no son ideas, ni libros, ni sermones, la vida son experiencias protagonizadas por uno mismo y por los próximos a él. Siento haber visto cosas que mucha gente no creería, momentos únicos y, por suerte, repetibles. Y todo esto lo he sentido y lo sigo sintiendo en Juniors. ¡Qué acertado estaría un educador diciendo las mismas palabras que Roy! Son muchos años, muchas vivencias y recuerdos y, especialmente, muchos campamentos en los que realmente se ven naves más allá de Orión, rayos C y puertas desconocidas hasta entonces. Esos días de convivencia, de vivencia con compañeros, son días de cómoda tranquilidad en el Monte Tabor, de disfrute, de evasión y de oración. En estos días la vida se saborea de verdad, en primera persona, en acción con Dios. Yo he visto cosas que no creeríais, sonrisas gratuitas, corazones sanados y llenos de felicidad, lágrimas sinceras, fe vivida y palpada, amor al prójimo, compañerismo, nuevos caminos, amistades duraderas, trabajo desinteresado y en equipo, la naturaleza en ti. Cada uno de esos momentos me ha hecho ser como soy, han configurado mi vida cristiana y la de muchos, han contribuido mucho en construir cada pedazo de mi pensamiento, cada sentimiento y cada acción. Esas vivencias han sido más allá de Orión, en esa montaña escarpada, pero han resonado y han aflorado una y otra vez en el descenso, en el suelo llano. Son días que sirven de alimento para continuar, para sacar fuerzas, para reubicarse de nuevo y seguir con esta misión. El recuerdo los revive una y otra vez. Y no, Roy no tenía razón porque esos momentos, esas lágrimas, no se perderán en medio de la lluvia. Esos momentos se palpan y se palparán y darán fruto y, entonces, no será hora de morir, sino de vivir, vivir en plenitud. Cada uno elige sus experiencias o, la vida se las brinda, pero éstas forman las personas.

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Siempre me ha inquietado mucho la conocida exhortación de san Pablo a la alegría: “Hermanos: Estad siempre alegres” (1Tesalonicenses 5, 16-17). Es una llamada clara y sencilla, sin remilgos y totalmente directa. Ante esta advertencia surge la duda y la desconfianza: ¿quién se cree este hombre para decirnos que estemos siempre alegres? ¿Qué motivos tendrá? Además, insiste con otra de las comunidades: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres” (Filipenses 4, 4-5). Que estemos siempre alegres y encima, en el Señor. Realmente son unas palabras que, ante su aparente sencillez, guardan una profunda verdad que puede darnos que pensar. Pensaba últimamente en si este mensaje tiene vigencia todavía y si se corresponde con la realidad que observo. La respuesta inmediata ha sido la negativa. Es muy frustrante atreverse a encender un televisor u hojear un diario; las noticias que se nos muestran son decepcionantes. Crisis y más crisis, corrupción, asesinatos, violencia de género, dramas humanos… La lista es interminable y día a día nos vamos empapando de ese espíritu negativo que se nos ofrece desde los productos de los medios de comunicación. Los discursos ofrecidos por las televisiones y periódicos no pueden ser más desalentadores y llaman inevitablemente a la reflexión de quienes los sufrimos. Qué estará pasando para que estas noticias sean nuestro pan diario y qué ocurrirá para que las aceptemos resignadamente. Desde luego que es necesario informar y condenar este tipo de actividades pero el discurso periodístico debería ser capaz de acoger en él mayor variedad de sucesos. Seamos francos: hay gente que nunca será noticia. Hay acciones individuales y de colectivos que nunca aparecerán, que nunca darán luz y que no interesarán. Quizás habría que pensar de otra manera y creer en un efecto retro alimentador de estas opciones. En fin, dejo de divagar inútilmente pero seguiré empeñado en que esta provocación de san Pablo es necesariamente actual, para cristianos y para los que no lo son.

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Tras un tiempo de silencio, de pausa y de dedicarme a otros asuntos he vuelto a introducirme en el mundo de Miguel Delibes y de sus personajes. Esta vez ha sido El camino, publicada en 1950, y la sensación final ha sido grata, esa sensación caracterizada por la delicadeza del tacto de un objeto preciado que has encontrado. Es una novela que nos ofrece un plano a gran tamaño de lo que es el mundo rural a mitad del siglo XX en España. Es una fotografía a gran definición de las relaciones sociales que existen en ese mundo rural que tan bien conocía Delibes y de las que formaba parte. A través de grandes temas y grandes personajes va ofreciéndonos pequeños cachos de ese mundo. Los personajes, construidos con más soltura y mayor adecuación a lo que pretende narrar que en La sombra del ciprés es alargada, van añadiendo pedazos que el lector reconstruye junto a Daniel, el Mochuelo.

Son diversos los temas que trata Delibes: la muerte, la naturaleza, la religión, el tradicionalismo, etc. Respecto a la muerte, Delibes otorga gran vitalidad a sus novelas incluyéndola en ellas, adquiriendo su narrativa una fuerza muy sólida a pesar de lo trágico que pueda resultar. La religión es tratada como tal, en el contexto rural en que se enmarca, pero es la naturaleza una de las principales protagonistas de El camino. El pueblo que evoca la novela está ubicado en medio unos montes que construyen la vida de los habitantes. Los campos, bosques, picos y lugares de montaña articulan la novela y los personajes se construyen a través de ellos. La riqueza lingüística de la obra en cuanto a las especies de pájaros y de plantas es enorme, y se desprende un gran amor a la naturaleza del que no es ajeno Daniel, el Mochuelo. Él mismo deja ver lo siguiente:

“Él no tenía la culpa de ser un sentimental. Ni de que el valle estuviera ligado a él de aquella manera absorbente y dolorosa. No le importaba un ardite. Y en, cambio le importaban los trenes diminutos en la distancia y los caseríos blancos y los proados y los maizales; y la Poza del Inglés, y la gruesa y enloquecida corriente del Chorro; y el corro de bolos; y los tañidos de las campanas parroquiales […] Sin embargo, todo había que dejarlo por el progreso” (pp. 190-191).

 

Boda aldeana, Pieter Brueghel, 1568

Además de la naturaleza, es la imagen que da Delibes de lo rural una gran protagonista. Podría discutirse acerca de la veracidad y de la exactitud de esta visión del ambiente rural que aparece retratado en la novela como cúmulo de valores positivos y negativos. Es un ambiente bucólico, familiar, natural, pero también lo es conservador y colmado de valores negativos a través de personajes como la Guindilla. Al pensar en esta dualidad de lo rural ha venido a mi mente aquel cuadro de Pieter Brueghel el Viejo (Boda aldeana, 1568) donde los campesinos aparecen retratados igual que en la obra de Delibes: como personificación de lo bueno y de lo malo del hombre. La costumbre y la paz campesina se contrastan con la incivilización, la vulgaridad y la simplicidad. Lo mismo que pintaba Brueghel parece haberlo trasladado Delibes a sus páginas.

A pesar de todo lo dicho, lo rural, la naturaleza y lo religioso son los complementos que utiliza Miguel Delibes para ofrecer una reflexión acerca de la vida y del rumbo de ésta. La novela es una recreación del pasado de Daniel, el Mochuelo, que evoca su vida en el pueblo la noche anterior a marcharse a estudiar a la ciudad. La nostalgia se hace realmente presente en las últimas páginas de la obra donde se ve el dolor de la separación y el choque que experimenta el Mochuelo con la realidad. El fin de El camino es el final de la infancia de Daniel y es el inicio de algo indeterminado, de un gran cambio en su vida. Delibes nos da que pensar y evocar los cambios y vaivenes que trae consigo la vida. La novela, construida con una visión cristiana de la realidad, pretende mostrarnos la naturaleza del camino del ser humano y la consonancia o no con los planes de Dios. Sabiamente, uno de los personajes de El camino afirma que la felicidad reside en adecuar tu voluntad y tus planes de vida con los designios de Dios. Es así para los que somos creyentes y Daniel, el Mochuelo se da cuenta de ello. El final es muy ilustrador:

“Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca-uca le viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin.”

La marcha a la ciudad es inevitable para Daniel pues todavía no tiene el mando de su vida y en la noche anterior a partir descubre el amor y llora. Y ahí es donde se rompe la dureza de un alma noble que había pretendido estar al margen de los sentimientos humanos. Y llora, pues las lágrimas son reparadoras, al igual que lo hizo Pedro tras traicionar a su maestro (“Y lloró amargamente” Lucas 22, 62).

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He vuelto. Volví hace tres días, he tenido tiempo para que mis emociones iniciales de la vuelta se calmaran. Sin embargo, quedan todavía y quedarán para siempre. Puede parecer repetitivo: cada año es lo mismo en el mes de julio, trabajo de preparación y llega el momento esperado. Hay un horario establecido cada día que se cumple lo mejor que se puede. Es un bucle, un día tras otro; en cierto modo, una rutina. Pero es una rutina encantadora, fenomenal y muy dulce. Cada momento que vivo envuelto de esta rutina es un soplo de vida que recibo que me da fuerzas para continuar un año más esperando este momento con más ilusión cada vez. Besos, abrazos, sonrisas, gestos, lágrimas, diversiones, conversaciones, risas, complicidades, satisfacciones, y mucho más que podría decir. Cada año es irrepetible y tiene su encanto: el lugar, los niños, lo que hacemos, pero también las personas con las que comparto esta ocupación, esta misión. Esas personas pasan a formar parte de tu vida y las abrazas y las quieres como si las conocieras desde siempre o como si fueran hermanos tuyos. Realmente, muchas de ellas llevan ya muchos años juntas, pero estos días refuerzan la amistad y el amor, liman las asperezas e infunden alegría y vivacidad. Por eso, siempre al volver es una vuelta a la rutina real, la rutina más pesada; por eso, al volver deseas quedarte allí por un tiempo más, y por eso, al volver añoras a todas esas personas que te han acompañado y echas de menos levantarte con gritos de niños o con música, comer con muchas personas, ducharte con alegría, etc. Unos días donde la vivencia de la fe se hace más real que durante todo el año, donde tienes momentos realmente íntimos y en compañía para pararte a pensar, para ver cómo vives y para compartir.

Una compañía del anillo que tendrá que permanecer unida para afrontar los retos que vengan, desde las diferencias y virtudes de cada uno.

Lo dice la canción: “And if I had the choice, I’d always wanna be there. Those were the best days of my life”

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