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Archive for the ‘Sociedad’ Category

Reproduzco aquí el artículo que escribí para Xarxa Tic:

En septiembre aterricé en un instituto público valenciano como nuevo funcionario después de dos cursos trabajando en un centro concertado. Uno de los grupos que me asignaron para impartir la materia de Geografía e Historia fue 2º de ESO, grupo que me ha permitido reflexionar en múltiples ocasiones sobre la acción docente, la atención a la diversidad y el fracaso escolar. Veamos, en primer lugar, un análisis de la realidad de tal grupo. Es un grupo compuesto por 19 personas –sí, algo insólito en la educación pública, más aún si los comparo con los 35 por aula que tenía en el concertado–, de las cuales dos de ellas son absentistas, por lo que no vienen a clase o permanecen expulsadas de forma “preventiva”. Uno de ellos me obsequió con una amenaza oral que mi pobre coche podría haber sufrido. Del resto de alumnado, hay 9 con necesidades específicas de apoyo educativo, por lo que cuentan con sus respectivas adaptaciones curriculares, algunas de ellas de tipo significativo con un nivel de Primaria, entre las que se encuentra un Trastorno Específico del Lenguaje. Los restantes alumnos tienen un nivel ordinario pero bajo. Los problemas de disciplina son habituales: hay reiteradas expulsiones, hojas de seguimiento, llamadas a casa, absentismo eventual, agresiones esporádicas entre alumnos, clima de aula ruidoso, etc. En esta clase seguimos un libro de texto, que tengo yo y 8 alumnos más; el resto se niega a comprarlo porque no puede o porque no quiere. Pasado un mes intentando que compraran el libro o pidieran ayuda en el Ayuntamiento desistí de mis intentos y comencé a fotocopiar material trasgrediendo las leyes de propiedad intelectual. ¿Cuánto habría tardado en conseguir los libros si hubiese activado los mecanismos de los trabajadores sociales y las reuniones pertinentes con sus familias? No quiero ni imaginarlo. Por cierto, las fotocopias adaptadas que entrego a los alumnos sin libro y con NEAE son de los cuadernos para la diversidad de años anteriores (con ley LOE), dado que la editorial todavía no ha enviado –posiblemente ni creado– los nuevos de la actual LOMCE que, como ven, poco ha entrado realmente en el fragor de las aulas reales.

Teniendo en cuenta esta diversidad mi primera pregunta fue: ¿cómo debería abordar la asignatura de Geografía e Historia en este grupo? La asignatura en este nivel incluye los contenidos referidos a la historia medieval, la historia moderna y la geografía urbana y de la población. Son un sinfín de estándares de aprendizaje que no me he molestado en analizar detenidamente por lo absurdo de tal tarea considerada la realidad del aula. No hay que olvidar que, dado que no es una asignatura instrumental, no recibo apoyo del aula P.T. como sí ocurre en otras áreas.

¿Qué hago entonces? Trato de reinterpretar el temario oficial seleccionando aquellos contenidos mínimos indispensables, explico durante no más de diez minutos y les mando trabajo, mecánica que me permite seguir con mayor atención a los alumnados con necesidades específicas más graves; todo ello, por supuesto, sin dar la espalda a la clase para evitar ser alcanzando con objetos volantes, bolas de papel, o tratar de que el auditorio no se altere y comience a vociferar por la ventana a aquellos que corren por el patio. En resumen: es imposible bajar la guardia, y hacer trabajar a la mitad de la clase es una misión de extrema dificultad. Es evidente que la gran mayoría no tiene ningún tipo de motivación intrínseca por la materia, ni tampoco extrínseca por obtener un titulado de Graduado en Educación Secundaria Obligatoria; tampoco tienen un apoyo familiar en muchos los casos ni un ejemplo a seguir. Lógicamente, las nociones de historia que adquirirán estos alumnos estarán muy alejadas del currículum oficial, pero en esta situación no es la disciplina la que sale perjudicada. Son los propios alumnos: unos porque carecen de norte académico y no pueden recibir mi ayuda –si es que la quieren– para estudiar; y otros –los que tienen un nivel ordinario– porque involuntariamente los condeno al ostracismo en el aula, ya que el resto de alumnado copa casi por entero mi atención.

La atención a la diversidad es un objetivo idílico en nuestras mentes, es un proyecto genial en la cabeza de los legisladores y de los que hemos sido opositores cuando recitábamos las consabidas teorías; sin embargo, echar un vistazo a las aulas de hoy en día –las de los institutos públicos, dado que en los concertados, salvando algunos casos, no hay tal heterogeneidad– suponen desencantarte pronto. Las desigualdades existen a nivel intelectual, e integrar a alumnos tan dispares en una clase supone que las dificultades a la hora de cumplir con la legislación, y con la atención que merecen, crecen de forma exponencial. También hay que señalar que el conjunto de alumnos considerados “problemáticos” ha ido a parar a tal aula. Curiosa coincidencia. En definitiva, necesitamos más recursos: más profesores de apoyo, maestros P. T. y desdobles. Y aquí surge siempre el debate: ¿segregación o inclusión? Desde luego, no tengo respuesta a tal disyuntiva: la inclusión es una utopía irrealizable con la cantidad de recursos que tenemos, así como irreal; la segregación choca con el espíritu de nuestra escuela. Es la eterna discusión de un sistema que combina ambas tendencias.

Por último, me pregunto a menudo pensando en mi clase cuál será el futuro de estos chavales. Intento hacer de adivino y observar su evolución dos o tres años más tarde. ¿Conseguirán el graduado escolar? ¿Cómo? Y me asalta la certeza de que la gran mayoría sí lo conseguirán: los que lo merecen por comportamiento y trabajo, y lo que no lo merecen ni por una cosa ni por la otra. La escuela actual, que busca dotar de amplias oportunidades a todos, se ha convertido tristemente en una expendedora de títulos, lo cual no deja de ser una obligación de las autoridades a base de presiones jerárquicas para engrosar los listados que permitan a tal o cual gobierno enorgullecerse por el descenso del fracaso educativo, que se mide incomprensiblemente por número de titulados. El problema no es dar títulos, es cómo darlos. Seguramente, una parte de estos alumnos necesiten programas flexibles para obtener el título que les permita acceder a unos estudios de tipo profesional; sin embargo, tal flexibilidad choca con la rigidez del sistema y con la falta de papel que tenemos los docentes en las decisiones que se toman.

Dicho todo esto a modo de esbozo de mis pensamientos, me retiro a seguir pensando en cómo enseñarles algo acerca de la conquista cristiana en el siglo XIII y por qué no debería llamarse “Reconquista”. Ardua tarea, más aún en una clase con gran diversidad cultural y religiosa. Bendito funcionariado.

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1.El joven estaba alegre, animado y contento: su edad rozaba la veintena, tenía una buena familia que le había educado en las más altas reglas de la educación y la cortesía, unos amigos con los que podía contar y una carrera universitaria que iba viento en popa; todavía quedaban varias semanas para retomar el curso en la facultad y quedaba lo mejor del verano: sus anheladas fiestas de pueblo –que no pueblerinas (o eso creía él)–, que también rondaba la veintena en cuanto a los miles de habitantes. Tenía asimismo una pandilla de amigos, algunos más animados en cuanto a las festividades que se aproximaban y otros menos, pero que siempre participaban en ellas. Era un joven bastante normal: a sus quince años había roto con la música heredada de sus padres y de su infancia y había comenzado a soñar con el rock y el heavy metal, se había dejado el pelo largo y, pasado el tiempo, había transitado otros caminos: había abierto sus ojos hacia otras formas alternativas de vivir y de disfrutar; la universidad le había permitido conocer a otras personas y escuchar acentos valencianos más allá del “apitxat”. Se sentía todo un privilegiado: ya podía distinguir entre una “b” y una “v”, entre un “riberenc” i un “castellonenc”. Había descubierto también que sus marchas a la capital le permitían conocer lugares casi inhabitados, establecimientos que encantaban sus sentidos y que le metían de lleno en un universo infinito de sensaciones. El amor había llegado, alejado ya de los primeros escarceos infructuosos de la primera adolescencia; los trenes y metros se habían convertido en sus mejores aliados para tan grandes aventuras; las guitarras seguían sonando con más potencia y los libros crecían en unos estantes que recibían nuevas voces del turbulento siglo XX. Los recipientes de comida transportada y recalentada habían sustituido los cuidados platos de la abuela, y las pausadas horas se habían convertido en rápidos mordiscos inseguros antes de retornar a la biblioteca.

Todo esto volvería en unas semanas, aunque primero debía quemar sus últimos cartuchos antes de retornar a la madriguera invernal. Enfundado con alguna que otra botella de alcohol, espolvoreado por fragancias baratas y arreglado el pelo mirando hacia lo alto, se dispuso a su disfrutar de su noche. Fue una noche feliz, entre amigos, huyendo y evadiéndose del septiembre que avanzaba; pero algo fallaba: sus sentidos entumecidos por el alcohol aún podían detectar que algo iba mal; la música se repetía una y otra vez. ¿Pasaría algo con los responsables? ¿Se habría llenado el lápiz de memoria y no cabían más canciones? No podían ser tan estúpidos; estaba claro: había órdenes claras de repetir hasta cuatro o cinco veces las mismas canciones. Eran órdenes inapelables de los que pagaban, incluso podía ser peligroso no obedecer. Retornando a la realidad de estas elucubraciones se dio cuenta de que alguien estaba importunándolo: una pareja –más bien dos cuerpos ebrios–, se refregaban viscosamente sus partes lúbricas ejerciendo el suficiente contacto como para alterar sus sentidos; todo ello aderezado con la cíclica música que no cesaba. Era el componente perfecto y, además, era lo que se buscaba; las órdenes estaban claras.

El joven, cansado de este eterno castigo, se fue a su casa antes de terminar la fiesta que se había prometido. En su cabeza continuó sonando algo sobre un taxi, sobre una mordidita, y sobre danzas que poco se parecían a los sonidos de guitarra a los que se había acostumbrado. Su verano había terminado. Este joven podría ser alguno de los que habitan las plazas en las fiestas de pueblo, alguno quizás, pero habría que buscar bien.

344556_l2. Algo estamos haciendo mal los que tenemos alguna responsabilidad directa con los jóvenes cuando estos modelos son los que prevalecen en sus gustos musicales y de ocio. Algo hacemos mal cuando triunfan canciones que dicen lo siguiente: “¡Oye, mira esa mujer! Está dura, dura, qué dura, pero ya tú sabes que ella quiere efectivo dinero, visa, qué chula, lula, con culo de mula”. Es una estrategia terriblemente calculada: en primer lugar, un recurso fático para llamar la atención de algo que aparece, una mujer, cosificada desde el primer momento; luego viene la descripción impresionista: está dura, es decir, está cachonda; y luego la descripción de sus íntimos anhelos: solo quiere dinero –idea directa desde Semónides, siglo VII aC–; para acabar, la humillación: tiene un culo de mula. Este es un ejemplo entre muchos más en los que las mujeres son constructos donde caben muchas cualidades que se les pueda imputar, siendo preeminente su carácter de cosa. Esa mujer que se refleja en estas canciones y que se puede contemplar en la pareja fogosa en plena pista es la que hace realidad otra de estas canciones: “Es que yo sin ti y tú sin mí, dime quién puede ser feliz”. La mujer aparece aquí como un ente unido al hombre, inexorablemente unido porque, parece derivarse de este hit del verano, que la felicidad es imposible si no existe tal unión. De nuevo la consabida idea de la mujer como ser incompleto, propia de la Antigüedad clásica. Y a todo esto se añade algo más espantoso: la falsa disyuntiva entre la pasión sin amor y el amor sin pasión, esa doble moral que puebla las ideas tradicionales de las relaciones afectivas. Para ello también tenemos un ejemplo: “Sé que tú eres mía y yo seré tu dulce agonía, siempre de noche y de día, aun sabiendo que lo quieres, él no te da lo que tú quieres; los dos sabemos que prefieres mi pasión antes que su amor; confiésale, dile que en tu cama está mi nombre y de una vez rebélate, dile que las ganas no se esconden, no, tu cuerpo pide más”. Desde el primer momento se afirma la posesión, una posesión que todavía no le corresponde al pretendiente: el problema radica en que tiene pareja, pero es un piltrafa, un despojo, un don nadie que no le da lo que ella necesita. La tesis se asienta y cala lentamente: “no podrás tener un novio que te satisfaga sexualmente y que, además, te quiera y te respete”. Ese mantra se repite una y otra vez, se publicita y, desgraciadamente, algunas veces se cumple: esa muchacha cae en las redes del pretendiente, del malote, del chulo que repite una y otra vez el “tú tan bonita y él no te da”.

Si la cosa se quedara aquí, quizás no pasaría nada y nuestro joven asumiría su derrota, como chico bien educado; pero el problema está en las cifras alarmantes. En 2014 las cifras de la violencia de género en menores de 18 años crecieron según el INE, así como las de chicas entre 16 y 19 años que sufren situaciones de control y violencia psicológica. Es necesario repensar cómo estos mensajes calan en los jóvenes, volver a considerar la idea de género, de deseo, de sexualidad y afectividad, y de violencia. Y, desde luego, repensar el bien que estamos (están) haciendo los que piden estas canciones en las fiestas locales, no una vez, sino hasta cuatro o cinco. Hay alternativas: el llamado Modelo Tradicional Dominante que promueven estos discursos son tan perjudiciales y poderosos que, en contextos educativos y familiares igualitarios, afloran diariamente muestras de violencia de género explícita e implícita. Ya hay estudios sobre el llamado Modelo Alternativo de Masculinidad, artículos que machacan películas como A tres metros sobre el cielo por lo espeluznante de sus propuestas; y también hay canciones alternativas. Los modelos se promueven con artefactos culturales, para bien o para mal, y las películas, los programas de televisión y las canciones son, quizás, los elementos con mayor influencia.

Quiero acabar recordando a Simone de Beauvoir que, en El segundo sexo, de 1949, realizó un lúcido análisis de por qué las mujeres eran consideradas así y prevalecían las relaciones patriarcales. Simone expuso su idea clave: “la mujer no nace, se hace”; el ideal de feminidad, así como el de masculinidad, es una construcción social e histórica hecha por sociedades concretas que los perpetúan. Ser mujer es algo más que lo puramente biológico y hay un componente cultural y social, del mismo modo que lo hay en los gustos de los adolescentes hacia sus iguales; y todo ello se educa. Cuando a las mujeres se las considera como cajas vacías donde solo caben ideas hueras (derrochadora, coqueta, provocadora, obediente, infiel, zorra, objeto, placer), retornamos a lo peor de los modelos homéricos. Es posible que los grupos de jóvenes que organizan las fiestas locales y se encargan de contratar, de sugerir o de organizar este tipo de actos, debieran tener en cuenta el pensamiento alternativo, el bien común hacia nuestra sociedad, y las posibilidades variadas en cuanto a estilos o mensajes musicales. Son responsables, lo quieran o no. Del mismo modo, las autoridades deberían velar por una pluralidad muchas veces diezmada y, repito, por el bien común. Los mensajes repetidos se convierten en realidad, y nuestra realidad no es para estar satisfechos. Nuestro joven de Puçol no lo estaría.

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“El día de hoy es un día de consagración nacional. Estoy seguro de que mis conciudadanos esperan que, al llegar a la Presidencia, me dirija a ellos con la sinceridad y la decisión que de nosotros exige el momento actual de nuestro país. Este es, principalmente, el momento de hablar con la verdad, cabal, franca y valientemente. No podemos ignorar las condiciones a las que honradamente, nuestro país debe hacer frente. Esta gran nación ha de perdurar como ha perdurado, revivirá y prosperará. Así pues, ante todo, permítanme expresar mi firme certidumbre de que lo único a que debemos temer es al temor mismo: al terror desconocido, irracional, injustificado, que paraliza los esfuerzos necesarios para hacer de la retirada un avance. En todas las horas oscuras de nuestra vida nacional, un liderazgo sincero y vigoroso se ha unido a la comprensión y al apoyo del pueblo mismo, condición esencial para alcanzar la victoria. Estoy seguro de que una vez más ustedes darán ese apoyo a fin de precisar el rumbo en estos días críticos”.

Parecen palabras del pasado 24 de mayo proclamadas por algún líder valenciano, madrileño o catalán, pero no lo son. Es Franklin Delano Roosevelt el 4 de marzo de 1933 el que se dirige a la nación azotada por la Gran Depresión con estas palabras. En este conocido discurso vemos la determinación a actuar: la promesa de una acción que no puede demorarse, que es ya urgente ante una nación que sufre el paro de una cuarta parte de sus asalariados, que carece de subsidios y que está inserta en una gran crisis financiera con la caída abismal de los precios y beneficios como nota característica. Es un discurso que, cuando menos, produce expectación, cierta ilusión: se dirige a sus ciudadanos, los anima a no temer, a ser francos y valientes. Estas palabras de toma de posesión del presidente Roosevelt causaron un gran revuelo: cartas de reconocimiento enviadas por los ciudadanos a la Casa Blanca; temores y críticas de reticentes a creer en un cambio de rumbo; y una gran repercusión internacional en Europa, Australia y Alemania. Incluso la prensa de la Italia fascista vio equivocadamente en este discurso la bondad del fascismo por la determinación de la acción. Las medidas que se tomaron a partir de este momento se conocen como las reformas de los Cien Días, esos primeros meses de cualquier gobierno en que lo fundamental se pone encima de la mesa, en que lo urgente se pone en marcha; en este caso, la reforma bancaria, la agrícola y la del trabajo.

Todavía en resaca electoral asistimos a un aluvión de noticias en Valencia sobre las incertidumbres del futuro nuevo gobierno. ¡Qué políticos y qué imaginativos nos hemos vuelto todos ahora! Tras años de letargo, la ranciedad más vetusta comienza a resurgir: de repente los muros de las redes sociales se llenan de consignas anticatalanistas, en contra de esa misma lengua que hablamos por estas tierras, en contra de banderas y banderines, de himnos y de juglares. Muros poblados por eslóganes acompasados por el periódico ABC que hace del peligro catalanista su mejor baza demagógica y electoralista.

Comienzan tiempos interesantes, como diría Hobsbawm, tiempos en que los ciudadanos que confiamos en un cambio tenemos el derecho a exigir una determinación real en la política, una tanda de medidas de urgencia en materia educativa, sanitaria, social y lingüística; a demandar que la vanidad individual –comprensible y lógica para personas que se han dejado la piel en la persecución y denuncia de la corrupción– de los líderes políticos no acabe en estériles reyertas que podrían debilitar lo que puede ser una gran oportunidad. Que el miedo no acampe por aquí, y que los agoreros apoltronados en los pasillos del sistema den paso a la ilusión. Llega “el momento de hablar con la verdad, cabal, franca y valientemente”.

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Els gemecs furiosos i planyívols de l’animal s’escoltaven pertot arreu, em traspassaven com si foren llances tallants sense escrúpols que estan disposades a atemorir la bèstia més valenta. El meu carrer s’havia convertit en un escenari frívol d’un ritu terrorífic; fins i tot, iniciàtic: l’animal havia de ser cordat –empresonat– i, tot seguit, forçat a eixir de la seua captivitat on havia romàs diversos dies; l’excitació de la gent començava a convertir-se en sentiments florits que captivaven aquell xiquet d’onze anys que contemplava atemorit l’escena; després l’innocent animal era atrapat al piló i una massa de gent perdia la temor i s’amuntegava amb tota valentia. L’espectacle posterior és ben conegut: l’animal era sotmès a la col•locació d’unes boles de foc que, a més de cremar-li part de la cara, l’encegaven i l’enfurien; tot això amb el lloable propòsit que esdevingués un bou brau que amortitzés el que per s’havia pagat. Com deia, es tracta d’un ritu i, a més, de caràcter iniciàtic per als joves –i no tan joves– que, per primera vegada, s’apropen a la bèstia per a sotmetre-la.

La mateixa successió d’esdeveniments que, any rere any, vèiem als nostres pobles del País Valencià. L’atemoridora experiència de la qual vaig ser protagonista, oint les queixes –tan inexorables com infecundes– del bou, em va marcar, deixant una empremta indeleble. Mai no podria esborrar eixos crits de sofriment gratuït. I, per eixe motiu és pel qual no vaig a les festes de “Bous al carrer” que es celebren al meu poble, a Puçol. A Puçol, com és tradició –i també com es canta habitualment de forma molt alegre–, quan aplega la calor apleguen també els bous; i ho fan per a quedar-se durant molt de temps. No, no apleguen i habiten els nostres carrers un dia o dos; els hi habiten durant molts caps de setmana. I, per si no fóra prou, tenen a més una setmana dedicada a ells en una plaça especialment habilitada per a la festivitat.

Eixa plaça recull totes les demències pobletanes que s’enforteixen amb les altes temperatures i la humitat que la platja ens proporciona: la festa del alcohol, dels retalls als bous, la celebració de Sant Joan i la fi dels exàmens, les colles que ho gaudeixen, i un llarg etcètera. En realitat, no crec que els bous siguen el gran problema; més bé ho és la falta de consciència cívica i de reflexió personal envers aquests actes i altres. El mes de juny ha estat enguany el mes nacionalitzador per excel•lència; no ens podem queixar. Tots esperàvem amb impaciència el bon espectacle que la selecció espanyola de futbol ens donaria i, per a donar-li suport i, de pas, agrair-los tots els títols aconseguits, van renàixer de sota terra un munt de banderes espanyoles, tot condemnant les tricolors que volien fer-s’hi el seu lloc. Per què havien de fer-se un lloc? És clar: calia aprofitar l’abdicació de Joan Carles I i tacar un poc, si era possible, la cerimònia de proclamació de Felip VI. Ara que el boom nacionalitzador en clau monàrquica –i també futbolística– ha passat necessàriament, només ens resten ací els bous. Per davant ens queda un llarg túnel que no veurà cap llum il•luminadora; o sí la veurà, però no d’il•luminadora com la que jo vaig veure quan no feia més d’un metre i mig, sinó encegadora, que ens mantindrà en la mediocritat i en el circ, en el mal gust i en la “cultura de bou”. Tot això ocorrerà mentre continuen les retallades, la gent passa fam i es duu endavant una llei educativa regressiva; mentre els mecanismes de govern europeu no fan front als nostres problemes i al mateix temps que la cultura no és enfortida. No us preocupeu: ací en tindrem per donar i vendre, de bous clar.

Publicat en:

http://opinions.laveupv.com/opinio/blog/3983/un-article-que-no-agradara-a-tothom

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La política vuelve a ser el tema de conversación usual en las calles y en las familias; y es deseable que así sea después de tanto tiempo de adormecimiento. Tras la abdicación del rey Juan Carlos I se han producido de nuevo debates y agitaciones políticas de todo tipo; todo ello sin haber superado aún la resaca poselectoral de las elecciones europeas. ¿Será una maniobra para ahuyentar la politización y para restar importancia a las formaciones minoritarias que crecieron la semana pasada? ¿Una estratagema de lavado de cara para la muy denostada monarquía en estos últimos años? Posiblemente sea todo ello al mismo tiempo, pero la decisión del monarca nos invita a pensar y reflexionar mucho.

La república –o el derecho a elegir el jefe de Estado como eufemísticamente dicen algunos partidos– se hace de nuevo presente en las conversaciones y, con ella, todos los peligros en cuanto a la estrategia política que debe seguirse. Es necesario defender el sistema republicano con sensatez, sosiego y serenidad; pero al mismo tiempo con debate azuzador contra aquellos que pretenden cerrar filas ante la monarquía (el bipartidismo). Considero urgente que la defensa de la república se haga desde sus grandes virtudes como sistema político en el que se ponga el acento en lo público, en lo que es de todos y no tanto en los colores de una bandera (que es, por otra parte, una cuestión menor). Que se opte por una forma de organizarnos que apueste por la democratización de todas y cada una de las instituciones y que se vuelque en la participación de la ciudadanía, con sistemas asamblearios y consultas frecuentes. Como decía Julián Casanova un tiempo atrás, “esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república”.

Y eso es: la república consiste en todo esto. Por tanto, dejemos de apelar a la nostalgia histórica de una Segunda República que, si bien tuvo grandísimas aspiraciones y encomiables logros en multitud de problemas que hoy todavía no se han solucionado, también está vinculada en el imaginario colectivo con la agitación social, la revolución y, por desgracia, con la guerra. Denotaría mucha madurez en la izquierda española el hecho de que la defensa de la república se hiciera en el sentido de lo público y de la conquista de todo aquello que brilla por su ausencia en este régimen político. Reivindico, por tanto, el papel de la sensatez, de los historiadores y otros estudiosos, para que hagan una buena defensa de un sistema político lógico, necesario y natural como es la república, y pueda acabarse con una institución anacrónica y caduca.

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1-Las elecciones de ayer nos dejan algunas sorpresas y la confirmación de unas tendencias que se vienen gestando en Europa estos últimos años. Una de ellas es, por supuesto, el incremento de las fuerzas políticas de ultraderecha en países como Francia, donde resulta vencedor el Frente Nacional de Le Pen, Reino Unido con el UKIP, Dinamarca, Austria, Alemania y Grecia, con los preocupantes resultados de Aurora Dorada, de carácter neonazi, que podría tener tres eurodiputados. Lo cierto es que en épocas de crisis y de importantes retrocesos en la credibilidad y legitimidad de las instituciones los extremos ascienden, con el ejemplo de estos partidos eurófobos o, simplemente antieuropeos en algunos casos. Comienzan a oírse las comparativas con esta situación y la de los años 30 en Europa que todos conocemos bien; no obstante, no creo que haya que rasgarse las vestiduras, sino reflexionar sobre el porqué de esta tendencia. Hay que aprender de estos resultados tan preocupantes y admitir que las políticas de la Unión Europea chocan con una gran multitud de ciudadanos que manifiesta sus pulsiones por medio de estas formaciones. Es necesario cambiar el rumbo e impedir que tomen más fuerza los partidos de extrema derecha que podrían suponer un importante agravio para la convivencia y para el devenir de muchas políticas, especialmente las referidas a la inmigración.

2-¿En clave nacional? Es habitual valorar estas elecciones en clave nacional de cara a las próximas elecciones autonómicas y municipales, y a las nacionales dentro de dos años. Los resultados nos dan también mucho que pensar y que meditar, especialmente por parte de los dos principales partidos. El bipartidismo parece romperse, y viendo la distribución electoral de anteriores elecciones se confirma la tendencia de la pulverización del voto. Por una parte, el PP ha sufrido una derrota importante, por mucho que se hable numérica y demagógicamente de victoria; ha perdido una gran cantidad de votos y ha retrocedido en comunidades importantes, lo cual es una prueba ineludible de que sus políticas son ampliamente cuestionadas por una parte de la población, harta y descontenta. Por otra, el PSOE sufre una derrota mayor todavía, con un retroceso grandísimo estando en la oposición y sin levantar cabeza. El socialismo español, si es que puede llamarse así aún, necesita un cambio urgente si quiere sobrevivir como partido en segunda posición; debe llevar a cabo una regeneración –palabra tan actual e histórica– y acabar con una estructura política anquilosada y unos dirigentes que ya no pertenecen a esta época ni responden a los intereses de la izquierda. La dimisión de su ejecutiva y el avance en las primarias podría ser una oportunidad para ellos para recuperar tantos y tantos votos que se han desplazado a otras formaciones.

3-La dispersión del voto. Este asunto me alegra porque supone un varapalo a un bipartidismo neoliberal que me angustia y exacerba; no obstante, también es en cierto modo preocupante por la dificultad de gobernar un país de este modo. Hay partidos con presencia importante que me causan muchas desconfianzas (UPD, Ciudadanos), cuyos votos seguramente habrán provenido de muchos descontentos con el PP. Por otro lado, la izquierda más real aumenta, con un fuerte incremento de Izquierda Unida y la fulgurante entrada en el parlamento de Podemos. Estos últimos partidos también me causan alguna reticencia, especialmente el último por las críticas que está recibiendo, tildándolo de populista, demagógico u oportunista. La realidad es que la lectura de la situación actual desde un punto de vista anticapitalista (si es posible llamarlo así) y en contra de las políticas comunitarias actuales, coincide con el sentir general de gran parte de la población. Es una pena que la izquierda alternativa al desgastado y trasnochado PSOE esté tan dispersa y no sea posible aunar fuerzas contra el bipartidismo. Si no se avanza en esta dirección, las posibilidades que otorgarían los resultados en las nacionales podrían verse minorizadas por el efecto de la Ley d’Hont y el típico recurso al voto útil. A pesar de todo esto, no puedo dejar de manifestar mi alegría por el incremento de estas opciones que pueden plantar cara a las nefastas política a que nos están sometiendo durante años y, además, son la manifestación electoral de tantos movimientos sociales que estamos contemplando en nuestro país.

4-Los nacionalismos. Este es otro punto en los resultados electorales que dice mucho para quien quiera oír. ERC gana en Cataluña con su proyecto soberanista e independentista; PNV y Bildu obtienen la gran mayoría de votos en el País Vasco, con Bildu en primera posición en Guipúzcoa y Álava. Ni me preocupa ni me deja preocupar. No soy nacionalista y no tengo ese sentir, pero respeto profundamente la voluntad de muchos que desean poder decidir su futuro. Quienes asisten a estas manifestaciones políticas en sentido soberanista, que han venido para quedarse, y únicamente hacen oídos sordos, son bastante necios políticamente hablando. Urge abordar este problema ya y no postergarlo por la vía del desprecio y del castigo; de lo contrario, la ceguera manifiesta del bipartidismo ante unas reivindicaciones claras y sonoras podría empeorar la situación futura en otra dirección.

5-La escasa participación. Los resultados electorales a nivel europeo y nacional deben hacer que pensar, pero también debe hacerlo la participación. En España, pese a incrementarse levemente respecto a 2009, son cifras muy preocupantes. Tan sólo el 45.84% del electorado ha acudido a votar. ¿Qué validez tienen estas cifras y estas elecciones, tradicionalmente de poca participación? ¿Qué credibilidad puede tener una institución como el Parlamento europeo con estos niveles bajísimos de participación? ¿Qué siente la gente hacia la Unión Europea, con su maraña de instituciones complejas, su falta de democratización, hacia el poder de la Comisión y el Consejo…? No es un asunto baladí: creo que la salud democrática de un sistema reside en la participación de las personas, no sólo en este sentido, sino durante todos los días del año por medio de otros canales. Aun así, las bajas cifras de participación no parecen inquietar a los grandes que suelen salir beneficiados. Al menos, deberían dar un aviso a la ciudadanía para revisar nuestro papel social y nuestra participación política.

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1. ¿Qué tendrá que ver Vetusta Morla con la “media teoría” del capitalismo posdemocrático de los mercados financieros? Probablemente nada. No obstante, su último disco, La deriva, sí me sugiere algunos pensamientos sobre este tema. Vayamos por partes. La idea en cuestión, de nombre tan enrevesado, es la respuesta del sociólogo alemán Claus Offe a la situación actual: un mundo en que otras teorías anteriormente triunfantes –la socialdemócrata y la liberal– perdieron su momento y sucumbieron a una “media” teoría, es decir, a un conjunto de realidades sin justificación alguna. El autor afirma lo siguiente acerca de este momento que estamos viviendo: “los privilegiados titulares de los recursos financieros pueden muy bien marcar la agenda y la toma de decisiones del proceso político” y “la acción del Estado (está) sometida a la presión de los imperativos de los mercados”. La lógica de esta teoría incompleta se basa en la acumulación, el beneficio, la eficiencia, la competitividad, la austeridad y la mercantilización sobre la esfera de los derechos sociales, palabrejas sobre las que sabemos mucho desde hace unos años, y quizás no sepamos gran cosa. La situación de adormecimiento que tanto se critica, e incluso se cuestiona, nos ha hecho observar esta realidad como la única posible en este momento; una realidad que no tiene escapatoria, ni tiene final. Claus Offe no se queda ahí: nos ilustra con cuatro posibilidades o respuestas que la ciudadanía puede emprender para hacer frente a esta merma en la democratización de la sociedad. La primera de ella es la crítica social, presente en movimientos como los “Indignados”; la segunda, las protestas que estallan ocasionalmente sin grandes objetivos políticos; la tercera, el crecimiento del populismo de derechas –con todo lo que lleva aparejado: racismo, intolerancia, pretensiones de homogeneidad, etc.–; y la cuarta, la búsqueda de nuevas instituciones y nuevas maneras de participar en política recalculando las estrategias a que estamos acostumbrados.

 deriva2. Pero, ¿qué tiene que ver Vetusta Morla con esto? Su nuevo trabajo, de gran madurez, combina de forma magistral la interioridad a la que nos tiene acostumbrados este grupo con la crítica social, más presente que nunca en sus letras. Una crítica social que se desprende de forma contundente y rotunda, a la vez que sutil y elegante: no nos encontramos ante desgarros de destrucción ni clamores por la revolución, sino ante la descripción poética de situaciones que pueden con nosotros, que nos restan lo humano que tenemos. El disco empieza y acaba de forma redonda: “La deriva” y “La sonata fantasma”, describiendo una situación de pérdida donde, sin embargo, hay esperanza: “Hay esperanza en la deriva”, en esa deriva en la que hay un telón y una brecha de luz donde “se vuelve a bailar”. No estamos ante mensajes apocalípticos, sino plenamente humanos y esperanzadores. La interpretación personal y sentimental o social y política ya depende de quien escucha cada tema. Siguiendo con el repertorio, encontramos una segunda pieza de claro significado: “Golpe maestro”. En él se habla del “atraco perfecto” del que todavía subsisten “garganta, puño y pies” con fuerza para arremeter contra los ataques externos.

La situación de desorientación y desagregación social la veo palpitar en diversos momentos del disco: “Nada encaja en su lugar. Te llevaste la solución y me quedé el interrogante” (“Fiesta mayor”), “yo guardo la fe, tú encuentra el milagro” (“Alto”), o la crítica feroz a los problemas del sistema sanitario en “Las salas de espera”. Cuando lo económico y la lógica del beneficio imperan en la vida diaria se crean estas situaciones de infelicidad y de agobio, y el hecho de que estas letras puedan sugerirnos críticas sociales es siempre positivo para pensar si nuestros sentimientos concuerdan con lo que se canta. A todas estas letras acompañan otras más íntimas describiendo momentos vitales en que la voluntad de escapar se hace fuerte (“parece tan oportuno escapar”); en que nada es como antes (“gas letal, carmín para cenar, vacío en el desayuno); o en que los recuerdos hacen mella en la rutina diaria (“cuarteles de invierno rompiendo su silencio”), nos impiden subsistir y hacen imposible escapar de ese fuego, fuego que está dentro y está fuera de uno mismo.

 3. Quizás todo esto sean locuras mías y los chicos de Vetusta Morla no traten de esconder pensamientos tan retorcidos; sin embargo, sí creo que en sus letras hay tal fuerza contra el sufrimiento humano. Volviendo a Offe, afirmaba que el momento que vivimos está caracterizado por la incapacidad del ser humano de ser partícipe de las decisiones que se toman, y así es. A menudo observamos hacer y deshacer a comisiones llenas de expertos, a parlamentos que no responden a nuestros intereses, o a grupos transnacionales; nuestra voluntad y nuestra representatividad –entendida en el marco clásico del Estado-nación– se ha desdibujado, abriéndose caminos inescrutables de instancias que no controlamos, repletos de discursos de la necesidad y de la pertinencia neoliberal. Ahora más que nunca, ante unas elecciones europeas próximas, carentes de garantías claras acerca de su capacidad de transformación, con poco margen democrático para nosotros los ciudadanos, es cuando hay que tratar de hallar esas vías a las que se refería el autor, o tratar de ver esperanza en la deriva en la que estamos insertos ya demasiado tiempo.

Consultar:

OFFE, Claus. “Dos teorías y media. Posmodecracia en la era de los mercados financieros globales”. Pasajes de pensamiento contemporáneo, València: Universitat de València, invierno 2013-2014, pp.154-161.

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