Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Universidad’ Category

La llave que abrirá el mañana, dice él

La opción menos mala, dice ella

Opuestas almas

Fulgores coincidentes.

 

Avanzar por los pasillos aprehendiendo el paisaje

O vagar distraído bañándote en acordes delirantes

Seleccionar con cautela la compañía de la sala

O sentirse suficiente, a deshora llegar.

 

Con diligencia reproduces los estertores de otras vidas

Con pasión desdibujas tu rota existencia interior

Aprender a vivir lo ajeno

Colmarse con lo propio.

 

El tiempo guardar en los bolsillos repletos de necesidad

Deshojar los segundos sin percatarse

Escapar, dudar, huir, transitar

Permanecer, saborear, tocar, sentir.

 

Sigues la línea del horizonte

que aprisiona tus alas

Dulce pajarillo das bandadas

de placer, y correteas y oteas.

 

Ocho otoños, ocho inviernos

Ocho primaveras, ocho veranos

El día, el papel, el olor a polvo

La noche, la tinta, la magia.

 

La parada del metro que te ha visto correr

La puerta que distraída te observaba caminar

Manual raído y preparado a punto de deshojar

Llora y se despereza, lomo rígido en paz.

 

El té te reúne y siempre dices cómo estás

He conseguido algunas horas para trabajar

Llegué a mi meta el hastío vespertino

Escribo novelas después de volver.

 

Recuerdas dos mil ocho y dos mil nueve

No te olvides de dos mil trece

Y qué pasó en dos mil catorce

Ahí terminó, volví a nacer.

 

Castro, el nacionalismo, el mundo se acaba

Perú, la familia, el pollo frito

Las líneas de mi vida cambian y cambiarán

No tengo guion escrito, el destino dirá.

 

La tierra se la traga, promesas del reencuentro

Tenemos que vernos pronto coincides

Abrazo fundido en negro

Y el dulce amargor que te azota.

scary-college-mental-spooky-hallway-dark-1477136

Anuncios

Read Full Post »

Levantamiento del Gueto de Varsovia, 1943.La imagen tomada por Jürgen Stroop del Levantamiento del Gueto de Varsovia de 1943 como sublevación judía contra las tropas alemanas sirve para iniciar A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945) de Enzo Traverso, publicada en 2009. El autor italiano podría haber escogido múltiples imágenes para dar inicio a su narración, o sus editores podrían haber optado por otra perspectiva, pero escogieron este momento: un grupo de judíos, principalmente mujeres y niños, levantan las manos ante las amenazantes armas de los nazis. El niño del primer plano ilustra muy bien este periodo al que Traverso se refiere inteligentemente como “guerra civil europea”, un concepto ya existente al que dota de significado en su narración. Es un niño que ha tenido que crecer rápidamente: ha madurado y ha abandonado la seguridad protectora de la madre, como diría Freud; se ha visto amenazado, ya desde su infancia, por el odio del enemigo, la sinrazón de la muerte, el torbellino de las ejecuciones nazis. Este pobre muchacho refleja casi el final de esta “guerra civil europea”: la Solución Final; no obstante, Traverso hace un recorrido con gran perspectiva comparativa hacia el pasado. En estas páginas recorre la Primera Guerra Mundial, la Revolución rusa, la Revolución espartaquista alemana, los múltiples conflictos entre fascismo, nacionalsocialismo, antisfascismo y Resistencia, la Guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. Es un recorrido muy fructífero donde cruza la historia política —alejada de la visión tradicional— con la historia cultural y social, prestando especial interés en la posición de los intelectuales y sus discursos en cada uno de estos conflictos. Es una obra que sugiere, que ofrece pinceladas y rasgos generales de estos hechos sin detenerse pero que propone un nuevo punto de vista alejado de la sucesión correlativa de sucesos para adentrarse en un espectro cronológico amplio, complejo y sugerente.

Feliz NavidadLa obra parte de 1914, de la Primera Guerra Mundial como paradigma de cambio, de “guerra total”: es ahí donde Traverso indica una fisura en el relato bélico, en las formas de hacer la guerra; el jus publicum europaem parece romperse. Las guerras caballerescas donde el enemigo aparecía un rival digno, con honor y derechos, acaban entre 1914-1915. Como ya se ha comentado alguna vez, la Navidad de 1914 aparece como uno de los últimos coletazos de estas viejas formas de hacer la guerra. En estos momentos se produce la confraternización de las tropas donde los combates se detienen para celebrar la fiesta cristiana de diversas formas. La película Joyeux Noël (Feliz Navidad) de Christian Carion (2005) es bastante ilustrativa al respecto y en la siguiente imagen se puede ver esa confraternización entre los oficiales de distintos ejércitos que dan un alto en la mortífera guerra de trincheras. Son la experiencia de las trincheras o la violación de la neutralidad belga y el ataque con armas químicas a ciudades como Ypres en abril de 1915 los hechos que marcan el fin de este tipo de guerra: a partir de aquí ya no se volverán a ver sucesos como el de diciembre de 1914 y, de hecho, serán prohibidos y perseguidos; ya no habrá un “enemigo legítimo”, la población civil podrá no respetarse y bombardearse —en una muestra de “violencia fría” neutralizando el campo visual de las víctimas—, las ciudades podrán ser arrasadas, las economías bloqueadas.

En la “guerra civil europea” que se inicia en 1914 la muerte adquiere un significado muy distinto: “la muerte violenta, industrializada y anónima de la guerra moderna se opone a la muerte familiar de las sociedades arcaicas, vista como un hecho natural, susceptible de cobrar, a las ojos de los seres vivos, un valor altamente ejemplar” (pág. 149). La muerte vista como triunfo, como paso orgulloso hacia otra vida y como fin noble de la existencia termina en las trincheras. La muerte de las trincheras ya no es épica: el soldado que sale de la trinchera —ordenado por su superior ante la amenaza de un consejo de guerra— sabe que le espera la muerte, la mutilación; no sabe cuánto tiempo sobrevivirá, tiembla, le aumentan las pulsaciones, queda paralizado por el miedo, sabe que puede carne destrozada por las ametralladoras enemigas. Es una muerte anónima como recuerda Walter Benjamin y es una muerte que va privando de los soldados próximos a quien sólo tiene ya ese referente que le ata a la vida. Su experiencia es la de alguien que entiende la guerra de su trinchera pero que no entiende la guerra de los gabinetes, como narraría magistralmente Erich Maria Remarque en Sin novedad en el frente. La muerte en la habitación de la enferma, 1895 E. Munch LA NOCHE 1918 1919Estos dos cuadros ilustran esa transformación en el sentido de la muerte: La Muerte en el dormitorio de la enferma (Edvard Munch, 1893) y La noche (Max Beckmann, 1918-1919). Qué diferentes son: mientras uno describe una muerte apacible, religiosa, burguesa, propia del siglo XIX, donde la resignación es palpable y la rabia contenida, donde el decorado es sobrio y honorable; el otro muestra la agitación de un asesinato, un estrangulamiento y una tortura, y la muerte ya no es pausada, sino tortuosa, expresionista, violenta, del mismo modo que ocurriría en el Guernica de Picasso.

Traverso se centra, en muchas ocasiones, en el análisis de obras literarias, pictóricas, fílmicas e incluso de fotografías. Por ejemplo, a partir de las fotografías realizadas a Hitler en 1927 por parte de Heinrich Hoffman en su estudio de Múnich, retrata su condición de líder carismático y cómo se propagó esta imagen. Hitler aparece en estas fotografías como el arquetipo carismático de Max Weber, aquel que se cree poderoso, que levanta la mano hacia el cielo y mira el futuro de Reich; es aquel que no teme, que cree superar la historia e inaugurar un nuevo ciclo digno para Alemania. En el aura que desprende el Führer en estas imágenes se puede analizar ese fanatismo nacional y el deseo expansionista nazi, se puede observar el pulcro cuidado de los gestos y la imagen que se desea transmitir a las multitudes por medio de las tarjetas postales.

Hitler, Heinrich Hoffmann, estudio Múnich 1927

Todos estos aspectos que esbozo a modo de presentación, y otros muchos que narra Traverso como su inteligente diferenciación entre una “violencia fría” y una “violencia caliente”, el conflicto ideológico entre W. Benjamin y C. Schmitt o la atención a la Resistencia y al fascismo, dan cuenta de una época en que la violencia no muestra, según la visión del autor, una regresión en el “proceso de civilización” del que habló Norbert Elias; más bien supone una profundización de éste en sentido negativo y destructor. Es decir, para la matanza sistemática de judíos era necesario el monopolio de la violencia, la racionalidad administrativa weberiana, la división total del trabajo, el autocontrol de las pulsiones en términos freudianos y la “irresponsabilización ética de los actores sociales”. Critica, en este sentido, la tesis de Elias sobre la “recaída en la barbarie y el salvajismo de los tiempos primitivos” de su obra The Germans, para explicar el genocidio judío; e inscribe esta barbarie en diálogo con la civilización de la que toma ciertos elementos para avanzar en su perversidad.

Read Full Post »

Clío. Vermeer, "Alegoría de la pintura", 1666.

Clío. Vermeer, “Alegoría de la pintura”, 1666.

Cuando un camino acaba siempre es inevitable hacer un balance de él: de lo aprendido, de lo que ha sucedido, de cómo ha ocurrido y también de lo que nunca llegó a pasar. Al acabar estos cinco años y ser ­—a falta de los trámites burocráticos con el expediente y del pago del título— licenciado en historia toca hacer repaso, un balance personal y subjetivo de este tiempo, de este proceso.

Mentiría si dijera que desde pequeño he tenido una gran pasión por la historia pues no fue así; mi gran pasión desde siempre fue ser profesor: enseñar, ayudar a progresar, ponerme en la piel de quien aprende, aprender de las dudas y de los errores, esforzarme por ofrecer una explicación lógica de una problemática determinada. Escogí historia como podría haber escogido filología, filosofía o historia del arte: todas ellas me interesaban —y me interesan—; no obstante, decidí estudiar historia por ser ésta la que pensaba que me abriría más puertas de conocimiento, la que me ofrecería una visión más global y panorámica de la evolución de las sociedades humanas, tanto en su esfera económica y social, como mental y cultural. ¡Qué pronto pude darme cuenta de que ambicionar a aprehender dicha evolución de las sociedades era un deseo inabarcable! Y esa ha sido una de las grandes aportaciones de los estudios de historia a mi vida: darme cuenta de que la realidad es extremadamente compleja y de que las pretensiones de simplificar y reducir las situaciones a esquemas sencillos y evidentes no se sostienen.

He pasado por un plan de historia que ya está extinto siendo sido sustituido por otro nuevo de un año menos de carga lectiva. Esta situación que nos ha tocado vivir, disfrutar y, también sufrir, está llena de elementos positivos y negativos. La gran optatividad a la que hemos podido acceder, a pesar de la progresiva extinción de la oferta de licenciatura, nos ha ofrecido un gran abanico de posibilidades para ir más allá de la formación básica. Cómo recuerdo aquellos momentos en que ya estaba matriculado y leía una y otra vez la agenda de primer curso observando las optativas del plan y seleccionándolas de antemano para los próximos cinco años de mi vida. En realidad, muchas de ellas no cambiaron. Estos aspectos positivos tuvieron su cara negativa: ha habido asignaturas a las que se les ha sacado poco rendimiento: quizás por su inviabilidad o por la falta de orientación del plan y la voluntad de los docentes. Desde luego, ya en primer curso advertí cuáles iban a ser los puntos más flacos de la carrera, puntos que se han mantenido durante estos años y que, si no me equivoco, reflejan el desagrado de la mayoría de estudiantes. Me refiero al profesorado de la facultad. Es cierto que ha habido grandísimos profesores, entregados a la investigación y a la docencia de una forma pasional, dispuestos a ayudar disfrutando de su trabajo. Pero también es cierto que ha habido muchos —no únicamente unos pocos— que no reflejan tal pasión: parece que su trabajo docente les es indiferente más allá de su labor investigadora. El desinterés, la despersonalización —sólo dos profesores me han llamado por mi nombre en cinco años—, el escaso acompañamiento: son todos ellos elementos que, si bien no reflejan la situación general, sí forman parte de muchos de estos docentes. Asimismo, la preparación pedagógica de estos profesionales es, en el caso de que la haya, escasa; la innovación docente que se ha pretendido aplicar se ha hecho mal, con poco dinero y multiplicando esfuerzos que no sumaban eficacia al resultado final. Son aspectos a revisar en los que la universidad todavía está entrando pero, después de cinco años y de haber servido de prueba, es  hora de replantearse cosas. Lo que no puede desatenderse es la formación pedagógica de los profesores investigadores porque, aunque muchas veces se olvide, éstos trabajan con personas, no con meros receptores de discursos ni acumuladores de conocimientos; trabajan con individuos con problemas, dificultades y deseos. La diferenciación entre la formación educativa que recibe un docente de primaria o de secundaria respecto a la que recibe un profesor universitario es enorme. No puedo olvidar tampoco la desatención de la gran mayoría de estos docentes a diseñar un plan curricular de la asignatura, así como un cronograma, algo tan sencillo de hacer: ha habido guías docentes totalmente violadas, asignaturas de las que no se ha explicado nada de lo que indicaba su nombre, profesores que con su libertad de cátedra ofrecían una asignatura —pagada por todos como un producto y un proceso intelectual— que no tenía nada que ver con su nombre; y, especialmente, temarios inacabados. No he hecho el recuento pero durante estos años la gran mayoría de los temarios de las asignaturas han quedado sin terminar, algo impensable en carreras como medicina; pero que, en historia, se obvia completamente. Como triste ejemplo, en cinco años puedo decir que nunca he estudiado la Segunda Guerra Mundial a pesar de ser de la especialidad de historia contemporánea. Esa desatención de cumplir con el programa está directamente relacionada con el escaso “castigo” que reciben estos profesionales si no cumplen con sus funciones: por medio de unas encuestas de evaluación que, vista la trayectoria en estos años, no han servido absolutamente para nada, se pretende reconocer la eficacia de su trabajo; pero no ha sido así y la vergonzosa libertad de que disponen para hacer y deshacer se convierte, no en un impulso a los alumnos, sino en un lastre en la mayor parte de los casos.

Pero, por supuesto, no todo es malo. Hemos disfrutado de grandes profesionales apasionados y de asignaturas auténticamente ilustradoras. He podido comprobar cómo la historia no es ese relato de los libros de secundaria ni tiene nada que ver con lo que la gente o los pseudohistoriadores opinan de ella. El gran desconocimiento social de la disciplina histórica es también un lastre para ésta pero es, por supuesto, responsabilidad de los historiadores quienes no han sabido —con grandes excepciones— conectar con el gran público, ofrecer un discurso coherente e independiente. La historia es ideológica, no es aséptica; los temas son escogidos por los historiadores, así como los momentos de inicio y de final de un relato. La historia nunca comienza por el principio porque tal principio no existe, sino que empieza “in media res”, en medio del problema y de la situación. La historia es “una interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado” como diría E. H. Carr. Y todo ello no debe hacer perder la independencia de la disciplina subyugándose y quedando a merced de los procesos de construcción identitaria o sirviendo al poder establecido como podemos comprobar en algunas ocasiones.

Decía que no todo era malo y no lo es, ni mucho menos. Estos años de estudio me han enseñado a abrir los ojos, a adoptar una postura crítica con el mundo en que vivimos, a cuestionar todo y a ponerlo bajo el punto de mira científico, del mismo que se hace con un documento histórico; la historia me ha servido para cuestionarme los lenguajes utilizados en la utilidad valiéndome de análisis hechos respecto al pasado, me ha ofrecido las herramientas para construir un discurso coherente, un discurso que no engañe y que dé cuenta de la complejidad de la realidad. También me ha ayudado a advertir lo inabarcable que es y a comprender que la historia es una disciplina con método científico que no se puede reducir fácilmente a categorías o estructuras: la individualidad del ser humano y su capacidad de pensar y reaccionar en diferentes situaciones es, a mi juicio, mayor que la complejidad del funcionamiento de un organismo biológico o de una máquina. A pesar de todo ello nuestros estudios están claramente devaluados por muchos motivos. Uno de ellos es el argumento económico: la historia no produce dinero, no salva vidas, no construye puentes, caminos ni edificios; la historia trata de la realidad —siempre de forma problemática— e intenta explicarla, y eso no es rentable, y mucho menos en un sistema económico y social que prima el enriquecimiento por encima de todo y la desigualdad y que no valora la producción cultural y artística. Es necesario recuperar la valía de nuestros estudios, así como de todas las humanidades, porque, como bien dijeron mis compañeros en la gala de graduación, la historia es más necesaria que nunca en una sociedad en crisis, en crisis económica, social, política y moral.

Estas líneas podrían parecer algo tristes o pesimistas pero no lo son necesariamente; tratan de ser realistas. La historia me ha aportado mucho más de lo que yo puedo aportarle a ella y me ha abierto grandes caminos. La formación de un historiador, o aspirante a ello, no acaba nunca y sigue especialmente al terminar la carrera reglada porque el universo abierto durante estos cinco años es tan grande que no es posible quedar al margen de esas posibilidades. Quizás otros profesionales acaben su carrera pensando que ya es suficiente la formación recibida para el desempeño de un trabajo pero en historia es sencillamente imposible: conocer y leer lleva, no a más seguridades, sino a más incertidumbres, preguntas y cuestiones que permiten avanzar, siendo éstas necesarias para poder ejercer tu trabajo de forma correcta. Las múltiples y numerosas lecturas de estos años en una carrera que se basa en leer, leer y leer ofrecen más vías, nuevas obras, obras ya clásicas e indagación constante. Y todo ello y el placer de ofrecer a los demás el fruto de esas inquietudes es lo que me anima a seguir aunque la dificultad de combinar estas dos vertientes es evidente: el sistema educativo y profesional escinde la carrera docente de la investigadora cuando deberían estar unidas y ofrecer puentes y más comodidades. Comenzamos una nueva etapa, una etapa dura y exigente para todos con quienes he compartido estos años, personas que me han acompañado desde el primer curso, desde mediados de carrera, e incluso desde el último mes; pero todos ellos interesados en crecer, en criticar y cuestionar la realidad aparente, en preguntarse, en avanzar.

 

Read Full Post »

Hace unos años entré en la Universidad y viendo en perspectiva puedo reflexionar sobre algunos de los asuntos que atañen a ésta. Dejemos de lado la falsa imagen ideal con que, durante años y años, la sociedad iba dibujando este destino como el mejor de los posibles para el empleo. Sí es cierto que la vida universitaria, con todo lo que conlleva, es positiva, pero hay importantes problemas y uno de ellos es el que lleva atormentándome durante todos estos años. Es algo recurrente y que, a primera vista, no parece tener ninguna solución.

Me refiero a la figura del profesorado universitario. A los profesores y profesoras que imparten sus clases, unas repletas de alumnos, otras escasamente pobladas. El motivo de esto no es que los alumnos sean unos vividores hedonistas que no aprecien la gran inversión que se hace para cursar unos estudios. El verdadero motivo es que la mayoría de los docentes que imparten clases no son docentes, o lo soy en muy bajo grado. Y también forma parte de este hecho la escasa seriedad de algunos de estos docentes y el poco control que existe en la Universidad respecto a su tarea.

¿Qué es ser docente?

Los profesores universitarios, por regla general, son investigadores en su disciplina y su trabajo conlleva, además de la docencia, la investigación. El problema ocurre cuando la parte docente del profesorado queda desdeñada y olvidada. Este es el hecho al que estamos acostumbrados los alumnos, a un ambiente universitario de impersonalidad y de irrealidad. La tónica general son los profesores que, a veces ni siquiera se presentan, y llevan a cabo sus pertinaces clases magistrales como si la sala estuviera vacía. Y esto no es todo. Aún es peor el hecho, que ocurre muy a menudo, de que los profesores ignoren deliberadamente las guías docentes y los temarios oficiales. Esta situación provoca gran indignación entre el alumnado que toma de forma seria su formación y asiste a auténticas aberraciones. Cuando los alumnos pagamos una asignatura por la cantidad de créditos que tiene estamos pagando, al fin y al cabo, un producto que consumimos. El problema es que este producto puede resultar deforme, incompleto, o simplemente, diferente del que parecías haber comprado. En la gran mayoría de los casos los temarios no se acaban, y en mis estudios de Historia, es lo habitual. ¿Qué pasaría si un médico no diera una asignatura de anatomía porque el profesor no tiene ni idea de la misma o prefiere contar a sus alumnos otros asuntos, tan elevados para él? Seguramente se armaría un revuelo, pero en Historia esto no ocurre. Lo que ocurre es que esta situación se puede dar perfectamente pero nadie mueve un alfiler para cambiarla. Como nosotros no podemos matar a nadie si no se nos da todo el temario me recuerda siempre una compañera…

Ser docente no es nada de esto. Y tampoco es ejemplo de gran docencia la poca coordinación que tiene el título universitario en cuestión. La Universidad parece algo tan escasamente humano en algunos aspectos que el diálogo y la coordinación entre los profesores de un mismo título, o al menos, de un mismo departamento, es inexistente o infructuoso. Se puede obtener este título de Licenciatura sin saber absolutamente nada de Lutero o de la romanización de la Península Ibérica, pero no pasará nada. Si de verdad la Universidad se tomara un poco en serio la docencia hacia sus alumnos estas cosas no ocurrirían. Si esto ocurriera no habría profesores funcionarios que aplican su libertad de cátedra de una forma dictatorial, habría un equilibrio en los temarios entre los temas que gustan al profesor y los que no, habría verdaderos debates en clase, sería todo algo más humano.

Son muchos los aspectos a mejorar, y es necesario que esto se haga. El conocimiento parece que va a ser en las próximas décadas determinante para configurar nuestro maltrecho país y es urgente situarlo como una prioridad. Ha de acabar el absoluto descontrol del funcionariado docente, tienen que acabarse las reformas universitarias sin debate y cada tantos años, tiene que mejorarse en la investigación, pero también en la docencia, y hay que profundizar en la innovación, diezmada y burlada.

A veces es necesario descargar un poco de ira contenida, o mejor dicho, de decepción, aunque mi humilde contribución no sirva para nada. Quizás algún día retome los avatares de esta histórica institución; mientras seguiremos estudiando.

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: