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Posts Tagged ‘julián casanova’

ddRecomiendo la lectura de esta obra, como todas las de Julián Casanova por ser una síntesis, que sin hacer grandes aportaciones historiográficas, tiene el acierto de incorporar gran parte de las investigaciones recientes, tras la apertura de los archivos de la URSS. Es, además, una obra políticamente desapasionada pero historiográficamente intensa: no se presta a lógicas partidistas facilonas ni a agradar el oído de ninguna sigla; hace historia, elabora un relato creíble, sencillo y apto para todos los públicos. Algunas de las conclusiones que remarco, que por conocidas, no dejan de ser importantes, son las siguientes: la centralidad de la primera guerra mundial para entender el triunfo de la revolución rusa; la complejidad de las revoluciones rusas, entendidas como un “caleidoscopio”, en palabras de Read; la diversidad de propuestas socialistas en torno a 1917 que acabaron sepultadas tras el triunfo bolchevique; la continuidad represiva entre Lenin y Stalin y la presencia de los elementos del terror en el gobierno del primero, que tuvo su continuación y su expansión creciente en los años treinta; y, finalmente, la imposibilidad de una evolución democrática de los hechos de 1917, que permite deslegitimar los usos políticos interesados que aún hoy se hacen de este hecho que cambió el mundo.

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Proclamación_de_la_II_República

La política vuelve a ser el tema de conversación usual en las calles y en las familias; y es deseable que así sea después de tanto tiempo de adormecimiento. Tras la abdicación del rey Juan Carlos I se han producido de nuevo debates y agitaciones políticas de todo tipo; todo ello sin haber superado aún la resaca poselectoral de las elecciones europeas. ¿Será una maniobra para ahuyentar la politización y para restar importancia a las formaciones minoritarias que crecieron la semana pasada? ¿Una estratagema de lavado de cara para la muy denostada monarquía en estos últimos años? Posiblemente sea todo ello al mismo tiempo, pero la decisión del monarca nos invita a pensar y reflexionar mucho.

La república –o el derecho a elegir el jefe de Estado como eufemísticamente dicen algunos partidos– se hace de nuevo presente en las conversaciones y, con ella, todos los peligros en cuanto a la estrategia política que debe seguirse. Es necesario defender el sistema republicano con sensatez, sosiego y serenidad; pero al mismo tiempo con debate azuzador contra aquellos que pretenden cerrar filas ante la monarquía (el bipartidismo). Considero urgente que la defensa de la república se haga desde sus grandes virtudes como sistema político en el que se ponga el acento en lo público, en lo que es de todos y no tanto en los colores de una bandera (que es, por otra parte, una cuestión menor). Que se opte por una forma de organizarnos que apueste por la democratización de todas y cada una de las instituciones y que se vuelque en la participación de la ciudadanía, con sistemas asamblearios y consultas frecuentes. Como decía Julián Casanova un tiempo atrás, “esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república”.

Y eso es: la república consiste en todo esto. Por tanto, dejemos de apelar a la nostalgia histórica de una Segunda República que, si bien tuvo grandísimas aspiraciones y encomiables logros en multitud de problemas que hoy todavía no se han solucionado, también está vinculada en el imaginario colectivo con la agitación social, la revolución y, por desgracia, con la guerra. Denotaría mucha madurez en la izquierda española el hecho de que la defensa de la república se hiciera en el sentido de lo público y de la conquista de todo aquello que brilla por su ausencia en este régimen político. Reivindico, por tanto, el papel de la sensatez, de los historiadores y otros estudiosos, para que hagan una buena defensa de un sistema político lógico, necesario y natural como es la república, y pueda acabarse con una institución anacrónica y caduca.

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1. Llega abril. Y con él las conmemoraciones diversas de nuestro pasado que a los que nos interesamos por la historia y tratamos de dedicarnos a ella nos atraen tanto. Ayer se recordaba el 75º aniversario del fin de la Guerra Civil y, dentro de unos días, volveremos a evocar aquella proclamación de la República en España. Días atrás trataba de hacer una charla con alumnos de 2º de Bachillerato sobre estos dos momentos y les hacía la siguiente pregunta: ¿Qué tuvo que ocurrir en España para que se pasara del clima festivo del 14 de abril de 1931 a la guerra civil y la matanza desatada en julio de 1936? Desde luego, muchas cosas ocurrieron en esos años de régimen republicano, y muchas habían ocurrido tiempo atrás en la historia de España. Y de eso se trata la historia: de calibrar y valorar los factores –cercanos y lejanos– que pueden explicar sucesos tan terribles como el conflicto bélico que vivió España. Y sí, es muy complicado porque requiere desarrollar un pensamiento abstracto y muy complejo, poner en práctica la empatía histórica y, especialmente, librarse de prejuicios y arengas sentimentalistas, propias de los medios de comunicación. Este es uno de los problemas principales que afecta de lleno al estudio de la historia: el exceso de sentimentalismo y de emociones a flor de piel que todavía hoy impiden el estudio sosegado, con calma y con apertura, de aspectos como la Guerra Civil. Como afirmó Julián Casanova en una charla reciente, hay una buena parte de la población de este país que todavía hoy no ha estudiado este tema con detenimiento y con seriedad; ello se debe a la especificidad de las leyes educativas, problema que hoy sigue en pie. Si realizáramos un cálculo de porcentajes de aquellos que han llegado a estudiar este episodio de nuestra historia reciente obtendríamos resultados bastante sorprendentes. ¿Qué pensaríamos de un alemán que desconoce la existencia del Holocausto o que lo niega? Pues bien, la Guerra Civil se estudia en 4º de la ESO –en medio de un temario de Historia del mundo contemporáneo inmenso e inacabable, por lo que muchos profesores deciden no enseñar lo relativo a España–, y en 2º de Bachillerato, curso al que llega un número reducido de estudiantes que ven pasar la Guerra Civil en su vida académica de una forma veloz y superficial (en la mayoría de los casos) por la presión de la Selectividad. Es algo a meditar si queremos realmente que el estudio de los documentos y del trabajo del historiador tenga alguna aplicabilidad en la vida real y supere las proclamas periodísticas o de otras personalidades en nuestra sociedad. Por ejemplo, una muestra de la total actualidad de este hecho frente a quienes están cansados de “remover” el pasado y claman a favor del olvido, es el de Rouco Varela, quien recientemente afirmaba que los hechos y actitudes que causaron la guerra podrían volverla a causar. Habría que ver, según él, cuáles son esos hechos y actitudes.
1396380702_183531_1396380997_noticia_normal2. Un ejemplo que nos ilustra sobre la complejidad del conocimiento histórico referido a la Guerra Civil es el anticlericalismo y el problema de la religión en España, ya presente durante todo el siglo XIX. Es muy conocida la carta pastoral de Enrique Pla y Deniel, fechada el 30 de septiembre de 1936 donde este obispo de la diócesis de Salamanca se convierte en defensor de una guerra concebida como necesaria, llegando a calificarse de cruzada. En dicha carta se afirma lo siguiente: “El comunismo y el anarquismo son la idolatría propia hasta llegar al desprecio, al odio a Dios Nuestro Señor; y enfrente de ellos han florecido de manera insospechada el heroísmo y el martirio, que en amor exaltado a España y a Dios ofrecen en sacrificio y holocausto la propia vida”. La unión de la espada y la cruz estuvo presente en muchos documentos eclesiásticos y ello otorgó importantes beneficios al bando nacional y a la propia Iglesia Católica, durante la guerra y durante el régimen franquista. Como también es habitual cuando se trata este tema, surgen las voces animadas que ponen el acento en la violencia anticlerical de la guerra, innegable y brutal; una violencia que ya estuvo presente en los hechos revolucionarios de octubre de 1934 en Asturias en que fueron asesinados 34 seminaristas y sacerdotes y pasadas por el fuego más de medio centenar de iglesias. Más allá de estos hechos conocidos y de los datos estudiados con las cifras escalofriantes del asesinato 4.184 sacerdotes diocesanos, 2.365 religiosos y 283 monjas durante la Guerra Civil, quería mostrar el caso de un padre capuchino que contrasta con la alta jerarquía eclesiástica y su alineación ideológica. Me refiero al caso de Gumersindo de Estella que ha aparecido recientemente en la prensa, encargado de la asistencia espiritual de los presos de la cárcel de Torrero de Zaragoza. Este padre capuchino fue destinado, fruto de los desencuentros ideológicos con sus superiores, a la función de acompañar a los presos en su camino hacia el paredón en el cementerio de Torrero (Zaragoza), donde asistió a 1.700 fusilamientos entre 1936 y 1942. En sus memorias relata el ritual que llevaba a cabo de preparación espiritual para la muerte, la confesión que daba a quienes eran capaces de recibirla, la charla con ellos y la recepción de encargos y enseres que luego llevaba a sus familiares tras comunicarles la noticia de la ejecución. Su atisbo de humanidad y su perplejidad ante unas decisiones que no podía compartir se pueden ver en estos fragmentos:
“Como sacerdote y cristiano sentía repugnancia ante tan numerosos asesinatos y no podía aprobarlos”. (…) “Yo estaba a punto de estallar con un grito de ruego, de protesta, de compasión, como lo daría una madre. Pero la presencia de tantas personas de carácter oficial me contenía. ¿Contra quién iba a protestar…? Cualquier frase o sílaba era peligrosa”. Siempre se preguntaba: “¿Se salvó esta alma?” (…) “Una dignidad humana que se funda en la común filiación divina. Todos somos hijos de Dios”.
La existencia de historias y memorias como esta añaden mayor complejidad al estudio de un episodio trágico que hoy sigue siendo tabú para muchas personas y objeto de sectarismos para otras. Analizar críticamente, sin tratar de justificar, sino valorando la complejidad de los hechos y restaurando la memoria histórica debería ser, entre otros muchos, uno de los objetivos de la educación, y no tanto cómo encender un aspirador o comprar un billete de Metro, como se encargan de recordarnos desde el Informe PISA…

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Reportaje del movimiento revolucionario en Barcelona. Mateo Santos. 1936.

Inmerso en la lectura de España partida en dos. Breve historia de la Guerra civil española, de Julián Casanova (2013) cuelgo aquí un documental rodado en Barcelona entre el 19 y el 23 de julio de 1936 por parte de la CNT. Como dice el mismo Julián Casanova, es bastante probable que sin el golpe de Estado de julio de 1936 la revolución, bajo las formas que adquirió, no se hubiese producido. El presente documental, político y de propaganda, muestra esa salida a la calle de nuevos actores revolucionarios, especialmente anarquistas en la “ciudad libertaria por excelencia”. El lenguaje político que utiliza no tiene desperdicio como fresco de una época y de un sentir, útil para comprender la reacción al avance del fascismo, y para advertir la gran polaridad que se gestaba entre formas diferentes de hacer política. El lenguaje de salvamento, la reconversión de edificios oficiales y religiosos en civiles, el bullicio popular en la marcha hacia Aragón por parte de las milicias, los primeros momentos en que las mujeres tomaron el rol de milicianas para, a partir de septiembre, volver a la retaguardia, la vestimenta y la propaganda enarbolada… Son muchos aspectos los de este breve documental que nos permiten ver la actuación de estos “hombres de acción” como Durruti y la inversión del orden social que se propugnó desde este lugar en este episodio de nuestra historia contemporánea. Continuaremos leyendo esta genial obra de síntesis.

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El uso de la historia suele encarnar, a menudo, muchos peligros que pasan desapercibidos cuando se recurre a inflamar los corazones y a enaltecer el ánimo. En el día a día actual observamos el nefasto empleo que se hace de la historia por parte de opciones políticas nacionalistas que, con todo su derecho, apelan a un pasado —sometido a una mitificación considerable— para propugnar un cambio presente, para modificar el estado social. Es un pasado que, pese a la complejidad que entraña —como tratamos de desembrollar los historiadores (o aspirantes a ello) —, es usado de forma monolítica y dicotómica: no es un pasado con medias tintas, es un pasado digno, nítido, ideal; en fin, digno de imitar y de traer a colación en la actualidad. Es, al mismo tiempo, un pasado en el que caben todos los elementos positivos y paradigmáticos en forma de bloque: un bloque sólido, homogéneo, discernible, donde no hay arrugas ni imperfecciones, sino lecciones inapelables, enseñanzas casi “técnicas” e irrefutables.

Por desgracia, no sólo son las diversas opciones nacionalistas las que acostumbran a echar mano de este tipo de discursos que, por otra parte, son bastante rentables electoralmente —algo que, en realidad, es bastante atávico: sólo es necesario recordar los alegatos painitas o los cartistas. Cada año, cuando se acerca el mes de abril y nos aproximamos a los días 12 y 14, volvemos a revivir este uso bajo la forma republicana. Son muchas las plataformas y asociaciones de convicciones republicanas que llevan a cabo una enorme labor —una tarea encomiable y necesaria— en los pueblos y ciudades; no obstante, a menudo caen en las construcciones monolíticas y reduccionistas de enaltecer un pasado visto como perfecto e ideal. No es mi intención criticar estas asociaciones, con las que incluso colaboro, ni mucho menos criticar una época histórica pasada (¡no podría caer en tal error!), pero sí llamar al rigor histórico y a la sensatez. ¡No caigamos en el uso que hace la derecha de la historia falseando el relato para obtener beneficios que, en el caso de este país, tanto rédito político han traído en las últimas décadas! No podemos caer en esa simplificación absurda ni usar la historia como arma política. La reivindicación por una forma de Estado republicana debe ir más allá de los ingenuos argumentos a los que estamos acostumbrados; debe incidir, no sólo en la forma política republicana, sino en una conciencia social y cívica republicana. “Res publica”: el origen latino de la palabra es muy claro; es el amor por lo público, por la cosa pública y por las instituciones comunes lo que debe mover esta conciencia. Días atrás, el reconocido historiador Julián Casanova publicaba un artículo en El País donde, mucho mejor de lo que yo lo pueda hacer, trataba de ilustrar en qué consiste una forma de actuación republicana. Aprendamos de estas sabias palabras en un contexto en que las tradicionales conmemoraciones engarzan con la débil legitimación que sufre la monarquía:

 “El cambio en España tiene que ir acompañado de una renovación cultural y educativa, de nuevas ideas sobre el mundo del trabajo y de una lucha por la democratización de las instituciones. Un movimiento político que reaccione frente a los excesos del poder, que persiga el establecimiento de un Estado laico, que recupere el compromiso de mantener los servicios sociales y la distribución de forma más equitativa de la riqueza. Esa nueva cultura cívica y participativa puede, y debe, alejarse del marco institucional monárquico y retomar la mejor tradición del ideal republicano. Hacer política sin oligarcas ni corruptos, recuperar el interés por la gestión de los recursos comunes y por los asuntos públicos. En eso consiste la república”.

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